El granero del fin del mundo
operarios con cajas de semillas en «la bóveda del fin del mundo» - abc

El granero del fin del mundo

Es la mayor despensa de semillas del planeta, un silo acorazado en el Ártico que preserva 800.000 variedades de cultivos

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Enterrada a 120 metros de profundidad en una remota isla del archipiélago noruego de Svalbard se encuentra una cámara acorazada repleta de semillas que algún día podría ser la esperanza para los supervivientes de una hipotética catástrofe planetaria. Ese futuro apocalíptico puede parecer en exceso alarmista, pero es el que el Gobierno de Noruega tuvo en mente a la hora de crear el silo, que se inauguró en 2008, una especie de «arca de Noé» para conservar muestras de cultivos que puedan alimentar a la Humanidad y volver a plantarse si alguna vez se produce una devastadora epidemia agrícola, un fuerte cambio climático o una guerra nuclear, escenarios que, por desgracia, tampoco resultan tan fantasiosos.

En la actualidad, la Cámara Global de Semillas de Svalbard (Svalbard Global Seed Vault) o, como se la conoce popularmente, la Bóveda del Fin del Mundo, alberga 820.000 variedades de semillas provenientes de 231 países. Las últimas 20.000 fueron incorporadas esta misma semana, en el sexto aniversario de la instalación, facilitadas por seis estados o bancos de genes que guardan especies vegetales para protegerlas de la extinción. Australia, Brasil y Japón han sido los últimos en incorporarse. Brasil ha entregado su famosa alubia negra, imprescindible en sus platos más típicos, y el país nipón, preocupado por la seguridad de sus cultivos después del terremoto y tsunami de 2011, cebada. No existe una aportación de bancos de genes españoles, pero sí hay 4.701 muestras de semillas de nuestros campos, según explica Roland von Bothmer, asesor de la organización.

El silo, mantenido por el Gobierno noruego y el Global Crop Diversity Trust, un grupo que recibe financiación de varios países, entre ellos España, según puede consultarse en su web, y de diferentes entidades privadas, como la Fundación Bill & Melinda Gates o la Rockefeller, conserva su tesoro natural a menos de 18 grados en paquetes precintados que a su vez se colocan en cajas de aluminio. La baja temperatura y el limitado acceso al oxígeno aseguran que los granos mantengan una actividad metabólica baja y retrasa su envejecimiento. Si se produjera un corte de corriente eléctrica, el permafrost, la capa de hielo permanente sobre el suelo del exterior, aseguraría su viabilidad. De esta forma, según la organización, la conservación de las semillas está garantizada incluso durante siglos. Además, el lugar está localizado a tal altitud y tan profundo en las montañas que ni un potencial incremento del nivel del mar ni el derretimiento del permafrost se consideran un riesgo.

Protegida de los instrusos por puertas herméticas, detectores de movimiento y los osos polares que rondan por sus alrededores, la cámara está preparada para soportar todo tipo de grandes catástrofes, como terremotos, explosiones nucleares o erupciones volcánicas. En conjunto, es lo suficientemente grande como para guardar hasta 4,5 millones de muestras. Cada una de ellas contiene una media de 500 semillas individuales, así que esta instalación podría almacenar en el futuro más de 2.000 millones de granos.

«Maná» protegido

Todo esto convierte a la Bóveda del Fin del Mundo en un moderno «hórreo» muy diferente al alrededor de un millar y medio de bancos de genes vegetales dedicados a la investigación y la conservación de especies que se reparten por el mundo. Los mayores se encuentran en China, Rusia, Japón, India, Corea del Sur, Alemania y Canadá.

¿Y qué ocurriría en caso de que, en efecto, una Humanidad hambrienta quisiera abrir las puertas del silo ártico y acceder al «maná» protegido? «Es importante subrayar que la propiedad del material permanece en el banco de genes o el país que lo ha depositado. Lo regula un documento legal entre los dueños legítimos y Noruega. Nadie más puede sacar las semillas», apunta Von Bothmer a este periódico. Esperemos que nunca llegue el momento de comprobarlo.