La radiante novia escoltada por el padre y el padrino aguarda en la puerta de la catedral grecocatólica de la Anunciación, en un flanco de la avenida de las Rosas de Tagur Mures, la “ciudad feria” transilvana. En el interior del templo, casi en penumbra, mujeres enlutadas de negros pañolones mastican rezos en húngaro. Amanece el sábado inaugurando funerales, presidido por las ofrendas del pan que se alinean en un altar improvisado: una hogaza por el alma de cada difunto, un saco de panecillos que exhiben el nombre de cada oferente. Pan y muerte, curiosa forma de festejo al más allá, y la promesa de matrimonio y felicidad esperando en cada esquina. Ya de amanecida cuatro bodas al tiempo (qué prisas gastan en esta ciudad para el sí quiero); desfile callejero de novios y convidados, magiares y rumanos, cada uno en su iglesia, cada uno a su rito. Mientras la novia húngara se desespera por que le llegue el turno, la rumana ya ha sido coronada, celebrada con música balcánica que inunda la catedral ortodoxa. Refrescos y pastelillos para los invitados endomingados, todavía con el aire colgado del Este. La vieja Europa y la nueva; el violín y el clarinete entre pasos de cebra y murallas medievales. Las ciudades las reescribe el viajero y las habita de cine. Cuatro bodas y un funeral. Tagur Mures era una fiesta.
Foto: Miguel Berrocal. Viaje a Rumanía, primer día, aquí.
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