Cada día de cada semana de cada mes, miles de personas van a Segovia con dos o tres excusas razonables, incluso grandiosas: el Acueducto, el Alcázar, el paseo desde el Azoguejo hasta la catedral, el atardecer desde el Parador y, por supuesto, la mesa puesta en cualquiera de los restaurantes del camino. O en la N-110 “rica”, la que une Torrecaballeros con Pedraza, Cuéllar o Sepúlveda. Llueven ocres sobre la meseta castellana, con los trigos recién cosechados, el adobe todavía en muchas paredes, el sol implacable del mediodía y, al fondo, las sierras, la de Guadarrama a un lado y la de Ayllón al otro. Nuestra ruta pasa por esos pueblos, también por Navafría, refrescada por el gran pinar y por las piscinas naturales, pero esta vez no vamos a parar en ninguno de ellos. Nuestro destino es el noreste de la provincia, justo el esquinazo entre Soria, Guadalajara y Segovia. Allí está la N-110 menos conocida, con Riaza y la estación de la Pinilla como banderas, con Ayllón como un pequeño tesoro amurallado todavía casi desconocido, con el soberbio encinar de Saldaña y, tres kilómetros más allá, en Corral de Ayllón, tal vez el mejor cordero asado tradicional/contundente de Segovia, la provincia a la que tantos madrileños viajan cada semana sólo para comer cordero asado. Si usted busca un restaurante al uso, olvide esta recomendación. Si busca incluso un restaurante normal, con su aspecto aseadamente pulcro, también olvide esta recomendación. Y qué decir si busca un sitio romántico y con velas... Olvide... El horno de asar de Pablo Martín y su hijo José Luis es otra cosa. Se esconde en un vieja casa de adobe, con alguna que otra telaraña y un pasillo breve que nos lleva desde la calle desangelada al olor inolvidable de la carne a punto de llegar a su punto. Al otro lado, “Casa Pablito” (921 55 51 44/55 51 72) tiene un bar con tres o cuatro mesas en las que comer, si hemos reservado con tiempo. Sólo cordero y ensalada, como manda la tradición por estas tierras. La mayoría de sus clientes, no obstante, vienen de decenas de pueblos de los alrededores. Llegan en coche, aparcan, entran por el pequeño pasadizo llamados por el olor, se asoman a la boca del horno y ven salir su manjar del mediodía. Luego salen con la cazuela, que devolverán al día siguiente, con el cuarto (“lantero”, con más costillas, o trasero, con más carne) entre las manos, mientras la familia espera en casa el preciado manjar. Los Martín andan en la tarea de construir una nueva casa: un restaurante más grande y otro horno (¿sabrá igual?), pero entre tanto permanece el rincón del gusto. Será difícil encontrar la dirección en muchas guías, aunque tiene grupo en Facebook, pero háganme caso y olviden por un día la multitud de cualquiera de los famosos destinos cercanos a la capital de la provincia y acérquense a este lugar donde muchos pueblos no superan los cien habitantes. Paseen por los más grandes, Riaza y Ayllón, descubran sus plazas porticadas y sus palacetes, o por los cercanos pueblos rojos; prueben el cordero asado de “El churrero”, y luego bájenlo en el cercano encinar de Saldaña, antes de volver a la N-110 y a la N-1. Un plan difícilmente mejorable.
Un coche de alquier cuesta 64 euros, seguro incluido. Y Oujda, la gran ciudad de la frontera entre Marruecos y Argelia, está a menos de 70 kilómetros, casi todos de autopista. Se nota que el Gobierno marroquí pone dinero en esta esquina del Mediterráneo. “Sea un feliz comprador de una casa en Saïdia”, leemos durante el trayecto en grandes paneles de publicidad. Feliz y comprador, bonita asociación de ideas cuando nos dirigimos al zoco de Oujda, población fundada en el siglo X y reconstruida en el XIII por el sultán Abou Youssef, importante base militar francesa en la etapa colonial. Hay quien habrá elegido la excursión en grupo, con 40 minutos libres en la “ancianne medina”, pero cualquiera que conozca estas apretadas callejuelas llenas de tentaciones sabrá que cuarenta minutos no dan ni para situarse. Y eso que Oujda no es Fez. Ni Marraquech. En la carretera, decenas de puestos ambulantes venden higos. Y en la radio, los sones de una emisora latina que emite desde Melilla y el aire acondicionado al máximo. Al sur aumenta la temperatura. Calor en las puertas de entrada al zoco, la ojival de Bab Sidi Abdel Wahab, y, al oeste, la de Bab El Gharbi, de tonos cada vez más rojizos a medida que cae la tarde. Luego, en el interior, es el momento de mirar y oler, de dejarse atrapar por la fila de hormigas, de regatear (menos que en las ciudades más turísticas del país) y, tal vez, de no comprar nada. O sí. En cualquier caso habrá que tomar al menos un par de zumos de naranja, exprimidos en el momento, inigualables, sabrosos, dulces, por 3 ó 5 darahim (plural del dirham) el vaso. Hay puestos en casi todas las calles. Y habrá también que echar una ojeada a la gran mezquita, del siglo XIII, o a la madraza meriní, del XIV. Casi toda la historia de la ciudad cabe en esos dos monumentos. A continuación, otra vez el callejeo, la búsqueda de un kaftan, la ocasión de olvidar el reloj y el mundo del que venimos, el clic-clic de la cámara de fotos. El zoco de Oujda está más pensado para los habitantes de la ciudad que para los turistas, al menos por ahora. Sin embargo, de vuelta al hotel podemos hacer una parada en el mercado más turístico de Saïdia, lleno de falsificaciones de camisetas del Real Madrid (6 ó 7 euros), zapatillas Converse (12 ó 13) o Nike, relojes, cinturones, carteras... Un pecado venial, a buen precio, sobre todo si hay algún cumpleaños cercano. Ay.
La frontera cerrada más larga del mundo (1.560 kilómetros) es aquí, cerca de Saïdia, un cauce seco en el que un burro mastica la merienda, hierba seca de agosto. El burro parece más cerca del lado marroquí que del argelino, aunque desde la carretera no acertamos a distinguir su nacionalidad. La de los seres humanos que se saludan con pitidos o con el dedo corazón vulgarmente estirado parece más evidente. Algunos pasan con el coche, tocan el claxon divertidos y prosiguen su viaje sin más. Otros han venido a hacerse una foto. Es fin de semana, han dejado un rato la playa y se han acercado a la frontera para llevarse un recuerdo a casa. Media docena de banderas rojas ondean a babor; otras tantas verdes y blancas a estribor, y en medio, el burro ocioso, con la hierba entre los dientes. ¿Será marroquí o argelino? La frontera entre ambos países se cerró en 1994, tras un atentado en Marrakech en el que perdieron la vida dos españoles. La policía marroquí pensó que detrás de aquel suceso estaba Argel e impuso un visado a sus vecinos. El gobierno de Argelia hizo lo mismo y, además, cerró la frontera. Y en ésas han pasado quince años, hasta esta tarde, cuando unos y otros se saludan algunos entre risas y otros con cara de mitin, ahí te quedas, ahí te quedas tú. Sólo cuatro turistas presencian la fiesta, dos más preocupados por el estado de salud del burro y otros dos por conseguir una imagen en el que quepan las dos banderas, las dos patrias. Qué lástima, como había dicho Germán unos días atrás, “¡con las posibilidades para el turismo que ofrecería una frontera abierta, con el desierto tan cerca, con las excursiones que podríamos hacer!”. Los marroquíes se cansan enseguida. Bajan la cámara, suben a su coche y se vuelven a la playa. Los argelinos parece que aguantan algo más su plan del fin de semana. Y el burro avanza unos pasos, más cerca del centro de cauce seco. ¿Será marroquí? ¿Será argelino?
El nuevo Barceló Saïdia fue inaugurado a mediados de junio, quizá un poco antes de tiempo para aprovechar el verano. Desde entonces, durante un par de meses, fue de boca en boca por los foros de internet. Quizá ha sido el hotel sobre el que más se ha escrito en el recibidor del verano, y no siempre para bien. Por eso, cuando Germán nos dejó en la recepción, inmensa, decorada como un palacio árabe, teníamos más dudas que certezas. Y ya se sabe que la incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar (Vargas Llosa). En el caso del turismo, como cuando se compra una casa, el rodaje, los meses de funcionamiento, pulen los desperfectos. Sólo que la temporada alta no admite espera. Y aquí estábamos, en agosto, a pleno sol, con el hotel lleno, el examen de Selectividad. La gran apuesta de la excelente cadena Barceló en el nuevo Mediterráneo es un cinco estrellas “todo incluido” lleno de detalles tradicionales árabes en la decoración, con cerámica en los suelos, tonos rosados y rojizos en las fachadas, alfombras, sombras como puertos para descansar, media docena de piscinas, instalaciones amplias, wifi gratis y una construcción a lo ancho y no a lo alto. “Un hotelazo”, nos dijo alguien antes de venir. “Un hotelazo bellísimo”, añadió alguien más. Y es verdad. Una competencia seria para el Mediterráneo español: gran calidad a muy buen precio. Y casi todo ya en funcionamiento, con la ayuda de cuarenta empleados españoles. En el inmenso restaurante sobra comida, con muchas recetas tradicionales de cordero y postres con los que tirar por la borda la operación bikini, más un par de restaurantes bajo reserva, un italiano y el Al-Andalus. Aún falta por inaugurar el snack bar de la playa, por si entra hambre entre horas. Es un kiosco de madera con una espectacular vista sobre el mar y sobre el arenal: catorce kilómetros en los que poder pasear, nadar o disfrutar del sol sin agobio alguno. El hotel tiene una salida directa a la playa y, allí, una zona acotada con hamacas y toallas para sus clientes. En el horizonte cercano, las Chafarinas, vigiladas por militares españoles, en otro tiempo el hogar de la foca monje Peluso. La animación es perfecta para las familias: kid club, zonas de juegos, piscinas con poca profundidad... Incluso por la noche, en el show time, siempre hay un aperitivo cosido con el cancionero infantil. Eso sí, los jóvenes que viajen solos y busquen una fiebre “caribeña” de ron y salsa hasta el amanecer, aquí no la encontrarán. En cambio, las parejas o las familias que prefieran piscina, playa, paz e instalaciones excelentes habrán descubierto un refugio inesperado, rodeado por un campo de golf de dieciocho hoyos, un puerto deportivo situado a dos kilómetros y, de vuelta a la habitación, un spa en el que olvidar el mundo con un masaje bereber y el dulce runrún del agua. El nuevo Barceló ha arrancado, con las peculiaridades de la cultura marroquí en el servicio, pero con los problemas de la línea de salida resueltos.
La tripulación del vuelo IB 8792 lleva un día largo. San Sebastián, Madrid, Melilla. Desde las cinco y media en pie. Y aún queda la operación regreso. A las doce, cuando el sol ya calienta pero no ahoga, el pájaro bimotor se posa en esta esquina de Europa, de África, del Mediterráneo, tres en uno. Es un aeropuerto modelo familiar, una terminal-sala de estar a la que se llega andando desde la escalerilla del avión, y en la que apenas caben un par de cintas mecánicas por las que deben dar vueltas las maletas. Eso y una ventanilla de alquiler de coches, y, en la puerta, media docena de taxis. Bien, estamos aceptablemente lejos de la T4, caras radiantes, primeros días de agosto, vacaciones, bermudas y gafas de sol, el tercero de Larsson, esa extraña felicidad “sin”: sin móvil, sin tráfico, sin órdenes, sin despertador. Es hora de recoger el coche. Quien haya sido previsor, lo habrá alquilado por teléfono, en Rent Car Melilla: 639196660. Los precios por un día para llegar a Saïdia, el nuevo complejo turístico abierto en Marruecos, cerca de la frontera con Argelia, rondan los 60 euros, según el modelo, más otros 30 como penalización por dejar el vehículo en otra ciudad. Y con la evidente incomodidad de gestionar sin ayuda las colas de la frontera, el control médico (nos tomarán la temperatura para comprobar que no tenemos gripe A, alabado sea Alá), con el sellado del pasaporte y con la primera avalancha de vendedores de aire. “Déjeme ayudarle con la maleta”. Hay otra opción, claro, siempre hay otra opción. La nuestra se llama Germán, propietario de Delfi Aventura (609587668), un loco de las motos, los todoterreno y las excursiones por el desierto, seiscientos kilómetros al sur. “¿Vienes en septiembre?”. Germán nació en Málaga, pero lleva toda la vida en Melilla. Desde aquí organiza grandes rutas, camino de los oasis y las dunas, o pequeños desplazamientos, como el nuestro, de Melilla a Saïdia, por cien euros, para el que utiliza dos vehículos. El primero, desde el aeropuerto hasta la frontera. Allí nos bajamos, evitamos la cola de los coches, pasamos la prueba de la temperatura (un termómetro digital que verifica que no tenemos la gripe A, alabado sea Alá otra vez), sellamos el pasaporte y subimos al segundo coche, que espera en Marruecos, un trámite de quince minutos que podía haber sido de una o dos horas. De Melilla a Marruecos, del trabajo a la paz de los días sin nada que hacer. Unos 70 kilómetros más allá (léase hora y media de camino), la playa, el nuevo Mediterráneo, ese proyecto que inauguró Mohamed VI a mediados de junio en el que se han invertido más de mil millones de euros. De momento hay dos hoteles abiertos, el Barceló y el Iberostar, pero pronto habrá más, y apartamentos, otra competencia para el sol y playa español. Eso será dentro de algún tiempo. Hoy todavía es un descubrimiento. Hoy, la inmensa playa de 14 kilómetros aún está casi desierta.