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Una brisa felizmente persistente alivia el calor de agosto en esta esquina de Túnez. Hace sol, pero
los surfistas vuelan con asombrosa facilidad sobre las olas del Mediterráneo y las palmeras bailan delicadamente junto a las ventanas de nuestro hotel, el
Barceló Cartago, un hallazgo cerca de cualquier sitio. A unos minutos en taxi de los yacimientos de Cartago, del azul y blanco de Sidi Bou Said o del imán de la medina de Túnez. Los turistas buscan aquí playa e historia, tal vez, pero también (o sobre todo) compras.
Están en la puerta bab el-Bahr, preparados para la “guerra”, con la mochila sobre la barriga, los bolsillos bien cerrados y la mente alerta para regatear el tiempo necesario (nunca será suficiente). Cae el sol a media mañana, pero el viento, suave, agradable, no cesa. Perfecto para caminar. La medina fue fundada por los árabes a mediados del siglo VII, y es una ciudad dentro de la ciudad, u
na telaraña de callejuelas en las que la vida bulle, huele y se detiene de una forma diferente. Todo se vende, todo tiene un precio, aunque nadie sabe exactamente cuál. Depende de la habilidad del comprador. Cerámica, cuero, falsificaciones, un té a la sombra de un callejón. Y camisetas, muchas,
con el rojo y el 7 bien a la vista. En la medina de Túnez, Villa es el rey. Dos niños abren los ojos entusiasmados. Miran aquí y allá. Ven algún 9 de Torres, y, medio escondido, un Xavi Hernández. Poco más. Salvo Villa, siempre Villa. “¿La quieres? Son 60 dinares (31,5 euros)”, pregunta el vendedor. Y a partir de ahí, el juego. “¿Cuánto vale?”, “Así es imposible”,
“Tú estás loco”, “A ese precio no quiero la camiseta”, “¿Quieres un té?, vamos a hablar”. El precio ya ha bajado a la mitad, y aún parece carísimo, aún queda otra media hora de trabajo. “¿De verdad quieres comprar?”, “Quiero... si es un precio bueno de verdad”,
“Dime tu mejor oferta”. Los niños se retiran y murmuran: “Esto es peor que nadar tres kilómetros”. Y, alrededor, la vida, las callejuelas llenas, la Gran Mezquita, fundada en el año 732, un pollo con cuscús tan barato que el estómago sospecha. Y vuelta a la realidad, a Villa, España campeona del mundo, todos lo saben, todos lo proclaman. Campeones del mundo. “¿Y la camiseta?” “¿Hacemos negocio?” Al final, el espectáculo termina: 40 dinares (21 euros) por tres camisetas.
El turista se siente satisfecho, el vendedor también. “Pareces catalán”, bromea, mientras la brisa regresa, y el olor a cuscús, y el murmullo que envuelve este otro mundo, tan lejos de la España de Villa.
Más:
Cosas que pasan cuando se van los cruceros.

Uno debe de confesar que le dan un poco de envidia los tunecinos. Hartos de la política partidista y mezquina que nos rodea en España, reconforta ver la alegría, la ilusión, la esperanza y el interés con el que se encara el presente y se busca el futuro en
túnez. Me recuerda a nuestra querida e idolatrada Transición.
Libertad, seguridad, tranquilidad, pulgares hacia arriba... han sido los conceptos más repetidos en una presentación del “nuevo” turismo tunecino que acaba de realizarse en Madrid. Mientras hablaban en el estrado Fernando Valmaseda, director general de RV Edipress, y Leila Tekaia, directora de la Oficina Nacional de Turismo de
túnez (ONTT) para España y Portugal, se proyectaron una serie de diapositivas sobre el país magrebí que reflejaban los tópicos del turismo en aquel país, playas, bazares, comidas...
Sin embargo dos imágenes se salían de lo normal. La que mostraba una pintada en una calle de
túnez que decía “¡Vive la liberté!” y otra parecida, pero en inglés: “Thank You Facebook”. Y es que
túnez da las gracias a Facebook por haberle servido de vehículo para llevar a buen puerto la Revolución de los Jazmines que estalló el pasado mes de Enero y acabó con el régimen autocrático de Ben Alí. “Antes -dijo Tekaia- un acto como este lo teníamos que organizar con meses de antelación. La actual libertad de
túnez nos permite hacerlo solo unos pocos días antes”.
El turismo es el gran motor de túnez. Representa el 7% del PIB y podría llegar al 14%. De él vivían y trabajaban más de 400.000 tunecinos, el 12% de la población activa, pero el miedo por la desinformación de la mayoría de los turistas extranjeros ha hecho que descienda la actividad turística y que unas 50.000 personas de este sector hayan ido al paro.
Pese a todo, “
túnez no está en guerra”, repetía Valmaseda y corroboraba Tekaia, aunque les consta que en algunas agencias de viajes españolas así se lo han dicho a posibles turistas que buscaban información. La revuelta, ya pasada, no afectó directamente “ni a un solo turista”. “Estamos haciendo limpieza en nuestra casa -aseguraba la directora de la ONTT- y pedimos a los países amigos que nos ayuden a conseguirlo”. En lo que va de año, el turismo europeo ha descendido en
túnez entre un 45 y un 50%. Pero
los españoles parecen más miedosos que los demás y sólo han viajado a este país el 20% de los que lo hicieron el año pasado. Esto se explica porque el turista español es en un 80% excursionista, es decir, no se queda encerrado en el hotel y la playa adyacente y le gusta hacer excursiones por el desierto o los pequeños pueblos. Según se puso de manifiesto en la presentación, el objetivo de cara a la temporada de verano y a largo plazo no es otro que mostrar a tour operadores, futuros visitantes y, a la sociedad en general, que
túnez es seguro, tranquilo y acogedor.
Que el país sigue siendo un destino en el que se pueden encontrar playas de ensueño, restos arqueológicos de múltiples culturas, amplia y variada oferta gastronómica, talasoterapia, windsurf, golf, amenos y típicos festivales, pero también se puede encontrar un pueblo que da la bienvenida a turistas, como siempre ha sido, y que ahora además vive en un clima de paz, armonía, libertad y democracia. ¡Enhorabuena,
túnez!
Leila Tekaia, directora de la Oficina Nacional de Turismo de túnez (ONTT), junto a una fotografía con una pintada que dice “Gracias Facebook”. FOTO: PILAR ARCOS

El Mediterráneo no es sólo un mar ni un universo geográfico y, si me apuran, tampoco únicamente una cultura. El Mediterráneo es, antes que otra cosa, una forma de concebir la existencia que supone la presencia del mar y de una cultura singular. No es tampoco una dieta, sino una forma de enfocar el ludismo. No es un espacio físico, sino una abstracción sensorial. No es una fe, es un instinto. Pero es, sobre todo, en mi opinión, una expresión casi literaria de fe en la vida. «Yo nací entre la miseria y la luz», escribía Albert Camus. Y entre la miseria y la luz, como en toda la obra de Camus, en el Mediterráneo siempre ganó la luz. ¿Qué otra forma de optimismo vital hubiera podido alumbrar esa gran conquista humana que es la democracia?.
Hayas nacido en Cairo, en Alicante, en Izmir, Creta, Mallorca, Argel, Trieste, Chipre, Split, Beirut, Venecia o Marsella, no serás extranjero en ninguna tierra mediterránea. Y aunque no hables italiano, croata, árabe, turco o francés, hay algo que te hará entenderte con todos quienes viven en las cercanías de ese mar, porque lo que prima en todos ellos es una manera de concebir la vida. Yo camino por los puertos del Mediterráneo, con las manos en los bolsillos, igual que lo haría un marinero nacido en Fenicia, crecido en Sicilia y contratado por un barco francés. Y la gente me saluda en veinte idiomas. Nunca he sido un extraño en Grecia, ni en Italia, ni el sur francés, ni en las costas de
túnez, de Argelia, de Marruecos, de Siria o de Egipto. El Mediterráneo se extiende más allá de sus costas. Yo creo que París es casi tan mediterránea como Barcelona,
Cádiz tan mediterránea como Estambul y desde luego que lo es Madrid. ¿Quién mide cuáles son las fronteras espirituales del más viejo de los mares? No hay que olvidar, de todos modos, como escribía Fernand Braudel, que en este universo «lo plural siempre se opone a lo singular: hay diez, veinte, cien Mediterráneos y cada uno de ellos está a su vez subdividido».
Por lo mismo, el Mediterráneo podría tener muchos símbolos. Yo me quedo con ese perfil mordido por los siglos del Partenón de Atenas, que levita en los aires, a la orilla del mar, como una nave de piedra, cual si fuera la nave de Peter Pan.
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