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A ratos las nubes tapan el pico del cerro Hauthal (1.501m) y a ratos se desvanecen. Para acabar de empezar el otoño austral de la Patagonia, las montañas tienen todavía bastante nieve. Más abajo la lengua escarpada, voraz, inquieta del Glaciar Perito Moreno aparece como una cenefa de hielo. El silencio es denso, aplastante, sólo comparable al que sigue a un terremoto lejos de las poblaciones. Antes o después de los seísmos todos los animales huyen, los que viven cerca de este glaciar son sigilosos, como el gato montés, el hurón, el huemul, y no digamos el puma o el cóndor. Este último es el único que se deja ver, siempre de paso. Se suponía que en estos hielos eternos no había vida, no es así. En 2005 se descubrió que en pequeñas oquedades habita un insecto de no más de centímetro y medio de longitud parecido a las tijeretas. Se le ha bautizado como “dragón de la Patagonia” y trae de cabeza a los entomólogos pues su hemolinfa contiene un potente anticongelante que, de poderse aislar, sería de gran ayuda en los trasplantes humanos. Pero no es un silencio absoluto, cada pocos minutos se producen desprendimientos de la masa helada. Primero se oye, amplificado, algo parecido a cuando se desgaja con la mano una rodaja de sandía. Es cuando se parte el hielo. Luego, como un seco latigazo. Es cuando cae al agua. Un agua que por fría es muy densa y que forma olas. Contemplo la escena de frente, desde la orilla, sentado en una roca. Si se cayera todo el glaciar de una vez produciría un tsunami que me arrastraría, pero ni se me ocurre pensarlo. Estoy solo, absorto en esta sinfonía de colores: celeste, cobalto, índigo, marino, añil, turquesa, zarco, violeta... de intensidad directamente proporcional a la presión a la que han sido sometidos los cristales del hielo. “Me enveneno de azules”. De repente me ha venido a la cabeza esta película de Francisco Regueiro de principios de los 70, creo. La verdad es que no recuerdo nada de ella aparte del título y una excelente fotografía en tonos azules, claro, del maestro José Luis Alcaine que se adelantó en más de veinte años a la más conocida “Tres colores: Azul” que protagonizaba Juliette Binoche. Estoy solo porque el resto del grupo se ha ido a pasear por la lengua de hielo, una idea que no me agrada. No quiero mancillar con los crampones de mis botas lo que sin duda debe de ser territorio sagrado, como tampoco lo hice en la roca australiana de Uluru, que, por cierto, ahora me doy cuenta de que parece un glaciar de arenisca roja. Allí, a los aborígenes anangu no les gusta que los turistas la huellen bajo sus pies, aquí a los indios tehuelches tampoco les agradaría, si no fuera porque prácticamente han acabado con ellos. Irónicamente, el perito Moreno de carne y hueso (Francisco Pascasio Moreno, 1852-1919) nunca llegó a ver estos hielos aunque anduvo mucho tiempo por aquí como comisionado de Buenos Aires para delimitar las cuestionadas fronteras con Chile. Cuentan algunos guías locales (no se si será una leyenda) que un turista gringo les preguntó en cierta ocasión por el “pequeño perro negro” del parque. “No, aquí no hay perros”, le contestaron. “Sí, sí, yo lo he visto en internet”, insistía el extranjero mientras se lo mostraba en su iPhone. En el traductor on line aparecía “little black dog” como traslación de “perrito moreno”. Se lo juro.

El glaciar Perito Moreno y el cerro Hauthal en la Patagonia argentina (Foto: Pilar Arcos)

 
De Fernando Pastrano (el 16/03/2011 a las 10:50:23, en Argentina)

Buenos Aires a finales del verano austral está radiante de sol otoñal. Ciudad ideal para pasear y a la vez imposible de recorrer a pie. Ideal por la belleza "europea" de sus calles, por la amabilidad de sus gentes. Imposible por las enormes distancias entre muchos de sus 48 barrios habitados por tres millones de personas que llegan a los 13 si contabilizamos a todos los que deambulan a diario por el Gran Buenos Aires. Barrios con nombres tan familiares hasta para los que nos los conocen como Chacarita, Recoleta, La Boca, San Telmo. Precisamente por San Telmo me he dado una vuelta hoy. Ese San Telmo de calles adoquinadas que fue en su día el origen de la ciudad porteña. Y me he sentado un rato en el banco que está entre las calles Chile y Defensa con una jovencita llamada Mafalda. No es de carne y hueso, sino una escultura-cómic del personaje de Quino, que vivió muy cerca de allí. Pero la sensación era la de un dejá-vu, algo familiar. Imposible no recordar con añoranza cuando en los años 70 esperábamos con impaciencia la aparición periódica de los libritos de Lumen con las tiras de esta niña y su familia (Guille, Manolito, Felipe y Susanita) y a los que la dictadura franquista obligó a colocar una banda que decía "Para adultos". Con la lagrimita intentando salir he seguido por el barrio y he ido a parar a lo que fue un antiguo almacén y hoy es un restaurante-tanguería repleto de turistas extranjeros. A mí (siempre lo he reconocido) me gusta ser turista, también viajero. Se complementan. El Viejo Almacén es ese sitio en el que en 1978 la Reina Doña Sofía pidió que le cantaran Cambalache, "El que no llora no mama y el que no afana es un gil". Hoy nadie ha interpretado ese tango, pero sí un buen repertorio de los más clásicos. ¡Qué sería sin Buenos Aires sin los tangos! Esa música arrabalera que nació a finales del s. XIX. Y qué sería de nosotros, los turistas de la ciudad rioplatense, sin locales como el Viejo Almacén que es, como dice la letra de la canción de la que tomó su nombre, "Donde van los que tienen perdida la fe".

 
De Javier Jayme (el 24/05/2010 a las 13:10:13, en Argentina)

Una de las actividades más relajantes y sugestivas que pueden realizarse en las proximidades de Buenos Aires es pasear durante una jornada entera por Tigre y sus aledaños. Esta encantadora y apacible localidad, compendio grandilocuente de los paisajes anfibios que conforman el delta del Paraná –y puerta de acceso a los mismos-, posee innegables bellezas naturales y urbanas, cada una de las cuales es un potente reclamo para el turismo. Pues bien: entre tales bellezas hemos encontrado una rara délicatesse de índole histórico-cultural: el museo del Mate.

Con cerca de 3.000 piezas originales recopiladas, esta exposición es la única de su clase existente en el mundo. Fue inaugurada en 1978 en Paraná, en la provincia de Entre Ríos. Su creador, Francisco Scutellá, artesano, escritor, investigador costumbrista y restaurador, recorrió su tierra durante muchos años buscando las piezas –algunas con más de dos siglos de existencia- que hoy componen esta curiosa muestra, cuya variedad y riqueza son inigualables. La colección se trasladó hace no más de año y medio a la casona número 289 de la calle Lavalle de Tigre. Desde su nueva apertura, la galería, con sus ocho salas, ha añadido una estrella sumamente insólita al firmamento de los atractivos de la ciudad del delta bonaerense.

Y es que el museo del Mate responde a una constante demanda de propios y extraños: la de conocer la historia de la costumbre más popular y representativa de los argentinos. Porque el mate es más que una infusión; constituye parte del folklore del país pampero por excelencia. De hecho, la Secretaría de Cultura de la nación le otorgó, junto a su yerba (Ilex paraguarensis), la condición de Patrimonio Cultural, Alimentario y Gastronómico de Argentina. Cuando comparten una misma bombilla, los contertulios se entregan a largas conversaciones y, entre cebada y cebada, sorbiendo hasta que se termina el agua –a un buen cebador jamás se le lava la yerba-, van participándose sus sentimientos, sus aspiraciones y sus sueños.

Vistas así las cosas, la declaración de intenciones de Jorge Díaz, actual propietario y director ejecutivo del museo, ni nos sorprende ni nos extraña. “Nuestro objetivo más ambicioso”, nos confiesa, “es el de proyectar la tradición argentina al gran público nacional e internacional”. De entrada, nos hace pasar a la sala auditorio, donde el encargado nos proyecta un video en el que se da a conocer la historia del cultivo de la yerba mate desde el descubrimiento de América hasta hoy, junto a la ubicación de las principales plantaciones actuales y su proceso de producción. Luego, el recorrido de la exposición nos lleva, de nuevo en palabras del Sr. Díaz, “a admirar el patrimonio histórico que nos dejaron nuestros abuelos inmigrantes de Europa, China, los países árabes e incluso Australia”.

Y, contemplando sala tras sala el ingente cúmulo de piezas, comprobamos que no le falta razón. Aquí se encuentran los mates más pequeños del mundo, yerberas de las carretas, pavas, calderas, calentadores, bombillas de cristal de la época colonial, mates de porcelana de Italia, Inglaterra, Francia, Alemania y la República Checa, además de libros dedicados al tema, viejos instrumentos musicales con calabaza matera y otros objetos funcionales construidos con mates. Llaman particularmente la atención la caldera de Martín Fierro, una lata de hierba Gardel de 1936 –usando la imagen del inolvidable cantante de tangos- y el primer termo del mundo, una pavita de plata peruana con hornito incorporado de 1780.

Pese a su corta existencia, el museo del Mate ha devenido ya en un notable y entretenido centro histórico-cultural que recibe multitud de visitantes y exterioriza al mundo la usanza que más identifica a los argentinos. Nuestra visita concluye en el Mate Bar, recibidor decorado con un “cielo de mates” que le confiere el ambiente íntimo y coloquial para el que fue diseñado: degustar la bebida nacional y sus productos anejos. Llega el momento de la despedida, pero antes Jorge Díaz nos convida a paladear una deliciosa torta de yerba mate, cortesía que, junto al resto de las que nos ha brindado, apreciamos y, desde esta página, volvemos a agradecerle.

 
De Javier Jayme (el 10/05/2010 a las 13:09:31, en Argentina)

Quien desee conocer la zona norte del Gran Buenos Aires –la más hermosa y exclusiva de esta provincia, con sus grandes mansiones de época y sus country clubs-, tiene una cita obligada con Tigre, localidad que debe su denominación a una raza de felinos, los yaguaretés o tigres americanos, antaño abundantes en la región y hoy extinguidos. Colonizado hacia 1580, este emporio, ciertamente coqueto y pintoresco, oficia de puerta de entrada al delta del Paraná, el tercero más grande del planeta (17.500 kilómetros cuadrados de superficie y 320 de longitud) y el único entre los de su tamaño cuyas aguas no van a parar directamente al mar, ya que se vierten antes en el río de la Plata.

 La Agencia de Desarrollo Turístico de Tigre nos ha invitado amablemente a visitar su ciudad. Partimos, pues, de Buenos Aires en esta mañana, que se anuncia lluviosa. Desde el famoso Obelisco de la Avenida 9 de Julio hasta nuestro destino sólo hay 32 kilómetros; un corto y sugestivo trayecto viable todo el año, bien sea por tierra o en los barcos que, soltando amarras en la dársena norte de Puerto Madero, navegan el río de la Plata. Dentro de la primera opción, una alternativa altamente recomendable al colectivo número 60 –el autobús más famoso de la capital- o al taxi (al remis, como le llaman por estos pagos) es el tren eléctrico, inaugurado en 1916, cuya marcha, paralela a la corriente fluvial, proporciona unas vistas excelentes y evita los atascos circulatorios.

Por sus bellezas naturales y por su cercanía a la gran capital, el delta del Paraná, uno de los lugares más interesantes de toda Argentina, atrae cada día a gente deseosa de pasar aquí unas vacaciones o un simple fin de semana. Pese a extenderse entre los 32º y los 34º sur, su escasa altitud y la abundancia de grandes espejos de agua generan un microclima propio de latitudes tropicales. Los palmares de pindó, por ejemplo, abundan en uno de sus brazos, el Paraná de Las Palmas, así bautizado por los colonos europeos debido a tal circunstancia. Éstos, por su parte, introdujeron plantas que modificaron sensiblemente el paisaje original. Hoy, prestando la debida atención, distinguimos exotismos vegetales como el papiro –el mismo que usaban los faraones para escribir en el delta del Nilo-, identificable por su fino tallo y su plumerillo en la punta. De Nueva Zelanda vino el formio; de Europa, la madreselva; de Japón, la ligustrina –actualmente convertida en plaga- y del Himalaya llegó el sauce llorón, incorporado ya al horizonte paranaense como si fuera un endemismo.

Tigre, sin duda su reclamo más llamativo, conforma un destino turístico no comparable a ningún otro dentro de la provincia de Buenos Aires. La villa, delimitada por los ríos Luján, Reconquista y Tigre, es una perla arquitectónica decimonónica que subsiste en medio de un universo anfibio y desconcertante. Efectivamente, la Venecia de Argentina –nombre que muchos le adjudican- se alza en un dédalo de islas y caños rebosante de especies vegetales, tanto autóctonas como exóticas, que colorean el ambiente (amén de purificar el aire bonaerense) y por el que únicamente sus moradores consiguen orientarse.

Verónica, la representante de la Agencia, nos recibe en Puerto de Frutos. Ninguna visita a Tigre es completa si se soslaya este lugar, el cual debe su nombre a que, hacia 1900, esta zona del delta fuera elegida para establecer quintas de producción agrícola, sobre todo de frutales. “Las islas contaban también con aserraderos y talleres de carpintería” nos va contando Verónica, “y manufacturaban maderas, conservas, embutidos y licores”. Hoy los artesanos de Puerto de Frutos siguen trabajando la madera, además del mimbre y otros elementos, transformándolos en bellos objetos decorativos y artísticos. La entrada a los obradores es gratuita y la feria artesanal permanece abierta toda la semana.

A principios del siglo XX, participando del esplendor de la Belle Époque, Tigre se enriqueció con obras de arquitectura notables y se convirtió en el reducto veraniego de la oligarquía porteña. No obstante, la explosión turística tuvo lugar mediada dicha centuria, con el florecimiento de hosterías, clubes de remo y otros servicios que congregaban a miles de bonaerenses los fines de semana. En la actualidad, la Venecia de Argentina se impone como una buena opción para pasar el verano sin alejarse de la gran ciudad. Su señuelo es que no hace falta ir al mar para disfrutar del agua. Entre sus ofertas hay unas cuantas gratuitas, como visitar alguna de sus reservas ecológicas; a precios asequibles, como recorrer los caños en lancha, pescar al atardecer y surcar el aire haciendo kite surf; o poco comunes, como alquilar una cabaña en la copa de un árbol y navegar en kayak a la luz de la Luna.

El delta del Paraná crece a razón de 90 metros al año, sumando nuevas tierras a este universo ensimismado, especie de refugio salvaje en el que el agua lo es todo: razón esencial del encanto de los cayos, pero también fuente de obstáculos e incomodidades. En Tigre la vida de los isleños transcurre en este eterno contencioso de amor-desamor por el agua. Entre las singularidades de su mundo ribereño encontramos la lancha-ambulancia, la lancha-almacén y las lanchas-basurero, contratadas por cada grupo de vecinos para abaratar costos. Hasta 1952 hubo un banco flotante e incluso una iglesia que se mecía sobre la corriente con capacidad para quince feligreses, una sacristía, comedor y cinco camarotes para el sacerdote y la tripulación. Pero aquí la vida cotidiana apenas ha cambiado desde sus primeros tiempos. Algunos puentes, hoy como ayer, son levadizos para que puedan pasar las chatas (chalanas) cargadas de materiales de construcción; y los perros, más que de una a otra vereda, se ladran de orilla a orilla, sin atinar a encontrarse. Las islas sostienen a unos 6.000 habitantes fijos, acaso una cifra ideal para mantenerlas como un mundo aparte, próximo, sí, a Buenos Aires, pero con otras necesidades y otro modo de vivir.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 13/11/2009 a las 17:58:09, en Argentina)

Dicen que Walt Disney se inspiró en este bosque color canela para su “Bambi”, aunque no hay ciervos por aquí. Lo cierto es que estos árboles de lento crecimiento y fina corteza dorada con manchas blancas, que lanzan sus retorcidas ramas para atrapar al visitante, remiten a un mundo más antiguo, cuando la naturaleza imponía su ley y no existían esas cómodas pasarelas construidas por el hombre. Sorprendería menos ver un dinosaurio que un cervatillo por aquí. El Parque Nacional Los Arrayanes está situado en la península de Quetrihué, en la ribera norte del lago Nahuel Huapi, y puede accederse a él en barco o a pie desde Villa La Angostura (hay un sendero de unos doce kilómetros que también puede recorrerse en bicicleta). También parten hacia allí catamaranes desde Puerto Pañuelo, junto al Llao Llao, uno de los mejores hoteles de Argentina, histórico establecimiento con aspecto de parador de montaña y asomado a un paisaje lacustre que quita el hipo; la excursión suele incluir una visita a la isla Victoria, un plácido y solitario lugar para quedarse un par de días o, directamente, vivir de la prejubilación en su maravillosa hostería asomada al acantilado.

Desde Villa La Angostura hasta San Martín de los Andes, por la bellísima Ruta de los Siete Lagos, la primavera anda revuelta y pinta de blanco el paisaje. Los 110 kilómetros del camino pueden cubrirse en hora y media, pero quién se resiste a las tentaciones que surgen después de cada curva, a los bosques de ñires, coihues y araucarias, a los ríos, a los lagos de nombres tan sugerentes como Hermoso o Espejo. A perder horas (o días) en Villa Traful. San Martín es un remanso de paz donde practicar deportes (de verano y de invierno) y comer chocolate, actividades que no tienen por qué ser incompatibles. El regreso a San Carlos de Bariloche puede hacerse por un tramo de la mítica Ruta 40, la carretera más solitaria de Argentina, una arteria recta e interminable que discurre paralela a los Andes a lo largo de casi 5.000 kilómetros y une once provincias, incluyendo varias de la vasta Patagonia. En algunas zonas el asfalto se transforma en ripio (gravilla). De cuando en cuando, alguna estancia ovina y aldeas sacudidas por el viento nos recuerdan que hay seres humanos en el planeta. La Ruta 40 podría ser una metáfora del valle de lágrimas de este mundo y provocar que el melancólico viera a todos sus fantasmas haciendo auto-stop, pero a veces la introspección no es mala compañía y la carretera se adentra en lugares como el Valle Encantado, con sus pináculos volcánicos apagando la monotonía.

Fotos: Bosque de Arrayanes (arriba) y el Valle Encantado, en la Ruta 40 (abajo).

 
De Rodolfo Chisleanschi (el 11/11/2009 a las 10:21:26, en Argentina)

El pasado sábado, en un perdido rincón de la provincia de Jujuy, al norte de Argentina, ocurrió un pequeño y fugaz milagro: la música de Ludwig van Beethoven y Félix Mendelsshon se elevó entre los cerros de Purmamarca, a 2.350 metros sobre el nivel del mar, para deleitar a un público entregado que soportó estoicamente el viento frío y ovacionó a la violinista francesa Virginie Robilliard, y la Orquesta Sinfónica de la Universidad Nacional de Tucumán, dirigida por Gustavo Guersman. Fue durante la jornada final del II Festival de Música La Comarca, una iniciativa original, diferente, que nació en 2008 gracias al entusiasmo y el esfuerzo del propio Guersman y de Guillermo Assaf, director del hotel La Comarca, en cuyos jardines tuvo lugar el concierto.

Con el fondo sin igual del Cerro de los Siete Colores, seguramente la mayor maravilla natural de esta zona cercana a la frontera con Bolivia, y ante unas 600 personas llegadas desde distintos puntos de Jujuy, las provincias cercanas e incluso desde Buenos Aires (distante 1.700 kilómetros), el concierto comenzó con la Sinfonía Nº 4 en La mayor, opus 90, “Italiana”, de Mendelsshon, y tuvo su momento cumbre con la interpretación del Concierto para violín y orquesta en Re mayor, opus 61, única obra para ese instrumento compuesta por Beethoven.

“Estoy convencido que ha sido la primera vez que este Concierto se toca al aire libre, porque su complejidad exige una gran concentración, que se logra mejor en una sala cerrada”, comentaba el director, Gustavo Guersman, después de la presentación. De hecho, el día anterior, y durante la primera jornada del Festival, las mismas obras fueron ejecutadas en la iglesia de San Francisco de San Salvador de Jujuy, la capital de la provincia. Allí se reunieron alrededor de mil personas, demostrando la excelente respuesta que obtienen este tipo de iniciativas.

“La Comarca tiene todo para ser uno de los festivales más importantes de Argentina e incluso de América Latina”, dijo a su vez en perfecto español Virginie Robilliard, una vez que había expuesto sobre el escenario su indiscutible talento con el violín. Dueña de una contagiosa fuerza interpretativa y una enorme capacidad de comunicación con el público, la instrumentista nacida en Lyon coincidió con Guersman en señalar la perfecta conjunción entre música y naturaleza que permite el Festival de Purmamarca. Y terminó de meterse al público en el bolsillo durante los bises, al interpretar dos temas de la música folclórica local.

La intención de Guillermo Assaf, organizador del evento, es consolidar el Festival año tras año para equipararlo a los de Ushuaia y Bariloche, los otros dos de música clásica que se celebran en la Argentina. Sin dudas, la creciente respuesta del público, 250 personas asistieron en 2008, y el incomparable marco de los cerros juegan a su favor.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 06/11/2009 a las 15:55:50, en Argentina)

Nieves de Pellegrin sube por la estrecha y resbaladiza trocha con la ayuda de un bastón y cargando con sus casi ochenta años y sus recuerdos. Su pelo es como su nombre, como el lugar por donde se deslizaron el amor y la juventud. A pesar de lo empinado del sendero la anciana tiene el suficiente resuello para explicarnos la flora de la montaña andina. Después de unos minutos llegamos al Cementerio del Montañés, a los pies del Cerro López, cerca de San Carlos de Bariloche, el lugar de reposo de alpinistas que amaron estas escarpadas cumbres. Algunos murieron jóvenes mientras trataban de conquistarlas; otros, como Gino, el marido de Nieves, fallecieron en la cama después de una larga e intensa vida. Miembro del primer equipo nacional argentino de esquí, Gino de Pellegrin fue una de las glorias de una actividad que echó raíces en Bariloche, como saben bien los aficionados a los deportes de invierno que no soportan el verano en el hemisferio norte. "Aquí estoy otra vez, flaco, la cuesta todavía no puede conmigo", le dice Nieves a su esposo. Los cementerios nos seducen. Tal vez por la misma razón que explica el éxito de las esquelas en los periódicos (las leemos, ergo seguimos vivos). O porque sabemos que la Parca vendrá a buscarnos tarde o temprano y nos gusta explorar las fincas de los demás por si nos dan alguna idea. La del Cementerio del Montañés, con vistas al Parque Nacional Nahuel Huapi, es original, aunque la vegetación termina por reclamar lo que es suyo y las cruces y las lápidas apenas resisten su abrazo. "Papá, te fuiste donde querías", dice una placa. "Apoyaste tu cabeza en las rocas... No supiste morir de otra forma que no fuera en tu montaña. Te amamos". Nieves baja por el camino pasito a pasito, y se detiene en una curva porque ha descubierto una orquídea silvestre de intenso color amarillo. Se despide de los visitantes, que aprietan el paso. Anochece y hacia el Cerro López asciende una cordada de ánimas.

Foto: Nieves de Pellegrin con un alpinista en el Cementerio del Montañés.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 02/11/2009 a las 10:11:28, en Argentina)

"¡Ese Carlitos!", grita la platea. Claque o espontáneos, quién lo sabe. Carlitos no es Gardel, pero como si lo fuera. Mismo pelo engominado, mismos gestos, misma presencia imponente en el escenario, misma voz (o así queremos creerlo). Y suenan sus clásicos. "Mi Buenos Aires querido", "Volver", "El día que me quieras"... (El día que me quieras no habrá más que armonías, será clara la aurora y alegre el manantial. Traerá quieta la brisa rumor de melodías y nos darán las fuentes su canto de cristal. El día que me quieras endulzará sus cuerdas el pájaro cantor, florecerá la vida, no existirá el dolor... La noche que me quieras desde el azul del cielo, las estrellas celosas nos mirarán pasar y un rayo misterioso hará nido en tu pelo, luciérnaga curiosa que verá que eres mi consuelo). En la Esquina Carlos Gardel, en la capital argentina, se pueden degustar platos llamados "Rubias de Nueva York", "Me da pena confesarlo" y "Recuerdo malevo" mientras se disfruta del espectáculo. Aquí estuvo en tiempos el Chanta Cuatro, restaurante y hotel familiar donde Carlitos Gardel, el de verdad, solía reunirse con sus amigos a cenar, cantar miolongas, echar unas risas... o, simplemente, dejar pasar la noche hasta el alba. El lugar está situado en el barrio del Abasto, el del mercado que respiraba trabajo de día y tango de noche, y allí esta música hecha de puro sentimiento se convirtió a finales del siglo XIX en la banda sonora del pueblo.

Tal vez aquel pueblo al que cantó Gardel fuera el mismo que Evita arengó desde un balcón de la Casa Rosada, la tropa de descamisados que la convirtió en una santa, aunque en este caso no exista la misma unanimidad que con el "zorzal criollo". El recorrido del Museo Evita empieza con la muerte y, en consecuencia, el nacimiento del mito de Eva Perón. Mito blanco y mito negro, defensora de los humildes y cómplice de una mentira que se sostuvo mientras las vacas fueron gordas. Que el visitante saque sus propias conclusiones. Ana María, guía del museo, no toma partido, pero sí tiene una frase favorita del personaje: "Cuando los ricos piensan en los pobres... piensan en pobre". Es decir, su hoja de ruta es la limosna y la conmiseración en vez de acortar distancias. No está claro que Evita se aplicara el cuento. En el primer gobierno (1946-52) de Juan Domingo Perón en Argentina sobraba la plata y Evita repartió juguetes y neveras entre los menesterosos propios y ajenos, tanto que su fama traspasó fronteras. Como primera dama glamourosa y carismática hizo historia mucho antes de la llegada de Jackie Kennedy, y sus discursos y personalidad agigantaban su corta estatura física. Dejó un cadáver joven y, visto lo visto, sólo le faltó ganar el Nobel de la Paz por sus buenas intenciones. Su tumba es la más visitada en el impresionante cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires. Una placa con su efigie incluye la frase: "Volveré... y seré millones". Ana María afirma que Evita nunca dijo eso. Pero los mitos adquieren vida propia más allá de la verdad o la razón.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 29/10/2009 a las 08:11:11, en Argentina)

El taxista porteño es un filósofo que igual te habla del aliño que se pone la Barbie (Cristina Fernández de Kirchner) cada mañana que de las rajadas del Gordo (Maradona) sobre la prensa canalla. "Qué querés, el pibe siempre fue así". Está informado de todo lo que ocurre en el mundo, aunque política y fútbol conforman los principales temas de tertulia en una carrera llena de emboscadas. Aquí no son las zanjas, sino los piquetes. Se protesta por todo, y probablemente con razón. En un semáforo una niña que no llega a los doce años y no tiene pinta de mendiga ejerce como tal. Cuando los coches arrancan ahoga un sollozo en sus manos vacías. La Boca es un cocedero de turistas que dejan (ellos) que les anuden un muslo en la cintura o (ellas) que les guíen en un giro con sacada, aguja y ocho cortado. Una foto por un puñado de pesos. Dejo atrás el bullicio de Caminito para entrar en la Bombonera, uno de los templos del fútbol mundial, aunque éste sea más pequeño y arrabalero que otros, a mucha honra. En el Museo Boquense hay una sala con pantalla de 180 grados donde te hacen sentirte como Palermo o Riquelme. Gritos y aplausos. Salgo a la cancha pintada de azul y amarillo, los colores del Boca Juniors, y me fijo en que hay anuncios de Coca Cola en negro, no en rojo como es marca de la casa. Una Coca Cola gótica. La explicación es clara: el rojo identifica al River Plate, el enemigo íntimo, y en la grada sagrada de la Bombonera ese color está proscrito. Porque en Argentina, cuando de fútbol se trata, no se hacen prisioneros. Con perdón de las damas, como diría el Gordo.

 
De Javier Jayme (el 24/07/2009 a las 16:06:17, en Argentina)

En el norte del país, ocupando buena parte de la provincia de Corrientes, se encuentran los Esteros del Iberá. Considerando su superficie –un millón de hectáreas-, estamos hablando del humedal más extenso de Argentina y del segundo a nivel mundial, sólo por detrás del Gran Pantanal (que comparten Brasil, Paraguay y Bolivia). En su conjunto, con las lomadas de pastizales, los montes de espinal y los parches de la llamada selva paranaense, los Esteros conforman un paisaje acuático singular, donde la vida silvestre se desarrolla al lado de la humana en un ecosistema único.

Nuestro primer contacto con el fascinante universo del Iberá tiene lugar en la Colonia Carlos Pellegrini, un pueblo tranquilo de menos de mil habitantes que lleva el nombre de quien fuera en su momento presidente de Argentina. Llegamos a dicho pueblo desde el Sur, recorriendo 120 kilómetros de ripio en estado normalmente transitable –¡sálvese quien pueda cuando las lluvias acometen con impenitencia!-, previo paso por la ciudad de Mercedes. En la actualidad, las faenas en la Colonia se desplazan fundamentalmente hacia el ecoturismo, actividad que no deja de crecer. Para atender la correspondiente demanda ha florecido en su casco urbano y en su entorno un puñado de hospederías y estancias remodeladas, una de las cuales, Rincón del Socorro, será nuestro hogar durante las próximas veinticuatro horas.

Se sabe que los primeros europeos que llegaron a la zona hoy conocida como “Rincón del Socorro” fueron los jesuitas a finales del siglo XVII. Mucho después, en 1780, Cabral de Alpuane, hijo del gobernador de las Bahamas, se estableció en Corrientes como ganadero y comerciante, convirtiéndose en poco tiempo en el mayor terrateniente de la comarca de Mercedes. Finalmente, en 1850, Carlos III otorgó a la familia Cabral los títulos de propiedad de la estancia Rincón del Socorro, en parte como agradecimiento por la donación que ésta había hecho a la Corona de las campanas de la catedral de Corrientes. Al sobrevenir la depresión de 1890, los Cabral vendieron la estancia a la firma Liebig Meat Extract Co., la cual, hacia 1920, era dueña ya de 250.000 hectáreas de terreno y cerca de 400.000 cabezas de ganado. Estos extremos, junto con las mejoras introducidas en las edificaciones, hicieron del Rincón del Socorro una de las estancias punteras de la provincia de Corrientes antes de cumplirse la primera mitad del siglo XX.

Hoy la estancia pertenece al Conservation Land Trust Argentina, que maneja sus instalaciones y campos aledaños como un santuario de la naturaleza. De reducidas dimensiones pero altamente refinado, Rincón del Socorro cuenta con seis habitaciones en la casa principal y tres alojamientos más en pequeñas cabañas situadas a cincuenta metros de la misma, todas con baño privado. Respecto a las comodidades y servicios, dispone de un amplio vestíbulo, sala de estar exterior, restaurante, terrazas, galerías, salón de juegos, biblioteca –con excelentes ediciones de libros que tratan de la naturaleza, algunos ya clásicos-, piscina, huerta y hasta de un aeródromo con pista de tierra batida para avionetas menudas.

Dependiendo del interés, energía y tiempo disponible de cada huésped, Rincón del Socorro ofrece estas o aquellas actividades, todas orientadas, naturalmente, a la apreciación de la vida silvestre de los esteros. Una de las más interesantes –recomendada por el propio personal de la estancia- es la de los paseos a caballo, incluso si uno no es más que un aprendiz de jinete. Los caballos tienen una gran mansedumbre y los guías son muy competentes. Y los aficionados a las aves tienen aquí la fortuna en sus manos, porque el Rincón es un territorio excelente para su avistamiento, incluido el de algunas especies en peligro de extinción que se refugian en sus sabanas. “Se ha dado el caso de personas que no sentían especial interés y que han salido de aquí transformados en entusiastas ‘bird-watchers’ (observadores de pájaros)”, nos comenta Omar Benítez, jefe de prensa de la Subsecretaría de Turismo de Corrientes, que nos acompaña en esta ocasión. “En el Socorro se puede aprender mucho acerca de las aves, de su hábitat y sus costumbres, de sus migraciones e incluso de sus trinos”, añade.

Con todo, nosotros nos decantamos por recorrer en lancha la famosa laguna Iberá, formada exclusivamente por el agua de las lluvias. Iberá significa, por cierto, “agua brillante”. El vocablo es guaraní (“y” = agua; “verá” = brillo) y da nombre a los esteros. Para nosotros, primerizos en este ambiente y ebrios de expectación, se trata de aguas con duende: decenas de pequeñas y grandes lagunas –las hay de más de 50 kilómetros cuadrados-, canales, islas, suelos secos permanentes, bañados –suelos inundados temporalmente- y embalsados –suelos orgánicos flotantes- que hacen de estos humedales una enciclopedia acuática viviente.

Y es que la riqueza biológica del Iberá sorprende a los científicos: 1.600 especies vegetales, 128 variedades de peces, 40 de anfibios, 59 de reptiles, 344 de aves y 57 de mamíferos. En el elenco zoológico figuran algunos campeones de los récords. Tal es el caso del carpincho, el roedor más grande del mundo (¡75 kg.!), cuyos hábitos acuáticos le mantienen casi siempre cerca de las charcas, y del mono carayá, considerado el más ruidoso del Planeta –sus potentes gritos se oyen a varios kilómetros-, adaptado a la vida en los árboles, donde también duerme, por lo que raramente baja a tierra; o del ciervo de los pantanos, el mayor de los suramericanos (2 m. de longitud y 150 kg. de peso); o de la boa curiyú, la más grande de Argentina (se cita un caso de 7 m., aunque los ejemplares de más de 3 m. no son comunes); o, para concluir, del sapo cururú, el de mayor tamaño del país (más de 20 cm.).

Por supuesto, el Iberá no es África, ni sus bestias más enormes resisten la comparación en tamaño con los reyes de la fauna del Continente Negro. Pero pocos sitios permiten un contacto tan fácil y cercano con los animales salvajes como los esteros correntinos. Y, al evocar los masificados safaris fotográficos de Kenia y Tanzania, nuestro paseo fluvial por la laguna Iberá todavía se nos hace más precioso por íntimo, tranquilo y solitario, amén de por exótico.

Es difícil transmitir lo que sentimos al ver surgir al yacaré (caimán) negro entre la verde y flotante alfombra de los camalotes, contemplando, confiado y en total quietud, el paso de nuestra lancha; o al distinguir al jabirú –la mayor de las cigüeñas del orbe, con sus 1,7 metros de envergadura- acechando los secretos de la laguna desde su nido en las alturas de un árbol próximo. Aunque el instante realmente mágico llega cuando el Sol tiñe de luces crepusculares las aguas calmas, suspendiendo el presente en una inmovilidad sin tiempo, como si, por último, hubiésemos alcanzado el Ivy Maranéÿ de los guaraníes, la Tierra sin Mal, exenta de todas las miserias de este mundo.

ESTANCIA RINCÓN DEL SOCORRO
Mercedes (3470), Provincia de Corrientes, Argentina. Tel.: +54 3782 497073 ibera@delsocorro.com www.rincondelsocorro.com

 
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