
El valle está verde, tremendamete verde en este invierno del Milenio Pasiego. Ayer llovió, hoy hace sol. Las altas hierbas del prado, que muere a los pies del frondoso robledal De Todos (nombre más democrático, imposible), tapan las botas katiuskas del labriego que lucha contra ellas blandiendo su dalle (guadaña) con más paciencia que otra cosa. “No hay prisa, tarde o temprano caerán y ahí los espera el rastrillo para atroparlas”. A su espalda, el santuario de Nuestra Señora de Valvanuz, a 2 km. de Selaya, en la cuenca del Pisueña, uno de los tres valles pasiegos junto con el de Miera y el de Pas. Tierra de pastos, de vacas (antes más que ahora) y sobaos en la Cantabria profunda. Edificio del que solo destaca una espadaña de tres campanas construida sobre lo que fuera una iglesia del s. XII y un pórtico fechado en 1682 coronado por un escudo en el que se lee “Viva el rey de Castilla, patrono de esta capilla”. Más interesante me parece la cercana Casa de la Beata, donde vivía la familia de la persona que se ocupaba de mantener el santuario. Y no por su sólido exterior de piedra reconstruido en 1900, sino por lo que alberga, un curioso museo de las Amas de Cría. Durante el siglo XVIII y hasta principios del XX muchas pasiegas jóvenes recién paridas y pobres se vieron obligadas a vender lo único que tenían (además del hijo) es decir, su leche. Menospreciadas e insultadas por muchos, dejaban al niño y marchaban la mayor parte de las veces a pie por aquellos andurriales montaraces hasta las grandes ciudades donde las acogían familias pudientes de «madres melindrosas o con impotencia a la hora de amamantar sus críos» (en palabras del escritor granadino Julio Belza). Eran las amas de cría, o de leche, en contraposición a las amas secas. Aquí podemos ver algunos de sus vestidos, abalorios, utensilios y cuévanos niñeros (cunas), pero sobre todo una impresionante colección de más de 300 fotos de otras tantas nodrizas, fechadas entre 1867 y 1944. Retratos rancios, sucios, amarillentos, donados por las familias en los que indefectiblemente aparece la pasiega que siempre mira de frente, con un gesto entre orgulloso y abatido, muchas veces con el vestido de la tierruca y el mandil (“pasiega sin delantal parece mal”), mientras que el mamón está sentado en su regazo. Inquieta contemplar estas fotos agrupadas en paneles de 35 ó 40 imágenes. De repente me pasan flashes estremecedores por la mente, imágenes de otros museos con victimas en serie. Pero quiero consolarme pensando que son cosas muy distintas.