Ciencia

La olla a presión del Sistema Solar

Ío, una de las lunas de Júpiter, deslumbra a los astrónomos por sus cambios continuos, sus monstruosas montañas y sus permanentes erupciones volcánicas

miguel gilarte - Actualizado: Guardado en: Ciencia

No estamos muy acostumbrados a ver colores más allá de la Tierra, tal vez el amarillo del Sol y el triste gris de la Luna. Todas las estrellas nos parecen blancas, aunque lejos de las grandes urbes se muestran de colores; rojas, azules amarillas y blancas suelen ser los más destacados. Los efímeros y escasos cometas que podemos contemplar a simple vista son blancos con colas muy difusas y grisáceas.

Existe un mundo en el Sistema Solar que sólo lo podemos ver con prismáticos como un punto blanco, muy cerca de Júpiter, pues se trata de uno de sus satélites. Se trata de Ío, algo mayor que nuestra Luna, destacado entre todos los cuerpos importantes del Sistema Solar precisamente porque muestra una coloración inusual. Multitud de colores tachonan su superficie; amarillos, rojos, blancos, naranjas, marrones, verdes, morados, azules…

Podríamos pensar que se trata de un lugar parecido a la Tierra donde el azul correspondería al agua, el marrón a los continentes, el verde a la vegetación, el naranja a las puestas y salidas del Sol, y más. Pero nada más lejos de la realidad. En verdad se trata del mundo más activo de nuestro sistema planetario, mucho más que la Tierra, más aún que las móviles nubes de los planetas gigantes o los gigantescos géiseres de vapor de agua de la luna Encélado de Saturno, todavía más que los géiseres de nitrógeno líquido de la luna más fría del Sistema Solar, Tritón, satélite de Neptuno, con temperaturas del orden de los 235º bajo cero. En 1979, la sonda espacial Voyager 1, fotografió por primera vez una erupción volcánica fuera de la Tierra, evidentemente en Ío. Desde entonces, las naves que han sobrevolado Júpiter, han obtenido imágenes de permanentes erupciones volcánicas

Parece como si todos los dioses del Universo se hubieran reunido para pintar la luna Ío. Antes de pasar por las proximidades de Ío las primera naves espaciales, los científicos predijeron que debería ser una luna muy especial, lo que estaba motivado por la presencia del mayor de los planetas, Júpiter, y tres grandes lunas, Europa, Ganímedes y Calixto. Ío queda atrapado entre la fuerza de gravedad de Júpiter y de los otros tres satélites exteriores a Ío, es decir, queda en medio de enormes fuerzas gravitatorias. Dichas fuerzas hacen que Ío se estire y se contraiga 100 metros, lo que hace que el interior del satélite esté completamente fundido y a altísimas temperaturas. Ocurre lo mismo cuando doblamos de un lado a otro un metal flexible.

Más de 700 volcanes

El interior es una olla a presión. De alguna forma tiene que expulsar el material fundido y lo hace a lo grande. Los últimos descubrimientos científicos atribuyen el material fundido al calentamiento de la astenosfera, una capa poco profunda de su corteza. Debe de haber un gran océano de lava bajo la corteza de Ío. Toda la superficie está repleta de enormes volcanes que ocupan más del 5% del total, los mayores del Sistema Solar que escupen dióxido de azufre en ocasiones a casi 400 km de altura, y debido a la baja gravedad de la luna, el material es eyectado con una fuerza inusitada al espacio. Puede caer hacia Júpiter produciendo bellas auroras jovianas. Ío es un mundo de rocas fundidas y gases venenosos, pero gracias a ello y a sus más de 150 volcanes activos, podemos contemplar los colores más vistosas de nuestro Sistema Solar. Las sondas Voyager, Galileo, Cassini y New Horizons comprobaron la existencia de esos 150 volcanes activos, pero Ío cuenta con más de 700.

La visión de los alrededores de Ío en el ultravioleta es impresionante, pues resplandece como el que más, debido a la gran cantidad de iones que se acumulan en el exterior del satélite, motivado por la magnetosfera de Júpiter, Ío se encuentra dentro de ella, lo que provoca que salten los electrones de los átomos.

Ío es el único cuerpo del Sistema Solar que va renovando toda su superficie de forma continua. Los científicos han calculado que cada millón de años, la superficie de Ío ha experimentado una transformación en toda su extensión, porque ha sido cubierta completamente de lava. Este proceso, en la mayoría de los mundos del Sistema Solar, no existe. Por ejemplo, en nuestra Luna, gran parte de su superficie sigue siendo prácticamente la misma desde hace 4.000 millones de años. No hay cambios porque es un mundo muerto.

Sería muy arriesgado dar una vuelta alrededor del satélite andando por su superficie. Tendríamos que protegernos con trajes muy especiales, parecidos a los que usan los investigadores en las proximidades de los volcanes activos en la Tierra, y por su puesto de una máscara antigás. No obstante, en nuestra vuelta alrededor del satélite lo más probable que es nos veamos seriamente afectados por alguna gran erupción volcánica.

Los volcanes de Ío son diferentes a los de la Tierra, suelen ser grandes huecos en la superficie, mientras que en nuestro planeta estamos acostumbrados a ver elevadas montañas.

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