En 1989, los «pájaros carpinteros» despedazaron el Muro de Berlín con sus cinceles. Todos querían convertir el pasado en polvo y, de paso, llevarse a casa un trozo de aquella negra historia, levantada con cemento en los años 60 para intentar alejar al Este de la perversión de Occidente. Ojos que no ven, sueños que se agostan. El Muro se vino abajo tan rápido como había crecido, aunque en 1990 un grupo de artistas pintó el tramo más grande que aguantó en pie, la Galería de la Zona Este. Y ahí seguía, pelín deslucido, claro, necesitado como el comer de una exhaustiva sesión de brocha y pincel.
En pleno aniversario de la caída del telón (1989-2009), recordado con un amplio programa cultural, ha llegado el momento de la restauración. La «Iniciativa de Artistas East Side Gallery» contactó con todos los creadores que pintaron el Muro en su época. Cinco habían muerto, uno no tenía interés en volver al pasado. Les propusieron recuperar el color original de sus obras, 105 en total, quizá con alguna pequeña modificación. Y aceptaron. Los trabajos durarán hasta el 30 de octubre y cada uno de los participantes recibirá tres mil euros por dedicar el verano a perpetrar este graffiti con pedigrí. Porque, una vez suturadas las heridas, en Berlín casi nadie duda de la importancia turística y por lo tanto económica de mantener y conservar este icono de la guerra fría, cuando el mundo era un cubito de hielo.
Entre las pinturas más conocidas está el beso de tornillo entre Leonid Breznev a Erich Honecker, y alguna con mensaje en español, «Amor/Paz», buenos deseos para que el viejo Muro sólo sea una atracción turística para recorrerla en el carril bici, por ejemplo, o a bien través de alguna de las múltiples exposiciones y museos que recuerdan aquellos años color gris cemento, mientras se acerca el 9 de noviembre, el día D, la fiesta del aniversario de la revolución pacífica.