La radiante novia escoltada por el padre y el padrino aguarda en la puerta de la catedral grecocatólica de la Anunciación, en un flanco de la avenida de las Rosas de Tagur Mures, la “ciudad feria” transilvana. En el interior del templo, casi en penumbra, mujeres enlutadas de negros pañolones mastican rezos en húngaro. Amanece el sábado inaugurando funerales, presidido por las ofrendas del pan que se alinean en un altar improvisado: una hogaza por el alma de cada difunto, un saco de panecillos que exhiben el nombre de cada oferente. Pan y muerte, curiosa forma de festejo al más allá, y la promesa de matrimonio y felicidad esperando en cada esquina. Ya de amanecida cuatro bodas al tiempo (qué prisas gastan en esta ciudad para el sí quiero); desfile callejero de novios y convidados, magiares y rumanos, cada uno en su iglesia, cada uno a su rito. Mientras la novia húngara se desespera por que le llegue el turno, la rumana ya ha sido coronada, celebrada con música balcánica que inunda la catedral ortodoxa. Refrescos y pastelillos para los invitados endomingados, todavía con el aire colgado del Este. La vieja Europa y la nueva; el violín y el clarinete entre pasos de cebra y murallas medievales. Las ciudades las reescribe el viajero y las habita de cine. Cuatro bodas y un funeral. Tagur Mures era una fiesta.
Foto: Miguel Berrocal. Viaje a Rumanía, primer día, aquí.

Cada semana tres sacerdotes descienden los 138 escalones de madera que les adentran en la boca de la mina de sal de Praid, en el corazón de Transilvania, para oficiar su misa en una capilla levantada a 300 metros de profundidad. Un acto de fe. El lunes toca cura católico, el miércoles, ortodoxo y el viernes, calvinista. Predicar y repartirse la parroquia: los rumanos para el ortodoxo mientras sus dos colegas sacramentales se apañan con los fieles húngaros, mayoría histórica y dominante en la región rumana asociada al legendario conde Drácula. Istva, el magiar-guía, cuenta que si la sal de la mina fuera de uso culinario (la producción es industrial) serviría para abastecer las despensas de la población mundial durante cien años. Quizá no exagera. No es fácil encontrar cloruro sódico en las entrañas de la tierra hasta 2.762 metros de profundidad. A la de Praid la llaman la mina-seta por su peculiar forma y la explotan como parque temático kitsch donde igual te echas una partida de ping-pong que te reconfortas con un guiso de tocino antes de que las mentadas escaleras acaben con todo el aire de tus pulmones en el ascenso. En la panza de la seta curativa –cuatro horas dentro diez días y adiós asma- huele a salazón de Cádiz. Va a resultar que la auténtica Alianza de Civilizaciones tiene nombre de sal.
Foto: Miguel Berrocal.
Adam M. Goldstein, presidente y CEO de Royal Caribbean, se cayó hace unos días mientras practicaba "footing". Eso fue ante de venir a Europa. Esta mañana le vemos pelín magullado, pero lleno de energía y de optimismo, como suele. Tiene motivos: su empresa no ha dejado de crecer en los últimos años (en España utilizan sus barcos 60.000 cruceristas). Esta vez, sin embargo, el reto es mayúsculo. A final de noviembre se inaugurará en Miami el Oasis of the seas, el barco más grande del mundo, 220.00 toneladas y 361 metros de largo, un 60 por ciento más voluminoso que el Freedom of the seas, por ejemplo. Tendrá capacidad para más de cinco mil pasajeros (2.769 camarotes), lo que da una idea del rascacielos que aguarda impaciente su bautismo. Goldstein reconoce que la serie Oasis se ideó cuando no se intuía la crisis, pero no parece especialmente preocupado. "La vida útil de estos barcos oscila entre los 30 y 40 años, y en esas cuatro décadas tendremos escenarios económicos mejores y peores", dice. "A pesar de lo cual, el volumen de reservas y el interés global es enorme, así que esperamos que todo vaya muy bien". El Oasis presume de lo más innovador que pueda imaginarse sobre el mar. La foto, por ejemplo, ilustra cómo será el Aqua Theather, con acróbatas voladores sobre el horizonte. En realidad, las zonas de ocio se transforman en este barco en siete vecindarios temáticos, como Central Park; la Royal Promenade, una especie de Rambla para pasear, comer y comprar; un bar que se desplaza, con los clientes incluidos, entre tres cubiertas (Rising Tide Bar), o 29 apartamentos de dos pisos (suites tipo loft)... "Antes se decía que el crucero era aburrido, pero en nuestros barcos, y especialmente en el Oasis, hemos demostrado que puede ser el lugar con más actividades del mundo, desde el rocódromo o la tirolina al gimnasio o a los nuevos espacios temáticos del Oasis. Es la mejor de lo que queremos ofrecer a nuestros clientes", añade, sentado en un hotel de la Plaza de la Independencia de Madrid. En diciembre empezarán los viajes de este macrohotel, siempre con salida desde Fort Lauderdale, Florida, con el Caribe como destino. A la espera de conocer más detalles ("aún espera alguna sorpresa", confiesa Goldstein), y de su botadura real, sólo cabe hablar del precio, 7 noches a partir de 695 euros, sin incluir el avión hasta Miami, por supuesto.
En 1989, los «pájaros carpinteros» despedazaron el Muro de Berlín con sus cinceles. Todos querían convertir el pasado en polvo y, de paso, llevarse a casa un trozo de aquella negra historia, levantada con cemento en los años 60 para intentar alejar al Este de la perversión de Occidente. Ojos que no ven, sueños que se agostan. El Muro se vino abajo tan rápido como había crecido, aunque en 1990 un grupo de artistas pintó el tramo más grande que aguantó en pie, la Galería de la Zona Este. Y ahí seguía, pelín deslucido, claro, necesitado como el comer de una exhaustiva sesión de brocha y pincel.
En pleno aniversario de la caída del telón (1989-2009), recordado con un amplio programa cultural, ha llegado el momento de la restauración. La «Iniciativa de Artistas East Side Gallery» contactó con todos los creadores que pintaron el Muro en su época. Cinco habían muerto, uno no tenía interés en volver al pasado. Les propusieron recuperar el color original de sus obras, 105 en total, quizá con alguna pequeña modificación. Y aceptaron. Los trabajos durarán hasta el 30 de octubre y cada uno de los participantes recibirá tres mil euros por dedicar el verano a perpetrar este graffiti con pedigrí. Porque, una vez suturadas las heridas, en Berlín casi nadie duda de la importancia turística y por lo tanto económica de mantener y conservar este icono de la guerra fría, cuando el mundo era un cubito de hielo.
Entre las pinturas más conocidas está el beso de tornillo entre Leonid Breznev a Erich Honecker, y alguna con mensaje en español, «Amor/Paz», buenos deseos para que el viejo Muro sólo sea una atracción turística para recorrerla en el carril bici, por ejemplo, o a bien través de alguna de las múltiples exposiciones y museos que recuerdan aquellos años color gris cemento, mientras se acerca el 9 de noviembre, el día D, la fiesta del aniversario de la revolución pacífica.