Una científica del laboratorio de Hoekstra muestra un ratón a unos niños
Una científica del laboratorio de Hoekstra muestra un ratón a unos niños - The Hoekstra Lab

Ser un buen padre no se aprende, se lleva en los genes

Descubren que la atención y los cuidados que distintas especies de ratones dedican a sus crías depende de la activación de unos genes específicos

MadridActualizado:

Algunas especies, entre ellas y sobre todo la humana, son padres particularmente atentos, que cuidan con mimo a sus hijos y les proporcionan todos los cuidados necesarios para su supervivencia, mientras que otras dejan que sus crías se valgan por sí mismas. Esta discrepancia ocurre en la mayoría de grupos de vertebrados, no solo entre los mamíferos. «En los mamíferos, por ejemplo, los conejos machos no proporcionan cuidado parental y las madres ven a sus crías sólo durante 10 minutos al día. Entre los peces hay especies en las que el padre proporciona cuidados, otras donde lo hace la madre y otras donde ambos progenitores se encargan», explica a ABC Andres Bendesky, investigador de la Universidad de Harvard.

Durante años, los científicos han creído que el principal impulsor de este comportamiento es la experiencia. Es decir, un animal criado por un padre atento es probable que también sea un padre atento él mismo. Pero un nuevo estudio publicado en la revista Nature desafía esa idea y, por primera vez, apunta a la actividad de unos genes específicos como la causante de que haya esas diferencias entre especies. En concreto, el gen de la hormona vasopresina parece estar estrechamente ligado con la construcción de un nido en la crianza de los ratones. Si está activo, los roedores, tanto hembras como machos, parecen mucho menos interesados en crear un hogar familiar.

«Este es uno de los primeros casos en los que un gen ha sido relacionado con la atención paternal en un mamífero», afirma Hopi Hoekstra, profesora de Organísmica y Biología Evolutiva y de Biología Molecular y Celular en Harvard y codirectora del estudio. «De hecho, es uno de los pocos genes que han sido implicados en la evolución del comportamiento en general... pero lo que creo que es particularmente interesante es la idea de que, mientras que en muchos sistemas sabemos que la conducta de crianza puede verse afectada por su entorno, ahora tenemos pruebas de que la genética puede desempeñar un papel importante también», explica.

Bendesky, investigador postdoctoral en el laboratorio de Hoekstra, explica que las diferencias en la entrega «no hacen mejor o peor» a los animales. «Son sólo diferentes estrategias... pero antes de nuestro estudio no tenía idea de cómo evolucionaron estas conductas de los padres, si había un gen que media en todas las diferencias de comporamiento o si eran 10 o 20».

Promiscuos y monógamos

La idea del estudio surgió a partir de las diferencias en los sistemas de apareamiento que los investigadores habían observado entre dos especies de ratones: el Peromyscus maniculatus, también conocido como el ratón ciervo, y el Peromyscus polionotus, o ratón de Oldfield.

«Al igual que muchos roedores, el ratón ciervo es promiscuo, es decir, tanto los machos como las hembras se aparean con múltiples individuos», apunta Hoekstra. «A menudo, en una camada se encuentra crías de varios padres». El ratón de Oldfield, en cambio, es monógamo, por lo que todos los ratoncitos de una camada están relacionados con un solo padre.

Un ratón en su nida
Un ratón en su nida- The Hoekstra Lab

Los investigadores se preguntaron si estas diferencias intervienen en el cuidado parental. Por eso, siguieron el comportamiento de los machos y hembras de cada especie, midiendo la frecuencia con la que participaban en la construcción de nidos o lamían y amontonaban a sus crías.

En general, los datos mostraron que las hembras de ambas especies eran madres atentas. Las principales diferencias estaban en los padres. Los machos de los ratones de Oldfield estaban relativamente involucrados en la crianza de las crías, tanto como las madres, pero los machos de los ratones ciervo participan relativamente poco.

Para probar el impacto de esos diferentes estilos de crianza, a los investigadores se les ocurrió realizar una adopción cruzada. Permitieron a los ratones de Oldfield criar crías de ratón ciervo, y viceversa, para luego observar cuál era el comportamiento de las crías cuando se convirtieran en padres ellas mismas. Pero nada cambió, por lo que los autores del estudio creen que ahí manda la genética. Pero, ¿cómo exactamente?

Para saberlo, los investigadores cruzaron individuos de las dos especies, dando lugar a ratones híbridos que también fueron cruzados entre sí en una segunda generación con regiones del genoma de cada especie.

Cuando el equipo comenzó a identificar regiones en el genoma asociadas con diferencias en el comportamiento entre las dos especies, no sólo descubrieron que algunos efectos dependían del sexo, sino que algunas regiones parecían influir en un puñado de conductas.

Lamer y acurrucarse

«Lo que me parece muy interesante es que encontramos diferentes genes que pueden explicar la evolución de los cuidados paternales y maternales», dice Bendesky. «Eso es interesante porque nos dice que si alguna mutación en una población aumenta la atención materna, no puede afectar al comportamiento de los machos. Así que estos comportamientos pueden estar evolucionando de manera independiente».

«Otro resultado importante es que hay algunas regiones que afectan a múltiples rasgos, y otras que tienen efectos muy específicos», agrega Hoekstra. «Por ejemplo, hemos encontrado una región que afecta a lamer, acurrucarse y asistir, pero otra que sólo afecta a la construcción del nido».

Pero los científicos querían localizar los genes individuales que podrían estar vinculados con las conductas de los padres. Para ello, analizaron la expresión en una región del cerebro llamada hipotálamo, que se sabe que es importante en el comportamiento social. Casi inmediatamente dieron con un gen encargado de la producción de vasopresina, que anteriormente había sido relacionada con el comportamiento social en los ratones de campo.

Para probar si la vasopresina realmente afectaba al comportamiento de los padres, Bendesky administró dosis de la hormona a ratones Oldfield macho y hembra, y encontró que redujeron el comportamiento de construcción de nidos. Estaba claro: en el cuidado de los hijos mandaban los genes.