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La frontera cerrada más larga del mundo (1.560 kilómetros) es aquí, cerca de Saïdia, un cauce seco en el que un burro mastica la merienda, hierba seca de agosto. El burro parece más cerca del lado marroquí que del argelino, aunque desde la carretera no acertamos a distinguir su nacionalidad. La de los seres humanos que se saludan con pitidos o con el dedo corazón vulgarmente estirado parece más evidente. Algunos pasan con el coche, tocan el claxon divertidos y prosiguen su viaje sin más. Otros han venido a hacerse una foto. Es fin de semana, han dejado un rato la playa y se han acercado a la frontera para llevarse un recuerdo a casa. Media docena de banderas rojas ondean a babor; otras tantas verdes y blancas a estribor, y en medio, el burro ocioso, con la hierba entre los dientes. ¿Será marroquí o argelino? La frontera entre ambos países se cerró en 1994, tras un atentado en Marrakech en el que perdieron la vida dos españoles. La policía marroquí pensó que detrás de aquel suceso estaba Argel e impuso un visado a sus vecinos. El gobierno de Argelia hizo lo mismo y, además, cerró la frontera. Y en ésas han pasado quince años, hasta esta tarde, cuando unos y otros se saludan algunos entre risas y otros con cara de mitin, ahí te quedas, ahí te quedas tú. Sólo cuatro turistas presencian la fiesta, dos más preocupados por el estado de salud del burro y otros dos por conseguir una imagen en el que quepan las dos banderas, las dos patrias. Qué lástima, como había dicho Germán unos días atrás, “¡con las posibilidades para el turismo que ofrecería una frontera abierta, con el desierto tan cerca, con las excursiones que podríamos hacer!”. Los marroquíes se cansan enseguida. Bajan la cámara, suben a su coche y se vuelven a la playa. Los argelinos parece que aguantan algo más su plan del fin de semana. Y el burro avanza unos pasos, más cerca del centro de cauce seco. ¿Será marroquí? ¿Será argelino?

 
De Rosa Belmonte (el 16/12/2009 a las 20:18:02 en India)
El hotel Taj Mahal de Bombay es más viejo que su vecina Puerta de la India, testigo de la marcha/fuga de las últimas tropas británicas en 1948. La Puerta, un arco de basalto frente al mar de Arabia, fue inaugurada en 1924 para conmemorar la visita a la India de Jorge V y la reina Mary (la del barco), que había tenido lugar en 1911. El legendario hotel, de 1903, es fruto de las ambiciones de Jamseti N. Tata, que quería para Bombay un gran hotel como los de las más importantes capitales del mundo (la leyenda adorna la historia con su expulsión de un hotel en la época colonial y el Taj como venganza). Sus corredores, donde se ven las fotos en blanco y negro de Alfred Hitchcock, John Lennon y Yoko Ono, la Reina Isabel y el Duque de Edimburgo o Naipaul, famosos clientes, demuestran que lo ha sido. Que lo es. Uno de los miembros con más encanto de The Leading Hotels of the World. Como el Adlon de Berlín, con el que comparte vistas a una puerta de renombre ( la de Brandemburgo en el alemán). La gran diferencia es que el Adlon desapareció y se reconstruyó en el mismo solar como uno de esos falsos edificios parisinos de Las Vegas. El Taj es el mismo de siempre. Con sus cuervos de siempre. La Puerta de la India también se convirtió en testigo lejano de la llegada por mar de los terroristas que hace poco más de un año convirtieron la caótica, intensa y viva ciudad de Bombay en un infierno. El Taj Mahal Palace & Towers fue uno de los blancos elegidos el 26 de noviembre de 2008 (otro lo fue el Oberoi. lujoso pero insípido, donde Esperanza Aguirre se estaba registrando). Maravilla arquitectónica que mezcla estilos árabe, oriental y florentino, sus techos de alabastro, columnas de onyx y alfombras de seda soportaron sesenta horas de tiros, explosiones, incendios y toma de rehenes. El 21 de diciembre, gracias a la torre construida en los años 70, el hotel volvió a abrir. Para la primavera de 2010 se prepara la gran reinauguración. Mientras, en las vallas de protección que rodean el hotel, junto a una foto de su majestuosa cúpula, se lee que están trabajando para restaurar un símbolo imperecedero de Mumbai (como en todos sitios hay tontos nacionalistas, el nombre de la ciudad ha cambiado). Un símbolo con accesos de seguridad reforzados. Un símbolo en cuyos baños públicos siempre hay alguien que te abre el grifo o aprieta el dispensador de jabón.
 
De Miguel Ángel Barroso (el 02/07/2009 a las 19:00:09 en Tanzania)


Godfrey, el guía que no usa reloj, está obsesionado con el tiempo. “Cinco minutos para las fotos. Hay que iniciar el descenso cuanto antes”. Pero... ¿por qué? Quiero decir: ha amanecido sobre África y estamos presenciando el milagro desde la cumbre del Kilimanjaro. ¿Qué prisa hay? Ya ni siquiera me duele la cabeza, o he metido ese problema en el desván. Me muevo deprisa, jadeando. Disparo y me disparan. Me gustaría ir al fondo del cráter y tocar el glaciar, confirmar que es una muralla de hielo y no un decorado de cartón piedra, pero Godfrey me advierte de las pocas naves que me quedan a pesar de creerme dueño de la Armada Invencible. Veinte minutos después llego a la conclusión de que el guía tiene razón, que el trabajo está a medio hacer y estoy sufriendo una especie de narcosis de nitrógeno. Hay que bajar. En Stella Point envío varios SMS a familiares y amigos. La bajada a Barafu Camp se realiza por otro lugar, impracticable para la ascensión, pero cómodo ahora, siempre que uno esté dispuesto a darse un baño de polvo volcánico. Se trata, básicamente, de “esquiar” sobre arena. A pesar del cansancio, el descenso es rapidísimo. Tardamos poco más de dos horas y media en desandar lo que la noche anterior nos costó siete horas y media. En el campamento, Livingstone nos espera con un refrigerio y nos da la enhorabuena. Descansamos un buen rato y nos lanzamos pendiente abajo hacia Mweka. La última parte del recorrido se hace dura. Hemos regresado al páramo y el brezal. El camino está embarrado y las rodillas piden clemencia a cada paso. Mweka Camp parece otro mundo. Otra montaña. Hemos descendido casi 3.000 metros desde la cumbre y nos hallamos al borde de la selva húmeda. Es un campamento grande y animado, nutrido por gente que baja y otra que está de excursión en las faldas del Kili. Nos aseamos un poco, cenamos y nos quedamos un buen rato de tertulia en la tienda comedor comentando la fabulosa experiencia vivida. El día después amanecemos sin daños importantes, salvo unas agujetas que habríamos firmado antes de empezar. Nos hemos fotografiado con la tropa de Godfrey después de la ceremonia de las propinas. Dice la teoría que no conviene salirse de las cantidades recomendadas por las agencias turísticas, porque si somos demasiado generosos dejaríamos mal a los siguientes clientes, pero... ¿qué recompensa merece el sacrificio de los porteadores? Al final decidimos una cantidad algo superior a la aconsejada, pero injusta en cualquier caso. A los futuros visitantes les dejamos la montaña tal como la encontramos. Y eso es más que suficiente.

 


Gipuzkoa Turismo y San Sebastián Turismo, se han dado cita conjuntamente en un hotel de Madrid para promocionar su oferta de turismo gastronómico. La que será capital europea de la Cultura en 2016, y la única provincia que cuenta con 16 estrellas Michelín –entre las que figuran ilustres nombres como Arzak, Aduriz, Berasategui y Subijana–, han expuesto ante la prensa especializada en viajes y turismo sus atractivos culinarios como esa “pequeña alta cocina” que son los pintxos; las tradicionales sidrerías, profundamente enraizadas en la cultura rural vasca; los museos gastronómicos, que permiten realizar un recorrido por los principales productos de la provincia; o el prestigioso Basque Culinary Centre de reciente creación, donde la innovación, la formación y la investigación hacen de la comida un auténtico arte.

A la presentación asistieron el Director de Relaciones Externas y Turismo de la Diputación Foral de Gipúzcoa, Roke Akizu, y el Jefe de Unidad de Promoción Turística de la institución foral, Xabier Eleizegi. Por la capital donostiarra, acudieron el Director de San Sebastián Turismo, Manu Narváez, y la Adjunta a Dirección, Isabel Aguirrezabala. Roke Akizu, resaltó la tradición gastronómica de la zona y aseguró que “en cualquier rincón, en cualquier valle de Guipúzcoa, podemos encontrar caseríos, restaurantes y sidrerías donde degustar los platos típicos de la tierra, elaborados a partir de materia prima de excelente calidad”.

Por su parte, Manu Narváez enumeró algunas de las propuestas que el visitante puede encontrar tanto en San Sebastián como en el resto de la provincia. Así recordó que, junto con París, Donostia es la única ciudad del mundo que alberga tres restaurantes con estrellas Michelín. También hizo mención al ambiente de las sidrerías que “ofrece una forma diferente de abordar la gastronomía y relacionarse con las personas que se dan cita en torno a la kupela o barrica de sidra”. “Todo estos recursos -añadió Narváez- se han articulado en escapadas gastronómicas concretas que ofrecen al visitante infinitas posibilidades, para todo tipo de bolsillos, a la hora de descubrir la gastronomía de Guipúzcoa y San Sebastián”.

Las rutas tienen distintos precios, desde 175 euros, con dos noches de hotel, a 75 en un itinario centrado en la zona de pintxos.

Foto: Roke Akizu y Manu Narváez durante la presentación (Foto: P. Arcos)

 
De Juan Francisco Alonso (el 17/09/2009 a las 18:13:53 en Viajar)
Barceló vende viajes. Pero no solo. Y estancias en hoteles. Pero no solo. Los vende de otra manera. Experiencias, les gusta decir. Han cambiado muchas de sus oficinas (el 30 por ciento por ahora) para convertirlas en tiendas, diseño puro. Y no se han quedado ahí. La empresa quiere transformar ahora los folletos, a menudo laberínticos, tan habituales de esas agencias. De momento han sacado a la calle dos revistas anuales que merece la pena ver, aunque no pensemos ir a ningún lugar, por el simple gusto de pasar las páginas, primorosamente editadas. "Viajeros Barceló" fue la primera (244 páginas), y ahora llega la hermana pequeña, Escapadas Barceló (172 págs.), dos publicaciones únicas en el sector. Nos quieren vender sus viajes, claro, pero en principio y a falta de saber qué haremos en las siguientes vacaciones, nos sentimos pagados por el mimo con el que cuidan las revistas. En las páginas de este trabajo, coordinado por Clemente Corona, director del departamento de Diseño de Viajes, concepto también nuevo, encontramos más de 110 propuestas llenas de detalles absolutamente infrecuentes en los folletos de las agencias. Cambian las formas, también el fondo. Proponen una tienda, un spa, un bar nuevo e imprescindible. Y, al lado, desde luego, el precio medio que nos costaría la escapada con su mediación.Imaginación contra la crisis.
 
De Fernando Pastrano (el 12/01/2010 a las 18:11:48 en Ecuador)
En Puerto Baquerizo Moreno está terminantemente prohibido llevar perros sueltos. No es un capricho del regidor de turno sino una necesidad imperiosa. En esta relativamente pequeña población de menos de 6.000 habitantes, capital de la provincia (archipiélago) de Galápagos, Ecuador, los animales salvajes (mejor sería decir los no domésticos) campan por su respetos, libremente, pacíficamente. Pájaros, cangrejos, iguanas y especialmente los lobos marinos, que superan fácilmente los 200 kilos, se mueven a sus anchas entre el puerto y las casas en primera línea de playa. Los lobos no se meten con nadie, pero tampoco dejan que se metan con ellos. Es raro que ataquen, pero si se acerca uno demasiado a su espacio vital (calculo que a un metro más o menos) lanzan un rugido, que no un aullido a pesar de su nombre, de advertencia. Estoy sentado en un banco del paseo marítimo, la Avenida Charles Darwin, junto a una especie de templete de la música con balaustres de madera. El paseo es ancho y totalmente enlosado. Por la acera deambulan peatones como si nada. A pocos metros pasa la calzada recientemente asfaltada y por ella, de vez en cuando, algunos coches. Paisaje urbano ciento por ciento. Pero en una estrecha franja de tierra sembrada con plantas rastreras que rodea el templete duerme plácidamente boca arriba un león marino que ha ido hasta allí porque le ha dado la gana. Cuando llegué al banco, hace unos minutos, no reparé en un su presencia, pero de repente oí un gruñido parecido al que hace mi perro Chang cuando no quiere ser molestado. Evidentemente yo había traspasado los límites admisibles para un otárido. Un paso atrás... y todo resuelto. Dos no pelean si los dos no quieren. El lobito resopla y vuelve a cerrar los ojos, y yo puedo sentarme tranquilamente a leer el diario del viaje que hizo aquí Darwin en 1835. De las islas Galápagos se ha dicho casi de todo y yo había leído algo de ello. Aún sabiéndolo, lo que más me ha impresionado es esta fauna amable que nos rodea, su "extraordinaria mansedumbre" que la hace aparecer como domesticada, cuando en realidad se trata de una ausencia de miedo, y por lo tanto de agresividad. Y aunque motivos para odiarnos no le faltan a este "lobo de dos pelos", vulgarmente conocido como foca peletera, al poco rato el lobo es ya mi hermano lobo, como el de Gubbio, aunque yo no sea ni de lejos el santo de Asís. Me levanto despacio y, como si fuera una liebre, abre un ojo. Ve que me voy y lo cierra. Me alejo calle arriba cuando empieza a anochecer en este paraíso y no llego a comprobar si además de rugir, gruñir y resoplar, ronca.

"Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad".

"Los motivos del lobo" de Rubén Darío

Más: Delicatessen de la Amazonía.
Panamá de Ecuador. Fotos: Pilar Arcos

 
De Miguel Ángel Barroso (el 24/04/2009 a las 18:10:17 en Tanzania)


Hemos subido de piso, de la selva húmeda al brezal y el páramo, y en la meseta de Shira, a 3.800 metros de altitud, se vislumbra por primera vez el Kibo, la “gran montaña nevada” que el astrónomo griego Ptolomeo citó en el siglo II en un escrito sobre una tierra misteriosa, habitada por caníbales, situada al sur de lo que hoy es Somalia. El mito adquirió viso de realidad tras las observaciones del misionero alemán Johann Rebmann en 1849, que son recogidas por la Royal Geographical Society. En los albores del siglo XIX Occidente seguía ignorándolo prácticamente todo sobre África. Pero algo cambió entonces en la actitud de los europeos, y en ese afán dieciochista por el conocimiento científico del mundo los británicos presentaron su candidatura inaugurando la época heroica de la exploración. Fue el tiempo de Livingstone, Burton, Speke, Grant y Stanley. Había muchos misterios que desvelar, pero hacía falta una “percha” incontestable. El supremo enigma geográfico no fue, en cambio, el Kilimanjaro, sino la ubicación de las fuentes del Nilo. Burton y Speke se entrevistaron en Mombasa con , que había llegado hasta la base del Kili, para proponerle que se uniera a su expedición en busca del nacimiento del gran río, pero el recio pastor rehusó la oferta a pesar de que se le presentaba una oportunidad inmejorable de extender su acción evangelizadora. Los súbditos del Reino Unido siguieron a lo suyo, mientras que la gloria del techo de África correspondió a otros.

Abriéndose paso en la selva y en el brezal ascendieron el geógrafo alemán Hans Meyer, el alpinista austríaco Ludwig Purtscheller y el guía local Yohana Lauwo hacia la ladera sureste, buscando un paso entre paredes imposibles y flujos de hielo, y después de atravesar el glaciar Ratzel pusieron el pie en Uhuru Peak, el punto más alto del Kilimanjaro. Era el 6 de octubre de 1889. En 1926, otro misionero alemán, Richard Reusch, encontró en el cráter principal el cuerpo congelado de un leopardo. ¿Qué presa iba rastreando cuando el frío le clavó todos sus puñales? El felino se convirtió en un símbolo literario cuando Ernest Hemingway publicó «Las nieves del Kilimanjaro», un cuento que reflexiona sobre el ocaso de los días y la mortalidad y cuyo epígrafe dice: «El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve, de 5.895 metros de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre en masai es Ngáje Ngái, la Casa de Dios. Cerca de la cumbre se encuentra el cadáver seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas».

Tal vez en su escalada suicida buscó refugio en la cueva de Shira, donde pernoctaban los montañeros antes de que el Kili estuviera en los catálogos turísticos y sus laderas se vieran salpicadas de tiendas multicolores. Pero allí, en la boca de la cavidad volcánica, se respira soledad, y si la mirada se dirige al sur, a los escarpados bastiones rocosos que descienden desde la meseta hasta la llanura tanzana, uno se siente microscópico, una anécdota insignificante de las edades geológicas de esta montaña.

 
De Fernando Pastrano (el 19/11/2009 a las 18:04:02 en Estados Unidos)


Coincidiendo con la reciente inauguración del vuelo directo Madrid-Dallas de American Airlines, Phillip Jones, presidente de la Oficina de Convenciones y Turismo de aquella localidad sureña, ha pasado por Madrid para promocionar su ciudad. Dallas es bastante desconocida en España. Más allá del magnicidio de Kennedy, la serie de televisión, el petróleo y los cowboys sabemos muy poco de ella. Jones, que no se encuentra cómodo con los tópicos, reconoce que el turismo «tradicional» genera todavía muchos ingresos. «El Museo del Sexto Piso -nos comenta- enclavado en el lugar desde el que Oswald disparó en 1963 contra el presidente de Estados Unidos, recibe cada año a 600.000 turistas». Y el rancho Southfork, por el que J.R. Paseaba sus fechorías, es todavía uno de los puntos turísticos más visitados de la región. Sin embargo la «Gran D» (como se conoce a Dallas) quiere olvidar ese pasado tópico con una serie de nuevos atractivos. Los turistas de todo el mundo que van a Dallas encuentran un destino con una gran variedad en compras, atracciones para toda la familia, cultura y golf. Con el primer centro comercial de Estados Unidos -Highland Park Village- la ciudad ha sido llamada con frecuencia «el lugar de nacimiento del shopping». En el Suroeste de Estados Unidos, Dallas es el lugar en donde dicen los expertos que se compra mejor. Las opciones para quemar la Visa son innumerables, algunos de los lugares favoritos son NorthPark Center –el centro comercial más grande del Norte de Texas- West Village y uno de los más famosos: Galleria Dallas, que además tiene pista de patinaje y nuevas tiendas dedicadas a los más pequeños. Jones nos asegura que muchos turistas van a Dallas buscando descuentos en marcas y moda de los mejores diseñadores y se encuentran con la sorpresa de que allí los precios son más bajos que en otras ciudades de Estados Unidos. Si a esto unimos el ventajoso cambio con el dólar (1€ = 1,5$), para Jones no hay duda de que se trata de un auténtico paraíso para las compras. «Nueva York, California y Florida son los tres principales destinos estadounidenses para los españoles -asegura- a partir de ahora Dallas se colocará en el cuarto». Más información: www.visitdallas.com

 
De jfalonso (el 05/12/2010 a las 18:00:46 en Nieve)

En Madrid es una pregunta recurrente. En el Pirineo o en Sierra Nevada, no, claro. Un puente. Una nevada. Y los trineos en el trastero. ¿Dónde llevamos a los niños a la nieve? Me lo preguntaron cuatro o cinco padres el viernes, al salir del colegio. A Navacerrada o alrededores no se puede, salvo que saltemos de la cama a las seis de la mañana. A partir de las nueve, los carteles de la M-40 anuncian: "Parking de Navacerrada completo". Bien, lo que voy a hacer ahora (divulgar los sitios que no quieres que se masifiquen) no lo aconseja ningún periodista de viajes, pero es lo que tienen los blogs: se pide sinceridad. Si tiene hijos, quiere nieve y busca un sitio donde casi seguro que podrá aparcar, vaya al Puerto de la Morcuera. Ruta: Carretera de Colmenar (607) hasta Miraflores de la Sierra, y allí, carretera hacia arriba, entre pinares y curvas. Tendrá varias tentaciones para frenar y aparcar, pero todavía no lo haga. Siga hasta llegar a la cima y empiece a bajar ligeramente, hasta que, a la izquierda, encuentro un edificio, un albergue de piedra. Ahí tendrá hueco sin problemas para dejar el coche, y, alrededor, el horizonte blanco para caminar, utilizar el trineo, pasear con el perro o respirar el frío de la mañana. Una vez disfrutada la borrachera blanca, tendrá dos opciones: o regresar vía Miraflores a Madrid, o seguir bajando el puerto, hasta Rascafría donde podrá comer en cualquier restaurante. Si va con niños, como es el caso, anote esta dirección: Los calizos. El comedor tiene un inmenso ventanal, y, al otro lado, un jardín tan grande como varios campos de fútbol. Podrá probar sus setas, o sus carnes, y tomar un café hasta bien entrada la tarde, antes de volver a casa...
 
De Miguel Ángel Barroso (el 13/11/2009 a las 17:58:09 en Argentina)
Dicen que Walt Disney se inspiró en este bosque color canela para su “Bambi”, aunque no hay ciervos por aquí. Lo cierto es que estos árboles de lento crecimiento y fina corteza dorada con manchas blancas, que lanzan sus retorcidas ramas para atrapar al visitante, remiten a un mundo más antiguo, cuando la naturaleza imponía su ley y no existían esas cómodas pasarelas construidas por el hombre. Sorprendería menos ver un dinosaurio que un cervatillo por aquí. El Parque Nacional Los Arrayanes está situado en la península de Quetrihué, en la ribera norte del lago Nahuel Huapi, y puede accederse a él en barco o a pie desde Villa La Angostura (hay un sendero de unos doce kilómetros que también puede recorrerse en bicicleta). También parten hacia allí catamaranes desde Puerto Pañuelo, junto al Llao Llao, uno de los mejores hoteles de Argentina, histórico establecimiento con aspecto de parador de montaña y asomado a un paisaje lacustre que quita el hipo; la excursión suele incluir una visita a la isla Victoria, un plácido y solitario lugar para quedarse un par de días o, directamente, vivir de la prejubilación en su maravillosa hostería asomada al acantilado.

Desde Villa La Angostura hasta San Martín de los Andes, por la bellísima Ruta de los Siete Lagos, la primavera anda revuelta y pinta de blanco el paisaje. Los 110 kilómetros del camino pueden cubrirse en hora y media, pero quién se resiste a las tentaciones que surgen después de cada curva, a los bosques de ñires, coihues y araucarias, a los ríos, a los lagos de nombres tan sugerentes como Hermoso o Espejo. A perder horas (o días) en Villa Traful. San Martín es un remanso de paz donde practicar deportes (de verano y de invierno) y comer chocolate, actividades que no tienen por qué ser incompatibles. El regreso a San Carlos de Bariloche puede hacerse por un tramo de la mítica Ruta 40, la carretera más solitaria de Argentina, una arteria recta e interminable que discurre paralela a los Andes a lo largo de casi 5.000 kilómetros y une once provincias, incluyendo varias de la vasta Patagonia. En algunas zonas el asfalto se transforma en ripio (gravilla). De cuando en cuando, alguna estancia ovina y aldeas sacudidas por el viento nos recuerdan que hay seres humanos en el planeta. La Ruta 40 podría ser una metáfora del valle de lágrimas de este mundo y provocar que el melancólico viera a todos sus fantasmas haciendo auto-stop, pero a veces la introspección no es mala compañía y la carretera se adentra en lugares como el Valle Encantado, con sus pináculos volcánicos apagando la monotonía.

Fotos: Bosque de Arrayanes (arriba) y el Valle Encantado, en la Ruta 40 (abajo).

 
Es el barco de crucero más grande del mundo. Más largo que tres campos de fútbol y con una altitud de 65 metros por encima del nivel del mar. A bordo caben más de 8.000 personas. Pero por lo que destaca es por divertido. Se llama Oasis of the Seas y es la nueva joya de la corona de la naviera Royal Caribbean, una de las compañías más potentes en el sector de los cruceros. Estos días realiza una de sus primeras travesías en las aguas que bañan la costa de Florida. El próximo 5 de diciembre de 2009 realizará el que será su viaje inaugural. Zarpará de Miami, a donde regresará cinco días después, tras haber recorrido exóticos y deliciosos parajes caribeños.

 

La vida a bordo de este coloso de la diversión, construido en unos astilleros finlandeses, en latitudes mucho más frías que las que ahora surca orgulloso, es de lo más placentera y entretenida. Más si uno piensa en lo económico del pasaje básico para embarcar. Por un precio que oscila en torno a los 700 euros, se pueden pasar cinco noches en régimen de pensión completa. En el Oasis no hay tiempo para aburrirse porque hay infinidad de actividades y una amplia oferta lúdica. Saunas y spa, espectáculos teatrales, bares abiertos todo el día, música en vivo y clubes nocturnos, tiovivos, una tirolina con la que volar por encima de la cubierta superior, una piscina enorme en la que hay olas para hacer surf... Por increíble que parezca, aquí cabe de todo.

 

Un día típico comienza con un desayuno opíparo en el Solarium Bistro, un lugar en el que, deleitándose con la contemplación del horizonte marino, se pone uno a tono con un buffet libre de frutas, cereales, tortitas, huevos revueltos, bacon crujiente y salchichas ahumadas, De allí, bien entonado, la mejor opción es bajarse a alguna de las piscinas y jacuzzis que salpican la cubierta de este navío. Ahí puede uno hacer tiempo y beber cuanto quiera en cualquiera de las terrazas, que las hay y muchas. Para comer la oferta también es amplia. En el Oasis hay restaurantes de todo tipo y condición. Aquí se puede degustar desde cocina japonesa hasta italiana.

 

En la construcción de este titán de las vacaciones participaron más de 3.000 operarios. Su inmensidad desprende un aluvión de records. Cuenta con la piscina más profunda en alta mar, la pista de jogging más larga, el único tiovivo original hecho a mano... La inversión realizada por la compañía propietaria supera los 1.400 millones de dólares, una cantidad, que, pese a la crisis económica que todavía hoy lastra la economía mundial, los responsables de Royal Caribbean confían en amortizar rápidamente. Saben que el sector de las vacaciones en cruceros es de los pocos que sortea con con bien los vientos de la difícil coyuntura económica. El número de cruceristas no para de crecer. Viajando y disfrutando en el Oasis of the Seas, no extraña.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 15/05/2009 a las 17:43:50 en Tanzania)


Bebemos tanta agua y té por prescripción del guía que la salida nocturna a aliviar la vejiga es obligatoria. Resulta un fastidio, pero no hay forma de aguantarse. Así que me pongo el forro polar y las botas, doy media docena de pasos fuera de la tienda... y procedo. Ya. Lo correcto sería ir a las letrinas. Las hay incluso aceptables (traducción de “aceptables”: que no revuelven el estómago). Quien no soporte esas pequeñas casetas de madera con un agujero en el suelo puede resolver las llamadas de la naturaleza... yendo a la naturaleza. El caso es que... por la noche no hay debate. Combato el frío del momento observando el cielo estrellado y las luces de Moshi y otras poblaciones que están tres mil metros más abajo. Luego regreso al saco y reinicio la lucha contra el insomnio, cortesía de la altitud.

La etapa más corta de nuestro trekking, preludio del tour de force que empieza esta misma noche, resulta de lo más satisfactoria por la ausencia de turistas. Aunque tiene tramos de duras cuestas completamos el recorrido en apenas dos horas y media. A las 11 de la mañana ya estamos en Barafu Hut (4.600 metros), que podría considerarse el auténtico campo base del Kilimanjaro. Aquí se sitúa el punto de inflexión de la aventura. Hasta ahora la caminata ha sido una broma si la comparamos con lo que nos espera. Este campamento, rocoso y expuesto, es el menos acogedor de toda la ruta. Al llegar vemos excursionistas con el rostro descompuesto y caminando torpemente. Gente que ha renunciado a la cumbre. Los porteadores esperan instrucciones de los guías para enfilar cuesta abajo. Nos recibe Livingstone, el camarero de nuestra pequeña expedición, con su sonrisa de anuncio y dos palanganas de “maji moto” (agua caliente) para asearnos. Se esfuerza en enseñarnos palabras en suajili. Al rato vuelve con un termo de té y un plato de palomitas de maíz. “Asante sana” (muchas gracias). El día avanza perezosamente. A las ocho de la tarde nos metemos en la tienda a descansar.

A las 22:30 decido que no puedo dormir más. ¿Más? En realidad, no he pegado ojo. El camarero vendrá dentro de un rato con la “maji moto” para quitarnos las legañas. Voy preparando las cosas con calma. Cuatro capas arriba: dos camisetas térmicas, el forro polar y el chaquetón. Tres abajo, incluyendo el pantalón del pijama. Creo que Godfrey exagera, pero no quiero correr riesgos. Guardo el saco y todo lo que no necesito en la bolsa de viaje y espero en silencio la llamada del risueño Livingstone.

 
En 1989, los «pájaros carpinteros» despedazaron el Muro de Berlín con sus cinceles. Todos querían convertir el pasado en polvo y, de paso, llevarse a casa un trozo de aquella negra historia, levantada con cemento en los años 60 para intentar alejar al Este de la perversión de Occidente. Ojos que no ven, sueños que se agostan. El Muro se vino abajo tan rápido como había crecido, aunque en 1990 un grupo de artistas pintó el tramo más grande que aguantó en pie, la Galería de la Zona Este. Y ahí seguía, pelín deslucido, claro, necesitado como el comer de una exhaustiva sesión de brocha y pincel.

En pleno aniversario de la caída del telón (1989-2009), recordado con un amplio programa cultural, ha llegado el momento de la restauración. La «Iniciativa de Artistas East Side Gallery» contactó con todos los creadores que pintaron el Muro en su época. Cinco habían muerto, uno no tenía interés en volver al pasado. Les propusieron recuperar el color original de sus obras, 105 en total, quizá con alguna pequeña modificación. Y aceptaron. Los trabajos durarán hasta el 30 de octubre y cada uno de los participantes recibirá tres mil euros por dedicar el verano a perpetrar este graffiti con pedigrí. Porque, una vez suturadas las heridas, en Berlín casi nadie duda de la importancia turística y por lo tanto económica de mantener y conservar este icono de la guerra fría, cuando el mundo era un cubito de hielo.

Entre las pinturas más conocidas está el beso de tornillo entre Leonid Breznev a Erich Honecker, y alguna con mensaje en español, «Amor/Paz», buenos deseos para que el viejo Muro sólo sea una atracción turística para recorrerla en el carril bici, por ejemplo, o a bien través de alguna de las múltiples exposiciones y museos que recuerdan aquellos años color gris cemento, mientras se acerca el 9 de noviembre, el día D, la fiesta del aniversario de la revolución pacífica.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 12/06/2009 a las 17:40:55 en Tanzania)


23:30. Los cristales de hielo que cubren la tienda comedor brillan a la luz de la linterna. Hace frío. O quizás son los nervios. O las dos cosas. Después de echarnos unas galletas y un té al coleto iniciamos la ascensión poniendo nuestras huellas sobre las de Godfrey en la trocha polvorienta. Pole pole, con la cámara y tres litros de agua en la mochila, parte de los cuales iremos derramando para quitarnos peso, poco a poco, con alevosía, sin que el guía se percate de nuestro delito. La noche —esa noche impagable de África— está llena de estrellas, pero es necesario llevar la linterna frontal encendida para prevenir accidentes. El dichoso trasto me aprieta las sienes. Lleva una pila de petaca en las tripas. Cargo con otra de repuesto. ¿Será suficiente? ¿Y la ropa de abrigo? Después de superar un pequeño caos de rocas nos topamos con el primer muro. Vamos tan lentos que parecemos astronautas en la Luna. Alcanzamos una plataforma y, enseguida, las rampas donde pasaremos las próximas horas en silencio, porque hablar significa la asfixia, rumiando cada uno la noche como Dios le da a entender.

3:00. Hemos superado los 5.100 metros de altitud. La cabeza me empieza a doler y en uno de los maji time (paradas para beber, muy cortas para no enfriarnos) me meto una dosis de codeína. Un pobre remedio. Detrás, la Santa Compaña procesiona en la aplastante oscuridad de la arista. Abajo, parece Navidad en Moshi y otros pueblos de la llanura. ¿Habrá alguien allí que esté pensando en la batalla que se libra en la montaña? Algunos ya la han perdido. Nos cruzamos con un guía que lleva de la mano a una mujer zombi de vuelta al campamento. Otro tipo está sentado en una roca negociando el armisticio. Dice que se marea y que está helado. Los porteadores cuentan con camillas metálicas con rueda de bici de montaña para casos extremos. Me pregunto cómo conseguirán salvar los tramos más pedregosos con ese artilugio sin que el enfermo de altura se les despeñe.

4:00. 5.500 metros, más o menos, porque el altímetro puede mentir o los ojos engañar. Javier empieza a tambalearse y a pararse a menudo para recuperar el resuello. Luego contaría que en esta hora dramática sufrió alucinaciones. En cada roca veía una sucursal de El Corte Inglés. Cierro los ojos y estoy en la aseada oficina de Mauly Tours en Moshi, a 850 metros de altura, y Samira, una de las agentes, me mira y me enamora al instante con sus ojos como faros y el almenado blanco y perfecto de sus dientes. Abro los ojos y estoy en la arista que conduce a Stella Point, y el recuerdo de Samira no me sirve de antídoto a la hipoxia y el agotamiento.

5:00. Más de 5.600 metros. El dolor de cabeza no ha desaparecido y el corazón late desbocado. Mejor no contar las pulsaciones. Paro cada diez o quince pasos para estabilizar la situación. Siento que unas manos invisibles que surgen del suelo me agarran de los tobillos. Una mirada al este, en busca del amanecer, de la luz de la esperanza, pero sólo se adivina la tortuosa silueta del Mawenzi. “Maji time”, se escucha en un susurro. El agua de la botella parece un granizado con sabor a pastilla potabilizadora.

6:00. “Don't sleep”, exclama Godfrey. Parado, apoyado en los bastones, sorbiendo mocos convertidos en escarcha, la tentación de abandonarme es muy fuerte. Un gallego con el que nos cruzamos dice que se ha dormido en la ascensión. Tiene la cabeza ladeada, como aquel compañero del periódico al que llamábamos “el Tumbaíto”. Probablemente la inercia guió sus pasos mientras apoyaba el mentón en el pecho. Nuevo vistazo al este, a la boca del lobo.Y arriba. ¿Eso es un collado o sólo una joroba en la arista y después viene otra rampa más? “¿Eso es Stella Point?”, pregunto. Godfrey asiente. Stella Point, el borde del cráter, 5.795 metros. Hay quien dice basta al llegar allí.

6:55. Los últimos cien metros de desnivel han sido un calvario, pero, inopinadamente, al olor del destartalado cartel de la meta, Uhuru Peak (5.895 metros), la adrenalina le dobla el pulso a la fatiga y me permito un pequeño sprint. Los miembros de nuestra pequeña expedición nos fundimos en un abrazo, emocionados. Hay unos veinte montañeros en la cima disparando sus cámaras, intentando robarle el alma al techo del continente, posando para la posteridad. “Ahora mismo no me gustaría estar en ningún otro lugar”, sentencia Javier. El sol, al fin, quiebra la oscuridad e ilumina el decorado.Castillos de hielo azul se levantan sobre el lecho volcánico, y un anillo de nubes teñidas de rojo se extiende hacia el infinito por debajo del mirador de África. De repente, a pesar de estar embotados por la hipoxia, la respuesta a Hemingway se revela clara como el amanecer. Ya sabemos lo que buscaba el leopardo en estas alturas.



 
De Miguel Ángel Barroso (el 05/05/2009 a las 17:40:37 en Tanzania)


Sube la marea al alba. Una marea negra, jadeante, que no conoce el desaliento. Son los porteadores, equilibristas en los muros de roca. Algunos cargan bultos inverosímiles sobre sus cabezas (entre 15 y 20 kilos de peso, sin contar con sus pertenencias). Casi todos trepan con más rapidez y agilidad que el mzungu que los ha contratado y al que hidratan, alimentan y hacen la cama. Si hay un paso difícil no serán ellos los que caigan, como en las películas de Tarzán, sino el patán llegado de Occidente. El trekking del Kilimanjaro no presenta grandes complicaciones técnicas; el único paso peligroso de la ruta Machame se encuentra en Barranco Wall, y es allí donde estos nativos exhiben sus habilidades mientras los demás tenemos que usar las cuatro extremidades para no despeñarnos. Van discretamente equipados en contraste con el uniforme “coronel Tapiocca” del primer mundo. Abundan las camisetas raídas y los forros polares de segunda mano sudados en decenas de ascensiones. Un chaval espabilado puede promocionar a guía asistente y, con suerte, tras cinco años de experiencia y si chapurrea un inglés aceptable, a guía principal. Eso supone más dinero y menos carga a sus espaldas. Desde el punto de vista del hombre blanco políticamente correcto el duro trabajo de los porteadores pisa el terreno de la explotación. Pero las “víctimas” tienen una perspectiva muy distinta y lo ven como una oportunidad económica. Las propinas que cosechan al final del viaje son vitales para la subsistencia de sus familias. Además, sin su concurso las posibilidades del 99 por 100 de los turistas serían remotas. A la marea negra más que a nadie pertenece la montaña.

Acampar en el valle de Karanga (3.930 metros) es opcional, pero muy recomendable para consolidar la aclimatación y quitarse público de encima. La mayoría de montañeros sigue hasta Barafu Hut (4.600 metros), donde tendrán unas pocas horas de descanso antes de afrontar la extenuante etapa de cumbre: salida al filo de la medianoche, 1.300 metros hacia arriba y 3.000 hacia abajo, completando más de 13 horas de marcha. La escala en Karanga tiene premio no sólo desde el punto de vista práctico. La temperatura suave nos permite cenar fuera de la tienda-comedor. Sopa, arroz, pollo, verdura, fruta y un termo de té. A nuestra espalda, el Kibo librando su eterna lucha con la niebla. De frente, el Meru y la llanura tanzana bajo una luz crepuscular. En el cielo nacen las nubes, cambian de forma y desaparecen en jirones. Un momento mágico que uno querría envasar como si fuera un elixir de la felicidad; un remedio para las malas rachas.

 
De Fernando Pastrano (el 06/04/2011 a las 16:59:16 en Túnez)


Uno debe de confesar que le dan un poco de envidia los tunecinos. Hartos de la política partidista y mezquina que nos rodea en España, reconforta ver la alegría, la ilusión, la esperanza y el interés con el que se encara el presente y se busca el futuro en Túnez. Me recuerda a nuestra querida e idolatrada Transición. Libertad, seguridad, tranquilidad, pulgares hacia arriba... han sido los conceptos más repetidos en una presentación del “nuevo” turismo tunecino que acaba de realizarse en Madrid. Mientras hablaban en el estrado Fernando Valmaseda, director general de RV Edipress, y Leila Tekaia, directora de la Oficina Nacional de Turismo de Túnez (ONTT) para España y Portugal, se proyectaron una serie de diapositivas sobre el país magrebí que reflejaban los tópicos del turismo en aquel país, playas, bazares, comidas...

Sin embargo dos imágenes se salían de lo normal. La que mostraba una pintada en una calle de Túnez que decía “¡Vive la liberté!” y otra parecida, pero en inglés: “Thank You Facebook”. Y es que Túnez da las gracias a Facebook por haberle servido de vehículo para llevar a buen puerto la Revolución de los Jazmines que estalló el pasado mes de Enero y acabó con el régimen autocrático de Ben Alí. “Antes -dijo Tekaia- un acto como este lo teníamos que organizar con meses de antelación. La actual libertad de Túnez nos permite hacerlo solo unos pocos días antes”. El turismo es el gran motor de Túnez. Representa el 7% del PIB y podría llegar al 14%. De él vivían y trabajaban más de 400.000 tunecinos, el 12% de la población activa, pero el miedo por la desinformación de la mayoría de los turistas extranjeros ha hecho que descienda la actividad turística y que unas 50.000 personas de este sector hayan ido al paro.

 Pese a todo, “Túnez no está en guerra”, repetía Valmaseda y corroboraba Tekaia, aunque les consta que en algunas agencias de viajes españolas así se lo han dicho a posibles turistas que buscaban información. La revuelta, ya pasada, no afectó directamente “ni a un solo turista”. “Estamos haciendo limpieza en nuestra casa -aseguraba la directora de la ONTT- y pedimos a los países amigos que nos ayuden a conseguirlo”. En lo que va de año, el turismo europeo ha descendido en Túnez entre un 45 y un 50%. Pero los españoles parecen más miedosos que los demás y sólo han viajado a este país el 20% de los que lo hicieron el año pasado. Esto se explica porque el turista español es en un 80% excursionista, es decir, no se queda encerrado en el hotel y la playa adyacente y le gusta hacer excursiones por el desierto o los pequeños pueblos. Según se puso de manifiesto en la presentación, el objetivo de cara a la temporada de verano y a largo plazo no es otro que mostrar a tour operadores, futuros visitantes y, a la sociedad en general, que Túnez es seguro, tranquilo y acogedor. Que el país sigue siendo un destino en el que se pueden encontrar playas de ensueño, restos arqueológicos de múltiples culturas, amplia y variada oferta gastronómica, talasoterapia, windsurf, golf, amenos y típicos festivales, pero también se puede encontrar un pueblo que da la bienvenida a turistas, como siempre ha sido, y que ahora además vive en un clima de paz, armonía, libertad y democracia. ¡Enhorabuena, Túnez!

Leila Tekaia, directora de la Oficina Nacional de Turismo de Túnez (ONTT), junto a una fotografía con una pintada que dice “Gracias Facebook”. FOTO: PILAR ARCOS

 
De Eduardo Jorda (el 29/10/2010 a las 16:41:51 en Andalucía)
Una mañana de invierno, ya no recuerdo cómo, llegué en coche al Camino Calvente, a los pies de la ciudad de Ronda. Nunca había visto Ronda desde abajo, en contrapicado, y me asaltó una sensación que sólo sabría definir como el «vértigo inverso», porque el mareo no lo provocaba un abismo que parecía arrastrarte hacia abajo, sino otra clase de abismo que ascendía hacia el cielo, un abismo vertical. Y ese otro abismo te hacía creer que tú también estabas ascendiendo, porque te había invadido una misteriosa plenitud espacial que te levantaba del suelo y te llevaba hacia arriba, primero hacia las rocas y la ciudad, y luego hacia el cielo, y luego quizá hacia un lugar que estaba más allá del cielo, más lejos aún, un lugar que sólo podría existir en la esfera de lo que nunca sabremos qué es. Al poeta Rilke le pasó algo parecido en Ronda, donde estuvo dos meses en el invierno de 1912-1913, hospedado en la habitación 208 del hotel Reina Victoria (ahora hay allí un pequeño museo). En Ronda creyó oír a las montañas cantando salmos, y admiró las flores de los almendros, e imaginó que la ciudad era un gigante de rocas que cruzaba el riachuelo por el Puente Nuevo, «igual que San Cristóbal con el niño Jesús». La huella de Rilke ha sido tan intensa en Ronda que hay una «Inmobiliaria Rilke» y hasta una «Autoescuela Rilke». Y según me cuenta un psiquiatra amigo mío, cada año y medio salta un suicida desde el Puente Nuevo, buscando acaso convertirse en un ángel rilkeano que se libere para siempre del peso del mundo. «Todo ángel es terrible», nos advirtió Rilke en su «Primera elegía». En el Museo Taurino de Ronda he visto un traje de luces con motivos aztecas, diseñado por John Fulton, el pintor norteamericano que quiso ser torero y mezclaba sangre de toro en los pigmentos de sus cuadros. Un día vi a Antonio Ordóñez caminando con su mujer por la calle Sevilla. Me pregunté si alguna vez había llevado aquel traje de luces en alguna plaza de México, buscando ese «vértigo inverso» que hacía creer a los aficionados que estaban ascendiendo hacia el cielo. Igual que le pasó a Rilke. E igual que me pasó a mí a los pies del gigante de rocas, cuando la ciudad me arrastró hacia arriba, siempre hacia arriba.
 
De Juan Francisco Alonso (el 04/11/2009 a las 16:38:43 en Viajar)
De Castilla-La Mancha conocemos muchas cosas. Sus vinos, sus espacios naturales, sus parques arqueológicos y esas dos ciudades Patrimonio de la Humanidad (Toledo y Cuenca) en las que bien podríamos pasar una vida. Sin embargo, muchos no saben que a esta inmensa región, cerca de tantos sitios, se puede ir también a descubrir sus spas. En 2007, con la ayuda de la Junta, un grupo de empresarios creó la marca de calidad "Espacios de Sensaciones". Esta mañana, con el debido rodaje ya hecho, la han presentado en Madrid. Son catorce propuestas, cuatro balnearios y diez hoteles con spa, repartidos por toda la región, en zonas rurales y también en la ciudad. Todos ellos han sido auditados y examinados con una lupa de aumento, lo que según sus responsables, asegura que el cliente se irá satisfecho. Un ejemplo: en el desembarco madrileño de los empresarios ha participado Adolfo Muñoz, cocinero toledano galardonado con la Medalla al Mérito Turístico 2009 concedida por el Consejo de Ministros. Muñoz ha colaborado con la iniciativa elaborando una serie de menús de desayunos saludables, como el típico castellano-manchego, compuesto por manzana, kiwi, pan de trigo integral, queso manchego joven, zumos de frutas, aceite de oliva, tomate, ajo, infusión de hierbas y miel, con un valor energético de 541,23 kcal. y 21,95 mg. de colesterol. Desde el desayuno a la cena, pasando por el bienestar que proporcionan las aguas de los balnearios, todo parece pensado para volver como nuevo a la ciudad. De momento, para ir abriendo boca, dejamos aquí la lista de los que han superado esa selección rigurosa y que ya tienen sus puertas abiertas, quizá para el próximo puente.

Balnearios
-Balneario de Benito, en Salobre (Albacete)
-Balneario de Baños de la Concepción en Villatoya (Albacete)
-Balneario de Tus , Yeste (Albacete)
-Balneario Cervantes en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real)
 Hoteles con spa
-Hotel Blu Spa de Almansa (Albacete)
-Vera Cruz Plaza Hotel &Spa de Valdepeñas (Ciudad Real)
-Hotel Spa Alarcos de Ciudad Real
-Hotel Spa Niwa de Brihuega (Guadalajara)
-Hotel Hilton Buenavista Toledo
-Hotel Palacio Eugenia de Montijo en Toledo
-Villa Nazules Hotel Hípica Spa en Nambroca (Toledo)
-Hotel Comendador en Carranque (Toledo)
-Alba de Layos& golf Medispa Hotel en Layos (Ciudad Real)
-Spa Rural Ars Vivendi en Segurilla (Toledo)

 
De Juan Francisco Alonso (el 16/06/2009 a las 16:14:14 en Navarra)
Navarra tiene "maneras de vivir" (aquella canción de Leño, principios de los ochenta, que suena en su capaña de publicidad) y formas fresh tourism de promocionarse. La música casi parece nueva, con esa vitalidad del son -le quitará unos años a los viejos rockeros- y de los paisajes que vemos o imaginamos, con esas fotos tomadas de redes sociales como Flickr, que aportan vitalidad al marketing. Esta mañana estaban en Madrid los responsables del turismo de Navarra, con el consejero del ramo a la cabeza, para poner sobre la mesa su nueva iniciativa, pionera en España. "Venga usted a nuestra tierra, que nosotros le regalamos las actividades", nos han dicho. Una idea contra la crisis que podría resumirse así: quien pase dos noches o más en algún establecimiento hotelero de la Comunidad tendrá derecho a cuatro visitas/actividades gratuitas (casi todas las importantes están incluidas) y dos más con un descuento de seis euros. Cuatrocientos alojamientos y ciento siete empresas ya se han apuntado a la promoción, que podría beneficiar, a partir de mañana y hasta final de año, a unos 50.000 viajeros. No es una oferta menor, ya que todos sabemos que el presupuesto de las actividades siempre dispara la cuenta final del verano. El departamento de Cultura y Turismo del Gobierno navarro ha asignado a esta idea 1.250.000 euros. Ahora queda por ver los resultados del chupinazo recién anunciado, tan cerca de los sanfermines.
 
De Javier Jayme (el 24/07/2009 a las 16:06:17 en Argentina)
En el norte del país, ocupando buena parte de la provincia de Corrientes, se encuentran los Esteros del Iberá. Considerando su superficie –un millón de hectáreas-, estamos hablando del humedal más extenso de Argentina y del segundo a nivel mundial, sólo por detrás del Gran Pantanal (que comparten Brasil, Paraguay y Bolivia). En su conjunto, con las lomadas de pastizales, los montes de espinal y los parches de la llamada selva paranaense, los Esteros conforman un paisaje acuático singular, donde la vida silvestre se desarrolla al lado de la humana en un ecosistema único.

Nuestro primer contacto con el fascinante universo del Iberá tiene lugar en la Colonia Carlos Pellegrini, un pueblo tranquilo de menos de mil habitantes que lleva el nombre de quien fuera en su momento presidente de Argentina. Llegamos a dicho pueblo desde el Sur, recorriendo 120 kilómetros de ripio en estado normalmente transitable –¡sálvese quien pueda cuando las lluvias acometen con impenitencia!-, previo paso por la ciudad de Mercedes. En la actualidad, las faenas en la Colonia se desplazan fundamentalmente hacia el ecoturismo, actividad que no deja de crecer. Para atender la correspondiente demanda ha florecido en su casco urbano y en su entorno un puñado de hospederías y estancias remodeladas, una de las cuales, Rincón del Socorro, será nuestro hogar durante las próximas veinticuatro horas.

Se sabe que los primeros europeos que llegaron a la zona hoy conocida como “Rincón del Socorro” fueron los jesuitas a finales del siglo XVII. Mucho después, en 1780, Cabral de Alpuane, hijo del gobernador de las Bahamas, se estableció en Corrientes como ganadero y comerciante, convirtiéndose en poco tiempo en el mayor terrateniente de la comarca de Mercedes. Finalmente, en 1850, Carlos III otorgó a la familia Cabral los títulos de propiedad de la estancia Rincón del Socorro, en parte como agradecimiento por la donación que ésta había hecho a la Corona de las campanas de la catedral de Corrientes. Al sobrevenir la depresión de 1890, los Cabral vendieron la estancia a la firma Liebig Meat Extract Co., la cual, hacia 1920, era dueña ya de 250.000 hectáreas de terreno y cerca de 400.000 cabezas de ganado. Estos extremos, junto con las mejoras introducidas en las edificaciones, hicieron del Rincón del Socorro una de las estancias punteras de la provincia de Corrientes antes de cumplirse la primera mitad del siglo XX.

Hoy la estancia pertenece al Conservation Land Trust Argentina, que maneja sus instalaciones y campos aledaños como un santuario de la naturaleza. De reducidas dimensiones pero altamente refinado, Rincón del Socorro cuenta con seis habitaciones en la casa principal y tres alojamientos más en pequeñas cabañas situadas a cincuenta metros de la misma, todas con baño privado. Respecto a las comodidades y servicios, dispone de un amplio vestíbulo, sala de estar exterior, restaurante, terrazas, galerías, salón de juegos, biblioteca –con excelentes ediciones de libros que tratan de la naturaleza, algunos ya clásicos-, piscina, huerta y hasta de un aeródromo con pista de tierra batida para avionetas menudas.

Dependiendo del interés, energía y tiempo disponible de cada huésped, Rincón del Socorro ofrece estas o aquellas actividades, todas orientadas, naturalmente, a la apreciación de la vida silvestre de los esteros. Una de las más interesantes –recomendada por el propio personal de la estancia- es la de los paseos a caballo, incluso si uno no es más que un aprendiz de jinete. Los caballos tienen una gran mansedumbre y los guías son muy competentes. Y los aficionados a las aves tienen aquí la fortuna en sus manos, porque el Rincón es un territorio excelente para su avistamiento, incluido el de algunas especies en peligro de extinción que se refugian en sus sabanas. “Se ha dado el caso de personas que no sentían especial interés y que han salido de aquí transformados en entusiastas ‘bird-watchers’ (observadores de pájaros)”, nos comenta Omar Benítez, jefe de prensa de la Subsecretaría de Turismo de Corrientes, que nos acompaña en esta ocasión. “En el Socorro se puede aprender mucho acerca de las aves, de su hábitat y sus costumbres, de sus migraciones e incluso de sus trinos”, añade.

Con todo, nosotros nos decantamos por recorrer en lancha la famosa laguna Iberá, formada exclusivamente por el agua de las lluvias. Iberá significa, por cierto, “agua brillante”. El vocablo es guaraní (“y” = agua; “verá” = brillo) y da nombre a los esteros. Para nosotros, primerizos en este ambiente y ebrios de expectación, se trata de aguas con duende: decenas de pequeñas y grandes lagunas –las hay de más de 50 kilómetros cuadrados-, canales, islas, suelos secos permanentes, bañados –suelos inundados temporalmente- y embalsados –suelos orgánicos flotantes- que hacen de estos humedales una enciclopedia acuática viviente.

Y es que la riqueza biológica del Iberá sorprende a los científicos: 1.600 especies vegetales, 128 variedades de peces, 40 de anfibios, 59 de reptiles, 344 de aves y 57 de mamíferos. En el elenco zoológico figuran algunos campeones de los récords. Tal es el caso del carpincho, el roedor más grande del mundo (¡75 kg.!), cuyos hábitos acuáticos le mantienen casi siempre cerca de las charcas, y del mono carayá, considerado el más ruidoso del Planeta –sus potentes gritos se oyen a varios kilómetros-, adaptado a la vida en los árboles, donde también duerme, por lo que raramente baja a tierra; o del ciervo de los pantanos, el mayor de los suramericanos (2 m. de longitud y 150 kg. de peso); o de la boa curiyú, la más grande de Argentina (se cita un caso de 7 m., aunque los ejemplares de más de 3 m. no son comunes); o, para concluir, del sapo cururú, el de mayor tamaño del país (más de 20 cm.).

Por supuesto, el Iberá no es África, ni sus bestias más enormes resisten la comparación en tamaño con los reyes de la fauna del Continente Negro. Pero pocos sitios permiten un contacto tan fácil y cercano con los animales salvajes como los esteros correntinos. Y, al evocar los masificados safaris fotográficos de Kenia y Tanzania, nuestro paseo fluvial por la laguna Iberá todavía se nos hace más precioso por íntimo, tranquilo y solitario, amén de por exótico.

Es difícil transmitir lo que sentimos al ver surgir al yacaré (caimán) negro entre la verde y flotante alfombra de los camalotes, contemplando, confiado y en total quietud, el paso de nuestra lancha; o al distinguir al jabirú –la mayor de las cigüeñas del orbe, con sus 1,7 metros de envergadura- acechando los secretos de la laguna desde su nido en las alturas de un árbol próximo. Aunque el instante realmente mágico llega cuando el Sol tiñe de luces crepusculares las aguas calmas, suspendiendo el presente en una inmovilidad sin tiempo, como si, por último, hubiésemos alcanzado el Ivy Maranéÿ de los guaraníes, la Tierra sin Mal, exenta de todas las miserias de este mundo.

ESTANCIA RINCÓN DEL SOCORRO
Mercedes (3470), Provincia de Corrientes, Argentina. Tel.: +54 3782 497073 ibera@delsocorro.com www.rincondelsocorro.com

 
De Fernando Pastrano (el 15/10/2009 a las 16:02:09 en Brasil)


De repente los dos motores de la barca, una especie de zodiac semi rígida, se paran en seco. Los no iniciados no vemos nada, sólo olas esperando surfistas, que rompen muy cerca de nosotros, y un poco más allá la costa de Guarda do Embahu. Sin previo aviso oímos un fuerte resoplido. Es una enorme ballena que aparece a un centenar de metros de la embarcación y lanza por sus dos espiráculos un doble chorro de aire que limpia los conductos respiratorios y expulsa el agua que se había introducido en ellos. Nos quedamos de piedra, con los ojos bien abiertos, incapaces de tomar ni una foto a pesar de que eso es precisamente lo que veníamos buscando. La ballena se sumerge y desaparece. Expectación. Al poco vuelve a la superficie. Para entonces el teleobjetivo de la Nikon ya está a punto, pero ahora no es sólo una, son dos. La más pequeña es la primera en acercase a nosotros. Es una cría, un ballenato de unos 7 metros (¡más largo que la barca!) y unas 5 toneladas, según nos comenta Enrique Litman, un argentino que se afincó aquí con su familia hace dos décadas y que hoy es el principal impulsor del avistamiento pacífico de estos cetáceos. Durante casi una década la comunidad científica brasileña consideró extinguida en estas costas del Estado de Santa Catarina a la ballena franca austral (eubalena australis). Los pesacadores (¿cazadores?) de la zona, descendientes de los arponeros de las Azores, y los buques factoría japoneses y rusos casi acabaron con ellas en la década de los 70, pero el esfuerzo de Litman y otros ecologistas ha logrado que hoy haya más ejemplares que a finales de los 60, quizás unos 1.300, con un crecimieto anual de un 7% aproximadamente. Desde junio a noviembre, las ballenas francas (o "la Franca" como le dicen por aquí) vienen de la Antártida, donde han pasado meses comiendo krill, para parir y amamantar a sus crías. Se acercan hasta 30 metros de las playas catarinenses buscando la calidez de sus aguas y la falta de depredadores, es entonces cuando empresas especializadas como "Vida, sol e mar" organizan excursiones como ésta en la que me encuentro. Nuestro ballenato enfila hacia la barca y al llegar junto a ella hace un derrape, golpeándonos levemente con el lomo. Luego nos pasa por debajo levantando ligeramente la embarcación. Es sólo un juego. Si quisiera podría habernos volcado, pero no lo quiere, sólo nos palpa porque a pesar de su tamaño es sólo un bebé y cómo tal siente curiosidad y toca todo lo nuevo. Mientras tanto, la madre lo vigila y nos vigila a corta distancia. De vez en cuando el ballenato salta y su cola (aleta caudal) vuelve a sumergirse. Es sólo el principio de otra media docena de avistamientos de madres e hijos. Litman está contento. ¡La Franca ha vuelto!

Foto: Pilar Arcos.

 
De Alfonso Armada (el 25/05/2009 a las 16:02:03 en Chad)
No hay tiempo que perder. Es su tiempo, su parsimonia, su “atraso”, contra nuestra velocidad. Nos los cruzamos a menudo, en un país con una bajísima densidad de población (7,2 habitantes por kilómetro cuadrado y sólo 267 kilómetros asfaltados para una red de carreteras de 33.400 kilómetros), nos cruzamos con mujeres y niños que caminan o que van a lomos de burros, que también son empleados de forma exhaustiva para transporta leña, agua y lo que se compra o se vende en los mercados. En medio de un paisaje cuya tonalidad dominante es el ocre del desierto y todas sus variedades del siena al rojo, pasando por una mortecina gama de verdes (salvo en la estación de lluvias, o en las zonas donde el subsuelo atesora agua), para los arbustos, las espinosas y las acacias adaptadas a una espantosa sequedad, resulta deslumbrante el colorido de los vestidos de las mujeres, sus túnicas, velos y pañuelos que tan bellamente cubren su bien moldeadas facciones: en medio del mimetismo del paisaje (que es también el de las bestias y el de las construcciones, de un adobe perfectamente integrado en el terreno), la aparición de una mujer o un grupo de mujeres sobre mansas y parsimoniosas acémilas semeja una aparición de la Biblia (o en este caso del Corán: las religiones del libro también han hecho estagos aqui). No sólo por la viveza de los rosas, verdes, amarillos, azules y violetas, sino porque hasta los elegantes negros van orlados con pedrería, lentejuelas de los extrae destellos el sol y que, unido a la risa y a los gestos con que saludan al viajero que desenfunda su cámara o simplemente agita la mano ante los gestos siempre amigables de los niños, hace de esos instantes un espejismo.

Como alma que lleva siempre el diablo, en este caso escoltados por escuadrones de operaciones especiales o grupos de asalto de los ejércitos polaco o croata, que forman parte hoy de EUFOR (la fuerza europea desplegada el este del Chad para proteger a los refugiados y para permitir que no se interrumpa la llegada de ayuda humanitaria ni el trabajo de las ONG: como se ha apresurado a hacer Al Bashir en el vecino Sudán), y que mañana (a partir del 15 de marzo) trocarán sus cascos y sus boinas por el azul celeste de las Naciones Unidas, pasamos camino de citas imaginarias, con una pericia y un ordenancismo perfectamente militar. Menos mal que al final de la jornada, antes de volver a esta base de Iriba en la que escribo después de una ducha reparadora y de la cena, pasamos por el campo de refugiados de Amnabak, y allí comprobamos cómo los ancianos (los “elders”) y los hombres celebran puño en alto la orden de busca y captura del presidente sudanés, mientras las mujeres (es día de reparto de la ayuda humanitaria: aceite, jabón, sorgo, harina, maíz...), acompañadas de sus hijas y de sus niños más pequeños, cargan el alimento para todo el mes en sus burros, los que yo vuelvo a acariciar ante la perplejidad de los sudaneses que han buscado refugio en esta orilla de una frontera “absolutamente artificial y que a menudo es imposible de distinguir”, como confiesa Gideon, el empleado del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, un congoleño de Brazzaville que se ha venido a este rincón del mundo a paliar los estragos que algunos hombres causan a otros hombres.

 
De Alfonso Armada (el 03/06/2009 a las 16:01:03 en Chad)


El sol empieza a jugar con la aerodinámica estructura del aeropuerto Charles de Gaulle, fabricar triángulos de sol y sombra, destaca rodillas, pechos, dedos, cráneos, nalgas..., rótulos, expositores, mamparas, travesaños, contrafuertes, plintos... Nubes de Constable se desplazan sobre el ciclorama del horizonte, sobre altos reflectores, chimeneas de peluquerías imaginarias, ese rojo y blanco aduanero que los civilizados cortadores de cabelleras convirtieron en símbolo de su gremio, pero que también ha sido adoptado por los faros, las centrales térmicas, las siderurgias, los que tratan de dejar huella en la cabeza del mundo.

De los 45 grados a la sombra que Yamena registraba a primeras horas de la tarde del domingo (y que hacía que masticar fuego casi no fuera una metáfora) a los cuatro grados que el comandante de la aeronave de Air France que había despegado del ardiente suelo de Chad a medianoche anunció a sus viajeros al disponerse a tomar tierra en París: para que se abrigaran. Amparados por el mismo meridiano, combados por la misma hora que rige en Yamena y en París, el contraste entre lo que dejamos atrás y la geografía cotianda pertenece a nuestro precioso ajuar de recuerdos. En la medida en que seamos capaces de ensartarlos en el relato del mundo habremos practicado otra trampilla en el cinturón de castidad de la inteligencia, el que nos adormece en la rutina, el que nos aboca a no averiguar la causa de la riqueza de las naciones, su tejido jurídico, sus tradiciones, la costumbre de hacer negocios, de una historia de la que acaso hayamos sabido extraer al fin algunas valioisas lecciones.

Un vicio perezoso consiste en confundir las partes con el todo y hablar de África como si fuera una única entidad sobre la que volcar piedad, condenación, salvajismo, desolación... y maravillosos paisajes. Otro, inextricablemente ligado al anterior, sobre todo por quienes se tienen en alta estima y aprecian sus valores morales (aunque no por ello alteran de forma radical las contradiciones de su modo de vida) consiste en atribuir “todos los males de África” a Occidente, al reparto del continente entre las potencias coloniales en la conferencia de Berlín de 1885, y en considerar por lo tanto a los africanos y sus dirigentes como a unos perpetuos menores de edad, víctimas sobre todo de las sucesivas fases de la codicia y la hipocresía que ahora encarnan las compañías multinacionales (lo que no exime de examinar las connivencias entre dictadores y macro-empresas ni en la colusión entre intereses políticos y empresariales: léase El Elíseo y Elf, o Exxon Mobil y la Casa Blanca, hasta ayer mismo, o las empresas chinas y su régimen, nuevo gran actor geopolítico del continente negro a raíz de las insondables necesidades energéticas del gigante asiático).

Pero nos hemos ido muy lejos en esta larga despedida de Chad, que empezó la mañana del domingo en Iriba, en la base de las tropas polacas del sector norte de la frontera con Sudán, el desayuno con el mayor Darek y la despedida a pie de pista, donde un helicóptero Puma francés recogió al pelotón de periodistas invitados por la Comisión Europea para que pudieran comprobar con sus propios ojos la excdelencia de la misión de apoyo a la ONU en Chad, esa Fuerza Europea (EUFOR) que a partir del 15 de marzo pasó a mando de las Naciones Unidas, y las boinas y cascos respectivos se volvieron azules. Fue un deslumbrante trayecto de una hora, con las puertas correderas corridas, y con una cinta de nylon (y los preceptivos cinturones de seguridad) entre el vértigo y el abismo del Chad a 150 metros de altura, el mirador ideal para observar la textura de los suelos chadianos, la variedad de rojos, amarillo líquen, arena de uadis, sienas, ocres, malvas, arcilla y arbusto... la geometría de las chozas y de los cercos para el ganado, los pozos practicados en el lecho seco de los ríos, los macizos montaños, los derrabes, los cerros, los desfiladeros, las manchas de vegetación como la piel de un animal tan caliente como adormecido.

Los franceses le dieron el relevo a los españoles en la base de Abéché, donde hacen escala diaria los dos C-629 construidos por CASA que, con 80 hombres y mujeres, han prestado apoyo logístico (“aerotáctico” , lo define el teniente coronel L, jefe de la tercera rotación de tropas españolas que el día 15 de marzo empezó a echar el cierre, porque el Gobierno español no consideró necesario traspasar el mando a MINURCAT -el nombre que adoptará a partir de ahora la operación en Chad bajo mando directo de la ONU-. El idioma, y la complicidad nacional, abre puertas insospechadas, como la de la cabina del aparato, que los pilotos Matas y Alvarado franquean al corresponsal, que disfruta de la intimidad de ese habitáculo desde el que se domina el espacio y se vela por la seguridad de quienes, en la zona de carga, son llevados en un soplo de un lugar a otro del mundo (de Abéché a Yamena, o de Yamena a París, por ejemplo). Aproximarse a la capital de Chad y aterrizar es un viaje alucinante. Todavía queda una entrevista con dos mujeres de Oxfam junto a la piscina del hotel Meridien, a orillas del río Chari, que sirve de frontera con Camerún, y su inquietud por los problemas intrínsecos de Chad, y con el general francés al mando de las tropas europeas desplegadas en el país rodeado de arena, que defiende la calidad de lo conseguido, anque también reconoce que hay cuatro factores que no son de la incumbencia de ninguna fuerza exterior y que corresponde resolver a las propias autoridades chadianas.

Y queda la noche de Yamena, las calles y callejones sin nombre de barrios de puro adobe, tan míseros como el de París-Congo, que los faros del taxi de B barren como un faro portátil: ahí aparecen ráfagas de la vida que se resiste a tirar la toalla, esas vidas que sorprenden sobre todo a las mujeres del destacamento español, bautizado Sirius: la extraordinaria belleza de las mujeres y de sus vestidos, y la facilidad con la que aflora la sonrisa, y la palabra que parece un contrasentido y una suerte de condescendencia, de ignorancia, pero que acaba convirtiéndose en una verdad incontrovertible: “Con nada, parecen mucho más felices que nosotros”.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 06/11/2009 a las 15:55:50 en Argentina)


Nieves de Pellegrin sube por la estrecha y resbaladiza trocha con la ayuda de un bastón y cargando con sus casi ochenta años y sus recuerdos. Su pelo es como su nombre, como el lugar por donde se deslizaron el amor y la juventud. A pesar de lo empinado del sendero la anciana tiene el suficiente resuello para explicarnos la flora de la montaña andina. Después de unos minutos llegamos al Cementerio del Montañés, a los pies del Cerro López, cerca de San Carlos de Bariloche, el lugar de reposo de alpinistas que amaron estas escarpadas cumbres. Algunos murieron jóvenes mientras trataban de conquistarlas; otros, como Gino, el marido de Nieves, fallecieron en la cama después de una larga e intensa vida. Miembro del primer equipo nacional argentino de esquí, Gino de Pellegrin fue una de las glorias de una actividad que echó raíces en Bariloche, como saben bien los aficionados a los deportes de invierno que no soportan el verano en el hemisferio norte. "Aquí estoy otra vez, flaco, la cuesta todavía no puede conmigo", le dice Nieves a su esposo. Los cementerios nos seducen. Tal vez por la misma razón que explica el éxito de las esquelas en los periódicos (las leemos, ergo seguimos vivos). O porque sabemos que la Parca vendrá a buscarnos tarde o temprano y nos gusta explorar las fincas de los demás por si nos dan alguna idea. La del Cementerio del Montañés, con vistas al Parque Nacional Nahuel Huapi, es original, aunque la vegetación termina por reclamar lo que es suyo y las cruces y las lápidas apenas resisten su abrazo. "Papá, te fuiste donde querías", dice una placa. "Apoyaste tu cabeza en las rocas... No supiste morir de otra forma que no fuera en tu montaña. Te amamos". Nieves baja por el camino pasito a pasito, y se detiene en una curva porque ha descubierto una orquídea silvestre de intenso color amarillo. Se despide de los visitantes, que aprietan el paso. Anochece y hacia el Cerro López asciende una cordada de ánimas.

Foto: Nieves de Pellegrin con un alpinista en el Cementerio del Montañés.

 
De Fernando Pastrano (el 01/12/2011 a las 15:05:01 en Isla Mauricio)


Como todas las mañanas bajo a la playa y a la sombra de palapas y cocoteros leo la prensa. Es la actividad más arriesgada que me permito. Hoy veo en el periódico local L'Express que Isla Mauricio, este paraíso del turismo de sol y playa pero sobre todo del turista que busca tranquilidad y mar, acogió en 2010 a 935.000 turistas, un 7,3% más que en el año anterior, una cifra record en toda su historia. Y que durante este año ha vuelto a experimentar un aumento, esta vez del 4,3% a pesar de la crisis económica que azota a Europa y siendo el europeo el principal mercado turístico de esta isla. Mauricio parece desconocer la crisis y espera recibir en 2011 a 980.000 turistas para rebasar en 2012 la paradigmática cifra del millón. En la playa de Flic en Flac, donde me encuentro y como en el resto del país, la lengua que más se oye partout es el francés, no solo porque sea oficial sino porque la inmensa mayoría de los turistas (unos 300.000) son franceses. Esta facilidad para la comunicación es posiblemente uno de los principales alicientes para los viajeros galos, unido a la falta de jet lag, pues a Mauricio y Europa sólo les separan en invierno tres horas más aquí que allí. Aspecto este último del que nos beneficiamos también los turistas españoles, unos 15.000 al año. El mercado europeo representa en Mauricio el 62% del total. Pero el mercado asiático, como en todo el mundo, está experimentando un fuerte crecimiento, concretamente del 21,5%, lo que ha hecho que ya sean 66.950 los turistas asiáticos, de los que el 92% son chinos. A Isla Mauricio tampoco le afecta la crisis del ladrillo. A la lista de los 115 hoteles registrados oficialmente, con una capacidad de 24.018 camas, acaba de añadirse este mismo año el hotel Long Beach, uno de los mejores de la isla, propiedad de Sun Resorts, uno de los grupos hoteleros más importantes del Océano Índico. El Long Beach ha sido inmediatamente incluido en la lista de los Cien Mejores Hoteles del Mundo confeccionada por el Sunday Times Magazine. Para colmo, la ocupación media no baja del 63%. Apuro mi zumo de papaya (excelente para el estómago, oiga) y declino una vez más la invitación de mi amigo Jacques para montar en su caballo. Ya lo he dicho, la máxima aventura que me permito es leer periódicos. Locales, eso sí.

Foto: Playa de Flic en Flac en Isla Mauricio (Foto: Pilar Arcos)

 
De Alfonso Armada (el 18/06/2009 a las 13:43:42 en Galicia)


Empecé a ver con otros ojos el mar de Vigo cuando, sin que nadie me hubiera avisado, me vi a bordo del «Nautilus» fletado por Julio Verne navegando por la ría de mi infancia para abastecerse del oro de los galeones españoles hundidos por la corsaria flota inglesa en el estrecho de Rande. Aquellas «20.000 leguas de viaje submarino» me confirmaron lo que ya entonces empezaba a sospechar: que la literatura te permite alcanzar todos los sueños. El de las Islas Cíes tardó un poco más en materializarse. En aquel entonces, hablo de los años sesenta y setenta del siglo pasado, en el astillero que había fundado mi abuelo, carpintero de ribera, y que había botado hermosos transbordadores de madera que hacía la ruta entre Vigo, Cangas y Moaña, prestaba servicio una lancha como remolcador. Hija menos airosa de otra que nos hizo navegar por la ría de Martín Codax cuando todavía llevaba perrera (léase flequillo), en «la lancha» nos llevaba mi padre a pescar fanecas en enclaves marcados por «mariñeiros» tan avezados como Comesaña, y sobre todo a fondear frente a la playa de Barra (la mejor arena de la ría) para pasar la noche. Desde allí casi palpábamos al atardecer la silueta maravillosa de las Islas Cíes. Emparentamos con la familia Freire gracias a que un hermano de mi madre, capitán de la mercante y de la pesquera, casó con la hija más guapa de la familia propietaria de Vapores de Pasaje, y empezó la adolescencia. Recuerdo cuando el barco de más eslora de la pequeña flota de Vapores se engalanaba con las mismes luces de colores de las fiestas populares de las aldeas gallegas para surcar de noche la ría, acercarse a besar las Cíes y hacer que los enamorados y los adolescentes (a veces eran los mismos) se ensoñaran contemplando el perfil azul de unas islas que sirven de centinela de la ría y defienden Vigo de las grandes olas y los monstruos marinos que habitaban desde tiempo inmemorial el mar tenebroso, el que levanta sus farallones líquidos más allá de Finisterre. Llamadas Siccae (áridas) en la antigüedad, por allí pasaron los romanos, hospedó a monjes durante siglos y acabó siendo puerto de abrigo y base estratégica para las codicias de Francis Drake, pirata al servicio de la corona británica, lo que contribuyó a que las islas acabaran despobladas. Volvió a cobrar vida con salazones y fareros, hasta que en esos sesenta en que ahora echa el áncora la memoria se quedaron otra vez sin almas. La más hermosa de las tres, según los ojos mixtificadores de la memoria, es la de Monteagudo, o isla Norte, separada de la costa y del ariete de cabo de Home (cabo de Hombre) por un mar bravo que enseguida llaman de Fora (mar de Fuera), mar temible. En la parte más recogida de la isla se encuentra la playa de Rodas. Allí acampó casi el primer amor cuando empezó la juventud a fabricar recuerdos. Pero esa es otra historia. (Foto: Miguel Muñiz)

 
De Alberto Sotillo (el 29/06/2009 a las 13:43:41 en Galicia)
A Lugo capital hay que venir con niebla. Levantarse temprano y llegar hasta la muralla para verla envuelta en ese cendal de nubes que echan a correr sobre las almenas como fantasmagóricos atletas. Los lucenses rinden culto a su nebulosa muralla romana con la convicción de que, si un día cayera, sería el fin del mundo. El fin del mundo de los lucenses. En Lugo es inimaginable la vida sin una muralla romana, recorrida por los románticos espectros de la niebla a primera hora de la mañana, y sin el aperitivo a mediodía de su calle de los vinos. Es el ciclo de la vida de la ciudad: uno amanece sobrecogido de misterio ante los nebulosos espectros la capital, pero a mediodía contempla cómo sale el sol y las tiendas se animan... y hay que salir a celebrarlo con los amigos: a tomar unos vinos y dejarse regalar las mejores tapas de España en la rúa Nova y la plaza del Campo. «Y para comer, Lugo», dice su lema turístico. Con razón. Asediada cada brumosa mañana por trasgos y espectros, el lucense siente necesidad de amarrarse a tierra con el culto a la buena cocina, a la sólida repostería, a la lenta tertulia a media tarde en la Plaza Mayor. Como si temiera correr el destino de Castroforte del Baralla, la quinta provincia gallega imaginada por Torrente Ballester, que igual descendía a tierra que levitaba y desaparecía entre las nubes.
 
De Dolores Martínez (el 25/03/2009 a las 13:27:16 en Dubai)


Comprar y comprar. O quizá ver y sólo ver. Consumir es la principal actividad de Dubai, ciudad en la que se acumulan los centros comerciales como los granos de arena en su desierto. La oferta es tan mayúscula como abultada tiene que ser la cuenta del cliente. Y no es que los precios sean elevados respecto a los españoles, sino que muchas de las tiendas son espacios protegidos de las grandes firmas de la moda y de la joyería. Botón de muestra son el Mall de los Emiratos, que alberga hasta una Vía Rodeo, o BurJuman, un exclusivo centro de noventa y cinco tiendas, entre ellas una sucursal de dos plantas del gran almacén de lujo estadounidense, Saks Fifth Avenue. A su lado compiten los míticos franceses Dior, Lacroix, Hermés o el italiano Valentino junto a tiendas de "gótico Poe" . Pero en los últimos años en esta milla de oro se han abierto camino marcas más asequibles como la española Zara y la norteamericana Gap. El lujazo, porque no puede calificarse de otra manera, reside también en la puerta principal del Burj Dubai Mall, centro comercial —dicen que el más grande del mundo— construido a los pies del Burj Dubai, el rascacielos más alto del planeta que espera ser inaugurado antes del verano. Nada más alcanzar la entrada se abre una rotonda de mármol en la que se engarzan las más exclusivas firmas de joyerías. Ningún escaparate exhibe precios por cuestión de buen gusto. Pero Dubai tiene una segunda milla de oro. Está en el zoco y se llama Gold Souk. Si los anteriores escaparates mostraban una pieza o dos como máximo, los situados en el corazón del viejo pueblo de Deria rebosan de kilates. Aunque lo que aquí está en venta son las tradicionales joyas árabes, en algunas tiendas los artesanos elaboran piezas al gusto del cliente. Además del oro, en este mismo zoco se pueden comprar antigüedades de plata provenientes de Omán. Entre tanta opulencia, apenas hay cabida para las falsificaciones. Están en Al Karama Shopping Center, un recinto de escaso gusto que revela que las imitaciones no son un negocio en una ciudad, en la que se puede comprar hasta un chaleco de oro.

 
De Juan Francisco Alonso (el 08/06/2009 a las 13:17:42 en Maldivas)


Miren esta foto. Desde el cielo, Malé, capital de Maldivas, recuerda a El Álamo, una estación término amenazada por la inmensidad del océano. Ahí abajo viven unas 105.000 personas —casi un tercio de la población del país—, de momento a salvo, al abrigo de un muro de hormigón de tres metros de altura. Pero Malé es la única de las 1.200 islas de Maldivas (más de doscientas de ellas habitadas) que dispone de una red de seguridad para los malos tiempos que los analistas del clima les auguran. El 80 por ciento de esas islas sólo sobresale un metro sobre el nivel del mar. Poco margen para la enorme amenaza del cambio climático y la subida del nivel del agua. Miren otra vez esta foto, pero con los ojos de la imaginación. Para cientos de miles de turistas cada año, no es El Álamo, sino Eldorado, un paraíso del que cuesta un potosí salir cuando termina esa semana de belleza y paz en una isla que es un hotel que es una playa, rodeados de aguas trasparentes para bucear y paisajes limpios para olvidar el mundo. El aeropuerto está en una pequeña isla a tiro de piedra de Malé, y desde ahí los viajeros, preferiblemente en pareja y sin ordenador, con no demasiada ropa, se dirigen al sitio de su recreo. En un futuro más o menos próximo, dicen que a lo largo de este siglo, todo eso estará en peligro. De hecho, el presidente Mohamed Nasheed anunció tras ser elegido, a final del año pasado, que dedicaría parte del dinero del turismo (más del 20 por ciento del PIB) a un fondo destinado a comprar una tierra de acogida en Sri Lanka, India o Australia. En el peor escenario, los refugiados del clima tendrían que encontrar otra tierra prometida.

 
De Alfonso Armada (el 30/04/2009 a las 13:09:55 en Chad)


Yamena, martes. La noche de Yamena es una máscara de ébano perforada por luces de yesca, candiles de gas, tubos fluorescentes que sirven de abrevadero a los insectos y a los mosquitos que afilan sus patas pensando en la pitanza de los incautos. No consigo ver el curso del Chari a media que el avión de Air France se aproxima al aeropuerto internacional de la capital de Chad, un país encerrado en el centro del continente negro, de clima mayoritariamente desértico, castigado a no ser por unas fronteras trazadas de forma tan arbitraria como las de muchos de sus vecinos, que algunos han llamado El corazón muerto de África. El pasaje es mayoritariamente blanco: contratistas, soldados de refresco para la fuerza de la Unión Europea o las tropas francesas que siguen poniendo y quitando líderes desde que en 1960 cedieron teóricamente la soberanía, funcionarios de las Naciones Unidas que hablan idiomas ininteligibles, empleados de la Cruz Roja Internacional y otras organizaciones cargadas de buenas intenciones, y periodistas, claro, los que menos tiempo se quedan y más se atreven a decir después de su vuelo de pájaro nervioso. Los empleados de la aduana tienen cara de pocos amigos, pero evito al que ladra al pedir los papeles. Los trámites (con la visa bien visible) son sin embargo más ágiles que en otras satrapías vecinas y el aire denso del diminuto aeropuerto confirma la bofetada de calor de la pista, que contrasta con la lluvia y el frío de Madrid, 14 horas antes, cuando la noche de la capital de España era una máscara de acero perforada por una miríada de lanzas térmicas y entre los dormidos y los vigilantes el mundo parecía tener sentido. Un coronel francés nos da la bienvenida. Por las calles mortecinas de Yamena, ilustradas por el polvo del desierto que se casa con el asfalto escaso y lo devora, las túnicas de los tenderos y de los ociosos daban la bienvenida sutil a quien quiera asomarse a la noche del corazón muerto de África, donde reina una tal Idriss Déby Itno que duerme siempre con un ojo abierto pese a la constante vigilancia de los Mirage, que despegan antes que nadie en el mismo aeropuerto que liga la máscara de Madrid con la de Yamena, la lluvia y el frío del norte con el fatalismo de un país de diez millones de almas tan grande como tres veces California (así lo mide la página de la CIA) o más grande que la suma de Francia y España juntas. Limita al norte con Libia, al este con Sudán, al sur con la República Centroafricana, al sudeste con Camerún y Nigeria, y al oste con Níger. En una ciudad como Yamena un poeta y traficante como Rimbaud hubiera podido echar raíces.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 13/04/2009 a las 13:03:59 en Tanzania)
En la plaza que bombea el flujo sanguíneo de esta ciudad situada en la falda del Kilimanjaro está la Torre del Reloj patrocinada por Coca Cola. La mirada escocida por el sudor se va a la espalda del anodino monumento, donde nuestro séquito de vendedores ambulantes nos ha dicho que se encuentra la montaña. Ni rastro de ella. Debería ser la postal que inundase el horizonte, pero en su lugar hay una panza de burro tamaño XXL. Tal vez el Kili no exista, quizá sólo sea un sueño pegado con photoshop en un póster o en la portada de un catálogo turístico. ¿Quién puede creerse que en mitad de la sabana exista un volcán de 5.895 metros de altura con la coronilla cubierta de nieve? Uno de nuestros amigos de ocasión acaba de fijarse en un abalorio que llevo colgado al cuello. Su origen es peruano, así que ha hecho un largo viaje hasta Tanzania. Como ha desistido de venderme baratijas, me ofrece un intercambio, como en los viejos tiempos, cuando no había 20.000 mzungus (hombres blancos) al año intentando trepar el Kili y la economía era más de subsistencia que ahora. Le digo que es un amuleto que me ha regalado mi madre para darme suerte en este viaje y que, por lo tanto, no puedo deshacerme de él. El tipo lo entiende al instante y me muestra una sonrisa que provocaría pesadillas a un odontólogo. Dice la guía de Lonely Planet que Moshi “es un lugar agradable donde pasar un par de días”. ¡Un par de días! Un par de horas de paseo por el centro nos parecieron más que suficientes a mí y a Javier, mi socio en esta aventura. Moshi tiene un templo hindú, una mezquita y la citada torre del reloj con el logo de un refresco que también esponsoriza los centros educativos (la ciudad cuenta con una de las mayores concentraciones de escuelas secundarias del país). Y ya. No he conocido ni un solo lugar fronterizo apetecible, salvo tal vez Ushuaia, en Tierra del Fuego, y sin exagerar. Los campamentos base como Moshi no sirven ni para aclimatarse, aunque no dudo que haya gente que disfrute dándose un baño de paisanaje porque forma parte del prestigio con que se “tortura” después a los que se han quedado en casa.
 
De Fernando Pastrano (el 20/12/2011 a las 13:02:44 en Viajar)
Poco a poco las líneas aéreas se van dando cuenta de dos cosas: de que utilizar el móvil a bordo no es peligroso y de que internet es cada vez más imprescindible para el viajero. Primero fue instalar enchufes en las butacas del avión para que pudiéramos recargar las baterías de nuestros gadgets sin tener que esperar a llegar al aeropuerto, ahora le toca el turno a la cobertura telefónica. Emirates es la aerolínea pionera en este servicio. Sus once aviones A380 ya tienen wifi disponible y dentro de poco lo tendrán los 71 A380 encargados y pendientes de entrega. Así los pasajeros pueden navegar, compartir fotografías, enviar correos electrónicos o twitear a su antojo. En colaboración con el proveedor líder en este campo, OnAir, Emirates ofrece a su clientes la posibilidad de utilizar en pleno vuelo smartphones, tablets y portátiles. Los pasajeros deben abrir las conexiones inalámbricas de su dispositivo, ingresar en la red de OnAir y seguir unos sencillos pasos para acceder a internet. “Emirates sabe que estar conectado durante el vuelo es cada vez más importante, especialmente en los vuelos más largos. Incorporar el acceso a internet es una parte vital en toda experiencia de vuelo, del mismo modo que lo es en la vida cotidiana sobre tierra firme”, ha manifestado Patrick Brannelly, Vicepresidente de Comunicaciones Corporativas de Productos, Publicaciones, Medios Digitales y Eventos. “Emirates ha liderado el uso del teléfono móvil a bordo, con 91 aviones que permiten el servicio actualmente”, agregó. Pero, como casi todo en la aviación comercial, no es gratis. La conexión wifi está disponible desde 7,50 dólares para dispositivos móviles y desde 15 dólares para portátiles.
 
De Eduardo Jorda (el 26/03/2010 a las 12:24:23 en Viajar)


Ya sé que las cosas han cambiado y que muchos cofrades malagueños prefieren no pasar por la calle Carretería, pero para mí esa calle estrecha y popular es la que guarda todo el sabor de la Semana Santa malagueña. Fue el poeta Álvaro García quien me llevó allí, en una madrugada de Jueves Santo de hace quince años, y nunca sabré cómo agradecérselo. La gente que se agolpaba en la acera parecía salida de una película en blanco y negro de la España de los años 50. Había sillas y hasta sofás atados con cadenas, porque la gente reservaba su espacio como los solemnes propietarios de un palco en la Tribuna Oficial. Sólo que allí se respiraba un ambiente como de fiesta familiar, una fiesta ruidosa y alegre en la que alguien acabaría bailando un pasodoble y cortándole la corbata al novio. La Semana Santa malagueña tiene un componente religioso, sin duda, pero también desprende un aire inequívoco de romería popular. Tan sólo una vez en mi vida he sentido lo mismo que sentí allí, y fue en un baile frente a una iglesia, en México, durante una fiesta del Carmen. Tocaba una banda de música y docenas de parejas bailaban un «huanpango». Y de repente yo también me puse a bailar entre todos aquellos desconocidos, sin tener ni idea de cómo se bailaba, hasta que me sentí borracho de felicidad. Y eso mismo sentí en la calle Carretería. Pero todo cambió cuando llegó la procesión. Oímos la música, y aparecieron los primeros nazarenos de la Esperanza, y luego llegaron los tronos, primero el Cristo, después la Virgen. Y de repente se hizo el silencio, un silencio que no sabría definir, un silencio palpable que parecía descender de la noche misma. Recuerdo a un nazareno sin capirote que hacía su penitencia detrás de la Virgen y que llevaba los ojos vendados. Iba junto a una señora que llevaba peineta y que supongo que debía de ser su madre. Era un hombre joven, muy delgado. Me pregunté qué extraño pecado le habría llevado hasta allí, qué traición o deslealtad que ahora debía expiar delante de todos nosotros. Y entonces noté un escalofrío en la espalda y sentí, no sé cómo, que todos los desconocidos que nos agolpábamos en la calle éramos la misma persona que intentaba remediar un pasado ya para siempre inalterable.

*Eduardo Jordá acaba de reeditar/reescribir «La fiebre de Siam». Málaga, la ciudad donde vive, inaugura estos días un Museo de la Semana Santa.

 
De Fernando Pastrano (el 17/11/2010 a las 11:57:41 en China)
 



Bajo un gran forillo que representaba el Palacio del Potala, emblema universal del Tíbet, el Conjunto de Cantos y Danzas de esa Región Autónoma inauguró en el Teatro de Madrid la “Semana de la Cultura Tibetana de China 2010”, auspiciada por la Oficina de Información del Consejo de Estado de China, el Gobierno Popular de la Región Autónoma del Tíbet y la Embajada China en España. Presentación que se repetirá en Valencia donde la “semana” se prolongará hasta el 25 de noviembre. Fundado en 1958, este grupo de bailarines y cantantes de primera línea está compuesto por unos 180 artistas de los cuales una treintena se ha desplazado hasta España. Folclore de colores chillones y música extraña al oído occidental. El público madrileño agradeció alguna interpretación hispana, como “La Paloma”, habanera de Sebastián Iradier, que sonó muy familiar en la flauta del solista Tseten. Folclore pastoril y acrobático, modernizado, poco fiel a la tradición pero que sirve perfectamente para introducirnos en un mundo cada día menos lejano y misterioso gracias al creciente turismo internacional. Durante los tres primeros trimestres del 2010, llegaron al Tíbet 5,8 millones de viajeros, según la agencia Xinhua (Nueva China), lo que supone un incremento de un 24,5 % con respecto al año anterior. Esto se debe tanto a la política de promoción del Tíbet como a la primera línea ferroviaria inaugurada en 2006 y al buen funcionamiento de los cinco aeropuertos de la región: Lhasa, Nyingchi, Qamdo, Ngari y Xigaze. En plena crisis internacional, China espera que el número de turistas que visitan el Tíbet alcance los 6,5 millones al acabar el año. Para completar esta introducción a la cultura del “Techo del Mundo”, se ha programado también la exposición fotográfica “Paisajes de la Tierra Nevada” en el Círculo de Lectores de Madrid (Calle O´Donnell, 19), en la que se exhiben más de 80 obras de conocidos fotógrafos chinos y extranjeros y más de 30 “tankas”, pinturas tradicionales budistas realizadas sobre rollos de tela. Asimismo, un grupo de tibetólogos se reunió con chinos residentes en Madrid en la Asociación de Chinos de Ultramar. Phurbu Tsering, vicepresidente del Instituto de Administración de la Región Autónoma del Tíbet y presidente de la delegación, habló de la modernización del Tíbet. Agradeció esta intervención Ye Yulan, presidenta de la Asociación de Chinos de Ultramar de España, quien señaló que gracias a actos como este “podremos explicar mejor lo que es el Tíbet a nuestros amigos extranjeros”. El día 16 tuvo lugar en la Facultad de Medicina de la Universidad Europea de Madrid una conferencia en la que se explicaron las teorías básicas de la medicina tibetana, para algunos tan diferente de la tradicional china como de la occidental. En la presentación de la semana, el viceministro de la Oficina de Información del Consejo de Estado de China, Dong Yunhu, señaló que “las gentes de esa tierra (Tíbet) son grandes amantes de la vida, y han creado una cultura que supone una de las perlas de la nación china". Por su parte, el presidente de la Asociación de Amigos de China, Jesús Osuna Sanz, dijo que los españoles tendríamos que ver al Tíbet “con cariño”, ya que fue un español, el viajero y escritor navarro Benjamín de Tudela (1130-1173), quien habló por primera vez del Tíbet en Europa. El embajador de China en España, Zhu Bangzao, indicó que las actividades de esta semana “desvelarán la belleza de esta joya de la civilización china y facilitará el conocimiento de esta región en España”. La Semana de la Cultura Tibetana, fundada en 2001, tiene como objetivo mostrar al mundo un panorama del Tíbet por medio de eventos artísticos y culturales. Hasta la fecha se ha realizado en Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Bélgica, Tailandia, Italia, Dinamarca, Austria, Rusia y Hong Kong.

 
De Alfonso Armada (el 12/05/2009 a las 11:56:52 en Chad)


Iriba, viernes. No es fácil escribir en medio del desierto, sentado en un repecho de arena, con el crepúsculo devorándose a sí mismo a una velocidad inaudita, con una grupo de combate polaco instalando tiendas de campaña al pie de un cerro aprovechando las últimas briznas de claridad mientras montan la primera guardia en lo alto del promontorio y todo el polvo de las pistas de arena chadianas grabado como un mapa en la cara de quienes hemos venido a ver qué se cocía en este auténtico agujero negro de África central, uno de los lugares más opacos de la Tierra, y no en sentido precisamente metafórico: desde el espacio, los satélites han comprobado que esta región es una de las menos iluminadas del mundo: cuando la noche cae sobre el Chad la oscuridad resultante es magnífica para el olvido, para el crimen, para la lasitud, y también para contemplar (como en Somalia) uno de los firmamentos más cuajados de estrellas.

La Vía Láctea es generosa y a los más pobres les da más preciosa leche que a nadie. Como el Chad es un espacio paradójico (aunque en olvido todavía le gana su vecino del sur, la República Centroafricana: todavía más desdeñada) y de su inmensa superficie apenas dispone de un 2,8 de tierras cultivables (con un ínfimo 0,02 por ciento de cosechas periódicas: sorgo, arroz, patatas, tapioca y algodón), la sequía y las plagas de langostas se ceban con un país que también ha encontrado en el petróleo una maldición: con contratos leoninos a favor de empresas estadounidenses (como Exxon Mobil) y Chinas, buena parte de los beneficios de los 156.000 barriles diarios que exporta desde 2004 los destina a el régimen a comprar fidelidades entre sus muchos enemigos y sobre todo armas (el gasto en educación equivale al 1,9 por ciento del Producto Interior Bruto), mientras que a Defensa dedica el 4,2 del PIB), la media de hijos por mujer es de 5,4, que acaso compensa que de cada mil nacimientos mueren cien) y un 80 por ciento de su población está por debajo de los índices que le sirven a las Naciones Unidas para trazar el umbral de la pobreza.

El día amaneció temprano. Había que subirse a un avión de carga construido por la empresa española CASA, mantenido y pilotado por españoles adscritos a la Fuerza Euopea (Eufor) con una misión rimbombante (proteger la distribución de la ayuda humanitaria en el Este del Chad, prestar apoyo a las organizaciones no gubernamentales que la distribuyen y atienden a los más de 450.000 refugiados sudaneses y desplazados internos, y en general proteger a la población de la miríada de grupos rebeldes, que a menudo se confunden con bandidos (aunque hay quien piensa que el jefe de todos los bandidos es el propio presidente de la República, que mantiene a su propio país en la miseria y que depende de Francia para mantenerse en el poder). El avión aterrizó dos horas después en Abéché, donde los franceses cuentan con la segunda base aérea más importante del país después de la de Yamena. Allí embarcamos en un helicóptero ruso, que tras hora y media de navegación a media altura (lo que permitía contemplar la aridez del terreno, y las marcas dejadas por los ueds, que se desbordan en la estación de las lluvias) nos depositó en Iriba, sede del batallón polaco que se encarga de vigilar este vaston rincón del noreste chadiano, junto a la arbitraria, porosa, invisible frontera con el Darfur sudanés. Provistos de pesados chalecos antibalas (método ideal para adelgazar en el árido clima chadiano) y cascos, además de raciones de combate del glorioso ejército que tantas derrotas ha sufrido a manos de su poderosos vecinos europeos (la Gran Rusia al este, la Gran Alemania al oeste) iniciamos la patrulla cuando el sol más fiero estaba. Dejamos los alminares, tapias de adobe, escuelas y callejas de arena de Iriba para internarnos en el desierto. Era un convoy de cuatro blindados con cañón disuasorio de 21 milímetros y tres todoterreno. Por sabana, bosque bajo y puro desierto, observados por nómadas desde sus cabañas de caña y adobe, rebaños de cabras, burros que rebuznan como rebuznaban en España los burros que han ido desapareciendo de nuestra vida y de nuestra memoria, dromedarios y camellos, cuando el crepúsculo comenzó a insinuarse nos detuvimos al pie de un cerro no muy lejos de la villa (por llamarle de alguna forma) de Bihai, y a unos siete kilómetros de la frontera con Sudán. Levantamos nuestras tiendas de campaña individuales con la ayuda de los bruscos y al mismo tiempo amigables soldados polacos (muchos reenganchados de las guerras de Irak y Afganistán a este frente difuso -y mucho menos peligroso- en el corazón muerto de África). Parecían tumbas para una noche, y abrimos las raciones de combate, que algún exquisito combatiente francés dijo que no eran mejores que lo que comía su perro: latas de comida con cierto sabor a atún, cierto sabor a pollo, cierto sabor a paté innombrable, pero que mata el hambre cuando no hay agua con la quitarse las capas de polvo del camino, y sólo para beber, lavarse los dientes, quitarse capas de mugre de los pómulos y de los párpados.

Como cuentan en las novelas y en las películas, la temperatura se desploma en la noche del desierto, pero antes de dormir sobre el duro y amigable suelo africano todavía hicimos una patrulla nocturna en dos de los blindados: nos acercamos hasta el campo de refugiados de Oure Cassoni, donde se hacinan unos 30.000 sudaneses que han venido a ponerse a salvo a este lado de la artificiosa frontera. Gracias a los visores nocturnos que nos prestaron los soldados pudimos ver la película en blanco y negro de los muros de adobe, las chozas levantadas con lonas del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (que no reconoce el asentamiento porque va contra sus principios: se opone al levantamiento de campos junto a la frontera del país de origen, porque entiende que los refugiados está expuestos al hostigamiento y a la inseguridad -no en vano sirven de camuflaje a los grupos rebeldes que, en este caso, combaten al régimen del general Omar Al Bashir- y prefiere que se organicen a varias decenas de kilómetros de la linde, aunque los que han huido prefieren alejarse lo menos posible de su país, de sus casuchas y de sus tierras, porque su único sueño es volver). Aunque eran más de las once de la noche, vimos un comité de recepción formado por niños que se dirigía con las manos en alto hacia nosotros. ¿Qué hacían levantados a esa hora? Pero algo o alguien les disuadión y a medio camino volvieron sobre sus pasos. Con la media luna blanqueando los caminos, sacando instantáneas misteriosas de los arbustos y de las piedras, todo el desierto parecía una radiografia de la luna. Unos burros sobresaltados por nuestro paso rebuznaron como almas en pena. Al regresar al campamento cerca de la medianoche, casi todo el mundo dormía. Agotados, caímos en un profundo sueño ajenos a los escorpiones, arañas y otra fauna que se esconde en estos pedregales. A las seis, salimos de nuestras tumbas individuales.

El sol empezó a asomarse a una velocidad de vértigo. Nos vimos y nos las desamos para meter los sacos y las tiendas en sus fundas (los polacos volvieron a armarse de paciencia), tomamos café y galletas duras como piedras ablandadas con la leche condensada de las raciones de combate, y reemprendimos la aventura. Primero un lago del que sobresalían troncos secos. Llegó un rebaño formado de decenas de ovejas que balaban con la unanimidad de las nuestras, manejadas por un pastor sin perro que había pasado la noche junto al agua mansa y cobriza. El campo de refugiados no estaba lejos. Hablamos con el jefe del destacamento de la policía chadiana que se encarga de “la seguridad” del campo: 20 hombres para 30.000 almas. Un imposible. Confesó que les ruegan a los rebeldes del JEM, quizá el grupo más nutrido y relevante que combate contra el régimen de Jartum en Darfur, que dejen sus armas a la entrada del campo (un campo con mil puerta) cada vez que acuden a visitar a sus familiares. La falacia y el juego quedaron en evidencia cuando acertó a pasar una “pick up” artillada con seis “rebeldes” a bordo: calzados con chancletas, con turbantes de oro y oliva, y kaláshnikovs en torno a una ametralladora de 14 milímetros, no ocultaban, como sus compatriotas del campo, su alegría por la orden de búsqueda y captura dictada por la Corte Penal Internacional contra su gran enemigo, el presidente sudanés, Al Bashir, aunque está por ver quién será capaz de ponerle el cascabel al gato, y si haciendo un gran bien (poner fin a la impunidad que reina en Darfur desde hace casi seis años, con 300.000 muertos y casi tres millones de desplazados y refugiados, condenar al régimen islamista y militar de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad) muchos seguirán sufriendo o morirán por la reacción brutal del Ejército sudanés y sus despiadados jinetes árabes, los famosos “yanyauid” (diablos montados). Junto al campo, bajo el sol implacable del mediodía, un grupo de niños y niños que no supera los diez años, se encarga de fabricar con las manos desnudas y una pala más grande que ellos ladrillos de adobe, vigilados por sus amos sudaneses: hombres esbeltos y delgados, con cara de pocos amigos, que sólo hablan árabe y visten túnicas de un blanco deslumbrante (tienen quien se las lave) y un ostensible látigo en la mano: seguro que no tratan mejor a los niños que a los escaldados burros, que se extrañan de que alguien les quiera palmear el lomo sin ánimo injurioso.

Sobrevivir es un empeño arduo en estas tierras del Sahel africano. Pero todo se hace todavía más duro por culpa de la guerra, los regímenes despiadados que no sólo no se cuidan de sus ciudadanos (súbditos despojados de cualquier derecho), sino que les convierten en carne de cañón, parias en su propia tierra, o náufragos en el desierto, refugiados obligados a huir para salvar el pellejo, evitar la violación, que los niños sean vendidos como esclavos, mano de obra barata, guerrillas infames. Emprendemos el regreso a través de Bahai, un villorrio desperdigado por lomas de arena que el viento arremolina contra las tapias de adobe, no sin antes pasar por una escuela. Los niños nos reciben como suelen en África, con la mano tendida (pero no para pedir: en eso son los chadianos y los sudaneses tan dignos como los somalíes, sino para saludar) y la sonrisa franca. Regresar a la base del batallón polaco en Iriba, un fortín de terraplenes, torretas, reflectores y alambradas, cuando la luz empieza a declinar, es como alojarse en un hotel de cuatro estrellas: después de la aventura nocturna, y con el polvo de dos días de periplo por el desierto, el agua fresca redime como más que un bautizo, y no digamos la comida en el gran comedor que parece un remedo de los palacetes del XIX polaco, donde los oficiales cortejaban a las damas y hablaban un distinguido francés. Otro espejismo. La comida (carne cubierta de hojas de col bañadas con salsa de ternera) es un plato delicioso para rusos, ucranianos y polacos que devoramos con el placer y el hambre de los náufragos de arena. Cuadriculado por contenedores alineados como viviendas que a su vez hacen de calles, un poste sirve de punto de referencia para todos los que nos sentimos perdidos aquí: Varvosia, 4.105 kilómetros, y otra decena de ciudades polacas, donde ahora sigue mandando el invierno. La noche ya es tan intrincada como la de ayer, pero aquí se ven muchas menos estrellas, y no por la luna, sino por el run-run de los reflectores eléctricos. Mañana también tenemos otro día de patrulla.

 
De Javier Jayme (el 29/05/2009 a las 11:55:40 en Argentina)


Dónde. ESTANCIA VILLA MAría EQUESTRIAN & GOLF STATES - RESORT Av. Pereda s/n – Máximo Paz (1812) – Ezeiza – Buenos Aires – Argentina Oficina de reservas, tel.: +5411 6091 2064 info@estanciavillamaria.com

Saliendo de Buenos Aires en autobús y tras 45 minutos de recorrido por autopista hacia el Sur, llegamos a Villa María. La entrada a la estancia se realiza a través de un camino asfaltado, orillado a derecha e izquierda por árboles altísimos y de lujuriante frondosidad. Viniendo del tráfago y del ajetreo urbano de la capital, el corto paseo bajo esta casi centenaria bóveda vegetal se nos antoja un bálsamo para nuestros sentidos, un apacible y bucólico preludio a la visión de cuento de hadas, inesperada por chocante, que nos aguarda a su término: la del edificio principal, imponente y majestuosa construcción en estilo Tudor con revestimiento de ladrillo a la vista, aditivos normandos en las cubiertas y detalles neogóticos en las puertas y en las arcadas ojivales. Nuestras miradas suben por las fachadas hasta toparse con los largos faldones de tejas planas, de color terracota, enriquecidos con múltiples lucernas, chimeneas y hasta con una torre solitaria. En suma: nos hallamos ante una suerte de orgulloso sucedáneo, pongamos por caso, del célebre castillo de Balmoral en tierras escocesas... ¡Rayos y truenos! Pero ¿estamos o no estamos en Argentina?

Josefina Cayol, la actual propietaria -una rubia dorada de mediana edad, porte refinado y modales sosegados- nos recibe en los bien arreglados jardines, frente a la escalinata central, dispuesta a iniciarnos en las bondades de su soberbia mansión. “El propósito de desarrollar un lifestyle resort de lujo”, comienza diciéndonos nuestra anfitriona, mientras nos ofrece unos refrescos en el espacioso vestíbulo –cielo raso con vigas de madera expuestas, amplios sofás de época, suelo con losas blancas y negras en damero-, “se consolidó a fines del 2007, gracias al apoyo de Fiducia Capital Group, una compañía dedicada a invertir y desarrollar negocios de real estate world class; se trata del primer proyecto de este tipo llevado a cabo en Argentina”.

Conservando su estilo centenario, fiel reflejo de la tradición ganadera pampeana, Estancia Villa María subió velozmente los escalones del éxito. Josefina nos informa de que su fundador, Vicente Pereda, adquirió las tierras en los últimos años del siglo XIX con fines agropecuarios. Al poco tiempo, Villa María era ya el primer centro de reunión de cabañeros, antecedente de la Sociedad Rural Argentina. En 1919, su hijo Celedonio construyó la casa actual como residencia de verano con planos del célebre arquitecto Alejandro Bustillo, el cual respetó la usanza de la aristocracia porteña, empeñada en levantar sus villas extramuros en estilos pintorescos. Una constante en las obras de este maestro constructor fue su especial sensibilidad para capitalizar las bondades de cada paisaje. A este respecto, Villa María no es una excepción; su planta, muy alargada, prioriza la idea de proporcionar las mejores visuales del parque de 74 hectáreas –fiel reproducción de una campiña inglesa- que la rodea.

En el interior, los diferentes salones se suceden entrelazados por arcadas, recreando un clima casi medieval. Antaño, contigua al vestíbulo, estaba la capilla; hoy ese espacio se ha convertido en un pequeño sector para degustar bebidas y tragos. También hay una sala de juegos, cuya atmósfera nos invita a disfrutar de la cuidada selección de puros de la Estancia Villa María. Dos escaleras de mármol llevan al piso superior, el cual cuenta con una decena de dormitorios; desde cada uno de ellos, las vistas al exterior son incomparables.

Concluida la visita al château y sus aledaños, llega la hora del almuerzo. Josefina ha dispuesto que nos lo sirvan en la Galería, una sala cuadrada que conforma la esquina noroeste en la planta baja, abierta al exterior por cinco arcos de medio punto sin cristales y forrados por dentro y por fuera de lustrosa hiedra pulcramente recortada. El lugar es fresco, coqueto y con espléndidas panorámicas del parque original, sus árboles y su laguna. En cuanto a la comida, consiste –¡cómo no!- en la típica parrillada a base de carnes de res, cordero y lechón. Eso sí, con el especial toque culinario de Villa Maria. “En nuestra cocina destacan los platos de autor”, nos insiste Josefina, “inspirados en recetas argentinas de comienzos del siglo XX preparadas con técnicas propias de la cocina mediterránea y de la campiña francesa”.

Tenemos la tarde libre para curiosear a nuestras anchas. Claro que, con el estómago a reventar, lo que nos tienta es dormitar en el elegante vestíbulo, cómodamente arrellanados en uno de sus múltiples sofás y acunados por la suave música de fondo, apenas un susurro que desgrana melodías de siempre... Una tentación de la que nos libra nuestra anfitriona ofreciéndose a llevarnos de excursión en un carruaje tirado por caballos. O sea: a pasear a la antigua usanza, sin prisas y sin más sonidos a nuestro alrededor que los de la vieja y sabia naturaleza.

El itinerario atraviesa la denominada Arboleda, una de las atracciones más señaladas de Villa María. Son 624 hectáreas arboladas con más de 20.000 ejemplares que incluyen 350 especies diferentes propias de la zona templada. La exquisita combinación de altos volúmenes boscosos, unida al intenso colorido de la fronda –cambiante a lo largo de las estaciones- conforma un patrimonio paisajístico de primer orden, que ronda ya los cien años de antigüedad.

Bellezas naturales aparte, la potente oferta de actividades deportivas convierte a Villa María en un exclusivo club de campo, el más importante del sur bonaerense y uno de los más sobresalientes de Argentina a nivel internacional. Su club de tenis está dirigido nada menos que por Guillermo Vilas, probablemente el mejor tenista que ha dado el país; el centro ecuestre profesional, a cargo de George Morris –director del equipo ecuestre de Estados Unidos (USET) y la Asociación Ecuestre Americana- cuenta con picadero cerrado, pista de salto olímpica y 25 kilómetros de senderos para ejercitar la hípica; el campo de golf –7.250 yardas de longitud y 18 hoyos con par 72- es apto tanto para jugadores principiantes como de alto handicap. Pero lo que más aprecia Josefina son las cuatro canchas del Black Watch Polo Club; lo cual no nos extraña, tras enterarnos de que sus excelentes aptitudes como jinete las rentabiliza precisamente jugando al polo, deporte del que es una apasionada y una de las contadas mujeres que aquí lo practican.

Estancia Villa María se ofrece, en suma, como un lugar sereno y bucólico, anticipo confortable de la infinita pampa argentina, con jardines primorosamente diseñados y una naturaleza generosa que hace ostensible su belleza sin narcisismos.

 
De Javier Reverte (el 17/07/2009 a las 11:20:33 en Mediterráneo)


El Mediterráneo no es sólo un mar ni un universo geográfico y, si me apuran, tampoco únicamente una cultura. El Mediterráneo es, antes que otra cosa, una forma de concebir la existencia que supone la presencia del mar y de una cultura singular. No es tampoco una dieta, sino una forma de enfocar el ludismo. No es un espacio físico, sino una abstracción sensorial. No es una fe, es un instinto. Pero es, sobre todo, en mi opinión, una expresión casi literaria de fe en la vida. «Yo nací entre la miseria y la luz», escribía Albert Camus. Y entre la miseria y la luz, como en toda la obra de Camus, en el Mediterráneo siempre ganó la luz. ¿Qué otra forma de optimismo vital hubiera podido alumbrar esa gran conquista humana que es la democracia?. Hayas nacido en Cairo, en Alicante, en Izmir, Creta, Mallorca, Argel, Trieste, Chipre, Split, Beirut, Venecia o Marsella, no serás extranjero en ninguna tierra mediterránea. Y aunque no hables italiano, croata, árabe, turco o francés, hay algo que te hará entenderte con todos quienes viven en las cercanías de ese mar, porque lo que prima en todos ellos es una manera de concebir la vida. Yo camino por los puertos del Mediterráneo, con las manos en los bolsillos, igual que lo haría un marinero nacido en Fenicia, crecido en Sicilia y contratado por un barco francés. Y la gente me saluda en veinte idiomas. Nunca he sido un extraño en Grecia, ni en Italia, ni el sur francés, ni en las costas de Túnez, de Argelia, de Marruecos, de Siria o de Egipto. El Mediterráneo se extiende más allá de sus costas. Yo creo que París es casi tan mediterránea como Barcelona, Cádiz tan mediterránea como Estambul y desde luego que lo es Madrid. ¿Quién mide cuáles son las fronteras espirituales del más viejo de los mares? No hay que olvidar, de todos modos, como escribía Fernand Braudel, que en este universo «lo plural siempre se opone a lo singular: hay diez, veinte, cien Mediterráneos y cada uno de ellos está a su vez subdividido». Por lo mismo, el Mediterráneo podría tener muchos símbolos. Yo me quedo con ese perfil mordido por los siglos del Partenón de Atenas, que levita en los aires, a la orilla del mar, como una nave de piedra, cual si fuera la nave de Peter Pan.

 
El escritor Andrés Ibáñez elabora su particular guía de Nueva York, llena de consejos sabios. Si pasa esta Semana Santa allí, ésta puede ser su hoja de ruta

No es una ciudad monumental, es una ciudad vertical y nuestros ojos no perciben bien lo vertical. Suba a un rascacielos, al Empire State, al 666 de la Quinta avenida, al bar circular del Marriot Marquis. Vaya a Central Park: sobre todo, por la esquina sudeste. Olvídese de las guías turísticas. Vaya a los museos si le gusta el arte. Vaya al museo de Historia Natural si desea ver totems indios, pero no pierda el tiempo ni en Macy's, ni en Bloomingdale's, ni en Grand Central, ni en Tiffany's, ni en Wall Street, ni en el South Seaport. Asómese a Times Square, que es como Blade Runner nos prometió que sería el futuro. No pierda una mañana en ir a ver la Estatua de la Libertad, no se vaya a New Jersey a comprar ropa en una tienda muy barata y, por Dios bendito, ¡olvídese de Brooklyn! Lo mejor de Brooklyn es el puente, y eso simplemente porque desde allí arriba se ve Manhattan. Nueva York es Manhattan, y con Manhattan tiene suficiente para toda una vida. Pasee. Observe a la gente. Coja el Metro y sienta el verdadero latido de la ciudad. NuevaYork es un espejismo, y como tal, está cambiando continuamente. El Meat District es ahora una zona muy elegante, y en el Lower East Side uno encuentra cafés y librerías maravillosos. Vaya a Union Square y baje por Broadway. El East Village sigue siendo exótico y fascinante. Soho está tomado por los turistas. Pasee por Canal Street y coma en un restaurante chino, pero no olvide los maravillosos dinerso coffee shops con sus cartas interminables. Desayune French Toasts. Sólo usted puede saber qué desea ver en NuevaYork porque sólo usted sabe qué es lo que le incita y le conmueve. Sea lo que sea, búsquelo. Y tenga cuidado, porque es posible que lo encuentre.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 29/04/2009 a las 11:14:37 en Tanzania)


El paisaje entre la meseta de Shira y Barranco Camp es deslumbrante. Nadie podría negar en estas soledades la primitiva belleza de las rocas torturadas, de esos ocres en apariencia monocordes y que, sin embargo, están llenos de matices. El camino discurre entre torres de lava petrificadas y laderas salpicadas de bombas volcánicas. Un caos tan ordenado que parece un decorado dispuesto por los espíritus del Kilimanjaro. Pienso que si alguna vez se inventara una máquina del tiempo se podría viajar al origen de las cosas que admiramos; esto valdría tanto para un volcán como para las pirámides de Egipto. Hemos salido temprano y apretado el paso para dejar a los turistas atrás y disfrutar de la caminata sin interferencias. Sólo algunos porteadores nos pasan como una exhalación. El monte Meru (4.566 metros) nos cubre las espaldas. Algunos lo utilizan como piedra de toque antes de afrontar el Kili, aunque en el esfuerzo se pueden quemar más naves de la cuenta. Además, la ruta Machame te pone al nivel del Meru antes de llegar a la jornada decisiva. En la travesía de hoy invertimos en aclimatación alcanzando los 4.530 metros en Lava Tower para luego descender a los 3.950 de Barranco Camp. La niebla nos envuelve mientra bajamos por coladas polvorientas, y el suelo se va cubriendo poco a poco de vegetación. Hasta llegar al asombro. Junto al campamento nos recibe un bosque de senecios gigantes, esculturas vivas de un mundo perdido y misterioso. Algunos ejemplares superan los cinco metros de altura. Cualquier criatura extinguida que se asomara entre sus tallos no desentonaría en absoluto. A sus pies, las fálicas lobelias atraen con su verdor a aves que buscan insectos y néctar. Al finalizar la etapa la bruma vespertina cede y sale el sol, descubriendo el Kibo, que parece un coloso inalcanzable con esas nieves perpetuas que sedujeron a soñadores, geógrafos y literatos. Un blanco que refulge en la distancia, un faro en mitad de la salvaje sabana africana. Pero el hielo tiene los días contados. Los glaciares del Kilimanjaro cubrían 12 kilómetros cuadrados hace un siglo; hoy apenas llegan a los 2 km², y los científicos piensan que se habrán derretido en 2020. “Oferta: últimas nieves en el Kilimanjaro” podría ser un buen reclamo turístico. El calentamiento global encabeza la lista de sospechosos, pero también se apunta a la escasez de precipitaciones y que el volcán, tal vez, esté despertando de nuevo. Si fuera así no sería necesaria una máquina del tiempo para rebobinar y ver la tormenta de fuego con que empezó todo... Aunque habría que salir por piernas.

 
De Fernando Pastrano (el 07/10/2009 a las 10:50:19 en Brasil)


Brasil es una fiesta. ¿Cuándo no lo ha sido? Pero ahora lo es todavía más desde que se sabe que será sede de los JJOO de 2016. La algarabía ha llegado incluso al pequeño Estado meridional de Santa Catarina, cuya capital, Florianápolis (Floripa par los amigos), es la capital de Estado que más ha prosperado en las últimas tres décadas y la que goza de mejor calidad de vida, aunque no será escenario olímpico. Pero su calma, que aún no se ha roto, parece que tardará mucho tiempo en perderse. Paradigma de ese sosiego es la mítica playa de Costão do Santinho, y su resort hotelero, el primero credao en Brasil para armonizar el turismo auto-sostenible con la integración en la naturaleza y en la población local. Hoy, como casi siempre, son pocos los turistas que salpican tímidamente esta playa sonrosada flanqueda por dunas y vegetación tropical. Entre 2001 y 2006 se tomaron diversas muestras de sus aguas para alimentar un oceanario. Los análisis dieron como resultado que no había ni atisbos de contaminación. Tanto es así que el zoologo Jules Soto se ha atrevido a decir que «si no fuera por que se trata de agua salada, la de la playa de Costão do Santinho (en la foto) sería un agua mineral de las más puras» Por favor, no se abalancen hacia la agencia de viajes más próxima. Y si lo hacen, háganlo (como la operación retorno) escalonadamente. No acabemos en dos días con este empíreo desconocido.

Foto: Pilar Arcos

 


Un tapiz de papel picado (recortado) color naranja cubre toda la pared. A sus pies, en cuatro niveles, una multitud de objetos desenfadados, llenos de color y expresividad: flores de cempasúchil (tagetes, “la flor de los muertos”), frutas, calaveras, velas, muñecos, bebidas, ropa... todo lo que le gustaba al difunto, todo lo que pueda recordar al difunto. Como una foto del actor Gaspar Henaine, más conocido como “Capulina”, fallecido hace un par de meses. Pues es al “rey del humorismo blanco” a quien se ha querido dedicar este año el Altar de Muertos del Centro México Madrid. “Con su humor crecimos toda una generación de mexicanos”, recordó Javier Aranda, director para Europa del Consejo de Promoción Turística de México (CPTM), quien definió estos festejos como “La gran celebración de la vida en compañía de nuestros muertos”. Y todo presidido, no podía ser de otra manera, por una imagen de la Virgen de Guadalupe. El Día de Muertos es una de las fiestas más importantes de México. Declarada por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, es una tradición que nació en época precolombina y ha sabido adaptarse hasta llegar hasta nuestros días con más fuerza que nunca. Color y alegría para recordar a los que se fueron y que, según la creencia popular, vuelven para visitarnos y comen y beben con sus familiares como cuando estaban vivos. Los festejos del Día de Muertos comienzan el 31 de octubre, cuando se pone una ofrenda en cada casa a esperar la llegada de las ánimas. A la mañana siguiente, el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, llegan las de los niños y el 2 de noviembre, Día de Muertos, llegan las de los adultos. Conocer cómo se monta un altar del Día de Muertos, participar en un concurso de “calaveritas literarias”, disfrutar de la puesta en escena de una obra teatral alusiva a este festejo o asistir a una velada musical michoacana son las diversas ofertas que ha organizado estos días en Madrid el CPTM en España, en colaboración con el Centro México (calle Alameda, 3), según nos comunicó su director, Juan Diego Jasso. Otro altar similar pero diferente, dedicado a otro gran cómico mexicano, Cantinflas, en el centenario de su nacimiento, estará instalado en el Instituto de México (Carrera de San Jerónimo, 46) hasta el 7 de noviembre. Y un tercero, en memoria de escritores iberoamericanos fallecidos recientemente (Ricardo Rojas, Jorge Semprún, Eliseo Alberto, Ernesto Sábato, Carlos Monsiváis, José Saramago, Miguel Delibes, Antonio Alatorre, Alí Chumacero) y del editor Ricardo Navarro Rincón, estará colocado en la librería Juan Rulfo (Fernando El Católico, 86) desde el 29 de octubre hasta el 3 de noviembre.

 
De J. I. García Garzón (el 23/06/2009 a las 10:23:39 en Festivales)
El azar ha querido establecer una sutil concordancia entre festival y estival. Solo les diferencia la letra efe. De fiesta, naturalmente. Hay festivales en otras épocas del año, pero en verano su renovada y bulliciosa geografía invade los mapas con profusión de feliz pandemia, pues la estación es levadura para los bríos del ánimo y determina una propensión a lo jocundo. Los festivales concretan la alquimia que logra enhebrar en la misma aguja alegría estacional y pasión artística. Son al tiempo escaparate y celebración, dominio de la creación y espacio de reflexión, foro de la exigencia y ámbito del asombro. Sus programaciones pueblan los sueños de muchas noches de verano. En el territorio de lo escénico, bulle un buen número de citas que conforman una constelación. Una red que ilumina escenarios del uno al otro confín del territorio nacional. Puede decirse que —aunque hay otros fulgores: el barcelonés Grec (del 20 de este mes al 2 de agosto) u Olite (del 17 de julio al 1 de agosto), por ejemplo— esa constelación es bipolar porque en ella parpadean intensamente dos estrellas grandes por su dimensión e historia: Mérida y Almagro, ambas con la vitola de «teatro clásico». El primero celebra su 55 edición (del 27 de este mes y el 30 de agosto) con una propuesta cargada de anzuelos para paladares teatrales: Miguel Narros dirige una «Fedra» flamenca en la que las palabras de Eurípides y Racine convocan a Enrique Morente, Lola Greco y Javier Barón, entre otros; El Brujo presenta su versión de «El evangelio de San Juan»; Animalario ofrece el banquete caníbal del shakespeariano «Tito Andrónico»; la compañía rumana Rada Stanca se sumerge en «Las metamorfosis» de Ovidio; del latino Plauto, la todoterreno Tamzim Townsend pone en escena «Los gemelos», con Marcial Álvarez al frente del reparto; Georges Lauvadant acude con «Edipo» de Sófocles, y Tomaz Pandur cocina una «Medea» de Eurípides con súper Blanca Portillo en el papel de la vengadora. Almagro abre del 2 a 26 de julio su edición número 32, cuyo menú se centra principalmente en nuestro teatro áureo. Hay nada menos que diecisiete montajes de obras de Lope de Vega, entre ellos: cuatro de «Fuenteovejuna» (Compañía Joven del Sur, la japonesa Ksec Act, Rakatá y Mefisto Teatro), «Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo», a cargo de la compañía Micomicón, y «¿De cuando acá nos vino?» y «La Estrella de Sevilla», ambas por la CNTC. Amén de exquisiteces como «El encuentro entre Pascal y Descartes», de Jean-Claude Brisville, servido por José María Flotats, un cervantino «Quijote» a cargo del Teatro de la Juventud de la mítica Fontanka, un «Somewhere... La Mancha» montado por Irina Brook, y mucho, mucho más. Soñemos pues con el teatro en cualquier noche del verano.
 
De Miguel Ángel Barroso (el 02/11/2009 a las 10:11:28 en Argentina)
"¡Ese Carlitos!", grita la platea. Claque o espontáneos, quién lo sabe. Carlitos no es Gardel, pero como si lo fuera. Mismo pelo engominado, mismos gestos, misma presencia imponente en el escenario, misma voz (o así queremos creerlo). Y suenan sus clásicos. "Mi Buenos Aires querido", "Volver", "El día que me quieras"... (El día que me quieras no habrá más que armonías, será clara la aurora y alegre el manantial. Traerá quieta la brisa rumor de melodías y nos darán las fuentes su canto de cristal. El día que me quieras endulzará sus cuerdas el pájaro cantor, florecerá la vida, no existirá el dolor... La noche que me quieras desde el azul del cielo, las estrellas celosas nos mirarán pasar y un rayo misterioso hará nido en tu pelo, luciérnaga curiosa que verá que eres mi consuelo). En la Esquina Carlos Gardel, en la capital argentina, se pueden degustar platos llamados "Rubias de Nueva York", "Me da pena confesarlo" y "Recuerdo malevo" mientras se disfruta del espectáculo. Aquí estuvo en tiempos el Chanta Cuatro, restaurante y hotel familiar donde Carlitos Gardel, el de verdad, solía reunirse con sus amigos a cenar, cantar miolongas, echar unas risas... o, simplemente, dejar pasar la noche hasta el alba. El lugar está situado en el barrio del Abasto, el del mercado que respiraba trabajo de día y tango de noche, y allí esta música hecha de puro sentimiento se convirtió a finales del siglo XIX en la banda sonora del pueblo.

Tal vez aquel pueblo al que cantó Gardel fuera el mismo que Evita arengó desde un balcón de la Casa Rosada, la tropa de descamisados que la convirtió en una santa, aunque en este caso no exista la misma unanimidad que con el "zorzal criollo". El recorrido del Museo Evita empieza con la muerte y, en consecuencia, el nacimiento del mito de Eva Perón. Mito blanco y mito negro, defensora de los humildes y cómplice de una mentira que se sostuvo mientras las vacas fueron gordas. Que el visitante saque sus propias conclusiones. Ana María, guía del museo, no toma partido, pero sí tiene una frase favorita del personaje: "Cuando los ricos piensan en los pobres... piensan en pobre". Es decir, su hoja de ruta es la limosna y la conmiseración en vez de acortar distancias. No está claro que Evita se aplicara el cuento. En el primer gobierno (1946-52) de Juan Domingo Perón en Argentina sobraba la plata y Evita repartió juguetes y neveras entre los menesterosos propios y ajenos, tanto que su fama traspasó fronteras. Como primera dama glamourosa y carismática hizo historia mucho antes de la llegada de Jackie Kennedy, y sus discursos y personalidad agigantaban su corta estatura física. Dejó un cadáver joven y, visto lo visto, sólo le faltó ganar el Nobel de la Paz por sus buenas intenciones. Su tumba es la más visitada en el impresionante cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires. Una placa con su efigie incluye la frase: "Volveré... y seré millones". Ana María afirma que Evita nunca dijo eso. Pero los mitos adquieren vida propia más allá de la verdad o la razón.

 
De Javier Jayme (el 22/02/2010 a las 10:04:12 en Viajar)


Trece millones de pasajeros utilizan anualmente la terminal finlandesa, cuyas tres pistas presencian un total de 550 aterrizajes diarios. Pero el cambio de milenio ha traído, sobre todo, un incremento significativo del número de personas que viajan desde las ciudades europeas hacia las asiáticas y viceversa haciendo escala aquí. Atendiendo a tal demanda, Finnair vuela ya a nueve destinos en Asia: Beijing, Shanghai, Hong-Kong, Tokio, Osaka, Nagoya, Delhi, Bangkok y Seúl.

Consciente de la progresiva importancia de Helsinki-Vantaa –y quizá con el objetivo de eliminar las competencias de una manera categórica-, el 11 de diciembre del pasado año Finavia –corporación que tiene a su cargo los aeropuertos finlandeses- inauguró aquí un spa de nueva generación, denominado Via Spa, junto a una moderna sala de espera, la Via Lounge. Uno y otra responden a un concepto innovador, único en el ámbito de los aeropuertos del mundo. Se trata de ofrecer a los pasajeros en tránsito, para su mayor comodidad y bienestar, unos servicios exclusivos, producto de los 40 años de investigaciones y experiencias de la Haslauer Company, fundada por el precursor de los spa, el alemán Paul Haslauer. El acceso es gratuito para los clientes que viajan en clase Business o para los poseedores de la tarjeta Finnair Plus Platinum; el resto puede usar las instalaciones previo pago de las mismas.

De modo, amigo viajero, que ya estás advertido. Si quieres amenizar tus horas de espera en tránsito hacia los destinos de Extremo Oriente de una forma original y novedosa, no dejes de visitar el Via Spa de Helsinki-Vantaa. Las fatigas del viaje se te harán más llevaderas en cualquiera de sus saunas –la tradicional finlandesa, la de vapor o la de piedras y madera de pícea de los Alpes-; y el cansancio y la lasitud del jet-lag desaparecerán como por ensalmo en sus piscinas –de agua fría y de agua mineral-; y todo ello en un ambiente distendido y relajante que combina la frescura de la naturaleza finlandesa con los ingredientes orgánicos puros de sus variados tratamientos –masajes faciales, de cuello y cuero cabelludo, de manos y pies; friegas con sal marina, jabones y perfumes exóticos en una sesión de hamam o de rasul oriental; etc.

De igual modo, no dejes de visitar la elegante sala Via Lounge, con capacidad para 250 personas, que cuenta con seis cabinas de ducha privadas, buffet variado, barra Via Bar y diferentes áreas de relajación. ¿Qué te apetece remojar el gaznate? Puedes satisfacer tu apetencia con una amplia gama de bebidas, desde un simple refresco hasta un vino de bodega de alta calidad. ¿Qué prefieres matar el tiempo de espera? Sitúate ante uno de los múltiples televisores LED de Samsung, instalado en un cómodo sofá funcional. ¿Eres, acaso, de los que aprovechan cualquier minuto para seguir conectado a tus tareas, si la ocasión te lo permite? Pues aquí encontrarás conexión a internet y red wi-fi gratuitos, puntos de trabajo con equipos IMAC y mesas Powerkiss que permiten la carga de teléfonos móviles de manera inalámbrica… ¿Quién puede pedir más durante una estancia en tránsito?

 
De Miguel Ángel Barroso (el 29/10/2009 a las 08:11:11 en Argentina)


El taxista porteño es un filósofo que igual te habla del aliño que se pone la Barbie (Cristina Fernández de Kirchner) cada mañana que de las rajadas del Gordo (Maradona) sobre la prensa canalla. "Qué querés, el pibe siempre fue así". Está informado de todo lo que ocurre en el mundo, aunque política y fútbol conforman los principales temas de tertulia en una carrera llena de emboscadas. Aquí no son las zanjas, sino los piquetes. Se protesta por todo, y probablemente con razón. En un semáforo una niña que no llega a los doce años y no tiene pinta de mendiga ejerce como tal. Cuando los coches arrancan ahoga un sollozo en sus manos vacías. La Boca es un cocedero de turistas que dejan (ellos) que les anuden un muslo en la cintura o (ellas) que les guíen en un giro con sacada, aguja y ocho cortado. Una foto por un puñado de pesos. Dejo atrás el bullicio de Caminito para entrar en la Bombonera, uno de los templos del fútbol mundial, aunque éste sea más pequeño y arrabalero que otros, a mucha honra. En el Museo Boquense hay una sala con pantalla de 180 grados donde te hacen sentirte como Palermo o Riquelme. Gritos y aplausos. Salgo a la cancha pintada de azul y amarillo, los colores del Boca Juniors, y me fijo en que hay anuncios de Coca Cola en negro, no en rojo como es marca de la casa. Una Coca Cola gótica. La explicación es clara: el rojo identifica al River Plate, el enemigo íntimo, y en la grada sagrada de la Bombonera ese color está proscrito. Porque en Argentina, cuando de fútbol se trata, no se hacen prisioneros. Con perdón de las damas, como diría el Gordo.

 

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