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En 1989, los «pájaros carpinteros» despedazaron el muro de Berlín con sus cinceles. Todos querían convertir el pasado en polvo y, de paso, llevarse a casa un trozo de aquella negra historia, levantada con cemento en los años 60 para intentar alejar al Este de la perversión de Occidente. Ojos que no ven, sueños que se agostan. El muro se vino abajo tan rápido como había crecido, aunque en 1990 un grupo de artistas pintó el tramo más grande que aguantó en pie, la Galería de la Zona Este. Y ahí seguía, pelín deslucido, claro, necesitado como el comer de una exhaustiva sesión de brocha y pincel.

En pleno aniversario de la caída del telón (1989-2009), recordado con un amplio programa cultural, ha llegado el momento de la restauración. La «Iniciativa de Artistas East Side Gallery» contactó con todos los creadores que pintaron el muro en su época. Cinco habían muerto, uno no tenía interés en volver al pasado. Les propusieron recuperar el color original de sus obras, 105 en total, quizá con alguna pequeña modificación. Y aceptaron. Los trabajos durarán hasta el 30 de octubre y cada uno de los participantes recibirá tres mil euros por dedicar el verano a perpetrar este graffiti con pedigrí. Porque, una vez suturadas las heridas, en Berlín casi nadie duda de la importancia turística y por lo tanto económica de mantener y conservar este icono de la guerra fría, cuando el mundo era un cubito de hielo.

Entre las pinturas más conocidas está el beso de tornillo entre Leonid Breznev a Erich Honecker, y alguna con mensaje en español, «Amor/Paz», buenos deseos para que el viejo muro sólo sea una atracción turística para recorrerla en el carril bici, por ejemplo, o a bien través de alguna de las múltiples exposiciones y museos que recuerdan aquellos años color gris cemento, mientras se acerca el 9 de noviembre, el día D, la fiesta del aniversario de la revolución pacífica.

 
De Miguel Ángel Barroso (el 12/06/2009 a las 17:40:55 en Tanzania)


23:30. Los cristales de hielo que cubren la tienda comedor brillan a la luz de la linterna. Hace frío. O quizás son los nervios. O las dos cosas. Después de echarnos unas galletas y un té al coleto iniciamos la ascensión poniendo nuestras huellas sobre las de Godfrey en la trocha polvorienta. Pole pole, con la cámara y tres litros de agua en la mochila, parte de los cuales iremos derramando para quitarnos peso, poco a poco, con alevosía, sin que el guía se percate de nuestro delito. La noche —esa noche impagable de África— está llena de estrellas, pero es necesario llevar la linterna frontal encendida para prevenir accidentes. El dichoso trasto me aprieta las sienes. Lleva una pila de petaca en las tripas. Cargo con otra de repuesto. ¿Será suficiente? ¿Y la ropa de abrigo? Después de superar un pequeño caos de rocas nos topamos con el primer muro. Vamos tan lentos que parecemos astronautas en la Luna. Alcanzamos una plataforma y, enseguida, las rampas donde pasaremos las próximas horas en silencio, porque hablar significa la asfixia, rumiando cada uno la noche como Dios le da a entender.

3:00. Hemos superado los 5.100 metros de altitud. La cabeza me empieza a doler y en uno de los maji time (paradas para beber, muy cortas para no enfriarnos) me meto una dosis de codeína. Un pobre remedio. Detrás, la Santa Compaña procesiona en la aplastante oscuridad de la arista. Abajo, parece Navidad en Moshi y otros pueblos de la llanura. ¿Habrá alguien allí que esté pensando en la batalla que se libra en la montaña? Algunos ya la han perdido. Nos cruzamos con un guía que lleva de la mano a una mujer zombi de vuelta al campamento. Otro tipo está sentado en una roca negociando el armisticio. Dice que se marea y que está helado. Los porteadores cuentan con camillas metálicas con rueda de bici de montaña para casos extremos. Me pregunto cómo conseguirán salvar los tramos más pedregosos con ese artilugio sin que el enfermo de altura se les despeñe.

4:00. 5.500 metros, más o menos, porque el altímetro puede mentir o los ojos engañar. Javier empieza a tambalearse y a pararse a menudo para recuperar el resuello. Luego contaría que en esta hora dramática sufrió alucinaciones. En cada roca veía una sucursal de El Corte Inglés. Cierro los ojos y estoy en la aseada oficina de Mauly Tours en Moshi, a 850 metros de altura, y Samira, una de las agentes, me mira y me enamora al instante con sus ojos como faros y el almenado blanco y perfecto de sus dientes. Abro los ojos y estoy en la arista que conduce a Stella Point, y el recuerdo de Samira no me sirve de antídoto a la hipoxia y el agotamiento.

5:00. Más de 5.600 metros. El dolor de cabeza no ha desaparecido y el corazón late desbocado. Mejor no contar las pulsaciones. Paro cada diez o quince pasos para estabilizar la situación. Siento que unas manos invisibles que surgen del suelo me agarran de los tobillos. Una mirada al este, en busca del amanecer, de la luz de la esperanza, pero sólo se adivina la tortuosa silueta del Mawenzi. “Maji time”, se escucha en un susurro. El agua de la botella parece un granizado con sabor a pastilla potabilizadora.

6:00. “Don't sleep”, exclama Godfrey. Parado, apoyado en los bastones, sorbiendo mocos convertidos en escarcha, la tentación de abandonarme es muy fuerte. Un gallego con el que nos cruzamos dice que se ha dormido en la ascensión. Tiene la cabeza ladeada, como aquel compañero del periódico al que llamábamos “el Tumbaíto”. Probablemente la inercia guió sus pasos mientras apoyaba el mentón en el pecho. Nuevo vistazo al este, a la boca del lobo.Y arriba. ¿Eso es un collado o sólo una joroba en la arista y después viene otra rampa más? “¿Eso es Stella Point?”, pregunto. Godfrey asiente. Stella Point, el borde del cráter, 5.795 metros. Hay quien dice basta al llegar allí.

6:55. Los últimos cien metros de desnivel han sido un calvario, pero, inopinadamente, al olor del destartalado cartel de la meta, Uhuru Peak (5.895 metros), la adrenalina le dobla el pulso a la fatiga y me permito un pequeño sprint. Los miembros de nuestra pequeña expedición nos fundimos en un abrazo, emocionados. Hay unos veinte montañeros en la cima disparando sus cámaras, intentando robarle el alma al techo del continente, posando para la posteridad. “Ahora mismo no me gustaría estar en ningún otro lugar”, sentencia Javier. El sol, al fin, quiebra la oscuridad e ilumina el decorado.Castillos de hielo azul se levantan sobre el lecho volcánico, y un anillo de nubes teñidas de rojo se extiende hacia el infinito por debajo del mirador de África. De repente, a pesar de estar embotados por la hipoxia, la respuesta a Hemingway se revela clara como el amanecer. Ya sabemos lo que buscaba el leopardo en estas alturas.



 
De Miguel Ángel Barroso (el 05/05/2009 a las 17:40:37 en Tanzania)


Sube la marea al alba. Una marea negra, jadeante, que no conoce el desaliento. Son los porteadores, equilibristas en los muros de roca. Algunos cargan bultos inverosímiles sobre sus cabezas (entre 15 y 20 kilos de peso, sin contar con sus pertenencias). Casi todos trepan con más rapidez y agilidad que el mzungu que los ha contratado y al que hidratan, alimentan y hacen la cama. Si hay un paso difícil no serán ellos los que caigan, como en las películas de Tarzán, sino el patán llegado de Occidente. El trekking del Kilimanjaro no presenta grandes complicaciones técnicas; el único paso peligroso de la ruta Machame se encuentra en Barranco Wall, y es allí donde estos nativos exhiben sus habilidades mientras los demás tenemos que usar las cuatro extremidades para no despeñarnos. Van discretamente equipados en contraste con el uniforme “coronel Tapiocca” del primer mundo. Abundan las camisetas raídas y los forros polares de segunda mano sudados en decenas de ascensiones. Un chaval espabilado puede promocionar a guía asistente y, con suerte, tras cinco años de experiencia y si chapurrea un inglés aceptable, a guía principal. Eso supone más dinero y menos carga a sus espaldas. Desde el punto de vista del hombre blanco políticamente correcto el duro trabajo de los porteadores pisa el terreno de la explotación. Pero las “víctimas” tienen una perspectiva muy distinta y lo ven como una oportunidad económica. Las propinas que cosechan al final del viaje son vitales para la subsistencia de sus familias. Además, sin su concurso las posibilidades del 99 por 100 de los turistas serían remotas. A la marea negra más que a nadie pertenece la montaña.

Acampar en el valle de Karanga (3.930 metros) es opcional, pero muy recomendable para consolidar la aclimatación y quitarse público de encima. La mayoría de montañeros sigue hasta Barafu Hut (4.600 metros), donde tendrán unas pocas horas de descanso antes de afrontar la extenuante etapa de cumbre: salida al filo de la medianoche, 1.300 metros hacia arriba y 3.000 hacia abajo, completando más de 13 horas de marcha. La escala en Karanga tiene premio no sólo desde el punto de vista práctico. La temperatura suave nos permite cenar fuera de la tienda-comedor. Sopa, arroz, pollo, verdura, fruta y un termo de té. A nuestra espalda, el Kibo librando su eterna lucha con la niebla. De frente, el Meru y la llanura tanzana bajo una luz crepuscular. En el cielo nacen las nubes, cambian de forma y desaparecen en jirones. Un momento mágico que uno querría envasar como si fuera un elixir de la felicidad; un remedio para las malas rachas.

 
De J. I. García Garzón (el 18/02/2010 a las 16:42:50 en Viajar)
Un tren inunda la pantalla y los espectadores huyen despavoridos. La mirada del público, aún virgen ante el formidable artilugio del cine, saludaba con su asombro, hace un siglo y pico, la fantasía inagotable del nuevo arte, ligado desde sus comienzos a la noción de viaje. Literatura en imágenes, realidad documentada, la vida capturada a una cadencia de veinticuatro fotogramas por segundo. Dentro de un par de semanas, la ceremonia de los Oscar multiplicará ante los ojos del mundo la fastuosa alfombra roja de la gran fábrica de sueños, una ventana abierta al brillo terrenal de las estrellas, que, al cabo, forma parte a su manera de un itinerario que comenzó el 28 de diciembre de 1895 cuando los hermanos Lumière presentaron su invento con una serie de proyecciones que, además de la salida de obreros de una fábrica y la demolición de un muro, incluía la partida de un barco del puerto y la llegada de un tren a la estación: el viaje como principio y fin. Ya nada pudo parar la poderosa maquinaria de la ilusión. Desde ese momento, ir al cine ha sido lo más parecido a emprender un viaje, las películas no son otra cosa que visitas a mundos diversos a bordo de una butaca, esa nave inmóvil que, al borde del prodigio, nos lleva hasta el infinito y más allá. Hay, además, cintas en las que el viaje es consustancial a su esencia: la mayoría de los westerns, por ejemplo, con su épica de los grandes espacios que son al tiempo escenario de desplazamientos físicos y transformaciones interiores, véase «La diligencia» (John Ford, 1939), o titulos vinculados al duro periplo de los pioneros, como «Horizontes lejanos» (Anthony Mann, 1952). Viajes al paraíso perfecto e irrecuperable, como el que propone «Horizontes perdidos» (Frank Capra, 1937) a la mítica Shangri-La; viajes al áspero manantial de la obsesión, «Centauros del desierto» (John Ford, 1956); viajes al horror agazapado en mundos siderales, como el de la nave Nostromo en «Alien» (Ridley Scott, 1979); viajes al corazón de las tinieblas, como el que emprende el capitán Willard en «Apocalypse Now» (Francis Ford Coppola, 1979). Viajes sin fronteras: viajes de cine.

 Los Oscar se entregarán el próximo 7 de marzo

 
De Juan Francisco Alonso (el 08/06/2009 a las 13:17:42 en Maldivas)


Miren esta foto. Desde el cielo, Malé, capital de Maldivas, recuerda a El Álamo, una estación término amenazada por la inmensidad del océano. Ahí abajo viven unas 105.000 personas —casi un tercio de la población del país—, de momento a salvo, al abrigo de un muro de hormigón de tres metros de altura. Pero Malé es la única de las 1.200 islas de Maldivas (más de doscientas de ellas habitadas) que dispone de una red de seguridad para los malos tiempos que los analistas del clima les auguran. El 80 por ciento de esas islas sólo sobresale un metro sobre el nivel del mar. Poco margen para la enorme amenaza del cambio climático y la subida del nivel del agua. Miren otra vez esta foto, pero con los ojos de la imaginación. Para cientos de miles de turistas cada año, no es El Álamo, sino Eldorado, un paraíso del que cuesta un potosí salir cuando termina esa semana de belleza y paz en una isla que es un hotel que es una playa, rodeados de aguas trasparentes para bucear y paisajes limpios para olvidar el mundo. El aeropuerto está en una pequeña isla a tiro de piedra de Malé, y desde ahí los viajeros, preferiblemente en pareja y sin ordenador, con no demasiada ropa, se dirigen al sitio de su recreo. En un futuro más o menos próximo, dicen que a lo largo de este siglo, todo eso estará en peligro. De hecho, el presidente Mohamed Nasheed anunció tras ser elegido, a final del año pasado, que dedicaría parte del dinero del turismo (más del 20 por ciento del PIB) a un fondo destinado a comprar una tierra de acogida en Sri Lanka, India o Australia. En el peor escenario, los refugiados del clima tendrían que encontrar otra tierra prometida.

 
De Dolores Martínez (el 07/04/2009 a las 12:15:49 en Dubai)
La noche se disfruta en la planta 63 del hotel The Address, en el corazón del Dawntown Burj Dubai, donde, según dicen se encuentra el kilómetro cuadrado más exclusivo del mundo. Allí arriba, en un hábitat tecnoculto, toman whisky de malta o brindan con Moët jóvenes ejecutivos que horas antes mantenían el tipo en sus sillas «Vitra» pese a oír, un días más, las caídas de las bolsas de Nueva York o Singapur. Nos recomiendan este templo de la noche dubaití dos glamurosas ejecutivas y la verdad es que el consejo no defrauda. Para alcanzarlo hay que tomar dos ascensores que aterrizan en un espacio de granito negro con cuarzo reflectante que imita con magnífico gusto al firmamento; quizá porque lo tenga más cerca que la tierra. El bar se llama «Neos», una contracción de las palabras griegas nuevo y amanecer, y sus vistas de 360 grados son espectaculares, como no podían ser de otra forma. Desde las ventanas que van del techo al suelo, y sin más protección que la del cristal, se contempla el rascacielos Burj Dubai, aunque para descubrir toda su altura aún hay que lanzar más la vista al cielo. Aquí acude la «gente guapa» de Dubai y huelga decir que la práctica totalidad de los consumidores —en este país sólo se sirve alcohol en los hoteles a precios similares a los de España— son extranjeros mientras se pueden contar con los dedos de una mano los nativos, hombres y sólo hombres, acompañados por guardaespaldas. Dubai permanece abierta hasta el amanecer...
 
De Alfonso Armada (el 12/05/2009 a las 11:56:52 en Chad)


Iriba, viernes. No es fácil escribir en medio del desierto, sentado en un repecho de arena, con el crepúsculo devorándose a sí mismo a una velocidad inaudita, con una grupo de combate polaco instalando tiendas de campaña al pie de un cerro aprovechando las últimas briznas de claridad mientras montan la primera guardia en lo alto del promontorio y todo el polvo de las pistas de arena chadianas grabado como un mapa en la cara de quienes hemos venido a ver qué se cocía en este auténtico agujero negro de África central, uno de los lugares más opacos de la Tierra, y no en sentido precisamente metafórico: desde el espacio, los satélites han comprobado que esta región es una de las menos iluminadas del mundo: cuando la noche cae sobre el Chad la oscuridad resultante es magnífica para el olvido, para el crimen, para la lasitud, y también para contemplar (como en Somalia) uno de los firmamentos más cuajados de estrellas.

La Vía Láctea es generosa y a los más pobres les da más preciosa leche que a nadie. Como el Chad es un espacio paradójico (aunque en olvido todavía le gana su vecino del sur, la República Centroafricana: todavía más desdeñada) y de su inmensa superficie apenas dispone de un 2,8 de tierras cultivables (con un ínfimo 0,02 por ciento de cosechas periódicas: sorgo, arroz, patatas, tapioca y algodón), la sequía y las plagas de langostas se ceban con un país que también ha encontrado en el petróleo una maldición: con contratos leoninos a favor de empresas estadounidenses (como Exxon Mobil) y Chinas, buena parte de los beneficios de los 156.000 barriles diarios que exporta desde 2004 los destina a el régimen a comprar fidelidades entre sus muchos enemigos y sobre todo armas (el gasto en educación equivale al 1,9 por ciento del Producto Interior Bruto), mientras que a Defensa dedica el 4,2 del PIB), la media de hijos por mujer es de 5,4, que acaso compensa que de cada mil nacimientos mueren cien) y un 80 por ciento de su población está por debajo de los índices que le sirven a las Naciones Unidas para trazar el umbral de la pobreza.

El día amaneció temprano. Había que subirse a un avión de carga construido por la empresa española CASA, mantenido y pilotado por españoles adscritos a la Fuerza Euopea (Eufor) con una misión rimbombante (proteger la distribución de la ayuda humanitaria en el Este del Chad, prestar apoyo a las organizaciones no gubernamentales que la distribuyen y atienden a los más de 450.000 refugiados sudaneses y desplazados internos, y en general proteger a la población de la miríada de grupos rebeldes, que a menudo se confunden con bandidos (aunque hay quien piensa que el jefe de todos los bandidos es el propio presidente de la República, que mantiene a su propio país en la miseria y que depende de Francia para mantenerse en el poder). El avión aterrizó dos horas después en Abéché, donde los franceses cuentan con la segunda base aérea más importante del país después de la de Yamena. Allí embarcamos en un helicóptero ruso, que tras hora y media de navegación a media altura (lo que permitía contemplar la aridez del terreno, y las marcas dejadas por los ueds, que se desbordan en la estación de las lluvias) nos depositó en Iriba, sede del batallón polaco que se encarga de vigilar este vaston rincón del noreste chadiano, junto a la arbitraria, porosa, invisible frontera con el Darfur sudanés. Provistos de pesados chalecos antibalas (método ideal para adelgazar en el árido clima chadiano) y cascos, además de raciones de combate del glorioso ejército que tantas derrotas ha sufrido a manos de su poderosos vecinos europeos (la Gran Rusia al este, la Gran Alemania al oeste) iniciamos la patrulla cuando el sol más fiero estaba. Dejamos los alminares, tapias de adobe, escuelas y callejas de arena de Iriba para internarnos en el desierto. Era un convoy de cuatro blindados con cañón disuasorio de 21 milímetros y tres todoterreno. Por sabana, bosque bajo y puro desierto, observados por nómadas desde sus cabañas de caña y adobe, rebaños de cabras, burros que rebuznan como rebuznaban en España los burros que han ido desapareciendo de nuestra vida y de nuestra memoria, dromedarios y camellos, cuando el crepúsculo comenzó a insinuarse nos detuvimos al pie de un cerro no muy lejos de la villa (por llamarle de alguna forma) de Bihai, y a unos siete kilómetros de la frontera con Sudán. Levantamos nuestras tiendas de campaña individuales con la ayuda de los bruscos y al mismo tiempo amigables soldados polacos (muchos reenganchados de las guerras de Irak y Afganistán a este frente difuso -y mucho menos peligroso- en el corazón muerto de África). Parecían tumbas para una noche, y abrimos las raciones de combate, que algún exquisito combatiente francés dijo que no eran mejores que lo que comía su perro: latas de comida con cierto sabor a atún, cierto sabor a pollo, cierto sabor a paté innombrable, pero que mata el hambre cuando no hay agua con la quitarse las capas de polvo del camino, y sólo para beber, lavarse los dientes, quitarse capas de mugre de los pómulos y de los párpados.

Como cuentan en las novelas y en las películas, la temperatura se desploma en la noche del desierto, pero antes de dormir sobre el duro y amigable suelo africano todavía hicimos una patrulla nocturna en dos de los blindados: nos acercamos hasta el campo de refugiados de Oure Cassoni, donde se hacinan unos 30.000 sudaneses que han venido a ponerse a salvo a este lado de la artificiosa frontera. Gracias a los visores nocturnos que nos prestaron los soldados pudimos ver la película en blanco y negro de los muros de adobe, las chozas levantadas con lonas del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (que no reconoce el asentamiento porque va contra sus principios: se opone al levantamiento de campos junto a la frontera del país de origen, porque entiende que los refugiados está expuestos al hostigamiento y a la inseguridad -no en vano sirven de camuflaje a los grupos rebeldes que, en este caso, combaten al régimen del general Omar Al Bashir- y prefiere que se organicen a varias decenas de kilómetros de la linde, aunque los que han huido prefieren alejarse lo menos posible de su país, de sus casuchas y de sus tierras, porque su único sueño es volver). Aunque eran más de las once de la noche, vimos un comité de recepción formado por niños que se dirigía con las manos en alto hacia nosotros. ¿Qué hacían levantados a esa hora? Pero algo o alguien les disuadión y a medio camino volvieron sobre sus pasos. Con la media luna blanqueando los caminos, sacando instantáneas misteriosas de los arbustos y de las piedras, todo el desierto parecía una radiografia de la luna. Unos burros sobresaltados por nuestro paso rebuznaron como almas en pena. Al regresar al campamento cerca de la medianoche, casi todo el mundo dormía. Agotados, caímos en un profundo sueño ajenos a los escorpiones, arañas y otra fauna que se esconde en estos pedregales. A las seis, salimos de nuestras tumbas individuales.

El sol empezó a asomarse a una velocidad de vértigo. Nos vimos y nos las desamos para meter los sacos y las tiendas en sus fundas (los polacos volvieron a armarse de paciencia), tomamos café y galletas duras como piedras ablandadas con la leche condensada de las raciones de combate, y reemprendimos la aventura. Primero un lago del que sobresalían troncos secos. Llegó un rebaño formado de decenas de ovejas que balaban con la unanimidad de las nuestras, manejadas por un pastor sin perro que había pasado la noche junto al agua mansa y cobriza. El campo de refugiados no estaba lejos. Hablamos con el jefe del destacamento de la policía chadiana que se encarga de “la seguridad” del campo: 20 hombres para 30.000 almas. Un imposible. Confesó que les ruegan a los rebeldes del JEM, quizá el grupo más nutrido y relevante que combate contra el régimen de Jartum en Darfur, que dejen sus armas a la entrada del campo (un campo con mil puerta) cada vez que acuden a visitar a sus familiares. La falacia y el juego quedaron en evidencia cuando acertó a pasar una “pick up” artillada con seis “rebeldes” a bordo: calzados con chancletas, con turbantes de oro y oliva, y kaláshnikovs en torno a una ametralladora de 14 milímetros, no ocultaban, como sus compatriotas del campo, su alegría por la orden de búsqueda y captura dictada por la Corte Penal Internacional contra su gran enemigo, el presidente sudanés, Al Bashir, aunque está por ver quién será capaz de ponerle el cascabel al gato, y si haciendo un gran bien (poner fin a la impunidad que reina en Darfur desde hace casi seis años, con 300.000 muertos y casi tres millones de desplazados y refugiados, condenar al régimen islamista y militar de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad) muchos seguirán sufriendo o morirán por la reacción brutal del Ejército sudanés y sus despiadados jinetes árabes, los famosos “yanyauid” (diablos montados). Junto al campo, bajo el sol implacable del mediodía, un grupo de niños y niños que no supera los diez años, se encarga de fabricar con las manos desnudas y una pala más grande que ellos ladrillos de adobe, vigilados por sus amos sudaneses: hombres esbeltos y delgados, con cara de pocos amigos, que sólo hablan árabe y visten túnicas de un blanco deslumbrante (tienen quien se las lave) y un ostensible látigo en la mano: seguro que no tratan mejor a los niños que a los escaldados burros, que se extrañan de que alguien les quiera palmear el lomo sin ánimo injurioso.

Sobrevivir es un empeño arduo en estas tierras del Sahel africano. Pero todo se hace todavía más duro por culpa de la guerra, los regímenes despiadados que no sólo no se cuidan de sus ciudadanos (súbditos despojados de cualquier derecho), sino que les convierten en carne de cañón, parias en su propia tierra, o náufragos en el desierto, refugiados obligados a huir para salvar el pellejo, evitar la violación, que los niños sean vendidos como esclavos, mano de obra barata, guerrillas infames. Emprendemos el regreso a través de Bahai, un villorrio desperdigado por lomas de arena que el viento arremolina contra las tapias de adobe, no sin antes pasar por una escuela. Los niños nos reciben como suelen en África, con la mano tendida (pero no para pedir: en eso son los chadianos y los sudaneses tan dignos como los somalíes, sino para saludar) y la sonrisa franca. Regresar a la base del batallón polaco en Iriba, un fortín de terraplenes, torretas, reflectores y alambradas, cuando la luz empieza a declinar, es como alojarse en un hotel de cuatro estrellas: después de la aventura nocturna, y con el polvo de dos días de periplo por el desierto, el agua fresca redime como más que un bautizo, y no digamos la comida en el gran comedor que parece un remedo de los palacetes del XIX polaco, donde los oficiales cortejaban a las damas y hablaban un distinguido francés. Otro espejismo. La comida (carne cubierta de hojas de col bañadas con salsa de ternera) es un plato delicioso para rusos, ucranianos y polacos que devoramos con el placer y el hambre de los náufragos de arena. Cuadriculado por contenedores alineados como viviendas que a su vez hacen de calles, un poste sirve de punto de referencia para todos los que nos sentimos perdidos aquí: Varvosia, 4.105 kilómetros, y otra decena de ciudades polacas, donde ahora sigue mandando el invierno. La noche ya es tan intrincada como la de ayer, pero aquí se ven muchas menos estrellas, y no por la luna, sino por el run-run de los reflectores eléctricos. Mañana también tenemos otro día de patrulla.

 
De Javier Jayme (el 29/05/2009 a las 11:55:40 en Argentina)


Dónde. ESTANCIA VILLA MARÍA EQUESTRIAN & GOLF STATES - RESORT Av. Pereda s/n – Máximo Paz (1812) – Ezeiza – Buenos Aires – Argentina Oficina de reservas, tel.: +5411 6091 2064 info@estanciavillamaria.com

Saliendo de Buenos Aires en autobús y tras 45 minutos de recorrido por autopista hacia el Sur, llegamos a Villa María. La entrada a la estancia se realiza a través de un camino asfaltado, orillado a derecha e izquierda por árboles altísimos y de lujuriante frondosidad. Viniendo del tráfago y del ajetreo urbano de la capital, el corto paseo bajo esta casi centenaria bóveda vegetal se nos antoja un bálsamo para nuestros sentidos, un apacible y bucólico preludio a la visión de cuento de hadas, inesperada por chocante, que nos aguarda a su término: la del edificio principal, imponente y majestuosa construcción en estilo Tudor con revestimiento de ladrillo a la vista, aditivos normandos en las cubiertas y detalles neogóticos en las puertas y en las arcadas ojivales. Nuestras miradas suben por las fachadas hasta toparse con los largos faldones de tejas planas, de color terracota, enriquecidos con múltiples lucernas, chimeneas y hasta con una torre solitaria. En suma: nos hallamos ante una suerte de orgulloso sucedáneo, pongamos por caso, del célebre castillo de Balmoral en tierras escocesas... ¡Rayos y truenos! Pero ¿estamos o no estamos en Argentina?

Josefina Cayol, la actual propietaria -una rubia dorada de mediana edad, porte refinado y modales sosegados- nos recibe en los bien arreglados jardines, frente a la escalinata central, dispuesta a iniciarnos en las bondades de su soberbia mansión. “El propósito de desarrollar un lifestyle resort de lujo”, comienza diciéndonos nuestra anfitriona, mientras nos ofrece unos refrescos en el espacioso vestíbulo –cielo raso con vigas de madera expuestas, amplios sofás de época, suelo con losas blancas y negras en damero-, “se consolidó a fines del 2007, gracias al apoyo de Fiducia Capital Group, una compañía dedicada a invertir y desarrollar negocios de real estate world class; se trata del primer proyecto de este tipo llevado a cabo en Argentina”.

Conservando su estilo centenario, fiel reflejo de la tradición ganadera pampeana, Estancia Villa María subió velozmente los escalones del éxito. Josefina nos informa de que su fundador, Vicente Pereda, adquirió las tierras en los últimos años del siglo XIX con fines agropecuarios. Al poco tiempo, Villa María era ya el primer centro de reunión de cabañeros, antecedente de la Sociedad Rural Argentina. En 1919, su hijo Celedonio construyó la casa actual como residencia de verano con planos del célebre arquitecto Alejandro Bustillo, el cual respetó la usanza de la aristocracia porteña, empeñada en levantar sus villas extramuros en estilos pintorescos. Una constante en las obras de este maestro constructor fue su especial sensibilidad para capitalizar las bondades de cada paisaje. A este respecto, Villa María no es una excepción; su planta, muy alargada, prioriza la idea de proporcionar las mejores visuales del parque de 74 hectáreas –fiel reproducción de una campiña inglesa- que la rodea.

En el interior, los diferentes salones se suceden entrelazados por arcadas, recreando un clima casi medieval. Antaño, contigua al vestíbulo, estaba la capilla; hoy ese espacio se ha convertido en un pequeño sector para degustar bebidas y tragos. También hay una sala de juegos, cuya atmósfera nos invita a disfrutar de la cuidada selección de puros de la Estancia Villa María. Dos escaleras de mármol llevan al piso superior, el cual cuenta con una decena de dormitorios; desde cada uno de ellos, las vistas al exterior son incomparables.

Concluida la visita al château y sus aledaños, llega la hora del almuerzo. Josefina ha dispuesto que nos lo sirvan en la Galería, una sala cuadrada que conforma la esquina noroeste en la planta baja, abierta al exterior por cinco arcos de medio punto sin cristales y forrados por dentro y por fuera de lustrosa hiedra pulcramente recortada. El lugar es fresco, coqueto y con espléndidas panorámicas del parque original, sus árboles y su laguna. En cuanto a la comida, consiste –¡cómo no!- en la típica parrillada a base de carnes de res, cordero y lechón. Eso sí, con el especial toque culinario de Villa Maria. “En nuestra cocina destacan los platos de autor”, nos insiste Josefina, “inspirados en recetas argentinas de comienzos del siglo XX preparadas con técnicas propias de la cocina mediterránea y de la campiña francesa”.

Tenemos la tarde libre para curiosear a nuestras anchas. Claro que, con el estómago a reventar, lo que nos tienta es dormitar en el elegante vestíbulo, cómodamente arrellanados en uno de sus múltiples sofás y acunados por la suave música de fondo, apenas un susurro que desgrana melodías de siempre... Una tentación de la que nos libra nuestra anfitriona ofreciéndose a llevarnos de excursión en un carruaje tirado por caballos. O sea: a pasear a la antigua usanza, sin prisas y sin más sonidos a nuestro alrededor que los de la vieja y sabia naturaleza.

El itinerario atraviesa la denominada Arboleda, una de las atracciones más señaladas de Villa María. Son 624 hectáreas arboladas con más de 20.000 ejemplares que incluyen 350 especies diferentes propias de la zona templada. La exquisita combinación de altos volúmenes boscosos, unida al intenso colorido de la fronda –cambiante a lo largo de las estaciones- conforma un patrimonio paisajístico de primer orden, que ronda ya los cien años de antigüedad.

Bellezas naturales aparte, la potente oferta de actividades deportivas convierte a Villa María en un exclusivo club de campo, el más importante del sur bonaerense y uno de los más sobresalientes de Argentina a nivel internacional. Su club de tenis está dirigido nada menos que por Guillermo Vilas, probablemente el mejor tenista que ha dado el país; el centro ecuestre profesional, a cargo de George Morris –director del equipo ecuestre de Estados Unidos (USET) y la Asociación Ecuestre Americana- cuenta con picadero cerrado, pista de salto olímpica y 25 kilómetros de senderos para ejercitar la hípica; el campo de golf –7.250 yardas de longitud y 18 hoyos con par 72- es apto tanto para jugadores principiantes como de alto handicap. Pero lo que más aprecia Josefina son las cuatro canchas del Black Watch Polo Club; lo cual no nos extraña, tras enterarnos de que sus excelentes aptitudes como jinete las rentabiliza precisamente jugando al polo, deporte del que es una apasionada y una de las contadas mujeres que aquí lo practican.

Estancia Villa María se ofrece, en suma, como un lugar sereno y bucólico, anticipo confortable de la infinita pampa argentina, con jardines primorosamente diseñados y una naturaleza generosa que hace ostensible su belleza sin narcisismos.

 

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