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Yamena, martes. La noche de Yamena es una máscara de ébano perforada por luces de yesca, candiles de gas, tubos fluorescentes que sirven de abrevadero a los insectos y a los mosquitos que afilan sus patas pensando en la pitanza de los incautos. No consigo ver el curso del
Chari a media que el avión de Air France se aproxima al aeropuerto internacional de la capital de Chad, un país encerrado en el centro del continente negro, de clima mayoritariamente desértico, castigado a no ser por unas fronteras trazadas de forma tan arbitraria como las de muchos de sus vecinos, que algunos han llamado El corazón muerto de África. El pasaje es mayoritariamente blanco: contratistas, soldados de refresco para la fuerza de la Unión Europea o las tropas francesas que siguen poniendo y quitando líderes desde que en 1960 cedieron teóricamente la soberanía, funcionarios de las Naciones Unidas que hablan idiomas ininteligibles, empleados de la Cruz Roja Internacional y otras organizaciones cargadas de buenas intenciones, y periodistas, claro, los que menos tiempo se quedan y más se atreven a decir después de su vuelo de pájaro nervioso. Los empleados de la aduana tienen cara de pocos amigos, pero evito al que ladra al pedir los papeles. Los trámites (con la visa bien visible) son sin embargo más ágiles que en otras satrapías vecinas y el aire denso del diminuto aeropuerto confirma la bofetada de calor de la pista, que contrasta con la lluvia y el frío de Madrid, 14 horas antes, cuando la noche de la capital de España era una máscara de acero perforada por una miríada de lanzas térmicas y entre los dormidos y los vigilantes el mundo parecía tener sentido. Un coronel francés nos da la bienvenida. Por las calles mortecinas de Yamena, ilustradas por el polvo del desierto que se casa con el asfalto escaso y lo devora, las túnicas de los tenderos y de los ociosos daban la bienvenida sutil a quien quiera asomarse a la noche del corazón muerto de
África, donde reina una tal
Idriss Déby Itno que duerme siempre con un ojo abierto pese a la constante vigilancia de los Mirage, que despegan antes que nadie en el mismo aeropuerto que liga la máscara de Madrid con la de
Yamena, la lluvia y el frío del norte con el fatalismo de un país de diez millones de almas tan grande como tres veces California (así lo mide la página de la CIA) o más grande que la suma de Francia y España juntas. Limita al norte con Libia, al este con Sudán, al sur con la República Centroafricana, al sudeste con Camerún y Nigeria, y al oste con Níger. En una ciudad como Yamena un poeta y traficante como
rimbaud hubiera podido echar raíces.