Se llama Víctor Hugo pero los únicos miserables que ha visto en su vida estaban en las chabolas-palafitos de los Guasmos de Guayaquil. No tendrá más de veinticinco años y se gana la vida, según me dice "bastante bien", llevando en su panga a turistas como yo. No quiere abandonar su tierra, las islas Galápagos, aunque tiene parientes que están trabajando en Madrid. "Mire usted, si el turismo baja, puedo pescar y no me muero de hambre. Yo aquí tengo de todo lo que necesito y sobre todo... tranquilidad". Las pangas son unas barcas a motor, una especie de esquifes como el que utilizaba el capitán Ahab para perseguir a aquella obsesión blanca llamada Moby Dick, o el del viejo pescador cubano ideado por Hemingway en pos de un pez tan enorme como quimérico. Esta es menos literaria, más moderna, equipada con un potente motor fuera borda, y sólo tarda diez minutos en atravesar el brazo de mar que separa el Puerto de Villamil, en la galapagueña isla Isabela, del islote de Las Tintoreras. A excepción de dos playas, una de arena blanca y otra de piedras negras, toda esta islita, de origen volcánico como el resto de las Galápagos, está formada por lava del tipo AA, negra, reciente, áspera, amenazadora, pero que se puede recorrer sin dificultad alguna gracias a unos caminitos abiertos entre las rocas cortantes de los que no hay que salirse. Paseo tranquilo por este paisaje lunar habitado por centenares de iguanas terrestres que allí, sin depredador alguno, se reproducen con total normalidad. Son tan confiadas que hay que tener cuidado para no pisarlas. Aguas limpias, turquesas, casi siempre mansas, ideales para la navegación y el snorkel. Para la contemplación de lobos marinos, pingüinos, tortugas, iguanas marinas y los tiburones de aleta blanca que dan nombre al islote. Pero no todo es idílico, muy cerca de aquí, frente a la isla de Santa Cruz, el 17 de marzo pasado encalló la goleta “Alta” con 16 turistas canadienses y 8 tripulantes. Llevaba unos 14.000 litros de diésel en sus bodegas. Aunque todas las personas fueron rescatadas, se temió por el vertido del combustible. Era un susto más ya que en junio de 2009 en sólo cuatro días otros dos barcos derramaron petróleo cerca de Puerto Ayora. Y en enero de 2001 de un buque cisterna escaparon 600.000 litros que produjeron una marea negra de 1.200 km² cerca de Puerto Baquerizo. El archipiélago de las Galápagos es un paraíso en constante peligro. En 1978 fue el primer lugar del mundo declarado Patrimonio de la Humanidad, pero a partir de 2007 se temió por su futuro y la Unesco lo puso en la lista de sitios en peligro. El turismo, la introducción de animales invasores, entre ellos los domésticos, y los propios habitantes de las islas podrían acabar con este edén en el que Darwin desarrolló su teoría evolucionista. Por fortuna, el Comité de Patrimonio Mundial de la Unesco, tras comprobar la situación, acaba de retirar a las Galápagos de esa lista nefasta de "bienes en peligro". Un respiro momentáneo, pero no definitivo. Víctor Hugo habla y no muy bien de los políticos con respecto al medio ambiente. En su panga, junto a la proa, un cartel pintado a mano reza: "NO VOTAR BASURA". Quiero pensar que no es una errata.
En Puerto Baquerizo Moreno está terminantemente prohibido llevar perros sueltos. No es un capricho del regidor de turno sino una necesidad imperiosa. En esta relativamente pequeña población de menos de 6.000 habitantes, capital de la provincia (archipiélago) de Galápagos, Ecuador, los animales salvajes (mejor sería decir los no domésticos) campan por su respetos, libremente, pacíficamente. Pájaros, cangrejos, iguanas y especialmente los lobos marinos, que superan fácilmente los 200 kilos, se mueven a sus anchas entre el puerto y las casas en primera línea de playa. Los lobos no se meten con nadie, pero tampoco dejan que se metan con ellos. Es raro que ataquen, pero si se acerca uno demasiado a su espacio vital (calculo que a un metro más o menos) lanzan un rugido, que no un aullido a pesar de su nombre, de advertencia. Estoy sentado en un banco del paseo marítimo, la Avenida Charles Darwin, junto a una especie de templete de la música con balaustres de madera. El paseo es ancho y totalmente enlosado. Por la acera deambulan peatones como si nada. A pocos metros pasa la calzada recientemente asfaltada y por ella, de vez en cuando, algunos coches. Paisaje urbano ciento por ciento. Pero en una estrecha franja de tierra sembrada con plantas rastreras que rodea el templete duerme plácidamente boca arriba un león marino que ha ido hasta allí porque le ha dado la gana. Cuando llegué al banco, hace unos minutos, no reparé en un su presencia, pero de repente oí un gruñido parecido al que hace mi perro Chang cuando no quiere ser molestado. Evidentemente yo había traspasado los límites admisibles para un otárido. Un paso atrás... y todo resuelto. Dos no pelean si los dos no quieren. El lobito resopla y vuelve a cerrar los ojos, y yo puedo sentarme tranquilamente a leer el diario del viaje que hizo aquí Darwin en 1835. De las islas Galápagos se ha dicho casi de todo y yo había leído algo de ello. Aún sabiéndolo, lo que más me ha impresionado es esta fauna amable que nos rodea, su "extraordinaria mansedumbre" que la hace aparecer como domesticada, cuando en realidad se trata de una ausencia de miedo, y por lo tanto de agresividad. Y aunque motivos para odiarnos no le faltan a este "lobo de dos pelos", vulgarmente conocido como foca peletera, al poco rato el lobo es ya mi hermano lobo, como el de Gubbio, aunque yo no sea ni de lejos el santo de Asís. Me levanto despacio y, como si fuera una liebre, abre un ojo. Ve que me voy y lo cierra. Me alejo calle arriba cuando empieza a anochecer en este paraíso y no llego a comprobar si además de rugir, gruñir y resoplar, ronca.
"Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad".
"Los motivos del lobo" de Rubén Darío
Más: Delicatessen de la Amazonía.
Panamá de Ecuador. Fotos: Pilar Arcos
Con los ojos cerrados diría que estoy saboreando una fina mousse de canela y nueces cargadita de mantequilla y con unas bolitas duras que no saben a nada en especial. Pero no nos engañemos, no es así. Estoy en Archidona, la ciudad más antigua fundada por los españoles en el oriente ecuatoriano (1560), a 180 kilómetros de Quito, en la puerta de ese «océano verde» que es la Amazonía (7 millones de km², ¡catorce Españas!) que produce el 20 por ciento del oxígeno de la Tierra. Cuando le conté a mi guía, Mateo Ponce, que nuestra Archidona primigenia, la de Málaga, es famosa por sus porras y su cipote me respondió jacarandoso que no sabía si ésta de Ecuador tenía falos tan eminentes, pero que en materia gastronómica era bastante singular y que si quería lo podía comprobar. Dicho y hecho. Paró el todoterreno a la izquierda de la carretera E45, que atraviesa la población en dirección a Tena, junto a unas barracas de madera que hacen las funciones de pequeñas tabernas. En el exterior, unas parrillas sobre las cuales se encuentran unos paquetitos hechos con hojas y atados con hebras. En un cartel escrito a mano se ofrece «Hoy caldo de pollo criollo, maito de pollo y chontacuro» «Si quieres algo auténticamente de monte —me sugiere Mateo— prueba los chontacuros». Por un dólar, la patrona que lleva una niña a la espalda, me da uno de esos envoltorios. Al abrirlo me encuentro con tres gusanos bien hermosos cocinados a fuego lento. Son los chontacuros, del quechua «chonta» palmera y «kuru» gusano. Una larva comestible de un escarabajo. Su aspecto es el de un gusano de seda gordo (llega a medir 7 cm. de largo) que tras ser cocinado al vapor en su propio jugo se vuelve amarillento, con la textura y el sabor de la mantequilla y un retrogusto (¿o se dice postgusto?) a canela, nuez y otros frutos secos. Pura proteína. Las bolitas duras insípidas son las cabezas, que desecho disimuladamente. El poeta y gastrónomo Julio Pazos (Baños, 1944) ha glosado este tipo de cocina llamada de los envueltos: «tamales, humitas, chigüiles, ayacas, ayampacos, maitos y quimbolitos». Los libros de cocina ecuatoriana hablan de los patacones y los chifles (plátanos fritos, los primeros machacados), del seco (guiso) de pollo o de chivo, del cebiche (macerado en limón) de pescado y/o camarones (gambas), del chupé (caldo) de gallina o de corvina, del babaco (una fruta parecida a la papaya) en almíbar, e incluso del cuy, un conejo (de Indias) que alimenta las mesas festivas y el morbo de los melindres, pero nada dicen de los chontacuros. Y sin embargo doy fe de que, remilgos aparte, son una delicatessen propia de un restaurante con estrellas Michelin. Los indios alaban sus supuestas cualidades curativas (aparato digestivo, bronquios, articulaciones, circulación sanguínea...) y algún capitalino perspicaz se los ha llevado a Quito para comercializarlos en aceites milagrosos. A mí, simplemente me gusta su sabor. Cuando volvamos de la selva le pediré a Mateo que vuelva a parar aquí para saborear otra vez un maito de chontacuros. Acompañados de una cerveza Pilsener todavía estarían mejor.
Más: Panamá es de Ecuador.
Fotos: Pilar Arcos.
El regateo es fundamental. Empiezan pidiéndome 180 dólares y al final acabo llevándome dos por 150. Sin duda es una buena compra, pero es difícil saber hasta qué punto. En Europa los sombreros panamá pueden costar entre 70 y 2.000 euros dependiendo de su calidad. Aquí en Otavalo (Ecuador) hay tantas variedades como compradores en sábado, el día grande de este mercadillo de la Plaza de los Ponchos que junto con el de Chichicastenango (Guatemala) y Pisac (Perú) forman el triángulo de los mejores mercados artesanales de toda Latinoamérica. ¿Sombreros de panamá en Ecuador? No es una contradicción. Aunque a su llegada los conquistadores españoles comprobaron que los indios de la costa del Pacífico se cubrían la cabeza con gorros de paja, no es hasta mediados del siglo XVII cuando se tiene constancia de que en la provincia ecuatoriana de Manabí, fundamentalmente en las ciudades de Jipijapa y Montecristi, se fabricaban sombreros confeccionados con una fibra llamada toquilla. Durante muchos años abastecieron al mercado local hasta que, a finales del siglo XIX recibieron el encargo de hacer centenares de sombreros frescos y livianos para los constructores del Canal de Panamá. Es en su inauguración (1913) cuando la foto del presidente norteamericano Theodore Roosvelt tocado con un jipijapa da la vuelta al mundo y populariza definitivamente el gorro de paja entre las clases selectas. Desde entonces, centenares de figuras de la cultura y la política han contribuido a su difusión: Marlon Brando, Orson Welles, Humphrey Bogart, Frank Sinatra, Sean Connery, Harrison Ford, John Huston, Michael Douglas, John Kennedy, Eduardo Vll y Alfonso Xlll, sin olvidar al inefable Charlie Chan. Y últimamente también mujeres como Madonna o Angelina Jolie. "Muerte en Venecia" de Visconti ha quedado como una de las mejores películas de todos los tiempos gracias a su director, la intensa historia de Thomas Mann, la magnífica interpretación de Dirk Bogarde y ese increíble "Adagietto" de la Quinta Sinfonía de Mahler. Con todo, su única nominación para los oscar fue por el vestuario. ¿Recuerdan esas escenas en la Playa del Lido veneciano en la que el profesor Gustav von Aschenbach (Bogarde) y el mozalbete Tadzio (Bjorn Andresen) jugaban al ratón y al gato? Ambos, además de una cuidada indumentaria de época, se tocaban con un sombrero de panamá. Hace cuarenta años había más de 2.000 tejedores de toquilla en la ciudad de Montecristi, en su mayoría mujeres jóvenes pues sus dedos pequeños y finos son indispensables para ese arte. Hoy quedan una veintena de maestras, muchas de ellas bastante mayores. Dos panamás buenos por 150 dólares: ¡una verdadera ganga!