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De Javier Jayme (el 29/05/2009 a las 11:55:40, en Argentina)

Dónde. ESTANCIA VILLA MARÍA EQUESTRIAN & GOLF STATES - RESORT Av. Pereda s/n – Máximo Paz (1812) – Ezeiza – Buenos Aires – Argentina Oficina de reservas, tel.: +5411 6091 2064 info@estanciavillamaria.com

Saliendo de Buenos Aires en autobús y tras 45 minutos de recorrido por autopista hacia el Sur, llegamos a Villa María. La entrada a la estancia se realiza a través de un camino asfaltado, orillado a derecha e izquierda por árboles altísimos y de lujuriante frondosidad. Viniendo del tráfago y del ajetreo urbano de la capital, el corto paseo bajo esta casi centenaria bóveda vegetal se nos antoja un bálsamo para nuestros sentidos, un apacible y bucólico preludio a la visión de cuento de hadas, inesperada por chocante, que nos aguarda a su término: la del edificio principal, imponente y majestuosa construcción en estilo Tudor con revestimiento de ladrillo a la vista, aditivos normandos en las cubiertas y detalles neogóticos en las puertas y en las arcadas ojivales. Nuestras miradas suben por las fachadas hasta toparse con los largos faldones de tejas planas, de color terracota, enriquecidos con múltiples lucernas, chimeneas y hasta con una torre solitaria. En suma: nos hallamos ante una suerte de orgulloso sucedáneo, pongamos por caso, del célebre castillo de Balmoral en tierras escocesas... ¡Rayos y truenos! Pero ¿estamos o no estamos en Argentina?

Josefina Cayol, la actual propietaria -una rubia dorada de mediana edad, porte refinado y modales sosegados- nos recibe en los bien arreglados jardines, frente a la escalinata central, dispuesta a iniciarnos en las bondades de su soberbia mansión. “El propósito de desarrollar un lifestyle resort de lujo”, comienza diciéndonos nuestra anfitriona, mientras nos ofrece unos refrescos en el espacioso vestíbulo –cielo raso con vigas de madera expuestas, amplios sofás de época, suelo con losas blancas y negras en damero-, “se consolidó a fines del 2007, gracias al apoyo de Fiducia Capital Group, una compañía dedicada a invertir y desarrollar negocios de real estate world class; se trata del primer proyecto de este tipo llevado a cabo en Argentina”.

Conservando su estilo centenario, fiel reflejo de la tradición ganadera pampeana, Estancia Villa María subió velozmente los escalones del éxito. Josefina nos informa de que su fundador, Vicente Pereda, adquirió las tierras en los últimos años del siglo XIX con fines agropecuarios. Al poco tiempo, Villa María era ya el primer centro de reunión de cabañeros, antecedente de la Sociedad Rural Argentina. En 1919, su hijo Celedonio construyó la casa actual como residencia de verano con planos del célebre arquitecto Alejandro Bustillo, el cual respetó la usanza de la aristocracia porteña, empeñada en levantar sus villas extramuros en estilos pintorescos. Una constante en las obras de este maestro constructor fue su especial sensibilidad para capitalizar las bondades de cada paisaje. A este respecto, Villa María no es una excepción; su planta, muy alargada, prioriza la idea de proporcionar las mejores visuales del parque de 74 hectáreas –fiel reproducción de una campiña inglesa- que la rodea.

En el interior, los diferentes salones se suceden entrelazados por arcadas, recreando un clima casi medieval. Antaño, contigua al vestíbulo, estaba la capilla; hoy ese espacio se ha convertido en un pequeño sector para degustar bebidas y tragos. También hay una sala de juegos, cuya atmósfera nos invita a disfrutar de la cuidada selección de puros de la Estancia Villa María. Dos escaleras de mármol llevan al piso superior, el cual cuenta con una decena de dormitorios; desde cada uno de ellos, las vistas al exterior son incomparables.

Concluida la visita al château y sus aledaños, llega la hora del almuerzo. Josefina ha dispuesto que nos lo sirvan en la Galería, una sala cuadrada que conforma la esquina noroeste en la planta baja, abierta al exterior por cinco arcos de medio punto sin cristales y forrados por dentro y por fuera de lustrosa hiedra pulcramente recortada. El lugar es fresco, coqueto y con espléndidas panorámicas del parque original, sus árboles y su laguna. En cuanto a la comida, consiste –¡cómo no!- en la típica parrillada a base de carnes de res, cordero y lechón. Eso sí, con el especial toque culinario de Villa Maria. “En nuestra cocina destacan los platos de autor”, nos insiste Josefina, “inspirados en recetas argentinas de comienzos del siglo XX preparadas con técnicas propias de la cocina mediterránea y de la campiña francesa”.

Tenemos la tarde libre para curiosear a nuestras anchas. Claro que, con el estómago a reventar, lo que nos tienta es dormitar en el elegante vestíbulo, cómodamente arrellanados en uno de sus múltiples sofás y acunados por la suave música de fondo, apenas un susurro que desgrana melodías de siempre... Una tentación de la que nos libra nuestra anfitriona ofreciéndose a llevarnos de excursión en un carruaje tirado por caballos. O sea: a pasear a la antigua usanza, sin prisas y sin más sonidos a nuestro alrededor que los de la vieja y sabia naturaleza.

El itinerario atraviesa la denominada Arboleda, una de las atracciones más señaladas de Villa María. Son 624 hectáreas arboladas con más de 20.000 ejemplares que incluyen 350 especies diferentes propias de la zona templada. La exquisita combinación de altos volúmenes boscosos, unida al intenso colorido de la fronda –cambiante a lo largo de las estaciones- conforma un patrimonio paisajístico de primer orden, que ronda ya los cien años de antigüedad.

Bellezas naturales aparte, la potente oferta de actividades deportivas convierte a Villa María en un exclusivo club de campo, el más importante del sur bonaerense y uno de los más sobresalientes de Argentina a nivel internacional. Su club de tenis está dirigido nada menos que por Guillermo Vilas, probablemente el mejor tenista que ha dado el país; el centro ecuestre profesional, a cargo de George Morris –director del equipo ecuestre de Estados Unidos (USET) y la Asociación Ecuestre Americana- cuenta con picadero cerrado, pista de salto olímpica y 25 kilómetros de senderos para ejercitar la hípica; el campo de golf –7.250 yardas de longitud y 18 hoyos con par 72- es apto tanto para jugadores principiantes como de alto handicap. Pero lo que más aprecia Josefina son las cuatro canchas del Black Watch Polo Club; lo cual no nos extraña, tras enterarnos de que sus excelentes aptitudes como jinete las rentabiliza precisamente jugando al polo, deporte del que es una apasionada y una de las contadas mujeres que aquí lo practican.

Estancia Villa María se ofrece, en suma, como un lugar sereno y bucólico, anticipo confortable de la infinita pampa argentina, con jardines primorosamente diseñados y una naturaleza generosa que hace ostensible su belleza sin narcisismos.

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De Alfonso Armada (el 25/05/2009 a las 16:02:03, en Chad)

No hay tiempo que perder. Es su tiempo, su parsimonia, su “atraso”, contra nuestra velocidad. Nos los cruzamos a menudo, en un país con una bajísima densidad de población (7,2 habitantes por kilómetro cuadrado y sólo 267 kilómetros asfaltados para una red de carreteras de 33.400 kilómetros), nos cruzamos con mujeres y niños que caminan o que van a lomos de burros, que también son empleados de forma exhaustiva para transporta leña, agua y lo que se compra o se vende en los mercados. En medio de un paisaje cuya tonalidad dominante es el ocre del desierto y todas sus variedades del siena al rojo, pasando por una mortecina gama de verdes (salvo en la estación de lluvias, o en las zonas donde el subsuelo atesora agua), para los arbustos, las espinosas y las acacias adaptadas a una espantosa sequedad, resulta deslumbrante el colorido de los vestidos de las mujeres, sus túnicas, velos y pañuelos que tan bellamente cubren su bien moldeadas facciones: en medio del mimetismo del paisaje (que es también el de las bestias y el de las construcciones, de un adobe perfectamente integrado en el terreno), la aparición de una mujer o un grupo de mujeres sobre mansas y parsimoniosas acémilas semeja una aparición de la Biblia (o en este caso del Corán: las religiones del libro también han hecho estagos aqui). No sólo por la viveza de los rosas, verdes, amarillos, azules y violetas, sino porque hasta los elegantes negros van orlados con pedrería, lentejuelas de los extrae destellos el sol y que, unido a la risa y a los gestos con que saludan al viajero que desenfunda su cámara o simplemente agita la mano ante los gestos siempre amigables de los niños, hace de esos instantes un espejismo.

Como alma que lleva siempre el diablo, en este caso escoltados por escuadrones de operaciones especiales o grupos de asalto de los ejércitos polaco o croata, que forman parte hoy de EUFOR (la fuerza europea desplegada el este del Chad para proteger a los refugiados y para permitir que no se interrumpa la llegada de ayuda humanitaria ni el trabajo de las ONG: como se ha apresurado a hacer Al Bashir en el vecino Sudán), y que mañana (a partir del 15 de marzo) trocarán sus cascos y sus boinas por el azul celeste de las Naciones Unidas, pasamos camino de citas imaginarias, con una pericia y un ordenancismo perfectamente militar. Menos mal que al final de la jornada, antes de volver a esta base de Iriba en la que escribo después de una ducha reparadora y de la cena, pasamos por el campo de refugiados de Amnabak, y allí comprobamos cómo los ancianos (los “elders”) y los hombres celebran puño en alto la orden de busca y captura del presidente sudanés, mientras las mujeres (es día de reparto de la ayuda humanitaria: aceite, jabón, sorgo, harina, maíz...), acompañadas de sus hijas y de sus niños más pequeños, cargan el alimento para todo el mes en sus burros, los que yo vuelvo a acariciar ante la perplejidad de los sudaneses que han buscado refugio en esta orilla de una frontera “absolutamente artificial y que a menudo es imposible de distinguir”, como confiesa Gideon, el empleado del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, un congoleño de Brazzaville que se ha venido a este rincón del mundo a paliar los estragos que algunos hombres causan a otros hombres.

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De E. Rodríguez Marchante (el 21/05/2009 a las 18:44:11, en Cannes)
Año tras año, a mediados de mayo el pueblecito costero de Cannes sufre una insana transformación y se hincha como el cuello de un cantaor hasta convertirse en la más importante metrópolis cinematográfica del planeta. Y su coqueto paseo marítimo se transforma en el Boulevard de La Croisette, un lugar que concentra más especies raras que el acuario de Georgia. Cineastas, actores, promotores, críticos, curiosos y una nutrida representación de «frikilandia» se reúnen alrededor del llamado Palacio del Cine, donde durante un par de semanas entra en erupción lo mejor del séptimo arte. Entretanto, la postal del pueblecito costero hinchado vista desde el mar hacia el interior es inevitablemente la siguiente: la calle es un hervidero, ni una plaza de hotel, hostal o pensión libre, ni un hueco en ningún restaurante caro (los baratos son sólo una leyenda), una avalancha de «fans» que persiguen el autógrafo de cualquier actor; una avalancha de actores, directores, productores que persiguen la firma de cualquier contrato; una avalancha de críticos, plumillas y cinéfilos que se exprimen entre sí como limones antes de entrar a una sala de cine; una avalancha de fotógrafos y turistas con cámaras que se apilan en la playa frente al catálogo de «starlettes»... Unas cuantas calles más para el interior, a partir de la cicatriz consumista de la Rue d'Antibes, récord mundial de golpe de tarjeta y bacaladera por minuto, vive alguna gente «normal», que asiste al espectáculo tomando pernaud en sus pequeñas tascas con terracita y desde allí se repiten constantemente entre ellos eso de «¡Mon Dieu!».
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De Miguel Ángel Barroso (el 15/05/2009 a las 17:43:50, en Tanzania)

Bebemos tanta agua y té por prescripción del guía que la salida nocturna a aliviar la vejiga es obligatoria. Resulta un fastidio, pero no hay forma de aguantarse. Así que me pongo el forro polar y las botas, doy media docena de pasos fuera de la tienda... y procedo. Ya. Lo correcto sería ir a las letrinas. Las hay incluso aceptables (traducción de “aceptables”: que no revuelven el estómago). Quien no soporte esas pequeñas casetas de madera con un agujero en el suelo puede resolver las llamadas de la naturaleza... yendo a la naturaleza. El caso es que... por la noche no hay debate. Combato el frío del momento observando el cielo estrellado y las luces de Moshi y otras poblaciones que están tres mil metros más abajo. Luego regreso al saco y reinicio la lucha contra el insomnio, cortesía de la altitud.

La etapa más corta de nuestro trekking, preludio del tour de force que empieza esta misma noche, resulta de lo más satisfactoria por la ausencia de turistas. Aunque tiene tramos de duras cuestas completamos el recorrido en apenas dos horas y media. A las 11 de la mañana ya estamos en Barafu Hut (4.600 metros), que podría considerarse el auténtico campo base del Kilimanjaro. Aquí se sitúa el punto de inflexión de la aventura. Hasta ahora la caminata ha sido una broma si la comparamos con lo que nos espera. Este campamento, rocoso y expuesto, es el menos acogedor de toda la ruta. Al llegar vemos excursionistas con el rostro descompuesto y caminando torpemente. Gente que ha renunciado a la cumbre. Los porteadores esperan instrucciones de los guías para enfilar cuesta abajo. Nos recibe Livingstone, el camarero de nuestra pequeña expedición, con su sonrisa de anuncio y dos palanganas de “maji moto” (agua caliente) para asearnos. Se esfuerza en enseñarnos palabras en suajili. Al rato vuelve con un termo de té y un plato de palomitas de maíz. “Asante sana” (muchas gracias). El día avanza perezosamente. A las ocho de la tarde nos metemos en la tienda a descansar.

A las 22:30 decido que no puedo dormir más. ¿Más? En realidad, no he pegado ojo. El camarero vendrá dentro de un rato con la “maji moto” para quitarnos las legañas. Voy preparando las cosas con calma. Cuatro capas arriba: dos camisetas térmicas, el forro polar y el chaquetón. Tres abajo, incluyendo el pantalón del pijama. Creo que Godfrey exagera, pero no quiero correr riesgos. Guardo el saco y todo lo que no necesito en la bolsa de viaje y espero en silencio la llamada del risueño Livingstone.

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De Alfonso Armada (el 12/05/2009 a las 11:56:52, en Chad)

Iriba, viernes. No es fácil escribir en medio del desierto, sentado en un repecho de arena, con el crepúsculo devorándose a sí mismo a una velocidad inaudita, con una grupo de combate polaco instalando tiendas de campaña al pie de un cerro aprovechando las últimas briznas de claridad mientras montan la primera guardia en lo alto del promontorio y todo el polvo de las pistas de arena chadianas grabado como un mapa en la cara de quienes hemos venido a ver qué se cocía en este auténtico agujero negro de África central, uno de los lugares más opacos de la Tierra, y no en sentido precisamente metafórico: desde el espacio, los satélites han comprobado que esta región es una de las menos iluminadas del mundo: cuando la noche cae sobre el Chad la oscuridad resultante es magnífica para el olvido, para el crimen, para la lasitud, y también para contemplar (como en Somalia) uno de los firmamentos más cuajados de estrellas.

La Vía Láctea es generosa y a los más pobres les da más preciosa leche que a nadie. Como el Chad es un espacio paradójico (aunque en olvido todavía le gana su vecino del sur, la República Centroafricana: todavía más desdeñada) y de su inmensa superficie apenas dispone de un 2,8 de tierras cultivables (con un ínfimo 0,02 por ciento de cosechas periódicas: sorgo, arroz, patatas, tapioca y algodón), la sequía y las plagas de langostas se ceban con un país que también ha encontrado en el petróleo una maldición: con contratos leoninos a favor de empresas estadounidenses (como Exxon Mobil) y Chinas, buena parte de los beneficios de los 156.000 barriles diarios que exporta desde 2004 los destina a el régimen a comprar fidelidades entre sus muchos enemigos y sobre todo armas (el gasto en educación equivale al 1,9 por ciento del Producto Interior Bruto), mientras que a Defensa dedica el 4,2 del PIB), la media de hijos por mujer es de 5,4, que acaso compensa que de cada mil nacimientos mueren cien) y un 80 por ciento de su población está por debajo de los índices que le sirven a las Naciones Unidas para trazar el umbral de la pobreza.

El día amaneció temprano. Había que subirse a un avión de carga construido por la empresa española CASA, mantenido y pilotado por españoles adscritos a la Fuerza Euopea (Eufor) con una misión rimbombante (proteger la distribución de la ayuda humanitaria en el Este del Chad, prestar apoyo a las organizaciones no gubernamentales que la distribuyen y atienden a los más de 450.000 refugiados sudaneses y desplazados internos, y en general proteger a la población de la miríada de grupos rebeldes, que a menudo se confunden con bandidos (aunque hay quien piensa que el jefe de todos los bandidos es el propio presidente de la República, que mantiene a su propio país en la miseria y que depende de Francia para mantenerse en el poder). El avión aterrizó dos horas después en Abéché, donde los franceses cuentan con la segunda base aérea más importante del país después de la de Yamena. Allí embarcamos en un helicóptero ruso, que tras hora y media de navegación a media altura (lo que permitía contemplar la aridez del terreno, y las marcas dejadas por los ueds, que se desbordan en la estación de las lluvias) nos depositó en Iriba, sede del batallón polaco que se encarga de vigilar este vaston rincón del noreste chadiano, junto a la arbitraria, porosa, invisible frontera con el Darfur sudanés. Provistos de pesados chalecos antibalas (método ideal para adelgazar en el árido clima chadiano) y cascos, además de raciones de combate del glorioso ejército que tantas derrotas ha sufrido a manos de su poderosos vecinos europeos (la Gran Rusia al este, la Gran Alemania al oeste) iniciamos la patrulla cuando el sol más fiero estaba. Dejamos los alminares, tapias de adobe, escuelas y callejas de arena de Iriba para internarnos en el desierto. Era un convoy de cuatro blindados con cañón disuasorio de 21 milímetros y tres todoterreno. Por sabana, bosque bajo y puro desierto, observados por nómadas desde sus cabañas de caña y adobe, rebaños de cabras, burros que rebuznan como rebuznaban en España los burros que han ido desapareciendo de nuestra vida y de nuestra memoria, dromedarios y camellos, cuando el crepúsculo comenzó a insinuarse nos detuvimos al pie de un cerro no muy lejos de la villa (por llamarle de alguna forma) de Bihai, y a unos siete kilómetros de la frontera con Sudán. Levantamos nuestras tiendas de campaña individuales con la ayuda de los bruscos y al mismo tiempo amigables soldados polacos (muchos reenganchados de las guerras de Irak y Afganistán a este frente difuso -y mucho menos peligroso- en el corazón muerto de África). Parecían tumbas para una noche, y abrimos las raciones de combate, que algún exquisito combatiente francés dijo que no eran mejores que lo que comía su perro: latas de comida con cierto sabor a atún, cierto sabor a pollo, cierto sabor a paté innombrable, pero que mata el hambre cuando no hay agua con la quitarse las capas de polvo del camino, y sólo para beber, lavarse los dientes, quitarse capas de mugre de los pómulos y de los párpados.

Como cuentan en las novelas y en las películas, la temperatura se desploma en la noche del desierto, pero antes de dormir sobre el duro y amigable suelo africano todavía hicimos una patrulla nocturna en dos de los blindados: nos acercamos hasta el campo de refugiados de Oure Cassoni, donde se hacinan unos 30.000 sudaneses que han venido a ponerse a salvo a este lado de la artificiosa frontera. Gracias a los visores nocturnos que nos prestaron los soldados pudimos ver la película en blanco y negro de los muros de adobe, las chozas levantadas con lonas del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (que no reconoce el asentamiento porque va contra sus principios: se opone al levantamiento de campos junto a la frontera del país de origen, porque entiende que los refugiados está expuestos al hostigamiento y a la inseguridad -no en vano sirven de camuflaje a los grupos rebeldes que, en este caso, combaten al régimen del general Omar Al Bashir- y prefiere que se organicen a varias decenas de kilómetros de la linde, aunque los que han huido prefieren alejarse lo menos posible de su país, de sus casuchas y de sus tierras, porque su único sueño es volver). Aunque eran más de las once de la noche, vimos un comité de recepción formado por niños que se dirigía con las manos en alto hacia nosotros. ¿Qué hacían levantados a esa hora? Pero algo o alguien les disuadión y a medio camino volvieron sobre sus pasos. Con la media luna blanqueando los caminos, sacando instantáneas misteriosas de los arbustos y de las piedras, todo el desierto parecía una radiografia de la luna. Unos burros sobresaltados por nuestro paso rebuznaron como almas en pena. Al regresar al campamento cerca de la medianoche, casi todo el mundo dormía. Agotados, caímos en un profundo sueño ajenos a los escorpiones, arañas y otra fauna que se esconde en estos pedregales. A las seis, salimos de nuestras tumbas individuales.

El sol empezó a asomarse a una velocidad de vértigo. Nos vimos y nos las desamos para meter los sacos y las tiendas en sus fundas (los polacos volvieron a armarse de paciencia), tomamos café y galletas duras como piedras ablandadas con la leche condensada de las raciones de combate, y reemprendimos la aventura. Primero un lago del que sobresalían troncos secos. Llegó un rebaño formado de decenas de ovejas que balaban con la unanimidad de las nuestras, manejadas por un pastor sin perro que había pasado la noche junto al agua mansa y cobriza. El campo de refugiados no estaba lejos. Hablamos con el jefe del destacamento de la policía chadiana que se encarga de “la seguridad” del campo: 20 hombres para 30.000 almas. Un imposible. Confesó que les ruegan a los rebeldes del JEM, quizá el grupo más nutrido y relevante que combate contra el régimen de Jartum en Darfur, que dejen sus armas a la entrada del campo (un campo con mil puerta) cada vez que acuden a visitar a sus familiares. La falacia y el juego quedaron en evidencia cuando acertó a pasar una “pick up” artillada con seis “rebeldes” a bordo: calzados con chancletas, con turbantes de oro y oliva, y kaláshnikovs en torno a una ametralladora de 14 milímetros, no ocultaban, como sus compatriotas del campo, su alegría por la orden de búsqueda y captura dictada por la Corte Penal Internacional contra su gran enemigo, el presidente sudanés, Al Bashir, aunque está por ver quién será capaz de ponerle el cascabel al gato, y si haciendo un gran bien (poner fin a la impunidad que reina en Darfur desde hace casi seis años, con 300.000 muertos y casi tres millones de desplazados y refugiados, condenar al régimen islamista y militar de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad) muchos seguirán sufriendo o morirán por la reacción brutal del Ejército sudanés y sus despiadados jinetes árabes, los famosos “yanyauid” (diablos montados). Junto al campo, bajo el sol implacable del mediodía, un grupo de niños y niños que no supera los diez años, se encarga de fabricar con las manos desnudas y una pala más grande que ellos ladrillos de adobe, vigilados por sus amos sudaneses: hombres esbeltos y delgados, con cara de pocos amigos, que sólo hablan árabe y visten túnicas de un blanco deslumbrante (tienen quien se las lave) y un ostensible látigo en la mano: seguro que no tratan mejor a los niños que a los escaldados burros, que se extrañan de que alguien les quiera palmear el lomo sin ánimo injurioso.

Sobrevivir es un empeño arduo en estas tierras del Sahel africano. Pero todo se hace todavía más duro por culpa de la guerra, los regímenes despiadados que no sólo no se cuidan de sus ciudadanos (súbditos despojados de cualquier derecho), sino que les convierten en carne de cañón, parias en su propia tierra, o náufragos en el desierto, refugiados obligados a huir para salvar el pellejo, evitar la violación, que los niños sean vendidos como esclavos, mano de obra barata, guerrillas infames. Emprendemos el regreso a través de Bahai, un villorrio desperdigado por lomas de arena que el viento arremolina contra las tapias de adobe, no sin antes pasar por una escuela. Los niños nos reciben como suelen en África, con la mano tendida (pero no para pedir: en eso son los chadianos y los sudaneses tan dignos como los somalíes, sino para saludar) y la sonrisa franca. Regresar a la base del batallón polaco en Iriba, un fortín de terraplenes, torretas, reflectores y alambradas, cuando la luz empieza a declinar, es como alojarse en un hotel de cuatro estrellas: después de la aventura nocturna, y con el polvo de dos días de periplo por el desierto, el agua fresca redime como más que un bautizo, y no digamos la comida en el gran comedor que parece un remedo de los palacetes del XIX polaco, donde los oficiales cortejaban a las damas y hablaban un distinguido francés. Otro espejismo. La comida (carne cubierta de hojas de col bañadas con salsa de ternera) es un plato delicioso para rusos, ucranianos y polacos que devoramos con el placer y el hambre de los náufragos de arena. Cuadriculado por contenedores alineados como viviendas que a su vez hacen de calles, un poste sirve de punto de referencia para todos los que nos sentimos perdidos aquí: Varvosia, 4.105 kilómetros, y otra decena de ciudades polacas, donde ahora sigue mandando el invierno. La noche ya es tan intrincada como la de ayer, pero aquí se ven muchas menos estrellas, y no por la luna, sino por el run-run de los reflectores eléctricos. Mañana también tenemos otro día de patrulla.

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De Alfonso Armada (el 08/05/2009 a las 10:47:14, en Chad)

La jornada empieza y termina a dentelladas. Y de nada sirve endosarle a Charles Darwin responsabilidades que no le competen ni ponerse condescendiente con la naturaleza del continente negro. El parecido es mucho mayor del que los soldados españoles (y los franceses, los albaneses, los polacos, los finlandeses, los italianos, los irlandeses...) están dispuestos a aceptar ante un espejo tan poco favorecedor. Por supuesto que cabe la superioridad moral por la que Martin Amis preguntó a su audiencia londinense ante realidades afganas e iraquies y la respuesta fue parecida a la de una piedra, porque tan neocolonialista es decir que los europeos somos culpables de todo lo que ha ocurrido en Chad desde que misioneros occidentales cristianaran a fines del XVIII a los saras del sur y sobre todo desde que Francia “adquiriera” (como señala certeramente Wikipedia) en 1885 un territorio que doblaba su superficie y que no ocupó con más o menos efectividad hasta 1920, como que la sucesión de guerra civil y golpes de Estado (por cierto amparados, alentados, urdidos o tolerados por Francia, que sigue instalado militarmente en el pais desde que formalmente le “otorgó” la independencia a su antigua colonia en 1960) son parte de la riqueza intrínseca, o que la religión musulmana que entretiene a más del 50 por ciento de la población vela por la igualdad de la mujer, o que su modelo de desarrollo (el petróleo ha servido para amasar la maquinaria bélica del dictador Déby y ganar fidelidades al peso) con una esperanza de vida que ni en hombres ni mujeres llega a los cincuenta años y un analfabetismo que entre los hombres ronda el 60 por ciento y en las mujeres el 90 por ciento es digno de imitar.

Como el viaje ha sido organizado y financiado por la Comisión Europea son obligados los encuentros con las figuras de la pasión burocrática, que tratan de dibujar un panorama favorable a su desempeño con la pericia de un diplomático y sus artimañas para hacer que la verdad no les parta las piernas. Por eso resulta por ejemplo mucho más estimulante ver, a través de un hueco en la cortina tras el alto cargo con chaqueta y corbata que se expresa en impecable francés o inglés según sea meneser, a un soldado con el torso desnudo que habla por teléfono mientras la calidad del atardecer en Yamena le saca partido a los músculos bien torneados del pecho, con una textura rosácea acentuada por la proximidad del río donde el hipopótamo fantasma ha acabado por asomar el hocico y por los depósitos de agua de la que iba a ser nueva prisión capitalina y que era el fortín de la Eufor (Fuerza Europea) ya traspasada a mando de las Naciones Unidas.

Le Carnivore es el espacio favorito de esparcipiento de la tropa internacional y de los locales. Situada al extremo del principal eje de Yamena, la carne reina aquí en todo su esplendor literal y metafórico: los carnívoros pueden devorar en su sangre todos los filetes y “steakes” que su nostalgia de la caza puede hacerles hervir en la sangre, y las mujeres más hermosas y menos domadas por la religión (y su ruda policía secreta, apostada en el “lobby” de los hoteles y confundida entre la muchedumbre de los mercados) se venden al más hábil o al mejor postor mientras la banda del local hace que la noche de Yamena se parezca a un garito que hace de antesala del paraíso. A la puerta de este antro al aire libre que es el último en echar el cierre en la mortecina noche de Yamena se pueden atisbar escenas tristes, como la de un europeo que despacha con calculadas contemplaciones a una joven belleza local que llegó en una moto-taxi y es devuelta a su lugar de procedencia (seguramente en un barrio tan mísero como el Paris-Congo, atravesado por un río de excrementos) con lágrimas en los ojos porque su solícito amante de la noche anterior ha encontrado sangre fresca para renovar su rito carnívoro.

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De Miguel Ángel Barroso (el 05/05/2009 a las 17:40:37, en Tanzania)

Sube la marea al alba. Una marea negra, jadeante, que no conoce el desaliento. Son los porteadores, equilibristas en los muros de roca. Algunos cargan bultos inverosímiles sobre sus cabezas (entre 15 y 20 kilos de peso, sin contar con sus pertenencias). Casi todos trepan con más rapidez y agilidad que el mzungu que los ha contratado y al que hidratan, alimentan y hacen la cama. Si hay un paso difícil no serán ellos los que caigan, como en las películas de Tarzán, sino el patán llegado de Occidente. El trekking del Kilimanjaro no presenta grandes complicaciones técnicas; el único paso peligroso de la ruta Machame se encuentra en Barranco Wall, y es allí donde estos nativos exhiben sus habilidades mientras los demás tenemos que usar las cuatro extremidades para no despeñarnos. Van discretamente equipados en contraste con el uniforme “coronel Tapiocca” del primer mundo. Abundan las camisetas raídas y los forros polares de segunda mano sudados en decenas de ascensiones. Un chaval espabilado puede promocionar a guía asistente y, con suerte, tras cinco años de experiencia y si chapurrea un inglés aceptable, a guía principal. Eso supone más dinero y menos carga a sus espaldas. Desde el punto de vista del hombre blanco políticamente correcto el duro trabajo de los porteadores pisa el terreno de la explotación. Pero las “víctimas” tienen una perspectiva muy distinta y lo ven como una oportunidad económica. Las propinas que cosechan al final del viaje son vitales para la subsistencia de sus familias. Además, sin su concurso las posibilidades del 99 por 100 de los turistas serían remotas. A la marea negra más que a nadie pertenece la montaña.

Acampar en el valle de Karanga (3.930 metros) es opcional, pero muy recomendable para consolidar la aclimatación y quitarse público de encima. La mayoría de montañeros sigue hasta Barafu Hut (4.600 metros), donde tendrán unas pocas horas de descanso antes de afrontar la extenuante etapa de cumbre: salida al filo de la medianoche, 1.300 metros hacia arriba y 3.000 hacia abajo, completando más de 13 horas de marcha. La escala en Karanga tiene premio no sólo desde el punto de vista práctico. La temperatura suave nos permite cenar fuera de la tienda-comedor. Sopa, arroz, pollo, verdura, fruta y un termo de té. A nuestra espalda, el Kibo librando su eterna lucha con la niebla. De frente, el Meru y la llanura tanzana bajo una luz crepuscular. En el cielo nacen las nubes, cambian de forma y desaparecen en jirones. Un momento mágico que uno querría envasar como si fuera un elixir de la felicidad; un remedio para las malas rachas.

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