
A ratos las nubes tapan el pico del cerro Hauthal (1.501m) y a ratos se desvanecen. Para acabar de empezar el otoño austral de la Patagonia, las montañas tienen todavía bastante nieve. Más abajo la lengua escarpada, voraz, inquieta del Glaciar Perito Moreno aparece como una cenefa de hielo. El silencio es denso, aplastante, sólo comparable al que sigue a un terremoto lejos de las poblaciones. Antes o después de los seísmos todos los animales huyen, los que viven cerca de este glaciar son sigilosos, como el gato montés, el hurón, el huemul, y no digamos el puma o el cóndor. Este último es el único que se deja ver, siempre de paso. Se suponía que en estos hielos eternos no había vida, no es así. En 2005 se descubrió que en pequeñas oquedades habita un insecto de no más de centímetro y medio de longitud parecido a las tijeretas. Se le ha bautizado como “dragón de la Patagonia” y trae de cabeza a los entomólogos pues su hemolinfa contiene un potente anticongelante que, de poderse aislar, sería de gran ayuda en los trasplantes humanos. Pero no es un silencio absoluto, cada pocos minutos se producen desprendimientos de la masa helada. Primero se oye, amplificado, algo parecido a cuando se desgaja con la mano una rodaja de sandía. Es cuando se parte el hielo. Luego, como un seco latigazo. Es cuando cae al agua. Un agua que por fría es muy densa y que forma olas. Contemplo la escena de frente, desde la orilla, sentado en una roca. Si se cayera todo el glaciar de una vez produciría un tsunami que me arrastraría, pero ni se me ocurre pensarlo. Estoy solo, absorto en esta sinfonía de colores: celeste, cobalto, índigo, marino, añil, turquesa, zarco, violeta... de intensidad directamente proporcional a la presión a la que han sido sometidos los cristales del hielo. “Me enveneno de azules”. De repente me ha venido a la cabeza esta película de Francisco Regueiro de principios de los 70, creo. La verdad es que no recuerdo nada de ella aparte del título y una excelente fotografía en tonos azules, claro, del maestro José Luis Alcaine que se adelantó en más de veinte años a la más conocida “Tres colores: Azul” que protagonizaba Juliette Binoche. Estoy solo porque el resto del grupo se ha ido a pasear por la lengua de hielo, una idea que no me agrada. No quiero mancillar con los crampones de mis botas lo que sin duda debe de ser territorio sagrado, como tampoco lo hice en la roca australiana de Uluru, que, por cierto, ahora me doy cuenta de que parece un glaciar de arenisca roja. Allí, a los aborígenes anangu no les gusta que los turistas la huellen bajo sus pies, aquí a los indios tehuelches tampoco les agradaría, si no fuera porque prácticamente han acabado con ellos. Irónicamente, el perito Moreno de carne y hueso (Francisco Pascasio Moreno, 1852-1919) nunca llegó a ver estos hielos aunque anduvo mucho tiempo por aquí como comisionado de Buenos Aires para delimitar las cuestionadas fronteras con Chile. Cuentan algunos guías locales (no se si será una leyenda) que un turista gringo les preguntó en cierta ocasión por el “pequeño perro negro” del parque. “No, aquí no hay perros”, le contestaron. “Sí, sí, yo lo he visto en internet”, insistía el extranjero mientras se lo mostraba en su iPhone. En el traductor on line aparecía “little black dog” como traslación de “perrito moreno”. Se lo juro.
El glaciar Perito Moreno y el cerro Hauthal en la Patagonia argentina (Foto: Pilar Arcos)

Buenos Aires a finales del verano austral está radiante de sol otoñal. Ciudad ideal para pasear y a la vez imposible de recorrer a pie. Ideal por la belleza "europea" de sus calles, por la amabilidad de sus gentes. Imposible por las enormes distancias entre muchos de sus 48 barrios habitados por tres millones de personas que llegan a los 13 si contabilizamos a todos los que deambulan a diario por el Gran Buenos Aires. Barrios con nombres tan familiares hasta para los que nos los conocen como Chacarita, Recoleta, La Boca, San Telmo. Precisamente por San Telmo me he dado una vuelta hoy. Ese San Telmo de calles adoquinadas que fue en su día el origen de la ciudad porteña. Y me he sentado un rato en el banco que está entre las calles Chile y Defensa con una jovencita llamada Mafalda. No es de carne y hueso, sino una escultura-cómic del personaje de Quino, que vivió muy cerca de allí. Pero la sensación era la de un dejá-vu, algo familiar. Imposible no recordar con añoranza cuando en los años 70 esperábamos con impaciencia la aparición periódica de los libritos de Lumen con las tiras de esta niña y su familia (Guille, Manolito, Felipe y Susanita) y a los que la dictadura franquista obligó a colocar una banda que decía "Para adultos". Con la lagrimita intentando salir he seguido por el barrio y he ido a parar a lo que fue un antiguo almacén y hoy es un restaurante-tanguería repleto de turistas extranjeros. A mí (siempre lo he reconocido) me gusta ser turista, también viajero. Se complementan. El Viejo Almacén es ese sitio en el que en 1978 la Reina Doña Sofía pidió que le cantaran Cambalache, "El que no llora no mama y el que no afana es un gil". Hoy nadie ha interpretado ese tango, pero sí un buen repertorio de los más clásicos. ¡Qué sería sin Buenos Aires sin los tangos! Esa música arrabalera que nació a finales del s. XIX. Y qué sería de nosotros, los turistas de la ciudad rioplatense, sin locales como el Viejo Almacén que es, como dice la letra de la canción de la que tomó su nombre, "Donde van los que tienen perdida la fe".

El valle está verde, tremendamete verde en este invierno del Milenio Pasiego. Ayer llovió, hoy hace sol. Las altas hierbas del prado, que muere a los pies del frondoso robledal De Todos (nombre más democrático, imposible), tapan las botas katiuskas del labriego que lucha contra ellas blandiendo su dalle (guadaña) con más paciencia que otra cosa. “No hay prisa, tarde o temprano caerán y ahí los espera el rastrillo para atroparlas”. A su espalda, el santuario de Nuestra Señora de Valvanuz, a 2 km. de Selaya, en la cuenca del Pisueña, uno de los tres valles pasiegos junto con el de Miera y el de Pas. Tierra de pastos, de vacas (antes más que ahora) y sobaos en la Cantabria profunda. Edificio del que solo destaca una espadaña de tres campanas construida sobre lo que fuera una iglesia del s. XII y un pórtico fechado en 1682 coronado por un escudo en el que se lee “Viva el rey de Castilla, patrono de esta capilla”. Más interesante me parece la cercana Casa de la Beata, donde vivía la familia de la persona que se ocupaba de mantener el santuario. Y no por su sólido exterior de piedra reconstruido en 1900, sino por lo que alberga, un curioso museo de las Amas de Cría. Durante el siglo XVIII y hasta principios del XX muchas pasiegas jóvenes recién paridas y pobres se vieron obligadas a vender lo único que tenían (además del hijo) es decir, su leche. Menospreciadas e insultadas por muchos, dejaban al niño y marchaban la mayor parte de las veces a pie por aquellos andurriales montaraces hasta las grandes ciudades donde las acogían familias pudientes de «madres melindrosas o con impotencia a la hora de amamantar sus críos» (en palabras del escritor granadino Julio Belza). Eran las amas de cría, o de leche, en contraposición a las amas secas. Aquí podemos ver algunos de sus vestidos, abalorios, utensilios y cuévanos niñeros (cunas), pero sobre todo una impresionante colección de más de 300 fotos de otras tantas nodrizas, fechadas entre 1867 y 1944. Retratos rancios, sucios, amarillentos, donados por las familias en los que indefectiblemente aparece la pasiega que siempre mira de frente, con un gesto entre orgulloso y abatido, muchas veces con el vestido de la tierruca y el mandil (“pasiega sin delantal parece mal”), mientras que el mamón está sentado en su regazo. Inquieta contemplar estas fotos agrupadas en paneles de 35 ó 40 imágenes. De repente me pasan flashes estremecedores por la mente, imágenes de otros museos con victimas en serie. Pero quiero consolarme pensando que son cosas muy distintas.