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Dormir en el cielo
De Dolores Martínez (el 17/03/2009 a las 11:17:00, en Dubai)

Por fin estamos a los pies del Burj al Arab, el hotel más estrellado del mundo. Y decimos por fin, no porque nos vayamos a alojar en una de sus 202 suites – ya nos gustaría, pero los entre 1.400 y los 24.000 euros que cuesta una noche son razones de peso—, sino porque, al igual que la Torre Eiffel, gana al natural. Impresiona ver que, en efecto, es una vela al viento de 321 metros clavada en una isla artificial en las aguas del Golfo Pérsico.

Admiramos su desafiante arquitectura desde la playa pública de Jumeirah de Dubai, y sólo desde aquí, porque, como gran tesoro, La Torre de los Árabes o Burj al Arab se protege de los curiosos. El paso lo tiene reservado a sus huéspedes, que es lo mismo que decir a millonarios. Sólo ellos caminan sobre granito azul de Brasil, mármol es de Carrara o de Statutario (el que empleó Miguel Ángel es sus esculturas), y bajo techos revestidos de láminas de oro de 22 kilates de la India. O duermen en camas giratorias ante pantallas de cine privado.

En este hábitat de lo superlativo —nos resistimos a llamarlo lujo— se encuentra el único restaurante submarino del mundo, el Al Mahara, del que destaca, más que su cocina, una columna central convertida en un impresionante acuario en el que viven, junto a singulares especies, dos tiburones, lo que permite disfrutar de las fauces del escualo mientras las propias devoran a otros peces, también muy preciados.
Casi por arte de magia, y gracias a un ascensor que se eleva seis metros por segundo, en un instante se alcanza otro de los restaurantes, el Al Muntaha, una torre de vigía de 200 metros de altura, desde la que deben dar ganas de comerse el mundo. Pero para ello es necesario que, cuando se realice la reserva, se insista en que la mesa esté situada en la primera fila, es decir, junto a la gran cristalera, porque, como en el anterior, en el Al Muntaha se disfruta más de la vista que del gusto.
Después de este tránsito por lo superlativo, ponemos los pies en la tierra. Y de nuevo sobre la playa de Jumeirah, donde grupos de extranjeras disfrutan del atardecer al igual que unos nativos de ellas.
Llegada ya la noche, La Torre de los Árabes o Burj Al Arab vuelve a provocar con juegos de colores. La vela cambia del rojo, al azul, al verde, al malva...
Mañana viajamos a otro color, el del desierto