Ciencia

Demuestran que un insecticida común está matando a las abejas

Dos grandes investigaciones, llevadas a cabo en Europa y Canadá, prueban que los neocotinoides reducen la capacidad de reproducción de estos insectos y anticipan su muerte, aunque su influencia depende de más factores

Una abeja recoge polen de una flor en Canadá
Una abeja recoge polen de una flor en Canadá - Amro Zayed

La desaparición en todo el mundo de cientos de millones de abejas, eficaces polinizadoras y vitales para sostener el ecosistema, supone una gran preocupación para la comunidad científica. Una de las hipótesis utilizadas para explicar este colapso biológico ha sido el uso de los llamados insecticidas neonicotinoides, muy comunes en los cultivos agrícolas, ya que, al parecer, atacan de forma fatal el sistema nervioso del insecto. La Unión Europa (UE) prohibió tres de ellos en 2013 como precaución durante dos años, pero el papel que juegan estos pesticidas en la muerte de los insectos ha sido motivo de controversia. Algunas voces críticas sostienen que los efectos negativos habían sido sobredimensionados, ya que en los experimentos las abejas podían haber sido expuestas a dosis más altas y durante más tiempo de lo que ocurre en realidad, y que el impacto de otras amenazas como el cambio climático era difícil de evaluar.

Una abeja lleva un identificador por radiofrecuencia para seguir sus pasos
Una abeja lleva un identificador por radiofrecuencia para seguir sus pasos- A.Z.

Pero ahora dos grandes estudios publicados en la revista Science vienen a confirmar las sospechas. Ambas investigaciones, las primeras que reflejan el mundo real por su tamaño y alcance, han demostrado que los neonicotinoides dañan a las abejas, reduciendo su capacidad de reproducción e incluso anticipando su muerte. Aunque también otros factores como el medioambiente local y el tipo de abeja influyen en el impacto, los efectos de estos pesticidas son casi siempre negativos.

En el primer estudio de campo, los investigadores del británico Centro de Ecología e Hidrología (CEH) expusieron a tres especies de abejas melíferas y silvestres de Reino Unido, Alemania y Hungría, a semillas de colza oleaginosa tratadas con neonicotinoides, la clotianidina de la firma Bayer CropScience y el tiametoxam de Syngenta, cuya venta y distribución fue prohibida por la UE durante dos años. Son productos que se emplean habitualmente para matar plagas como el escarabajo pulga del tallo de la col.

La exposición a gran escala a estos pesticidas, que se realizó en un área de 2.000 hectáreas, equivalente a 3.000 campos de fútbol, redujo el éxito de la hibernación de las colonias durante el invierno en dos de los tres países. En Hungría, el número de colonias disminuyó en un 24% la primavera siguiente. En Reino Unido, la supervivencia fue muy baja en general, pero más aún donde las abejas fueron expuestas a la clotianidina. En Alemania, sin embargo, no se notaron efectos nocivos.

En los tres países sí se registró un menor éxito reproductivo, reflejado en el número de reinas y la producción de huevos, vinculado con el aumento de los niveles de residuos de neonicotinoides en los nidos del abejorro común y la abeja Osmia bicornis.

Los investigadores creen que los diferentes impactos sobre las abejas entre países pueden estar relacionados con otros factores, como la disponibilidad de recursos alternativos de alimentación en las zonas rurales, así como la salud general de las colonias, ya que las abejas de Hungría y Reino Unido tienden a estar más enfermas. Por el contrario, las colmenas en Alemania pasaron a ser más grandes, mostrando pocas evidencias de enfermedad, lo que quizás pueda explicarse, según los autores, en que allí las abejas tienen acceso a una gama más amplia de flores silvestres para alimentarse.

Ben Woodcock, responsable del estudio, admite que el tratamiento de semillas con neonicotinoides tiene su parte positiva. Estos productos «se dirigen a los insectos dañinos, pueden ser aplicados a la semilla en dosis bajas al tiempo que protegen toda la planta y reducen la necesidad de insecticidas de amplio espectro». Por ese motivo, «puede haber oportunidades para mitigar sus impactos negativos mediante la mejora de la cría de abejas o con la disponibilidad de plantas con flores para que estas se alimenten en todas las áreas no cultivadas de los paisajes rurales», dice. Con todo, «estas dos cuestiones requieren mayor investigación».

Reinas enfermas

En el segundo experimento, llevado a cabo en Canadá, el equipo de investigadores de la Universidad de York en Toronto estudió colonias de abejas de la miel en cinco apiarios cercanos a cultivos de maíz tratados con nonicotinoides y otros seis situados en zonas alejadas de áreas agrícolas.

Las abejas cercanas al maíz fueron expuestas al insecticida durante tres o cuatro meses y las muestras de pesticidas se tomaron de mayo a septiembre. Sorprendentemente, el polen contaminado recogido por las abejas no solo vino de las cosechas con semillas tratadas sino también de las plantas que crecen en las cercanías. «Esto indica que los neonicotinoides, que son solubles en agua, se desbordan de los campos agrícolas en el ambiente circundante, donde son absorbidos por otras plantas que son muy atractivas para las abejas», explica Nadia Tsvetkov.

Después, los investigadores alimentaron crónicamente a las colonias con un suplemento de polen artificial que contiene cantidades cada vez más pequeñas del neonicotinoide más común en Ontario, la clotianidina, durante un período de 12 semanas. El experimento imitó lo que ocurriría de forma natural en el campo.

Las abejas obreras expuestas durante sus primeros nueve días al polen tratado redujeron su esperanza de vida en un 23%. Las colonias eran incapaces de mantener una reina sana, y tenían una mala higiene y peor salud. Por si fuera poco, los investigadores también descubrieron que un fungicida de uso común, el boscalida, puede interactuar con los neonicotinoides para hacerlos aún más peligrosos, incluso el doble de tóxicos.

Como afirma Jeremy Kerr en un artículo que acompaña a los dos estudios en Science, ambas investigaciones aportan «pruebas importantes» de los efectos de los neonicotinoides en las abejas, algunos letales, «que los políticos tendrán que valorar».

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