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Una noche rechacé bailar en el Savoy. El sitio (era como el escenario de una película de Fred Astaire y Ginger Rogers) me imponía más que el extraordinario hombre que me lo propuso.
El hotel también era extraordinario. Los había mejores en Londres pero no eran el Savoy. Y no me refiero a los modernos tipo Halkin o al lujurioso Mandarin, sino a los clásicos. Al Claridge’s, a The Connaught o incluso al redoblero pero discreto The Lanesborouh. El Savoy es otra cosa. Está en el Strand, lo que siempre viene bien para ir andando al teatro. Y luego posee esa mística difícil de igualar, aunque también la tengan el Connaught o el Claridge’s, que asimismo pertenecieron a Richard D’Oyly Carte, el empresario teatral que construyó el Savoy con los beneficios de las obras de Gilbert & Sullivan. El Savoy albergó los encuentros entre Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas. Y Vivien Leigh conoció a Laurence Olivier en el vestíbulo del hotel. Por no hablar de los cuadros que Monet y Whistler pintaron desde sus habitaciones con vistas al Támesis. El Savoy, construido en 1889 por D’Oyly, fue cerrado en 2007 para volver a ser el Savoy, lo que ha costado 254 millones de euros. Reinaugurado el 10 de octubre, fue el primer hotel de lujo de Gran Bretaña, el primero con electricidad, ascensor, aire acondicionado, servicio de habitaciones y baños en las habitaciones. Empezó siendo dirigido por Cesar Ritz, antes de que se montara por su cuenta, y el chef era Auguste Escofier (ahora ha entrado el omnipresente Gordon Ramsey con una de sus franquicias). En 1937, Jorge VI fue el primer monarca que cenó en un hotel. Eduardo VII, todavía príncipe de Gales, había dado su visto bueno al tugurio. De hecho, uno de los grandes méritos de D’Oyly fue el de hacer los hoteles aceptables para la aristocracia. La entrada art deco sigue siendo impresionante. Y las cortinas negras de terciopelo del Beaufort bar, construido sobre el cabaret original donde George Gershwin tocó por primera vez «Rhapsody in Blue». A veces me da la impresión de que el actual Savoy es como el Aldon de Berlín, una ficción, aunque no haya sido construido de nuevo sino sólo restaurado. Por eso me arrepiento de no haber bailado.