Jesús M. Martínez del Rey, subdirector del programa "La buena vida", de Punto Radio, fue costalero en la Semana Santa de Ciudad Real. Estos días ha participado en el último ensayo de la Cofradía del Cristo de la Piedad, que sale el Viernes Santo por la tarde. La voz de mando que se escucha en el mp3 que acompaña este post es del capataz de la cofradía, José María Muñoz
Sábado Santo. Estoy sentado en un banco de San Pedro Apóstol. Una faja me rodea la cintura para proteger los riñones. El bajo del pantalón atado sobre calcetines blancos. Alpargatas negras de cáñamo. Miro al suelo, lo mismo que el saltador antes de iniciar la carrera. En unos minutos embocaremos la Puerta del Perdón, pórtico unos pocos centímetros más ancho que el paso de palio de la Virgen de la Soledad, «la Sole», para nosotros costaleros. Por arriba, el arco se estrecha en ojiva gótica. De rodillas si queremos enhebrar a la primera. Como atlantes flexionamos lentamente y, ya de hinojos, el paso parece que avanza movido por muñones. Ocupo la esquina delantera izquierda, junto a los respiraderos de celosía. A la derecha, cinco costaleros y treinta más detrás de mí. Arrastro las rodillas y los primeros jadeos. Casi dos mil kilos soportados por cilindros de guata envueltos en los costales, sobre la base del cuello, para que descanse el varal. Notaré el dolor cuando me acueste. Pero eso no lo sé todavía. Es el primero de mis cinco años de costalero. Fuera del templo, el gentío aplaude cuando levantamos. En las aceras, muchos se santiguan. La banda de música toca «Los campanilleros». Bailamos. Y con nosotros, aún en su tristeza hierática, también la Virgen. Las bambalinas del palio golpean contra las varas. Noto que en el cuello va creciendo un bulto que no desaparecerá hasta una semana después. En la calle Cuchillería, cuesta arriba, el penúltimo esfuerzo antes de la entrada. Nos jaleamos. A la puerta de la iglesia, el gentío se calla cuando hincamos nuevamente las rodillas. Sólo oigo la voz del capataz y la respiración acelerada de mi compañero de atrás. Y luego, aplausos sordos. No sé por qué fui costalero, contesto a mi hijo adolescente, mientras le hablo de orgullo, de esfuerzo personal, de trabajo colectivo y solidario en los varales. Frente a nosotros, treinta y cinco pares de alpargatas de cáñamo avanzan, con pasitos de geisha, dejando atrás la Puerta del Perdón. No sé por qué fui costalero, pero me cambiaría por ellos.