tribuna abierta

La intelligentsia catalana, ¿es realmente inteligente?

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Nos acercamos al nueve de noviembre y sigue habiendo apoyos a la consulta desde una amplia variedad grupos en Cataluña. Nos hablan del “derecho a decidir” como si nos fuéramos a creer que cuando dicen amor no quieren decir independencia. Mucha gente, de dentro y fuera de Cataluña, sostiene que esta epidemia ideológica está relacionada con una falta de capacidad para comprender la dimensión real del problema que están provocando. Gente poco sofisticada que desvía su frustración por la crisis y los problemas económicos. Cosa de jóvenes con poca experiencia de la vida y de las consecuencias de sus actos. Algo que está relacionado con la masa descerebrada que sigue a los líderes más carismáticos.

Nada más lejos. Este paso alegre hacia el abismo lo marcan de manera muy particular personas de excelente formación, los hijos de la burguesía ilustrada, los personajes más destacados del mundo intelectual, académico e, incluso, suicidamente, del empresarial. Y no es la primera vez en la historia ni mucho menos. Debería hablarse de ello en escuelas y universidades de este siglo XXI.

Que una gran parte de la intelectualidad y de los sectores más educados de la sociedad sostenga creencias que se dan de bruces con la realidad puede parecernos contraintuitivo y misterioso. Sin embargo, es un tema de interés creciente en la psicología. La llamada “racionalidad motivada” es la tendencia inconsciente de los individuos a procesar información y componer argumentos de manera que se ajusten a las creencias que están más en boga o que les van a procurar beneficios a corto plazo. Esta inclinación se extiende por lo visto a todas las modalidades del espectro ideológico.

Así, los individuos seleccionarán la información y le darán crédito condicional en la medida en que coincida con sus disposiciones ideológicas. Caerán en un “sesgo de confirmación” a favor de sus compromisos previos, y se resistirán a actualizar sus creencias pese a la disponibilidad de información adecuada. Cambiar de punto de vista en estos temas es un ejercicio extremadamente difícil, incluso cuando se presentan hechos que cuestionan las creencias de base. Sorprendentemente, la mayor educación está asociada con más autoconvencimiento y más “racionalidad motivada”.

Chris Mooney, un académico y periodista interesado por la ciencia en la política, lo define como el “efecto del idiota inteligente”. Y dice: “las personas políticamente sofisticadas e informadas a menudo están más sesgadas y resultan más difíciles de persuadir que los ignorantes”. Tomas Sowell por su parte piensa que es una expresión de la superioridad moral que se arrogan determinados individuos y que encuentra una plataforma excelente de pavoneo en algunas cátedras o tribunas. Les llama a esos intelectuales y artistas los “ungidos”.

“La visión de los ungidos no es simplemente la visión del mundo y de su funcionamiento en función de causas y efectos, sino una visión de ellos mismos y de su papel moral en el mundo. Es una visión de rectitud diferencial. No es una visión de la tragedia de la condición humana: los problemas existen porque otros no son tan listos ni tan moralmente superiores como los ungidos”.

Y esto pasa en Cataluña como puede pasar en cualquier lugar con los ingredientes adecuados. No hay “fet diferencial”.

Mª Teresa Giménez Barbat es antropóloga, escritora y editora de Tercera Cultura