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Madrugada en la Carretería
De Eduardo Jorda (el 26/03/2010 a las 12:24:23, en Viajar)

Ya sé que las cosas han cambiado y que muchos cofrades malagueños prefieren no pasar por la calle Carretería, pero para mí esa calle estrecha y popular es la que guarda todo el sabor de la Semana Santa malagueña. Fue el poeta Álvaro García quien me llevó allí, en una madrugada de Jueves Santo de hace quince años, y nunca sabré cómo agradecérselo. La gente que se agolpaba en la acera parecía salida de una película en blanco y negro de la España de los años 50. Había sillas y hasta sofás atados con cadenas, porque la gente reservaba su espacio como los solemnes propietarios de un palco en la Tribuna Oficial. Sólo que allí se respiraba un ambiente como de fiesta familiar, una fiesta ruidosa y alegre en la que alguien acabaría bailando un pasodoble y cortándole la corbata al novio. La Semana Santa malagueña tiene un componente religioso, sin duda, pero también desprende un aire inequívoco de romería popular. Tan sólo una vez en mi vida he sentido lo mismo que sentí allí, y fue en un baile frente a una iglesia, en México, durante una fiesta del Carmen. Tocaba una banda de música y docenas de parejas bailaban un «huanpango». Y de repente yo también me puse a bailar entre todos aquellos desconocidos, sin tener ni idea de cómo se bailaba, hasta que me sentí borracho de felicidad. Y eso mismo sentí en la calle Carretería. Pero todo cambió cuando llegó la procesión. Oímos la música, y aparecieron los primeros nazarenos de la Esperanza, y luego llegaron los tronos, primero el Cristo, después la Virgen. Y de repente se hizo el silencio, un silencio que no sabría definir, un silencio palpable que parecía descender de la noche misma. Recuerdo a un nazareno sin capirote que hacía su penitencia detrás de la Virgen y que llevaba los ojos vendados. Iba junto a una señora que llevaba peineta y que supongo que debía de ser su madre. Era un hombre joven, muy delgado. Me pregunté qué extraño pecado le habría llevado hasta allí, qué traición o deslealtad que ahora debía expiar delante de todos nosotros. Y entonces noté un escalofrío en la espalda y sentí, no sé cómo, que todos los desconocidos que nos agolpábamos en la calle éramos la misma persona que intentaba remediar un pasado ya para siempre inalterable.

*Eduardo Jordá acaba de reeditar/reescribir «La fiebre de Siam». Málaga, la ciudad donde vive, inaugura estos días un Museo de la Semana Santa.