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El Mediterráneo no es sólo un mar ni un universo geográfico y, si me apuran, tampoco únicamente una cultura. El Mediterráneo es, antes que otra cosa, una forma de concebir la existencia que supone la presencia del mar y de una cultura singular. No es tampoco una dieta, sino una forma de enfocar el ludismo. No es un espacio físico, sino una abstracción sensorial. No es una fe, es un instinto. Pero es, sobre todo, en mi opinión, una expresión casi literaria de fe en la vida. «Yo nací entre la miseria y la luz», escribía Albert Camus. Y entre la miseria y la luz, como en toda la obra de Camus, en el Mediterráneo siempre ganó la luz. ¿Qué otra forma de optimismo vital hubiera podido alumbrar esa gran conquista humana que es la democracia?. Hayas nacido en Cairo, en Alicante, en Izmir, Creta, Mallorca, Argel, Trieste, Chipre, Split, Beirut, Venecia o Marsella, no serás extranjero en ninguna tierra mediterránea. Y aunque no hables italiano, croata, árabe, turco o francés, hay algo que te hará entenderte con todos quienes viven en las cercanías de ese mar, porque lo que prima en todos ellos es una manera de concebir la vida. Yo camino por los puertos del Mediterráneo, con las manos en los bolsillos, igual que lo haría un marinero nacido en Fenicia, crecido en Sicilia y contratado por un barco francés. Y la gente me saluda en veinte idiomas. Nunca he sido un extraño en Grecia, ni en Italia, ni el sur francés, ni en las costas de Túnez, de Argelia, de Marruecos, de Siria o de Egipto. El Mediterráneo se extiende más allá de sus costas. Yo creo que París es casi tan mediterránea como Barcelona, Cádiz tan mediterránea como Estambul y desde luego que lo es Madrid. ¿Quién mide cuáles son las fronteras espirituales del más viejo de los mares? No hay que olvidar, de todos modos, como escribía Fernand Braudel, que en este universo «lo plural siempre se opone a lo singular: hay diez, veinte, cien Mediterráneos y cada uno de ellos está a su vez subdividido». Por lo mismo, el Mediterráneo podría tener muchos símbolos. Yo me quedo con ese perfil mordido por los siglos del Partenón de Atenas, que levita en los aires, a la orilla del mar, como una nave de piedra, cual si fuera la nave de Peter Pan.