
Hoy he vuelto a pisar las calles “de lo que fue Santiago ensangrentada” y no he podido acercarme al Palacio de la Moneda en esta radiante tarde de la adelantada primavera austral. Las vallas no dejan hacerlo y sin embargo la calma es absoluta. Lo que pasa es que a pocos metros de allí, la Universidad está tomada por los jóvenes indignados chilenos que exigen una mejor y más barata enseñanza. Una inmensa pancarta, que prácticamente cubre la decimonónica fachada de la Casa Central de la Universidad, reza: “La lucha es de la sociedad entera. Todos por la educación gratuita”. Dentro los “pingüinos” no cesan en su actividad reivindicativa. Las sillas y las mesas patas arriba, indicando que ese edificio está en lucha”. “Pingüinos” es como llaman aquí a los estudiantes de secundaria por sus uniformes blancos y negros, pero están lejos de ser unos pájaros bobos. Desde 2006 vienen enfrentándose a la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), en vigor desde el 10 de marzo de 1990, justo un día antes del traspaso del gobierno del dictador al primer presidente electo de esta democracia, Patricio Aylwin. Y poco a poco han conseguido que se les unan los universitarios, los profesores, los padres de familia, los sindicalistas y los funcionarios, hasta ser respaldados por cerca del 80% de la población, y protagonizar las mayores manifestaciones realizadas en Chile desde el regreso de la democracia en 1990. Un poco más allá entro en lo que aquí llaman “un café con piernas”, es decir un café en el que unas esbeltísimas camareras en minifalda sirven las infusiones, y leo en “El Mercurio” que la situación económica general de Chile es buena, que sus 9.800 euros de renta per capita lo sitúan en el primer puesto de los países latinoamericanos, lo que aquí llaman un auténtico “exitismo” que no corresponde con la imagen que dan los manifestaciones, ni con la idea de Chile como país modélico para sus vecinos. Algo no concuerda y mientras los índices de popularidad del actual presidente, Sebastián Piñera, han caído hasta un 26%, la cota más baja de cualquier gobernante del periodo democrático chileno. Apuro el café, miro un par de piernas que pasan junto a mi mesa y oigo de lejos el grito de los “pingüinos”.