Ciencia

La mejor investigadora joven de Europa: «La inversión en ciencia está lejos de lo aceptable»

No por mucho repetir las quejas de los científicos suenan a huecas. La bióloga gallega Vanessa Valdiglesias recomendaría al político de turno que si usa un ordenador, un coche y un móvil es porque alguien potenció un laboratorio para desarrollarlos

Vanessa Valdiglesias García, investigadora de la Universidad de La Coruña, ha recibido el premio al mejor investigador joven en su especialidad
Vanessa Valdiglesias García, investigadora de la Universidad de La Coruña, ha recibido el premio al mejor investigador joven en su especialidad - abc
érika montañés - emontanes - Madrid - Actualizado: Guardado en: Ciencia

Tiene 35 años, atiende la llamada telefónica de ABC mientras acuna a su primer bebé, es la mejor investigadora (joven) del continente, galardonada por la Sociedad Europea de Genónmica y Mutagénesis Ambiental, y aún encuentra tiempo para defender que los científicos no tienen banderas políticas, solo quieren investigar. Vanessa Valdiglesias García es una doctora en Biología e investigadora en el laboratorio de Toxicología de la Universidad de La Coruña que participó en su día en un trabajo pionero en el mundo sobre los efectos del fuel a corto, medio y largo plazo en la salud de quienes se exponen a él, como ocurrió en la limpieza de las playas que ejecutaron los voluntarios cuando la marea negra del «Prestige» se tatuó en la costa gallega. Hasta Barack Obama reclamó al equipo coruñés, patroneado por la doctora Blanca Laffon, su asesoramiento para el Instituto Nacional de Medicina estadounidense cuando estalló la plataforma petrolífera «Deepwater Horizon» en el Golfo de México, hace cinco años.

Valdiglesias jalona su historial académico con notas no menores de sobresalientes y cum laude, premios extraordinarios de Doctorado y abarrota su experiencia laboral de premios, como el último, un galardón que recibió en Praga este agosto. Ha recorrido en su peregrinaje científico particular laboratorios de Reino Unido, Italia, Portugal, India, Chile y España y participa en proyectos conjuntos de muy diversos países. Ademas, es autora o coautora de 25 publicaciones científicas. Y cuando a esta ínclita investigadora, de reconocimiento y valía internacional, le toca hacer peritaje sobre el estado de la ciencia en nuestro país, el examen invita, ciertamente, a una reflexión.

—Preséntenos sus credenciales para recibir esa última distinción tan importante en la República Checa.

—El premio no lo otorgaron por un trabajo en concreto, sino que me lo concedieron por mi trayectoria investigadora, que comencé en 2005 y por los resultados e impacto obtenidos en ella. Durante este tiempo he trabajado en distintos proyectos y he colaborado en varios estudios, no sólo en España sino también en otros países, lo que me ha permitido elaborar un currículo amplio y compensado, que es lo que fundamentalmente se ha reconocido con este premio.

—No es el primer premio que recibe, ¿es éste en algo diferente a los anteriores?

—Sí, en efecto, no es el primero. Cuando empecé en investigación mi primer trabajo ya fue galardonado por la Real Academia Gallega de Ciencias con el premio Promoción de Jóvenes Investigadores, que supuso una alegría inmensa. Pero ya no sólo a título personal, también nuestro grupo de investigación, Dicomosa de la Universidad de La Coruña, cuenta con varios premios de investigación por distintos estudios desde el inicio de su trayectoria. El último de ellos fue concedido apenas hace un año por la Fundació Agrupació para el estudio de la fragilidad en personas mayores. Sin embargo, el premio que acabo de recibir es particularmente especial, profesionalmente porque es un reconocimiento internacional y además a toda una trayectoria no a un trabajo puntual, y personalmente porque llega en un momento en el que hacía falta recargar energía.

—¿Cuál ha sido el mayor reto al que se ha enfrentado usted y su equipo de investigación en este tiempo?

—A nivel personal lo más difícil fue, y sigue siendo, trabajar día a día sin saber si habrá un futuro para mí en la investigación, sin poder hacer planes de ningún tipo porque no sabes dónde estarás mañana. Sacar fuerzas e ilusión a diario para dar el 100% sin saber lo que ocurrirá es agotador muchas veces. De ahí lo que comentaba antes de que este premio me ha valido a nivel personal para darme fuerzas para seguir trabajando. Como grupo, lo que más nos ha afectado en estos últimos tiempos han sido los recortes. Hemos tenido que reducir los proyectos, limitar la asistencia a congresos, suprimir la adquisición de equipos nuevos… Incluso hemos tenido que restringir ciertas colaboraciones internacionales por no poder hacer frente a los gastos que supondrían. Es muy difícil hacer ciencia de calidad en estas condiciones, pero aun así lo estamos haciendo, no sin mucho esfuerzo, y los premios recibidos son una buena prueba de ello.

—¿A qué se dedica exactamente el grupo Dicomosa de la UDC?

—Nos dedicamos fundamentalmente al estudio de cómo pueden afectar las distintas sustancias con las que estamos en contacto a diario (compuestos de la dieta, medicamentos, productos químicos de origen industrial, cosméticos...), al funcionamiento normal de las células y su interacción con el material genético (el ADN), centrándonos especialmente en los efectos sobre el sistema nervioso. Esto lo hacemos con diferentes tipos de estudios, bien sea empleando cultivos celulares tratados con el compuesto en cuestión, o bien analizando diversas muestras obtenidas de poblaciones humanas expuestas a estos compuestos en su lugar de trabajo o en el medio ambiente. El objetivo final de nuestros estudios es reunir información sobre la toxicidad de estos compuestos, y en qué condiciones se produce esta toxicidad, que sirva para prevenir los efectos que puedan tener sobre la salud humana. En concreto, los resultados de nuestros estudios sirven para la elaboración de guías de protección de trabajadores, regulación sobre los niveles de exposición permitidos, establecimiento de equipos de protección adecuados…

—¿Y en qué andan trabajando ahora?

—Actualmente, seguimos fundamentalmente dos líneas de investigación distintas. Por un lado, trabajamos con nanomateriales, que son materiales de tamaño inferior a 100 nanómetros (un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro, es decir, son muy muy pequeños) y se usan en un sinfín de aplicaciones en muy diversos campos (medicina, industria, tecnología, cosmética, farmacia, agricultura....), pero muchos de ellos están en el mercado sin haber sido previamente testados para descartar que puedan ser nocivos. Nosotros estudiamos su posible toxicidad a nivel celular y genético. Es decir, si estar expuesto a estos nanomateriales puede producir algún tipo de alteración en nuestras células o en nuestro ADN. Pero además estamos también realizando un estudio en colaboración con el grupo de Gerontología de nuestra Universidad, en el que intentamos identificar marcadores de fragilidad -que es una situación de vulnerabilidad física y cognitiva- en personas mayores, antes de que los efectos de esta fragilidad sean físicamente evidentes, con el fin de poder evitarlos mediante programas de prevención, o incluso revertirlos si ya se han manifestado.

—Hace unos años, usted formó parte del equipo de investigadores que acuñó un estudio sobre los posibles efectos para la salud asociados a la limpieza de fuel del «Prestige». ¿Se ha avanzado después del estudio?

—En el primer estudio que usted menciona, realizado justo después del accidente del «Prestige», nuestro grupo encontró que aquellas personas que habían participado en la limpieza durante varios meses presentaban ciertos daños en sus células motivados por la exposición al fuel. Tras esos resultados realizamos un nuevo análisis siete años después para determinar la posible persistencia de ese daño, y en este caso los resultados mostraron que esos daños ya no estaban presentes, es decir, que tras ese tiempo el riesgo para la salud de esas personas había retornado a sus valores normales.

—¿Qué aprendió en ese trabajo?

—A mí personalmente me encantó tener la posibilidad de participar en un estudio de estas características y tal implicación científica. Fue un estudio pionero en muchos sentidos y los datos obtenidos siguen siendo de los pocos que hay en el mundo describiendo los efectos de la exposición a fuel a niveles genéticos y celulares. De ahí su impacto mediático.

—En efecto, tuvo alta repercusión, de hecho mundial. ¿Cambió en algo su vida? Me refiero a si recibió un aluvión repentino de ofertas de trabajo...

—Ese no fue un estudio que llevara yo personalmente, sino que me incorporé a él cuando ya estaba en marcha (el estudio del «Prestige» se inició a principios de 2003 y yo comencé mi carrera investigadora en 2005), pero sí supuso un gran empuje para el grupo y sobre todo proyectó nuestro trabajo internacionalmente.

—¿Cómo evalúa el estado de la ciencia en España?

—La ciencia en España está pasando momentos muy difíciles. Es una pena que con la gran calidad que tiene la ciencia española y, sobre todo, el enorme potencial humano que hay aquí, no sé le esté sacando todo el partido que se podría. Los recortes que llevan años aplicando casi sin piedad en I+D están haciendo un daño irreparable en la investigación en España, grupos que desaparecen, nuevos proyectos que no salen adelante, ideas excelentes que no pueden llevarse a cabo, y lo peor, auténticos talentos en todas las áreas que se están yendo del país y desarrollando su actividad fuera, dando beneficio a otros países y a otras sociedades. Una ruina en todos los sentidos.

—¿Se invierte suficiente en los departamentos de investigación de las Universidades?

—No, no se invierte lo suficiente y está muy lejos de que sea una inversión aceptable para un país desarrollado como el nuestro. Y esto no es una opinión personal, los datos que se recogen anualmente a este respecto muestran que la inversión que se hace en España para investigación lleva años bastante por debajo de la media europea.

—Como mejor investigadora europea, ¿opina que tiene más mérito recibir un galardón de este tipo en países como el nuestro?

—No me cabe ninguna duda. Tenemos mucho mérito al conseguir todo lo que estamos consiguiendo y de mantener el nivel que estamos manteniendo con la situación que vivimos desde hace unos años. Y hablo en plural porque somos muchos los que trabajamos en estas condiciones. Por mi experiencia de estancias en otros laboratorios de todo el mundo, en otros países tienen muchos más medios, tanto materiales como humanos, que facilitan considerablemente el trabajo. Eso sin contar con las labores administrativas y la inmensa burocracia a la que tenemos que hacer frente a diario y que nos quita tiempo para investigar. A veces pienso, si conseguimos todos estos reconocimientos en estas condiciones, ¿qué no podríamos hacer si se nos apoyase como es debido?

—¿Y cuál cree que es el mayor desafío que tiene ahora mismo la investigación en España? 

—Sin duda, la «fuga de cerebros». Es toda una generación de científicos muy preparados y formados con recursos públicos españoles que se ha ido y que va a ser muy difícil recuperar. Y cuanto más tarden en tratar de revertir esta situación, más grave será el daño a la investigación española.

—Le planteo un «juego». Si tuviese enfrente a un alto cargo del Gobierno con poder para invertir en una disciplina científica, ¿qué consejo le daría usted a ese responsable?

—Probablemente le diría que si tiene un coche que lo lleva a cualquier parte, que si tiene un médico que le diagnostica correctamente cuando está enfermo y que le receta unas medicinas que le hacen sentir mejor, que si tiene un ordenador o un móvil que usa a diario para trabajar, que si usa gafas, pasta de dientes, crema, colonia o cualquier otro producto similar sin que le produzcan ningún tipo de efecto adverso y un largo etcétera, es porque antes alguien ha investigado sobre ello. Y que, en definitiva, si se quiere una sociedad de bienestar, eso pasa por apostar por la investigación y la ciencia, porque así es como una sociedad progresa y creo que es hora de que le den el valor y el respeto que merece.

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