La sociedad del ocio, que es también la sociedad de la prisa y los simulacros superficiales, la que abomina de los tiempos muertos, la contemplación y la inactividad reflexiva, parece haber instituido el principio de que
la cultura es un asunto del que ocuparse cuando no se tiene otra cosa que hacer. Con el verano instalado en el calendario y largos territorios de holganza en perspectiva, abiertos ante nuestros ojos como mullidos paréntesis cuajados de promesas por cumplir,
las ofertas culturales se convierten en una opción de alto rango en el menú de las propuestas estacionales. Sí, vale, esas iniciativas no son exclusivamente veraniegas o casi, como el traje de baño y las chanclas, las cremas protectoras y la sangría de chiringuito, pero tampoco es cuestión de fruncir el ceño y ponerse en plan severo ante ese conglomerado que mezcla, sin hacer distingos, rigor y naderías, grandes espectáculos y montajes para salir del paso sin demasiadas exigencias. Semejante paquete vacacional podría llevar la etiqueta de
«cultura de verano», un cajón de sastre en el que caben un concierto de hip-hop y la revisión de «Antígona« en clave guerracivilista, un Jardiel a la luz la luna y, valga el caso, una exposición de esculturas de miga de pan. La cuestión es hacer algo y asomarse a esos otros mundos culturales que están en este, aunque solo sea, por el momento, en los meses de canícula, que luego ya se verá. Pese a los arañazos feroces de la crisis,
esa nave de la cultura estival navega muy digna por el mismo mar de todos los veranos, fondeando en festivales y haciéndose un hueco en las programaciones de los ayuntamientos capaces todavía de dedicar un puñado de denarios a la cosa. Al margen de otras consideraciones y con todas las pegas técnicas y de falta de comodidad que se quieran argumentar si nos ponemos tiquismiquis, presenciar
una representación en el Teatro Romano de Mérida o el Corral de Comedias de Almagro, con el mismo cielo estrellado que tuvieron por techo los espectadores de hace varios siglos, no tiene precio.
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