Brasil suena a trópico, a fútbol, a samba, a carnaval... incluso a país emergente. Pero ¿le suena a “festas juninas” o a “forró”? Seguramente no. Por eso las autoridades turísticas del país se han lanzado a divulgar estos dos aspectos fundamentales del Nordeste del Brasil. Las “Festas juninas” (Fiestas de junio) son, a decir de los habitantes de Pernambuco y Paraíba (dos Estados del NE), más divertidas que los archiconocidos carnavales de Río, y el baile del “forró” mucho mejor que la lambada.

En realidad, festas y forró se parecen bastante a sus hermanos mayores más conocidos internacionalmente, pero ambos tienen un toque más provinciano, más rural. Para empezar, las festas juninas son eminentemente familiares, aptas para todos los públicos. Y aunque se calcula que a las de este año en las ciudades de Caruarú y Campina Grande han acudido más de dos millones y medio de personas, aún conservan un aire local que las hace únicas. Fiestas familiares para grandes y pequeños, juegos tradicionales como la “piscaría” en la que se intenta pescar peces de cartón y sacarlos de su mar de arena enganchándolos por una anilla; el “rabo de burro”, una especie de gallinita ciega en la que hay que poner el rabo en su sitio a un burro de cartón; las universales carreras de sacos ...
Y la comida, porque siempre se acaba en comida y bebida. Bailar, comer y beber son los tres objetivos de las “festas”, como en todos los pueblos ¿no?. Y siempre en la calle, con la fresca, pues el tiempo acompaña por estos lares, aunque el trópico de vez en cuando sorprenda con una lluvia torrencial que se va tan rápido como llegó y se seca en un visto y no visto. Comida en el que el “milho” (maíz), que es el rey, aparece acá y allá de mil maneras diferentes. Desde el “curau”, bizcocho a base de maíz y leche de coco; hasta el “cuscuz” más grande del mundo (Guinness dixit) de dos mil kilos de maíz, arroz y tapioca al vapor, originario de África; sin olvidar el arroz con leche de toda la vida, llevado por los portugueses.
Y en medio las “cuadrillas”, comparsas que recorren la ciudad recogiendo la comida y la bebida que les ofrecen en las casas, los dulces y el “quentão”, un aguardiente de caña con jengibre. Grupos heterogéneos que representan a los diversos sectores de la sociedad, a los gremios y oficios, a los personajes históricos como los “bacamarteiros” que lucharon en la guerra contra Paraguay de 1864, a las guarderías infantiles, a las residencias de ancianos... pero todos con disfraces imaginativos, relucientes, llenos de color. Y todos bailando “forró”, ritmo original de la región muy sencillo y alegre, como sus seguidores. Ahora se toca con todo tipo de instrumentos eléctricos, pero en origen (y aún hay grupos puristas) lo interpretaban exclusivamente tríos a base de “sanfona”, acordeón, “azambumba” (bombo) y triángulo metálico. Con el “forró”, como con tantas otras cosas, pasa que los historiadores no se ponen de acuerdo con su origen. La mayoría creen que el nombre deriva de la expresión inglesa “for all” (para todos), que aparecía escrita en las puertas de los bailongos de Pernambuco en el siglo XVIII cuando los ingleses se encontraban allí construyendo el ferrocarril. Pero otros aseguran que viene de la palabra africana “forrobodó”, sinónimo de fiesta. Como estas “juninas” que intentan dar el salto a la fama internacional.

Un posible paseo por las playas de Formentera comienza en la península de Es Trucadors, una larga lengua de arena que se estrecha de sur a norte. En su cara este se halla la playa de Levante; al oeste, hacia el sur, la de Es Cavall d’en Borrás y, a continuación, Illetes. Ésta es la más visitada por los turistas, por su blanca y fina arena, por sus aguas de color turquesa. Estos arenales están dentro del Parque Natural de Ses Salines d’Eivissa i Formentera. Por ello, para visitarlas con vehículo a motor (motocicleta o coche) se tiene que abonar una tasa (dos y cuatro euros, respectivamente. Migjorn es el otro gran arenal de la isla, cinco kilómetros de playa en el sur. Allí no es difícil encontrar rincones solitarios donde poder disfrutar del sol y el baño. De hecho, esta es una de las playas frecuentadas por los habitantes de la isla y numerosas familias. A continuación de Migjorn, protegida por una zona rocosa y escarpada, aguarda uno de los rincones más cautivadores, Cala des Mort (en la foto). En la agenda también hay que anotar Cala Saona, un rincón muy familiar, de aguas poco profundas, o la zona litoral de Tramuntana, un tipo de costa rocosa baja que se puede recorrer, siempre con el calzado adecuado, en busca de pequeñas calas de arena. Las viviendas-suite del Es Ram son, quizá, la oferta más diferente, “hippy deluxe”, y también cara de la isla. Casas reconvertidas en hotel de lujo, en un pinar que desciende hacia el mar, al sur de La Mola. Otra opción exquisita es el hotel-boutique Gecko Beach Club.
@jfalonso @abviajar
Entre todos los tipos de turismo existentes el “turismo de guerra” es uno de los más sorprendentes. Al turista le mueven muchas cosas a la hora de viajar. Una de ellas es sin duda el morbo. Visitar lugares donde se han producido crímenes, catástrofes, incluso guerras tiene un atractivo especial para algunos. En España hay en marcha rutas que recorren zonas significativas de la guerra civil, como la “Ruta de las Trincheras” de Sarrión (Teruel) o la “Ruta Orwell” en Alcubierre (Huesca). En Normandía hay visitas guiadas para conmemorar el desembarco aliado del “Día D” (6 de junio de 1944), y los campos de concentración de Auschwitz acogen turistas como si de un siniestro parque temático se tratase. En Vietnam los excombatientes norteamericanos de la guerra (1964-1975) hacen cola ante la entrada de los famosos túneles de Cu Chi, y en Mostar (Bosnia) viajeros en grupo disparan sus cámaras uno tras otro frente a los edificios sin restaurar de las afueras.

Recientemente se ha dado un paso más, una novedad, ya no solo se visitan los lugares en los que ha habido guerras, sino en los que el conflicto todavía no ha acabado. Y es que otra de las cosas que mueven al turista (cada día más) es el riesgo. Hay riesgos inofensivos, clásicos, como el de echarse a la carretera con lo puesto; riesgos más o menos controlados, como los llamados “deportes de aventura” y su versión más cañera, “deportes extremos”; y el culmen: el turismo de guerra en plena guerra. Hace poco, un reportaje de una televisión danesa mostraba a unos turistas desde lo alto de una colina observando tranquilamente mientras se bebían un refresco como era bombardeada Gaza.
La prestigiosa editorial Lonely Planet ha publicado dentro de su colección de guías de viaje (la biblia para muchos viajeros) una dedicada a Afganistán. Según su autor, Paul Crammer, especialista en el mundo islámico, el libro está dirigido a las personas que van a trabajar a Afganistán (trabajos humanitarios, ONG), pero lo cierto es que cada día son más los turistas aventureros (en el sentido más estricto de la palabra) que la compran para orientarse en ese país en el que, según el manual, “el mayor riesgo es que te atropelle un coche”. Y no es la única guía, ya en 2003 Dominic Medley publicó “The Survival Guide to Kabul” (Ed. Bradt) Aunque cueste creerlo, el turismo está renaciendo en Afganistán. Ya existen un par de agencias de viajes en la capital, como la Afghan Logistics & Tours, que regenta Muqim Jamshady, un experto guía. Incluso en Bamiyán, donde los talibanes volaron en 2001 las gigantescas estatuas de Buda talladas en la montaña, se nota la reactivación económica y turística.
Hiromi Yasui, un japonés que viajó por primera vez a Afganistán como fotoperiodista en 1996, ha abierto allí el hotel Ruta de la Seda desde cuyas habitaciones se tiene una vista inmejorable de los huecos donde antes estaban las imágenes budistas y donde pronto se volverán a alzar gracias a la ayuda de la Unesco. “Bamiyan is different” (¿les suena?) es el eslógan escogido por las autoridades locales que se quejan de en el extranjeros solo hablemos de las “cosas malas” que pasan en su país y del desconocimiento internacional que hay sobre el mismo. Por eso, exposiciones sobre Afganistán como la que se acaba de inaugurar en Madrid sobre ese país son un instrumento muy valioso para comprender mejor lo que está pasando en esa “Tierra de los Jinetes”. Reveladoras imágenes tomadas en Kabul, Kandahar, Mazar-e Sarif, Herat, Jalalabad y Kunduz, entre otras ciudades, algunas de ellas censuradas en su día por los talibanes, y expuestas en Casa Asia, Carrera de San Jerónimo, 15. Entrada libre.
PIE DE FOTO: Pareja de pastunes. Foto censurada por los talibanes. De François Fleury
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