Cuando los continentes aceleran
El supercontinente Rodinia - Archivo

Cuando los continentes aceleran

El movimiento de las placas tectónicas, y por lo tanto de la corteza terrestre, no es constante, sino que varía con el transcurso del tiempo

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Dos estudios diferentes han demostrado que el movimiento de las placas tectónicas (y por lo tanto de la corteza terrestre) no es constante, sino que varía con el transcurso del tiempo. Lo cual puede llevar a explicar los patrones de movimiento continental observados por los científicos en todo el mundo y, por lo tanto, también sus implicaciones a la hora de elaborar modelos climáticos.

Ambos trabajos han sido presentados hace unos días en el transcurso de la Conferencia Goldschmidt 2014, la más importante del mundo en el campo de la geoquímica, celebrada en la localidad californiana de Sacramento.

La corteza continental de la Tierra puede ser considerada como un archivo de la historia del planeta, ya que contiene abundante información sobre la formación de rocas, composición de la atmósfera y registros fósiles que dan testimonio de los seres vivos que prosperaron en cada época.

Sin embargo, los científicos no terminan de tener claro cuándo y cómo se va formando la nueva corteza desde el comienzo de la historia de nuestro mundo, hace 4.500 millones de años.

Ahora, un grupo de investigadores dirigido por Peter Cawood, de la universidad británica de St Andrews, ha analizado con detalle numerosas medidas del movimiento de los continentes y los procesos geológicos descritos en estudios previos. Los resultados indican que durante el periodo que va entre hace 1.700 millones de años y 750 millones de años, la Tierra pareció atravesar una larga era de estabilidad, en terminos medioambientales, con muy poca construcción de nueva corteza y escasas fluctuaciones en la composición de la atmósfera, lo cual también contribuyó a la estabilidad de los seres vivos de aquella época.

La formación de Rodinia

Pero este periodo de mil millones de años de tranquilidad se contradice de forma muy marcada con lo sucedido en los periodos inmediatamente anterior y posterior a ese lapso de tiempo. De hecho, tanto antes como después se produjeron grandes edades de hielo y cambios bruscos en los niveles de oxígeno atmosférico. Los mil millones de años citados coinciden también con la formación del supercontinente Rodinia, que parece haber permanecido estable durante todo ese tiempo.

Peter Cawood sugiere que dicha estabilidad podría deberse al enfriamiento gradual de la corteza terrestre a lo largo del tiempo. "Antes de hace 1.700 millones de años -explica- la corteza terrestre podría haber estado sustancialmente más caliente, lo cual implica que el movimiento de los continentes estuvo entonces gobernado por reglas muy distintas a las que rigen en la actualidad.

Al final del periodo, hace 750 millones de años, la corteza se había ya enfriado lo suficiente como para permitir que la moderna tectónica de placas empezara a funcionar, y pusiera en marcha, como hace en la actualidad, el proceso de formación de zonas de subducción (en las que una placa se desliza debajo de otra). Este aumento de actividad podría haber desencadenado, a su vez, una miriada de cambios, incluida la rotura de Rodinia y la alteración de los niveles de elementos clave en la atmósfera y en los mares, lo que hizo posible que se produjeran los cambios evolutivos que permitieron el desarrollo de las formas de vida que vemos en el presente".

Esta forma de ver las cosas es respaldada también por el profesor norteamericano Kent Condie, quien sugiere que la tasa de movimiento de la corteza terrestre no es constante, sino que podría estar acelerándose con el paso del tiempo. Condie, que ha examinado con detalle cómo los supercontinentes se ensamblan y luego se fragmentan, afirma que "nuestros resultados desafían la idea de que la tasa de movimiento de las placas continentales es estable en el tiempo".

Los dos estudios, tanto el de Cawood como el de Condie, obligarán ahora a reexaminar lo que se conoce la formación de continentes y sus movimientos. "Necesitamos con urgencia -asegura Condie- recolectar nuevos datos de los periodos de tiempo más críticos para comprender mejor cuáles son las limitaciones en la velocidad de desplazamiento de las placas y, por lo tanto, la frecuencia de las colisiones entre bloques continentales".