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La primera vez que vi el mar
De Javier Reverte (el 29/06/2010 a las 11:42:20, en Viajar)
No hay mejor símbolo de la felicidad que un niño unido al mar. Los humanos creemos pertenecer a la tierra, pero tal vez es un falso espejismo. En realidad, bien podríamos pertenecer al mar. Puede que un día comprendamos que somos peces, criaturas nacidas para vivir en el agua, y quizás entonces escribamos una historia humana más feliz. Ahora, al pensar en esa utopía, siento no vivir en ese tiempo lejano para poder disfrutarlo y luego contarlo. Por eso, el gran viaje de mi vida, que recuerdo todos y cada uno de los inicios del verano como si hubiera sucedido ayer mismo, fue aquel en que me llevaron por primera vez a ver el mar. Yo tenía once años y era un niño madrileño harto de veranos de fuego en los secarrales castellanos. Fui con mi hermano Jose, dos años menor que yo, a pasar un mes a un pueblo del interior de Galicia, en la provincia de Pontevedra, en donde mi tío Antonio tenía una casa entre bosques de pinos y viñedos de uva negra. Un día, mi tío nos anunció que iba a llevarnos a la ciudad de Vigo para que viésemos el mar. Y la siguiente mañana, nublada y húmeda, tomamos un autocar de línea en Puenteareas. Cosa de media hora después, al llegar a la cima de una loma de la carretera, vimos tenderse delante del vehículo la línea gris cobriza del inmenso océano. ¡Que hermoso espectáculo!. ¡Cómo me brincó el corazón! Cuando llegamos a la playa, mi hermano y yo corrimos hacia el mar, metimos el dedo en el agua y lo chupamos. Y el gran milagro se produjo como esperábamos: ¡sabía salada! Desde entonces, sé bien que pertenezco al mar y que nacer en Madrid fue una equivocación de la Naturaleza. Me gusta verlo, navegarlo, mecerme en sus brazos. Y me hace sentirme inmortal. Como si siguiera siendo un niño que lo cabalga sobre las olas.
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