Los perros se originaron en Europa hace más de 18.000 años

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Hace miles de años, nuestros antepasados comenzaron a aceptar la compañía de lobos, posiblemente ejemplares que merodeaban por sus asentamientos, atraídos por los restos de comida o la curiosidad. La unión entre especies cuajó y ambas partes debieron de encontrar ventajas en su amistad. Los humanos dieron con un buen vigilante o un compañero de caza, mientras que los cánidos se desprendían de su fiereza a cambio de un sustento más fácil. Así, de esos lobos «mansos» surgieron los primeros perros, que con el tiempo hemos convertido en un extensísimo ramillete de razas, con variedad de tamaños, colores y caracteres prácticamente al gusto de cada dueño. Pero dónde y cuándo la bestia de los bosques se convirtió en nuestro mejor amigo todavía es un punto sin aclarar.

Hasta ahora, se creía que ese proceso había ocurrido originalmente en las comunidades agrícolas de Oriente Medio, pero una nueva investigación genética, en la que ha participado el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), señala que los primeros perros fueron domesticados en Europa por cazadores recolectores hace entre 18.800 y 32.100 años.

El estudio, que aparece publicado en la revista Science, analiza el ADN mitocondrial de 18 cánidos prehistóricos de Eurasia y América de hasta 32.000 años de antigüedad, hallados en yacimientos y cuevas de Bélgica, Rusia, Suiza, Estados Unidos, Alaska, Argentina y Alemania, y lo compara con perros de muy diversas razas, lobos y coyotes modernos. El análisis descubrió que los perros modernos emparentaban más cercanamente con los cánidos prehistóricos europeos, incluidos los lobos. «Y ese parentesco es mayor que el que existe entre los cánidos prehistóricos europeos y los lobos asiáticos, lo que sugiere que el origen de los perros está en la domesticación de lobos de Europa y no de Asia», explica la investigadora del CSIC Jennifer Leonard, de la Estación Biológica de Doñana.

En busca de restos

«El lobo es la primera especie y el único gran carnívoro que los seres humanos hemos domesticado», afirma Robert Wayne, de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), coautor del estudio. «Esto siempre me pareció raro. Otras especies salvajes fueron domesticadas con el desarrollo de la agricultura y aprendieron a coexistir con a los seres humanos. Pero esta situación es difícil para un gran depredador agresivo como un lobo. Sin embargo, si la domesticación se produjo de la mano de los cazadores-recolectores, uno puede imaginar que primero los lobos se aprovecharon de los restos de animales muertos que los humanos desechaban -un papel natural para cualquier gran carnívoro- y luego, con el tiempo, se acercaron al nicho humano a través de un proceso de coevolución».

La datación molecular sugiere que los perros domésticos modernos se fueron extendiendo desde sus orígenes en Europa hacia otras regiones del planeta, como Oriente Medio -hasta ahora considerado el origen de los perros- o el continente americano en compañía de sus dueños nómadas. El análisis genético de los restos de tres perros precolombinos americanos indica un origen común con los perros europeos, lo que apunta a que los cánidos domesticados llegarían al continente americano junto con los primeros humanos.

Divergencia genética

Esta idea también ayuda a explicar la posible divergencia genética que llevó a la aparición de los perros modernos. Los lobos que seguían los patrones migratorios de estos primeros grupos humanos habrían renunciado a su territorialidad y tendrían menos probabilidades de reproducirse con lobos territoriales residentes. Wayne cree que existe un proceso análogo en la actualidad, la única población migratoria de lobos conocida existente en la tundra y los bosques boreales de América del Norte. «Esta población sigue al caribú durante su migración de mil kilómetros. Cuando estos lobos regresan de la tundra al bosque boreal durante el invierno, no se reproducen con los lobos residentes que no emigran», explica.

Los investigadores creen que estos datos genéticos deben ser confirmados con muestras significativamente más grandes que las que se encuentran en el ADN mitocondrial (aproximadamente 20.000 pares de base), pero se trata de una tarea complicada, ya que el ADN nuclear de los restos antiguos tiende a degradarse. A falta de más profundos estudios, podemos pensar que nuestros perros aprendieron a sentarse, girar y dar la patita en escuelas europeas.