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“¿Lima? No gracias. No me gusta. Es muy ácida”. Con este juego de palabras los limeños más críticos suelen referirse a su ciudad.
Fundada en 1535 por Francisco de Pizarro como Ciudad de los Reyes, la capital del Perú (así, con el artículo determinado, que por estas tierras aún no ha llegado la nefasta moda de suprimirlos) es hoy una urbe activa, en constante cambio, con unos 9 millones de habitantes.
Fueron los conquistadores quienes preguntaron a los indios ychmas por el nombre de aquel río y recibieron como respuesta “Rimac” (pronunciado “Limac”), que en realidad quiere decir “Hablador” por los muchos cantos rodados que arrastraba. Junto a él construyeron una ciudad con un plano de tablero de ajedrez, trazado que aún perdura. Llegar a Lima por avión desde Madrid es pasarse doce horas en vuelo, tres de ellas sobre
el insolente verdor de la Amazonía que se acaba de repente en los Andes, y pasar sin solución de continuidad al ocre terroso y desértico de la ciudad de Fray Escoba.
Esta capital, como todas, se divide en barrios, pero aquí, puede que como en ninguna parte, los distritos son muy diferentes entre sí. Sólo su centro histórico
(“El Damero de Pizarro”: Plaza Mayor, Catedral, Palacio de Gobierno, Casa Aliaga...) fue suficiente para que la Unesco lo declarase
Patrimonio de la Humanidad en 1988. El Rimac, otro de los más vetustos, con la Plaza de Toros de Acho (1768), la más antigua de América. El Barrio Chino, donde la comunidad asiática es la más numerosa después de la Estados Unidos y Canadá. Barranco, hoy el barrio bohemio y hace décadas el balneario preferido por el pijerío limeño. En su viaducto se inspiró Chabuca Granda para componer su canción “Puente de los suspiros”.
Miraflores, sin duda el distrito turístico y hotelero por excelencia. San Isidro,
la “ciudad jardín” de Lima, cuajada de parques y chalets residenciales... Y pegados a ellos los barrios pobres que se fueron creando según Lima crecía desordenadamente más allá de la cuadrícula inicial. Los llamados eufemísticamente “Pueblos Jóvenes” (PPJJ) que empezaron a colonizar la falda de los cerros y hoy trepan por ellos. Carabayllo, con su controvertida central nuclear. Pachacámac, donde las chabolas en pleno desierto parecen intentar devorar uno de los centros arqueológicos más interesantes del Perú. El Agustino, una especie de Pozo del Tío Raimundo vallecano donde el padre Chiqui, una especie de sosia del Padre Llanos, apoyó en los años 80 el movimiento musical AgustiRock para sacar a los jóvenes de la droga y la delincuencia. Villa María del Triunfo, cuyo mayor producto de exportación son las “peperas”, jóvenes prostitutas especialistas en seducir a hombres mayores, meterlos en algún garito y “pepearlos”, es decir, ponerles somníferos en la bebida para desvalijarlos.
Dos Limas reales, pero contrapuestas. La una en alza y la otra en decadencia, sobre todo desde que se acabara con el terrorismo que arruinó a la ciudad y al país entero en los años 80. Desde entonces Lima ha cambiado mucho hasta ser considerada por la Unesco como
la 18ª ciudad más bella del mundo. Mientras me tomo un
pisco sour en el centenario
café Cordano, muy cerca de la Plaza Mayor, hoy tomada por una pantalla gigante para ver los partidos del mundial y por los carritos de Coca Cola que lo patrocinan, recuerdo las sabias palabras del jefe de cabina de la aerolínea
Taca Perú, César Soto, un auténtico filósofo del viaje y de la vida, que lanzó a sus pasajeros por la megafonía del avión poco antes de aterrizar: “Quiero darles la bienvenida a Lima: capital gastronómica del mundo, tierra del cebiche, del
pisco y del
pisco sour, así como también del lomo saltado, la causa limeña, la chicha morada, el pollo a la brasa, los anticuchos, el suspiro, etc. No olvide visitar el centro histórico, su famosa catedral. Si quiere ir de compras vaya a Miraflores y si está corto de dinero, pude ir a Gamarra o a los Polvos Azules. Si quiere un poco de romanticismo vaya a Barranco a caminar por el Puente de los Suspiros. Nunca deje de sonreir por más extraño que sea el motivo. Quiero recordarles que sonrían y piensen bonito al pasar sus controles de migración y aduanas.
Cuando se piensa bonito todo sucede bonito. Tome su paso por la Aduana como si hubiera hecho un deporte extremo. La vida es muy corta: perdone rápido, bese lento y ame intensamente. Y nunca deje de sonreír por más extraño que le parezca el motivo. La vida tal vez no sea la fiesta que esperábamos, pero mientras estemos acá solo nos queda bailar”.
FOTO:
PILAR ARCOS.