"Un balcón en Pekín" es el título que el corresponsal de "Le Monde" puso a su revelador libro sobre los entresijos del poder chino en los años 70-80. Un balcón en Pekín es lo que utilizaron al menos tres fotógrafos (los estadounidenses Jeff Widener (Associated Press) y Charlie Cole (Newsweek), y el británico Stuart Franklin (Magnum-Time), el 5 de junio de 1989 para captar las imágenes de un hombre enfrentándose a los tanques de Tienanmen que dieron la vuelta al mundo. “Ese tonto me va a fastidiar la foto”, confiesa Widener que pensó al apretar el disparador. Y un balcón en Pekín es lo que tengo hoy ante mis ojos. Probablemente el mismo balcón del Hotel Pekín, desde el que veo los constantes atascos de la avenida de Chang An.
La nube volcánica que trae de cabeza a media humanidad nos ha dejado tirados a un buen número de europeos en la capital china, de ellos muchos españoles. Muchos más de ese centenar que acaba de ir en peregrinación a la Embajada Española pidiendo que se flete un avión especial para volver a la patria, que es sede nada menos que de la Presidencia de Europa. Como si hubiera estallado una guerra o pasado un tsunami. ¿Dónde está la Armada? ¿Va a ser menos que la británica?
Ahora hay muy pocas salidas y todas van por el sur, muy lejos de Bruselas. Lo único que nos queda (y no es poco) es disfrutar de esta ciudad sorprendente como ninguna. De esta incipiente primavera que hace estallar a los magnolios en flor. De este sol que intenta abrirse paso entre la niebla y la contaminación. De Tienanmen, del Templo del Cielo, del Palacio de Verano, del Monasterio Lamaísta, de la Gran Muralla… Hasta de Wangfujing, la “calle Preciados” pequinesa, y del Mercado de la Seda, donde se oye hablar más español que en ningún otro rincón de la ciudad, y donde los artículos auténticos descontrolados juegan a hacerse pasar por falsificaciones.
Salgo al balcón con la cámara fotográfica. Retrato la avenida de Chang An. “Esos coches me van a estropear la foto”, pienso. Cuando la paso al ordenador compruebo que el encuadre es el mismo, pero con evidentes diferencias… a mejor.
A sólo tres semanas de su inauguración, el pabellón de España en la Exposición Internacional de Shanghai da los últimos toques a su espectacular edificio. La impactante estructura de unos 8.500 metros cuadrados de extensión aparece ya como un gigantesco cesto muy cerca del no menos espectacular Puente Lupu sobre el río Huangpu en la ciudad más poblada de China. Esta arriesgada propuesta arquitectónica, presentada por Enric Miralles-Benedetta Tagliabue (EMBT), ganó el concurso de la Sociedad Estatal para Exposiciones Internacionales (SEEI). El pabellón, que cuenta con un presupuesto de 18 millones de euros, ha sido concebido como un recinto dividido en grandes patios, en forma de cestos; que huyen de la usual apuesta por la caja contenedora de líneas rectas. Lo que permite, según Tagliabue, un flujo fluido de visitantes además de favorecer un correcto clima interior. Dentro hay diversos espacios, incluido un pequeño auditorio, la estructura de acero se ha recubierto con 8.524 paneles de diversos mimbres elaborados en España y China y, según nos ha manifestado a pie de obra Aritz Parra de la SEEI, estará a punto en la fecha indicada.
Del 1 de mayo al 31 de octubre la Expo de Shanghai será la mayor exposición de todos los tiempos. Ocupa más de 310 hectáreas de superficie en una zona urbana en rápido proceso de desarrollo. Bajo el lema general "Mejores ciudades, mejores vidas", centra su eje temático en el urbanismo, ya que el 55% de la población mundial vive en grandes ciudades. España ha adaptado ese lema como "La ciudad de nuestros padres para nuestros hijos". Y para desarrollar esta idea han colaborado los cineastas Bigas Luna, Basilio Martín Patino e Isabel Coixet. Precisamente el director de "Jamón jamón" acaba de dejar boquiabiertos a los peridistas chinos con la presentación de su espectáculo audiovisual en el que en siete minutos define "el ADN de España" desde Atapuerca a Rafa Nadal pasando por el flamenco, los Sanfermines y la Mezquita de Córdoba.

Paz, tranquilidad, servicio exquisito, tropicales playas inmaculadas… Placeres delicados para gente con la madurez necesaria para disfrutarla: el deleite no es tan fácil. Iberostar ha elegido con tino el lugar para presentar la campaña de relanzamiento de su marca. Inaugurado en 2007 como buque insignia de la línea The Grand Collection de Iberostar, el Grand Hotel Paraíso es un lugar de ensueño en la playa que lleva el mismo (prometedor) nombre en la Riviera Maya mexicana. En él se rodaron los anuncios publicitarios de la campaña, con todo un señor al frente: Antonio Banderas. La semana pasada, el actor (y mucho más) malagueño, nos habló de los detalles.
A 20 minutos del aeropuerto, el Iberostar Grand Hotel Paraíso es un inmenso centro de investigación (aplicada, bien aplicada) del deleite. Habitaciones amplias con terrazas deliciosas –esas mecedoras…-, restaurantes repletos de todo, el servicio exquisito, piscinas que se pierden en el horizonte, la presencia exuberante pero controlada de la selva, la arena de la playa que se confunde con el césped del jardín, las aguas turquesas del Caribe, spas interminables, un campo de golf para desperezar el esqueleto… Y, sobre todo, la tranquilidad. Iberostar define los siete hoteles de su The Grand Collection como “propiedades cinco estrellas sólo para adultos”, con el objetivo de “ofrecer a sus clientes más exigentes unas vacaciones de lujo en un entorno elegante y relajado”. ¿Se entiende? Nada de juventud divino tesoro. Además, para el que quiera un poco más de movimiento, el Grand Paradiso forma parte del complejo Iberostar Paraíso en Rivera Maya, junto a otros cuatro hoteles. Todos comparten una gran zona de ocio que incluye centro comercial y un espectacular centro de convenciones de casi dos mil metros cuadrados. Fue allí, precisamente, donde el viaje al paraíso hizo ayer su última escala, con la presentación de la campaña de relanzamiento de marca de Iberostar.
La elección de la Riviera Maya –frente a los establecimientos de Jamaica, República Dominicana, Tenerife…- es, entre otras cosas, divulgativa. El presidente de la compañía, Miguel Fluxá, explicó que el alud de información sobre la plaga de violencia que asola México no llega bien discriminada al exterior, donde los lectores de prensa olvidan que leen sobre un país de más de cien millones de habitantes: la violencia del narcotráfico está bien localizada, y en zonas como Cancún la sensación es de total seguridad. Y el otro gran problema de México, la gripe A, es ya poco más que un lejano (y extraño: ¿qué pasó realmente?) recuerdo. El completo de los hoteles de la zona no deja lugar a dudas: el miedo se ha disipado. Más tranquilidad, pues, y madurez. Un estado de placidez que culminó con la aparición en la rueda de prensa de la nueva imagen de Iberostar: Antonio Banderas. La estrella. Absolutamente encantador. Dinámico y encantador, a caballo siempre entre proyectos varios, sin problemas para “jugar” con el reportero del CQC, mostró los divertidos anuncios que ha rodado en el Hotel Paradiso. Un seductor. Pero con algo más. A punto de cumplir unos magníficos 50 años (en agosto, como él mismo recordó), se conserva en una forma envidiable pero además deja asomar un notable poso de madurez. Explicó su compromiso con Iberostar en clave de compromiso social que no descarta -al contrario, implica- la excelencia empresarial, y no rehuyó ninguna pregunta. Un tipo maduro, en fin. Con estilo. Que lee a Faulkner y Savater, estrena vino propio en Ribera del Duero y acaba de rodar a las órdenes de Woody Allen. Resulta evidente que sabe disfrutar de la vida. Pero no de cualquier manera. El Paraíso es un destino lejano: hay que caminar un poco antes de llegar, muchachos.
Leonardo di Caprio descubrió estas islas para el gran público en 2000. Gracias a su película “La playa”, uno de los títulos menos lucidos de su exitosa filmografía, este archipiélago formado por seis islas en el mar de Andamán, al sur de Tailandia, se convirtió en un paraje idílico y buscado por los turistas que anhelaban sus bahías de ensueño y sus cuevas y calas escondidas guarnecidas por unos acantilados que cortaban la respiración. Los pescadores del lugar, que se jugaban y sigue jugándose el tipo en las cuevas marinas buscando nidos de golondrina –sirven para preparar una sopa muy cara y apreciada como delicia gastronómica en China-, tuvieron que aprender desde entonces a sortear todo tipo de embarcaciones de recreo y de mayor tamaño cargadas de curiosos deseosos de ver “in situ” el espectáculo bajo el mar de ídolos moros, peces payaso, peces ballesta, peces unicornio, damiselas, langostas y todo tipo de corales blandos y gorgonias, o ya en la superficie, de los monos y los cientos de aves exóticas.
Hoy, diez años después, las Phi Phi siguen maravillando por sus aguas poco profundas, que constituyen un gran reclamo para estos buceadores y amantes del “snorkeling”, pero su pocos habitantes prefieren no acordarse del equipo de rodaje del filme que dejó la isla Phi Phi Lee en tan mal estado que una sentencia obligó a la productora a reponer el medioambiente de la isla. Un tractor había remodelado y aplanado la playa, dejándola muy inestable, varios cocoteros fueron plantados y para mayor indignación de la población local el equipo de post producción “inventó” una montaña falsa que desvirtuaba el paisaje real.
Afortunadamente el desgraciado tsunami que afectó en diciembre de 2004 al archipiélago permitió restaurar después de forma natural el estado de esa “playa de cine” herida que vuelve a brillar en todo su esplendor, aunque con más testigos. A quien se anime a viajar a este paraíso, hoy menos virgen y más turístico y sólo accesible por mar desde Krabi, le conviene saber que Phi Phi Lee y Phi Phi Don son las dos islas más importantes del archipiélago. La primera, más pequeña y deshabitada, donde se rodó el filme del protagonista de “Titanic” y también “La isla de las cabezas cortadas” con Geena Davis al frente del reparto, mantiene todavía algunos paisajes intactos –no perderse su laguna interior ideal para el baño- y la segunda, dotada con un puerto al que pueden acceder los ferries, está urbanizada con bungalows, hoteles y otras instalaciones turísticas.