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De Miguel Ángel Barroso (el 24/04/2009 a las 18:10:17 en Tanzania)


Hemos subido de piso, de la selva húmeda al brezal y el páramo, y en la meseta de Shira, a 3.800 metros de altitud, se vislumbra por primera vez el Kibo, la “gran montaña nevada” que el astrónomo griego Ptolomeo citó en el siglo II en un escrito sobre una tierra misteriosa, habitada por caníbales, situada al sur de lo que hoy es Somalia. El mito adquirió viso de realidad tras las observaciones del misionero alemán Johann Rebmann en 1849, que son recogidas por la Royal Geographical Society. En los albores del siglo XIX Occidente seguía ignorándolo prácticamente todo sobre África. Pero algo cambió entonces en la actitud de los europeos, y en ese afán dieciochista por el conocimiento científico del mundo los británicos presentaron su candidatura inaugurando la época heroica de la exploración. Fue el tiempo de Livingstone, Burton, Speke, Grant y Stanley. Había muchos misterios que desvelar, pero hacía falta una “percha” incontestable. El supremo enigma geográfico no fue, en cambio, el Kilimanjaro, sino la ubicación de las fuentes del nilo. Burton y Speke se entrevistaron en Mombasa con , que había llegado hasta la base del Kili, para proponerle que se uniera a su expedición en busca del nacimiento del gran río, pero el recio pastor rehusó la oferta a pesar de que se le presentaba una oportunidad inmejorable de extender su acción evangelizadora. Los súbditos del Reino Unido siguieron a lo suyo, mientras que la gloria del techo de África correspondió a otros.

Abriéndose paso en la selva y en el brezal ascendieron el geógrafo alemán Hans Meyer, el alpinista austríaco Ludwig Purtscheller y el guía local Yohana Lauwo hacia la ladera sureste, buscando un paso entre paredes imposibles y flujos de hielo, y después de atravesar el glaciar Ratzel pusieron el pie en Uhuru Peak, el punto más alto del Kilimanjaro. Era el 6 de octubre de 1889. En 1926, otro misionero alemán, Richard Reusch, encontró en el cráter principal el cuerpo congelado de un leopardo. ¿Qué presa iba rastreando cuando el frío le clavó todos sus puñales? El felino se convirtió en un símbolo literario cuando Ernest Hemingway publicó «Las nieves del Kilimanjaro», un cuento que reflexiona sobre el ocaso de los días y la mortalidad y cuyo epígrafe dice: «El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve, de 5.895 metros de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre en masai es Ngáje Ngái, la Casa de Dios. Cerca de la cumbre se encuentra el cadáver seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas».

Tal vez en su escalada suicida buscó refugio en la cueva de Shira, donde pernoctaban los montañeros antes de que el Kili estuviera en los catálogos turísticos y sus laderas se vieran salpicadas de tiendas multicolores. Pero allí, en la boca de la cavidad volcánica, se respira soledad, y si la mirada se dirige al sur, a los escarpados bastiones rocosos que descienden desde la meseta hasta la llanura tanzana, uno se siente microscópico, una anécdota insignificante de las edades geológicas de esta montaña.

 
De Javier Jayme (el 10/05/2010 a las 13:09:31 en Argentina)


Quien desee conocer la zona norte del Gran Buenos Aires –la más hermosa y exclusiva de esta provincia, con sus grandes mansiones de época y sus country clubs-, tiene una cita obligada con Tigre, localidad que debe su denominación a una raza de felinos, los yaguaretés o tigres americanos, antaño abundantes en la región y hoy extinguidos. Colonizado hacia 1580, este emporio, ciertamente coqueto y pintoresco, oficia de puerta de entrada al delta del Paraná, el tercero más grande del planeta (17.500 kilómetros cuadrados de superficie y 320 de longitud) y el único entre los de su tamaño cuyas aguas no van a parar directamente al mar, ya que se vierten antes en el río de la Plata.

 La Agencia de Desarrollo Turístico de Tigre nos ha invitado amablemente a visitar su ciudad. Partimos, pues, de Buenos Aires en esta mañana, que se anuncia lluviosa. Desde el famoso Obelisco de la Avenida 9 de Julio hasta nuestro destino sólo hay 32 kilómetros; un corto y sugestivo trayecto viable todo el año, bien sea por tierra o en los barcos que, soltando amarras en la dársena norte de Puerto Madero, navegan el río de la Plata. Dentro de la primera opción, una alternativa altamente recomendable al colectivo número 60 –el autobús más famoso de la capital- o al taxi (al remis, como le llaman por estos pagos) es el tren eléctrico, inaugurado en 1916, cuya marcha, paralela a la corriente fluvial, proporciona unas vistas excelentes y evita los atascos circulatorios.

Por sus bellezas naturales y por su cercanía a la gran capital, el delta del Paraná, uno de los lugares más interesantes de toda Argentina, atrae cada día a gente deseosa de pasar aquí unas vacaciones o un simple fin de semana. Pese a extenderse entre los 32º y los 34º sur, su escasa altitud y la abundancia de grandes espejos de agua generan un microclima propio de latitudes tropicales. Los palmares de pindó, por ejemplo, abundan en uno de sus brazos, el Paraná de Las Palmas, así bautizado por los colonos europeos debido a tal circunstancia. Éstos, por su parte, introdujeron plantas que modificaron sensiblemente el paisaje original. Hoy, prestando la debida atención, distinguimos exotismos vegetales como el papiro –el mismo que usaban los faraones para escribir en el delta del nilo-, identificable por su fino tallo y su plumerillo en la punta. De Nueva Zelanda vino el formio; de Europa, la madreselva; de Japón, la ligustrina –actualmente convertida en plaga- y del Himalaya llegó el sauce llorón, incorporado ya al horizonte paranaense como si fuera un endemismo.

Tigre, sin duda su reclamo más llamativo, conforma un destino turístico no comparable a ningún otro dentro de la provincia de Buenos Aires. La villa, delimitada por los ríos Luján, Reconquista y Tigre, es una perla arquitectónica decimonónica que subsiste en medio de un universo anfibio y desconcertante. Efectivamente, la Venecia de Argentina –nombre que muchos le adjudican- se alza en un dédalo de islas y caños rebosante de especies vegetales, tanto autóctonas como exóticas, que colorean el ambiente (amén de purificar el aire bonaerense) y por el que únicamente sus moradores consiguen orientarse.

Verónica, la representante de la Agencia, nos recibe en Puerto de Frutos. Ninguna visita a Tigre es completa si se soslaya este lugar, el cual debe su nombre a que, hacia 1900, esta zona del delta fuera elegida para establecer quintas de producción agrícola, sobre todo de frutales. “Las islas contaban también con aserraderos y talleres de carpintería” nos va contando Verónica, “y manufacturaban maderas, conservas, embutidos y licores”. Hoy los artesanos de Puerto de Frutos siguen trabajando la madera, además del mimbre y otros elementos, transformándolos en bellos objetos decorativos y artísticos. La entrada a los obradores es gratuita y la feria artesanal permanece abierta toda la semana.

A principios del siglo XX, participando del esplendor de la Belle Époque, Tigre se enriqueció con obras de arquitectura notables y se convirtió en el reducto veraniego de la oligarquía porteña. No obstante, la explosión turística tuvo lugar mediada dicha centuria, con el florecimiento de hosterías, clubes de remo y otros servicios que congregaban a miles de bonaerenses los fines de semana. En la actualidad, la Venecia de Argentina se impone como una buena opción para pasar el verano sin alejarse de la gran ciudad. Su señuelo es que no hace falta ir al mar para disfrutar del agua. Entre sus ofertas hay unas cuantas gratuitas, como visitar alguna de sus reservas ecológicas; a precios asequibles, como recorrer los caños en lancha, pescar al atardecer y surcar el aire haciendo kite surf; o poco comunes, como alquilar una cabaña en la copa de un árbol y navegar en kayak a la luz de la Luna.

El delta del Paraná crece a razón de 90 metros al año, sumando nuevas tierras a este universo ensimismado, especie de refugio salvaje en el que el agua lo es todo: razón esencial del encanto de los cayos, pero también fuente de obstáculos e incomodidades. En Tigre la vida de los isleños transcurre en este eterno contencioso de amor-desamor por el agua. Entre las singularidades de su mundo ribereño encontramos la lancha-ambulancia, la lancha-almacén y las lanchas-basurero, contratadas por cada grupo de vecinos para abaratar costos. Hasta 1952 hubo un banco flotante e incluso una iglesia que se mecía sobre la corriente con capacidad para quince feligreses, una sacristía, comedor y cinco camarotes para el sacerdote y la tripulación. Pero aquí la vida cotidiana apenas ha cambiado desde sus primeros tiempos. Algunos puentes, hoy como ayer, son levadizos para que puedan pasar las chatas (chalanas) cargadas de materiales de construcción; y los perros, más que de una a otra vereda, se ladran de orilla a orilla, sin atinar a encontrarse. Las islas sostienen a unos 6.000 habitantes fijos, acaso una cifra ideal para mantenerlas como un mundo aparte, próximo, sí, a Buenos Aires, pero con otras necesidades y otro modo de vivir.

 

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