Comprar y comprar. O quizá ver y sólo ver. Consumir es la principal actividad de Dubai, ciudad en la que se acumulan los centros comerciales como los granos de arena en su desierto. La oferta es tan mayúscula como abultada tiene que ser la cuenta del cliente. Y no es que los precios sean elevados respecto a los españoles, sino que muchas de las tiendas son espacios protegidos de las grandes firmas de la moda y de la joyería. Botón de muestra son el Mall de los Emiratos, que alberga hasta una Vía Rodeo, o BurJuman, un exclusivo centro de noventa y cinco tiendas, entre ellas una sucursal de dos plantas del gran almacén de lujo estadounidense, Saks Fifth Avenue. A su lado compiten los míticos franceses Dior, Lacroix, Hermés o el italiano Valentino junto a tiendas de "gótico Poe" . Pero en los últimos años en esta milla de oro se han abierto camino marcas más asequibles como la española Zara y la norteamericana Gap. El lujazo, porque no puede calificarse de otra manera, reside también en la puerta principal del Burj Dubai Mall, centro comercial —dicen que el más grande del mundo— construido a los pies del Burj Dubai, el rascacielos más alto del planeta que espera ser inaugurado antes del verano. Nada más alcanzar la entrada se abre una rotonda de mármol en la que se engarzan las más exclusivas firmas de joyerías. Ningún escaparate exhibe precios por cuestión de buen gusto. Pero Dubai tiene una segunda milla de oro. Está en el zoco y se llama Gold Souk. Si los anteriores escaparates mostraban una pieza o dos como máximo, los situados en el corazón del viejo pueblo de Deria rebosan de kilates. Aunque lo que aquí está en venta son las tradicionales joyas árabes, en algunas tiendas los artesanos elaboran piezas al gusto del cliente. Además del oro, en este mismo zoco se pueden comprar antigüedades de plata provenientes de Omán. Entre tanta opulencia, apenas hay cabida para las falsificaciones. Están en Al Karama Shopping Center, un recinto de escaso gusto que revela que las imitaciones no son un negocio en una ciudad, en la que se puede comprar hasta un chaleco de oro.

Para llegar al desierto no hace falta salir de la capital de Dubai. De hecho, sus rascacielos, como flechas, tocan el cielo apoyándose sobre arenas rojizas. Pero para alcanzar sus dunas, sí. Hay que recorrer unos 50 kilómetros para poder adentrarse en esta extensión de 225 kilómetros cuadrados donde viven, entre otras especies, antílopes. La puerta de entrada a este territorio, en el que foráneos y nativos se divierten haciendo prácticas de rally, es una sucesión de tiendas de souvenirs, donde junto al agua te venden y colocan la “guthra”— pañuelo de hombre para la cabeza— para que no olvides tu condición de turista y no caigas, pues, en la tentación de jugar al aventurero solitario. Por eso, la expedición que se adentra en el desierto la forman hasta quince «todoterrenos», a cuyas ruedas quitan presión para evitar que se hundan en la arena.
En fila india comienza la expedición, guiada por conductores que, confiados en su pericia, juegan tanto con las dunas como con los nervios de los turistas. Tras ascender unos cuanto metros, el 4x4 llega a la cumbre de la duna y transita por ella provocando la sensación de ser un equilibrista que se cuida mucho de desviarse a izquierda o derecha. Pero se trata de un espejismo, porque de repente el «todoterreno» reduce la velocidad hasta creer que gira sobre sí mismo, para luego precipitarse por la duna y acometer, con este impulso, la ascensión de la siguiente, sin dar tregua alguna al estómago. De ahí que los conductores vayan provistos de bolsas de plástico que, por cierto, en muchos casos se «olvidan» sobre las arenas, lo mismo que botellas de plástico. Una verdadera pena.
Después de esta intrépida experiencia, la expedición recupera la tranquilidad sobre una duna que espera en el horizonte la llegada del atardecer. Pero la suerte no nos acompaña del todo y el polvo del desierto, como si fuera un maquillaje, cubre en tonos pálidos al sol. No obstante, como astro rey, sabe defenderse y convierte su presencia en tímidos amarillos que amplían la gama de rojizos de las dunas.
Sencillamente grandioso y más si se hunden los pies en la calida arena.
Por fin estamos a los pies del Burj al Arab, el hotel más estrellado del mundo. Y decimos por fin, no porque nos vayamos a alojar en una de sus 202 suites – ya nos gustaría, pero los entre 1.400 y los 24.000 euros que cuesta una noche son razones de peso—, sino porque, al igual que la Torre Eiffel, gana al natural. Impresiona ver que, en efecto, es una vela al viento de 321 metros clavada en una isla artificial en las aguas del Golfo Pérsico.
Admiramos su desafiante arquitectura desde la playa pública de Jumeirah de Dubai, y sólo desde aquí, porque, como gran tesoro, La Torre de los Árabes o Burj al Arab se protege de los curiosos. El paso lo tiene reservado a sus huéspedes, que es lo mismo que decir a millonarios. Sólo ellos caminan sobre granito azul de Brasil, mármol es de Carrara o de Statutario (el que empleó Miguel Ángel es sus esculturas), y bajo techos revestidos de láminas de oro de 22 kilates de la India. O duermen en camas giratorias ante pantallas de cine privado.
En este hábitat de lo superlativo —nos resistimos a llamarlo lujo— se encuentra el único restaurante submarino del mundo, el Al Mahara, del que destaca, más que su cocina, una columna central convertida en un impresionante acuario en el que viven, junto a singulares especies, dos tiburones, lo que permite disfrutar de las fauces del escualo mientras las propias devoran a otros peces, también muy preciados.
Casi por arte de magia, y gracias a un ascensor que se eleva seis metros por segundo, en un instante se alcanza otro de los restaurantes, el Al Muntaha, una torre de vigía de 200 metros de altura, desde la que deben dar ganas de comerse el mundo. Pero para ello es necesario que, cuando se realice la reserva, se insista en que la mesa esté situada en la primera fila, es decir, junto a la gran cristalera, porque, como en el anterior, en el Al Muntaha se disfruta más de la vista que del gusto.
Después de este tránsito por lo superlativo, ponemos los pies en la tierra. Y de nuevo sobre la playa de Jumeirah, donde grupos de extranjeras disfrutan del atardecer al igual que unos nativos de ellas.
Llegada ya la noche, La Torre de los Árabes o Burj Al Arab vuelve a provocar con juegos de colores. La vela cambia del rojo, al azul, al verde, al malva...
Mañana viajamos a otro color, el del desierto