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Una mañana de invierno, ya no recuerdo cómo, llegué en coche al Camino Calvente, a los pies de la ciudad de Ronda. Nunca había visto Ronda desde abajo, en contrapicado, y me asaltó una sensación que sólo sabría definir como el «vértigo inverso», porque el mareo no lo provocaba un abismo que parecía arrastrarte hacia abajo, sino otra clase de abismo que ascendía hacia el cielo, un abismo vertical. Y ese otro abismo te hacía creer que tú también estabas ascendiendo, porque te había invadido una misteriosa plenitud espacial que te levantaba del suelo y te llevaba hacia arriba, primero hacia las rocas y la ciudad, y luego hacia el cielo, y luego quizá hacia un lugar que estaba más allá del cielo, más lejos aún, un lugar que sólo podría existir en la esfera de lo que nunca sabremos qué es. Al poeta rilke le pasó algo parecido en Ronda, donde estuvo dos meses en el invierno de 1912-1913, hospedado en la habitación 208 del hotel Reina Victoria (ahora hay allí un pequeño museo). En Ronda creyó oír a las montañas cantando salmos, y admiró las flores de los almendros, e imaginó que la ciudad era un gigante de rocas que cruzaba el riachuelo por el Puente Nuevo, «igual que San Cristóbal con el niño Jesús». La huella de rilke ha sido tan intensa en Ronda que hay una «Inmobiliaria rilke» y hasta una «Autoescuela rilke». Y según me cuenta un psiquiatra amigo mío, cada año y medio salta un suicida desde el Puente Nuevo, buscando acaso convertirse en un ángel rilkeano que se libere para siempre del peso del mundo. «Todo ángel es terrible», nos advirtió rilke en su «Primera elegía». En el Museo Taurino de Ronda he visto un traje de luces con motivos aztecas, diseñado por John Fulton, el pintor norteamericano que quiso ser torero y mezclaba sangre de toro en los pigmentos de sus cuadros. Un día vi a Antonio Ordóñez caminando con su mujer por la calle Sevilla. Me pregunté si alguna vez había llevado aquel traje de luces en alguna plaza de México, buscando ese «vértigo inverso» que hacía creer a los aficionados que estaban ascendiendo hacia el cielo. Igual que le pasó a rilke. E igual que me pasó a mí a los pies del gigante de rocas, cuando la ciudad me arrastró hacia arriba, siempre hacia arriba.
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