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Cannes, el pueblecito metrópolis
De E. Rodríguez Marchante (el 21/05/2009 a las 18:44:11, en Cannes)
Año tras año, a mediados de mayo el pueblecito costero de Cannes sufre una insana transformación y se hincha como el cuello de un cantaor hasta convertirse en la más importante metrópolis cinematográfica del planeta. Y su coqueto paseo marítimo se transforma en el Boulevard de La Croisette, un lugar que concentra más especies raras que el acuario de Georgia. Cineastas, actores, promotores, críticos, curiosos y una nutrida representación de «frikilandia» se reúnen alrededor del llamado Palacio del Cine, donde durante un par de semanas entra en erupción lo mejor del séptimo arte. Entretanto, la postal del pueblecito costero hinchado vista desde el mar hacia el interior es inevitablemente la siguiente: la calle es un hervidero, ni una plaza de hotel, hostal o pensión libre, ni un hueco en ningún restaurante caro (los baratos son sólo una leyenda), una avalancha de «fans» que persiguen el autógrafo de cualquier actor; una avalancha de actores, directores, productores que persiguen la firma de cualquier contrato; una avalancha de críticos, plumillas y cinéfilos que se exprimen entre sí como limones antes de entrar a una sala de cine; una avalancha de fotógrafos y turistas con cámaras que se apilan en la playa frente al catálogo de «starlettes»... Unas cuantas calles más para el interior, a partir de la cicatriz consumista de la Rue d'Antibes, récord mundial de golpe de tarjeta y bacaladera por minuto, vive alguna gente «normal», que asiste al espectáculo tomando pernaud en sus pequeñas tascas con terracita y desde allí se repiten constantemente entre ellos eso de «¡Mon Dieu!».