Ciencia

La verdad de la Inteligencia Artificial

Los avances son espectaculares y la ciencia ficción fantasea con que las máquinas nos dominen, pero aún no piensan de verdad

Congreso de Inteligencia Artificial en Barcelona
Congreso de Inteligencia Artificial en Barcelona - inés baucells
federico marín bellón - Madrid - Actualizado: Guardado en: Ciencia

¿Sueñan los robots con gobernar el mundo? ¿Sueñan, siquiera? Desde mediados del siglo XX, la inteligencia artificial es uno de los campos más atractivos de la ciencia. El estreno de la película «The imitation game» ha vuelto a poner de moda a Alan Turing. El matemático británico no sólo fue uno de los padres de la IA. Después de descifrar los códigos nazis, escribió el primer programa de ajedrez. Turing fue revolucionario en sus avances y en su enfoque, que algunos han retomado al constatar que las máquinas no han cumplido las expectativas. «Si se espera que sean infalibles, entonces no pueden ser también inteligentes», postuló el genio. «Deberíamos desarrollar máquinas falibles capaces de aprender de sus errores», pone en su boca George Dyson en «La catedral de Turing», libro recién editado por Debate. «El camino hacia la inteligencia artificial», concluye Turing, «es construir una máquina con la curiosidad de un niño y dejar que su inteligencia se desarrolle».

Hace unos días, investigadores de la Universidad de Alberta anunciaban la creación de otro ingenio imbatible en el «Texas Hold’em», una de las variantes del póquer. Desarrollado en la misma institución canadiense, Chinook derrotó hace veinte años al campeón mundial de damas. Pocos desconocen cómo terminó el duelo entre Kasparov y Deep Blue. El ajedrecista ganó el primer asalto en 1996, pero un año después dejó escapar la supremacía de la especie humana, cuya defensa se arrogó. Fue un gran triunfo propagandístico para IBM, que repitió en 2011 cuando su programa Watson derrotó a los dos mejores concursantes de «Jeopardy!», un espacio de televisión en el que las pistas son las respuestas y los participantes buscan las preguntas. Al revés habría sido demasiado elemental para el ordenador.

Jugar de farol

El avance en los tapetes es significativo, al ser un juego de información incompleta. En el ajedrez todo está a la vista. En el póquer no se puede saber qué cartas tiene el rival ni cómo están ordenadas en la baraja. Hay componentes de azar y engaño, como en la bolsa (o la vida), donde se toman decisiones sin conocer todos los datos y es posible actuar «de farol». La economía es una de las áreas que la IA está llamada a revolucionar, como la medicina, el reconocimiento facial, la meteorología... y la guerra.

En realidad, el programa canadiense Cepheus no sabría desenvolverse en una timba contra varios rivales. Además, solo juega en una modalidad en la que las apuestas están limitadas, con menos variables. En el Texas sin límite, más popular, es posible jugarse todas las fichas en cada jugada. Pero es cuestión de tiempo y capacidad (almacenamiento y velocidad, sobre todo) que las máquinas dominen todos los juegos.

Cepheus supone un paso evolutivo poque es capaz de aprender, aunque sea de manera rudimentaria. Programas de ajedrez como Stockfish y Komodo exhiben una fuerza brutal, incluso para el campeón del mundo, Magnus Carlsen, pero exhiben más músculo que verdadera inteligencia.

«No hay nadie en casa»

«Uno de los enfoques más socorridos de la IA», explica Manuel López Michelone, profesor de Matemáticas por la Universidad Autónoma de México y de Ciencias por la de Essex, «ha sido utilizar la fuerza bruta, es decir, analizar exhaustivamente todas las posibilidades de un problema para evaluarlo y dar la respuesta correcta». El «problema» es que «los programas no saben siquiera que están jugando, mueven las piezas con asombrosa precisión basándose en fórmulas de evaluación que definen ciegamente la mejor jugada, pero como alguien dijo, puedes jugar y perder mil veces con un programa, pero descubres que “no hay nadie en casa”».

Enrique Puertas, ingeniero informático y profesor del Departamento de Informática y Comunicación de la Universidad Europea de Madrid, también es prudente. «No parece que a corto o medio plazo se consiga reproducir una inteligencia equiparable a la humana», asegura.

«En los años 50 se generó mucho entusiasmo, creían que iban a conseguir máquinas que pensaran como nosotros, pero 20 años después esa idea se desechó por ser poco realista. La inteligencia artificial se centra hoy en intentar resolver problemas de situaciones concretas». Michelone remacha: «Nada que no tenga consciencia de sí mismo puede considerarse inteligente».

Falta de «mala leche»

Miguel Illescas, gran maestro de ajedrez, ha descrito las carencias que se encontró cuando IBM lo contrató en su batalla contra Kasparov: «No tenéis ninguna posibilidad», les dijo. «Sois científicos, os falta mala leche». Ocho veces campeón de España, Illescas cuenta cómo ayudó a insuflar algo de veneno a una máquina que «calculaba jugadas a una velocidad de vértigo, pero no comprendía realmente el ajedrez». Incluso enseñaron a Deep Blue a no hacer siempre la mejor jugada, sino la que más molestaba a su rival humano, lo que entronca con la apuesta de Turing de crear máquinas imperfectas capaces de mejorar.

Enrique Puertas también cita el factor humano: «Si dejamos que los razonamientos producidos por máquinas no pasen por un filtro humano, corremos el riesgo de que se tomen decisiones erróneas. Una máquina sólo razona en base a los datos y a menudo es necesario acompañarlos con otro tipo de competencias humanas, como la empatía, para tomar una decisión final».

La inteligencia artificial se desarrolla ahora en múltiples direcciones. Siri habla con nosotros desde el móvil, aunque hace casi medio siglo su antecesora, Eliza, ya intentaba superar el famoso test de Turing. Esto es, ser capaz de chatear y hacerse pasar por una persona. El programa Parry fue más lejos, en 1972; fingía ser un esquizofrénico paranoico con tanta autenticidad que engañaba a la mitad de los psiquiatras.

Los traductores instantáneos mejoran día a día y sufriremos aplicaciones bancarias que nos denegarán un crédito. Puertas vaticina «una gran revolución de los vehículos autónomos, sin conductor, y en la explotación inteligente de los datos que producirá la sociedad». Malcolm Gladwell cuenta cómo los ordenadores marcan el precio de un billete de avión según la demanda, el día de la semana o la marca de ordenador desde el mismo momento que lo compramos. Es la utilización masiva de lo que ya se conoce como «big data».

El mayor monstruo al que nos enfrentamos a diario es Google, el más avanzado, por su capacidad de aprender. «Queremos que Google sea la tercera mitad de tu cerebro», admitía Sergey Brin, cofundador de la compañía. Los ordenadores ya predicen nuestro comportamiento y empiezan a influir en él. Incluso los políticos son sus subordinados, con las encuestas y unos programas electorales cada vez más desprovistos de ideología humana, por no hablar de la veracidad.

Implantes de memoria

Las gafas de Google son una broma al lado de los implantes de memoria que tendremos, como en la serie televisiva «Black Mirror». Se trata de saber si la parte humana prevalecerá o si seremos engullidos. Asimov explicó mejor que nadie que las leyes más perfectas de la robótica no bastarán para protegernos. Pronto sabrán reproducirse (o replicarse) a sí mismas, como organismos celulares.

En la parte más inquietante de su libro, George Dyson recuerda que cuando Google empezó a escanear todos los libros, autores y editores pusieron el grito en el cielo. Un ingeniero le confesó: «No lo hacen para que lo lea la gente, sino para que lo lea una inteligencia artificial».

Algo parecido se veía en la película «Her». El historiador tecnológico evoca los temores clásicos de la ciencia ficción a un futuro gobernado por las máquinas. Es cierto que aún no tenemos constancia de una verdadera IA, pero «ninguna inteligencia artificial verdadera se rebelaría contra nosotros», al menos mientras podamos desenchufarla.

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