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El regateo es fundamental. Empiezan pidiéndome 180 dólares y al final acabo llevándome dos por 150. Sin duda es una buena compra, pero es difícil saber hasta qué punto. En Europa los sombreros panamá pueden costar entre 70 y 2.000 euros dependiendo de su calidad. Aquí en Otavalo (Ecuador) hay tantas variedades como compradores en sábado, el día grande de este mercadillo de la Plaza de los Ponchos que junto con el de Chichicastenango (Guatemala) y Pisac (Perú) forman el triángulo de los mejores mercados artesanales de toda Latinoamérica. ¿Sombreros de panamá en Ecuador? No es una contradicción. Aunque a su llegada los conquistadores españoles comprobaron que los indios de la costa del Pacífico se cubrían la cabeza con gorros de paja, no es hasta mediados del siglo XVII cuando se tiene constancia de que en la provincia ecuatoriana de Manabí, fundamentalmente en las ciudades de Jipijapa y Montecristi, se fabricaban sombreros confeccionados con una fibra llamada toquilla. Durante muchos años abastecieron al mercado local hasta que, a finales del siglo XIX recibieron el encargo de hacer centenares de sombreros frescos y livianos para los constructores del Canal de Panamá. Es en su inauguración (1913) cuando la foto del presidente norteamericano Theodore Roosvelt tocado con un jipijapa da la vuelta al mundo y populariza definitivamente el gorro de paja entre las clases selectas. Desde entonces, centenares de figuras de la cultura y la política han contribuido a su difusión: Marlon Brando, Orson Welles, Humphrey Bogart, Frank Sinatra, Sean Connery, Harrison Ford, John Huston, Michael Douglas, John Kennedy, Eduardo Vll y Alfonso Xlll, sin olvidar al inefable Charlie Chan. Y últimamente también
mujeres como Madonna o Angelina Jolie. "Muerte en Venecia" de Visconti ha quedado como una de las mejores películas de todos los tiempos gracias a su director, la intensa historia de Thomas Mann, la magnífica interpretación de Dirk Bogarde y ese increíble "Adagietto" de la Quinta Sinfonía de Mahler. Con todo, su única nominación para los oscar fue por el vestuario. ¿Recuerdan esas escenas en la Playa del Lido veneciano en la que el profesor Gustav von Aschenbach (Bogarde) y el mozalbete Tadzio (Bjorn Andresen) jugaban al ratón y al gato? Ambos, además de una cuidada indumentaria de época, se tocaban con un sombrero de panamá. Hace cuarenta años había más de 2.000 tejedores de toquilla en la ciudad de Montecristi, en su mayoría
mujeres jóvenes pues sus dedos pequeños y finos son indispensables para ese arte. Hoy quedan una veintena de maestras, muchas de ellas bastante mayores. Dos panamás buenos por 150 dólares: ¡una verdadera ganga!
Más:
Delicatessen de la Amazonía.
El Museo Nacional del Bardo, a unos seis kilómetros del centro de Túnez, está en la agenda de todos los viajeros. No es un secreto. Es quizá el mejor conjunto de mosaicos de todo el Norte de África, y en su interior hay detalles que atraen a curiosos y aficionados, como la imagen (única) de Virgilio con las musas Clio y Melpómene (siglo IV). Unos y otros acaban fascinados por esta mezcla sublime de pintura y piedra. El museo y el palacio que lo alberga, construido para el bey de Túnez, fueron creados a final del siglo XIX. Ya

en el interior, se van los ojos detrás de enormes mosaicos procedentes de las
excavaciones de Cartago, Thuburbo Majus, Duga, Bula Regia, Uthina, Utica, Thysdrus, (El Jem), Sfax, Mahdia... En realidad, el trabajo en esas y otras zonas arqueológicas ha sido tan intenso que lo que vemos sólo es una pequeña parte de lo que hay. Otras joyas están en la Asamblea Nacional e incluso cerca de los yacimientos. El museo, además, está inmerso en
una restauración que comenzó en 2009 y terminará, previsiblemente, a mediados del año próximo. De hecho, en la entrada (4 dinares) leemos que es un precio especial debido a los “trabajos”. Una parte ya está reabierta al público. Mosaicos. Más mosaicos. Escenas de la vida cotidiana, del circo, de los dioses. Una lona de plástico separa la zona pública del secreto de las obras. Y unos dinares bastan para colarnos en esa trastienda del gran museo. En la sala principal del palacio se instalará el mosaico de todos los mosaicos, gigantesco,
“El triunfo de Neptuno”, una especie de cómic de la vida cotidiana, que mide
12,72 x 9,64 metros y pesa 14 toneladas. Aún no se ha colocado ninguna pieza, pero el artesonado y el espacio reservado para el mosaico ya asombra. Cerrada también está la sala de música del bey y sus
mujeres,
y la zona del harén, la vida privada, todavía entre andamios. La sala de música del palacio beylical es el espacio del mosaico denominado Catálogo de Barcos, veintiocho barcos con sus nombres en griego o en latín. Y del Mosaico del Banquete, que testimonia la vida de los patricios de la Cartago romana. Más allá del plástico, los grupos de turistas disfrutan de este exquisito menú de arte, una parte de lo que será, quizá dentro de un año, cuando finalicen las obras.
Fotos: ariba, collage de las salas todavía en obras del Museo del Bardo. Debajo, una zona ya visitable.
Más:
Villa es el rey de la medina de Túnez.
Cosas que pasan cuando se van los cruceros.

La radiante novia escoltada por el padre y el padrino aguarda en la puerta de la catedral grecocatólica de la Anunciación, en un flanco de la avenida de las Rosas de
Tagur Mures, la “ciudad feria”
transilvana. En el interior del templo, casi en penumbra,
mujeres enlutadas de negros pañolones mastican rezos en húngaro. Amanece el sábado inaugurando funerales, presidido por las ofrendas del pan que se alinean en un altar improvisado: una hogaza por el alma de cada difunto, un saco de panecillos que exhiben el nombre de cada oferente. Pan y muerte, curiosa forma de festejo al más allá, y la promesa de matrimonio y felicidad esperando en cada esquina. Ya de amanecida cuatro bodas al tiempo (qué prisas gastan en esta ciudad para el sí quiero); desfile callejero de novios y convidados, magiares y rumanos, cada uno en su iglesia, cada uno a su rito. Mientras la novia húngara se desespera por que le llegue el turno, la rumana ya ha sido coronada, celebrada con música balcánica que inunda la catedral ortodoxa. Refrescos y pastelillos para los invitados endomingados, todavía con el aire colgado del Este. La vieja Europa y la nueva; el violín y el clarinete entre pasos de cebra y murallas medievales. Las ciudades las reescribe el viajero y las habita de cine. Cuatro bodas y un funeral. Tagur Mures era una fiesta.
Foto:
Miguel Berrocal. Viaje a Rumanía, primer día,
aquí.

No hay tiempo que perder. Es su tiempo, su parsimonia, su “atraso”, contra nuestra velocidad. Nos los cruzamos a menudo,
en un país con una bajísima densidad de población (7,2 habitantes por kilómetro cuadrado y sólo 267 kilómetros asfaltados para una red de carreteras de 33.400 kilómetros), nos cruzamos con
mujeres y niños que caminan o que van a lomos de burros, que también son empleados de forma exhaustiva para transporta leña, agua y lo que se compra o se vende en los mercados. En medio de un paisaje cuya tonalidad dominante es el ocre del desierto y todas sus variedades del siena al rojo, pasando por una mortecina gama de verdes (salvo en la estación de lluvias, o en las zonas donde el subsuelo atesora agua), para los arbustos, las espinosas y las acacias adaptadas a una espantosa sequedad, resulta deslumbrante el colorido de los vestidos de las
mujeres, sus túnicas, velos y pañuelos que tan bellamente cubren su bien moldeadas facciones: en medio del mimetismo del paisaje (que es también el de las bestias y el de las construcciones, de un adobe perfectamente integrado en el terreno), la aparición de una mujer o un grupo de
mujeres sobre mansas y parsimoniosas acémilas semeja una aparición de la Biblia (o en este caso del Corán: las religiones del libro también han hecho estagos aqui). No sólo por la viveza de los rosas, verdes, amarillos, azules y violetas, sino porque hasta los elegantes negros van orlados con pedrería, lentejuelas de los extrae destellos el sol y que, unido a la risa y a los gestos con que saludan al viajero que desenfunda su cámara o simplemente agita la mano ante los gestos siempre amigables de los niños, hace de esos instantes un espejismo.
Como alma que lleva siempre el diablo, en este caso escoltados por escuadrones de operaciones especiales o grupos de asalto de los ejércitos polaco o croata, que forman parte hoy de EUFOR (la fuerza europea desplegada el este del Chad para proteger a los refugiados y para permitir que no se interrumpa la llegada de ayuda humanitaria ni el trabajo de las ONG: como se ha apresurado a hacer Al Bashir en el vecino Sudán), y que mañana (a partir del 15 de marzo) trocarán sus cascos y sus boinas por el azul celeste de las Naciones Unidas, pasamos camino de citas imaginarias, con una pericia y un ordenancismo perfectamente militar. Menos mal que al final de la jornada, antes de volver a esta base de Iriba en la que escribo después de una ducha reparadora y de la cena, pasamos por el campo de refugiados de Amnabak, y allí comprobamos cómo los ancianos (los “elders”) y los hombres celebran puño en alto la orden de busca y captura del presidente sudanés, mientras las
mujeres (es día de reparto de la ayuda humanitaria: aceite, jabón, sorgo, harina, maíz...), acompañadas de sus hijas y de sus niños más pequeños, cargan el alimento para todo el mes en sus burros, los que yo vuelvo a acariciar ante la perplejidad de los sudaneses que han buscado refugio en esta orilla de una frontera “absolutamente artificial y que a menudo es imposible de distinguir”, como confiesa Gideon, el empleado del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, un congoleño de Brazzaville que se ha venido a este rincón del mundo a paliar los estragos que algunos hombres causan a otros hombres.

El sol empieza a jugar con la aerodinámica estructura del aeropuerto Charles de Gaulle, fabricar triángulos de sol y sombra, destaca rodillas, pechos, dedos, cráneos, nalgas..., rótulos, expositores, mamparas, travesaños, contrafuertes, plintos... Nubes de Constable se desplazan sobre el ciclorama del horizonte, sobre altos reflectores, chimeneas de peluquerías imaginarias, ese rojo y blanco aduanero que los civilizados cortadores de cabelleras convirtieron en símbolo de su gremio, pero que también ha sido adoptado por los faros, las centrales térmicas, las siderurgias, los que tratan de dejar huella en la cabeza del mundo.
De los 45 grados a la sombra que
Yamena registraba a primeras horas de la tarde del domingo (y que hacía que masticar fuego casi no fuera una metáfora) a los cuatro grados que el comandante de la aeronave de Air France que había despegado del ardiente suelo de Chad a medianoche anunció a sus viajeros al disponerse a tomar tierra en París: para que se abrigaran. Amparados por el mismo meridiano, combados por la misma hora que rige en Yamena y en
París, el contraste entre lo que dejamos atrás y la geografía cotianda pertenece a nuestro precioso ajuar de recuerdos. En la medida en que seamos capaces de ensartarlos en el relato del mundo habremos practicado otra trampilla en el cinturón de castidad de la inteligencia, el que nos adormece en la rutina, el que nos aboca a no averiguar la causa de la riqueza de las naciones, su tejido jurídico, sus tradiciones, la costumbre de hacer negocios, de una historia de la que acaso hayamos sabido extraer al fin algunas valioisas lecciones.
Un vicio perezoso consiste en confundir las partes con el todo y hablar de África como si fuera una única entidad sobre la que volcar piedad, condenación, salvajismo, desolación... y
maravillosos paisajes. Otro, inextricablemente ligado al anterior, sobre todo por quienes se tienen en alta estima y aprecian sus valores morales (aunque no por ello alteran de forma radical las contradiciones de su modo de vida) consiste en atribuir “todos los males de África” a Occidente, al reparto del continente entre las potencias coloniales en la conferencia de Berlín de 1885, y en considerar por lo tanto a los africanos y sus dirigentes como a unos perpetuos menores de edad, víctimas sobre todo de las sucesivas fases de la codicia y la hipocresía que ahora encarnan las compañías multinacionales (lo que no exime de examinar las connivencias entre dictadores y macro-empresas ni en la colusión entre intereses políticos y empresariales: léase El Elíseo y Elf, o Exxon Mobil y la Casa Blanca, hasta ayer mismo, o las empresas chinas y su régimen, nuevo gran actor geopolítico del continente negro a raíz de las insondables necesidades energéticas del gigante asiático).
Pero nos hemos ido muy lejos en esta larga despedida de
Chad, que empezó la mañana del domingo en Iriba, en la base de las tropas polacas del sector norte de la frontera con Sudán, el desayuno con el mayor Darek y la despedida a pie de pista, donde un helicóptero Puma francés recogió al pelotón de periodistas invitados por la Comisión Europea para que pudieran comprobar con sus propios ojos la excdelencia de la misión de apoyo a la ONU en Chad, esa Fuerza Europea (EUFOR) que a partir del 15 de marzo pasó a mando de las Naciones Unidas, y las boinas y cascos respectivos se volvieron azules. Fue un deslumbrante trayecto de una hora, con las puertas correderas corridas, y con una cinta de nylon (y los preceptivos cinturones de seguridad) entre el vértigo y el abismo del Chad a 150 metros de altura, el mirador ideal para observar la textura de los suelos chadianos, la variedad de rojos, amarillo líquen, arena de uadis, sienas, ocres, malvas, arcilla y arbusto... la geometría de las chozas y de los cercos para el ganado, los pozos practicados en el lecho seco de los ríos, los macizos montaños, los derrabes, los cerros, los desfiladeros, las manchas de vegetación como la piel de un animal tan caliente como adormecido.
Los franceses le dieron el relevo a los españoles en la base de Abéché, donde hacen escala diaria los dos C-629 construidos por CASA que, con 80 hombres y
mujeres, han prestado apoyo logístico (“aerotáctico” , lo define el teniente coronel L, jefe de la tercera rotación de tropas españolas que el día 15 de marzo empezó a echar el cierre, porque el Gobierno español no consideró necesario traspasar el mando a MINURCAT -el nombre que adoptará a partir de ahora la operación en Chad bajo mando directo de la ONU-. El idioma, y la complicidad nacional, abre puertas insospechadas, como la de la cabina del aparato, que los pilotos Matas y Alvarado franquean al corresponsal, que disfruta de la intimidad de ese habitáculo desde el que se domina el espacio y se vela por la seguridad de quienes, en la zona de carga, son llevados en un soplo de un lugar a otro del mundo (de Abéché a Yamena, o de Yamena a París, por ejemplo). Aproximarse a la capital de Chad y aterrizar es un viaje alucinante. Todavía queda una entrevista con dos
mujeres de Oxfam junto a la piscina del hotel Meridien, a orillas del río Chari, que sirve de frontera con Camerún, y su inquietud por los problemas intrínsecos de Chad, y con el general francés al mando de las tropas europeas desplegadas en el país rodeado de arena, que defiende la calidad de lo conseguido, anque también reconoce que hay cuatro factores que no son de la incumbencia de ninguna fuerza exterior y que corresponde resolver a las propias autoridades chadianas.
Y queda la noche de Yamena, las calles y callejones sin nombre de barrios de puro adobe, tan míseros como el de París-Congo, que los faros del taxi de B barren como un faro portátil: ahí aparecen ráfagas de la vida que se resiste a tirar la toalla, esas vidas que sorprenden sobre todo a las
mujeres del destacamento español, bautizado Sirius: la extraordinaria belleza de las
mujeres y de sus vestidos, y la facilidad con la que aflora la sonrisa, y la palabra que parece un contrasentido y una suerte de condescendencia, de ignorancia, pero que acaba convirtiéndose en una verdad incontrovertible: “Con nada, parecen mucho más felices que nosotros”.
Swiss, líneas aéreas suizas, planta cara a la crisis con dos nuevos lanzamientos: renovación de los uniformes de sus empleados y un nuevo destino de largo recorrido, San Francisco. Según la compañía, siempre han tenido en cuenta la vieja máxima de que el hábito hace al monje ampliándola al personal aéreo. Dos años ha tardado en madurar la idea de cambiar los «hábitos» que a partir de 7 de diciembre llevarán estos «monjes» del aire: 3.400 auxiliares de vuelo, 1.100 pilotos y 1.200 empleados de tierra, según se dijo en la presentación a la prensa realizada en el aeropuerto internacional de Zurich el 1 de diciembre. Los nuevos uniformes han sido creados por la diseñadora suiza Ruth Grüninger y fabricados por la empresa también suiza JAS Durante la presentación, Gaudenz Ambühl, presidente del Consejo de Administración de Swiss, subrayó la importancia de un uniforme de calidad y moderno: «Nuestro personal va a vestir nueva ropa en consonancia con la actual imagen de Swiss». Según las primeras opiniones, el nuevo uniforme es ante todo clásico y elegante basado fundamentalmente en el color negro antracita. Para ello se han fabricado expresamente 250.000 m2 de tela, extensión similar a la de 39 campos de fútbol. Los toques de color corren a cargo de los foulards en las
mujeres y las corbatas en los hombres. En el mismo acto de presentación a los medios se dió a conocer que San Fracisco será el nuevo destino de largo recorrido de Swiss a partir del 2 de junio de 2010, con lo que esta compañía se convertirá en una de las pocas que hará frente a la crisis ampliando su red. «La elección de San Francisco responde a la demanda de numerosos hombres de negocios y turistas suizos», según Harry Hohmeister, director general de Swiss. La frecuencia de estos vuelos con salida de Zúrich será de 6 a la semana.

A los hombres que gustan de las
mujeres vestidas de cuero (porque huelen a coche nuevo) también les gustarían los ascensores de La Mamounia. Por lo mismo. Por ese cuero repujado y nuevo (de hace un año). Por ese olor.
Porque el legendario hotel levantado en 1922 por los arquitectos Henri Prost y Antoine Marchisio es otra vez único. Y el arquitecto e interiorista Jacques García ha vuelto a las esencias. Con todo su lujo desparramado en la inmensidad horizontal del establecimiento.
Tanto La Mamounia como el Royal Mansur (los dos del Rey) basan parte de su exclusividad en la artesanía marroquí integrada con el wifi, la mejor lencería, las chanclas Hawaianas o el spa de Shiseido (ambas fruslerías en La Mamounia). Aunque quizá hoy Churchill habría sido capaz de encontrar otro lugar “encantador” en Marrakech. Y Hitchcock podría haber filmado la cena de Doris Day y James Stewart en otro hotel. Incluso Carmina Ordóñez podría haber elegido otro. Porque la oferta del lujo en Marrakech está a la altura de Londres. Pero
se tiene la impresión de estar en otro mundo tras dos horas de vuelo. Es verdad que Marrakech es accesible para todo tipo de turista. Que la oferta de riads es considerable, que el pijerío de la cosmopolita ciudad roja es asequible. Se puede disfrutar yendo al Grand Café de la Poste y sentir que la gente es la misma que en L’Avenue de Paris. Luego pasar por la Medina y la plaza Jmaa El Fna y volver al riad.
A uno de los muchos que extranjeros enamorados de la ciudad han convertido en hoteles con encanto. La Mamounia también tiene riads. Tres. Con mayordomo y piscina. Y La Sultana es la unión de cinco riads en la Kasbah. Una saga literaria. Cada riad un tomo; cada habitación, un capítulo. Pequeño, delicioso y con lo mejor de la tradición. Por el contrario,
el Bab Hotel, en Guéliz, es moderno. Blanco, de diseño, sin artesonados, minimalista (lo que Sister Parish llamaría tacañería). Cerca del centro pero en un parque de ocho hectáreas, Es Saadi. Una inmensidad con tres hoteles en uno. Entre ellos,
Es Saadi Villas, donde se han alojado Catherine Deneuve o Sigourney Weaver. Y en el Palmeral, la nueva joya del lujo asiático en África:
el Mandarin Oriental Jnan Rahma. El Versalles del Magreb. Antes de la inauguración ya lo hemos visto en ‘Sexo en Nueva York 2’. Un espanto. La película. El cine que ha hecho atractiva La Mamounia en ‘El hombre que sabía demasiado’ no ha hecho atractivo el Mandarin. ¿Pero quién se resistiría?
En la Medina. La Mamounia. El
legendario hotel, reinaugurado hace un año, aúna lujo, tradición y chic. Hasta los pasillos, con un fotógrafo por planta, merecen la pena.
En la Kasbah. La Sultana.
Cinco riads convertidos en uno de los ‘Small Luxury Hotels’ que recomiendan las modelos internacionales. Lo mejor, la terraza. 360 grados al esplendor de la ciudad de Marrakech.
En el Palmeral. Mandarin Oriental Jnan Rahma. El último en llegar. Lujo asiático, del excesivo, a los pies del Atlas. Entre lo más destacado, el templo de yoga para practicar en grupo o en privado con un maestro yogui.
Dónde. ESTANCIA VILLA MARÍA EQUESTRIAN & GOLF STATES - RESORT Av. Pereda s/n – Máximo Paz (1812) – Ezeiza – Buenos Aires – Argentina Oficina de reservas, tel.: +5411 6091 2064
info@estanciavillamaria.com
Saliendo de Buenos Aires en autobús y tras 45 minutos de recorrido por autopista hacia el Sur, llegamos a
Villa María. La entrada a la estancia se realiza a través de un camino asfaltado, orillado a derecha e izquierda por árboles altísimos y de lujuriante frondosidad. Viniendo del tráfago y del ajetreo urbano de la capital, el corto paseo bajo esta casi centenaria bóveda vegetal se nos antoja un bálsamo para nuestros sentidos, un apacible y bucólico preludio a la visión de cuento de hadas, inesperada por chocante, que nos aguarda a su término: la del edificio principal, imponente y majestuosa construcción en estilo Tudor con revestimiento de ladrillo a la vista, aditivos normandos en las cubiertas y detalles neogóticos en las puertas y en las arcadas ojivales. Nuestras miradas suben por las fachadas hasta toparse con los largos faldones de tejas planas, de color terracota, enriquecidos con múltiples lucernas, chimeneas y hasta con una torre solitaria. En suma: nos hallamos ante una suerte de orgulloso sucedáneo, pongamos por caso, del célebre castillo de Balmoral en tierras escocesas... ¡Rayos y truenos! Pero ¿estamos o no estamos en Argentina?
Josefina Cayol, la actual propietaria -una rubia dorada de mediana edad, porte refinado y modales sosegados- nos recibe en los bien arreglados jardines, frente a la escalinata central, dispuesta a iniciarnos en las bondades de su soberbia mansión. “El propósito de desarrollar un lifestyle resort de lujo”, comienza diciéndonos nuestra anfitriona, mientras nos ofrece unos refrescos en el espacioso vestíbulo –cielo raso con vigas de madera expuestas, amplios sofás de época, suelo con losas blancas y negras en damero-, “se consolidó a fines del 2007, gracias al apoyo de Fiducia Capital Group, una compañía dedicada a invertir y desarrollar negocios de real estate world class; se trata del primer proyecto de este tipo llevado a cabo en Argentina”.
Conservando su estilo centenario, fiel reflejo de la tradición ganadera pampeana, Estancia Villa María subió velozmente los escalones del éxito. Josefina nos informa de que su fundador, Vicente Pereda, adquirió las tierras en los últimos años del siglo XIX con fines agropecuarios. Al poco tiempo, Villa María era ya el primer centro de reunión de cabañeros, antecedente de la Sociedad Rural Argentina. En 1919, su hijo Celedonio construyó la casa actual como residencia de verano con planos del célebre arquitecto Alejandro Bustillo, el cual respetó la usanza de la aristocracia porteña, empeñada en levantar sus villas extramuros en estilos pintorescos. Una constante en las obras de este maestro constructor fue su especial sensibilidad para capitalizar las bondades de cada paisaje. A este respecto, Villa María no es una excepción; su planta, muy alargada, prioriza la idea de proporcionar las mejores visuales del parque de 74 hectáreas –fiel reproducción de una campiña inglesa- que la rodea.
En el interior, los diferentes salones se suceden entrelazados por arcadas, recreando un clima casi medieval. Antaño, contigua al vestíbulo, estaba la capilla; hoy ese espacio se ha convertido en un pequeño sector para degustar bebidas y tragos. También hay una sala de juegos, cuya atmósfera nos invita a disfrutar de la cuidada selección de puros de la Estancia Villa María. Dos escaleras de mármol llevan al piso superior, el cual cuenta con una decena de dormitorios; desde cada uno de ellos, las vistas al exterior son incomparables.
Concluida la visita al château y sus aledaños, llega la hora del almuerzo. Josefina ha dispuesto que nos lo sirvan en la Galería, una sala cuadrada que conforma la esquina noroeste en la planta baja, abierta al exterior por cinco arcos de medio punto sin cristales y forrados por dentro y por fuera de lustrosa hiedra pulcramente recortada. El lugar es fresco, coqueto y con espléndidas panorámicas del parque original, sus árboles y su laguna. En cuanto a la comida, consiste –¡cómo no!- en la típica parrillada a base de carnes de res, cordero y lechón. Eso sí, con el especial toque culinario de Villa Maria. “En nuestra cocina destacan los platos de autor”, nos insiste Josefina, “inspirados en recetas argentinas de comienzos del siglo XX preparadas con técnicas propias de la cocina mediterránea y de la campiña francesa”.
Tenemos la tarde libre para curiosear a nuestras anchas. Claro que, con el estómago a reventar, lo que nos tienta es dormitar en el elegante vestíbulo, cómodamente arrellanados en uno de sus múltiples sofás y acunados por la suave música de fondo, apenas un susurro que desgrana melodías de siempre... Una tentación de la que nos libra nuestra anfitriona ofreciéndose a llevarnos de excursión en un carruaje tirado por caballos. O sea: a pasear a la antigua usanza, sin prisas y sin más sonidos a nuestro alrededor que los de la vieja y sabia naturaleza.
El itinerario atraviesa la denominada Arboleda, una de las atracciones más señaladas de Villa María. Son 624 hectáreas arboladas con más de 20.000 ejemplares que incluyen 350 especies diferentes propias de la zona templada. La exquisita combinación de altos volúmenes boscosos, unida al intenso colorido de la fronda –cambiante a lo largo de las estaciones- conforma un patrimonio paisajístico de primer orden, que ronda ya los cien años de antigüedad.
Bellezas naturales aparte, la potente oferta de actividades deportivas convierte a Villa María en un exclusivo club de campo, el más importante del sur bonaerense y uno de los más sobresalientes de Argentina a nivel internacional. Su club de tenis está dirigido nada menos que por Guillermo Vilas, probablemente el mejor tenista que ha dado el país; el centro ecuestre profesional, a cargo de George Morris –director del equipo ecuestre de Estados Unidos (USET) y la Asociación Ecuestre Americana- cuenta con picadero cerrado, pista de salto olímpica y 25 kilómetros de senderos para ejercitar la hípica; el campo de golf –7.250 yardas de longitud y 18 hoyos con par 72- es apto tanto para jugadores principiantes como de alto handicap. Pero lo que más aprecia Josefina son las cuatro canchas del Black Watch Polo Club; lo cual no nos extraña, tras enterarnos de que sus excelentes aptitudes como jinete las rentabiliza precisamente jugando al polo, deporte del que es una apasionada y una de las contadas
mujeres que aquí lo practican.
Estancia Villa María se ofrece, en suma, como un lugar sereno y bucólico, anticipo confortable de la infinita pampa argentina, con jardines primorosamente diseñados y una naturaleza generosa que hace ostensible su belleza sin narcisismos.

La jornada empieza y termina a dentelladas. Y de nada sirve endosarle a Charles Darwin responsabilidades que no le competen ni ponerse condescendiente con la naturaleza del continente negro. El parecido es mucho mayor del que los soldados españoles (y los franceses, los albaneses, los polacos, los finlandeses, los italianos, los irlandeses...) están dispuestos a aceptar ante un espejo tan poco favorecedor. Por supuesto que cabe la superioridad moral por la que
Martin Amis preguntó a su audiencia londinense ante realidades afganas e iraquies y la respuesta fue parecida a la de una piedra, porque tan neocolonialista es decir que los europeos somos culpables de todo lo que ha ocurrido en Chad desde que misioneros occidentales cristianaran a fines del XVIII a los saras del sur y sobre todo desde que Francia “adquiriera” (como señala certeramente Wikipedia) en 1885 un territorio que doblaba su superficie y que no ocupó con más o menos efectividad hasta 1920, como que la sucesión de guerra civil y golpes de Estado (por cierto amparados, alentados, urdidos o tolerados por Francia, que sigue instalado militarmente en el pais desde que formalmente le “otorgó” la independencia a su antigua colonia en 1960) son parte de la riqueza intrínseca, o que la religión musulmana que entretiene a más del 50 por ciento de la población vela por la igualdad de la mujer, o que su modelo de desarrollo (el petróleo ha servido para amasar la maquinaria bélica del dictador Déby y ganar fidelidades al peso) con una esperanza de vida que ni en hombres ni
mujeres llega a los cincuenta años y un analfabetismo que entre los hombres ronda el 60 por ciento y en las
mujeres el 90 por ciento es digno de imitar.
Como el viaje ha sido organizado y financiado por la Comisión Europea son obligados los encuentros con las figuras de la pasión burocrática, que tratan de dibujar un panorama favorable a su desempeño con la pericia de un diplomático y sus artimañas para hacer que la verdad no les parta las piernas. Por eso resulta por ejemplo mucho más estimulante ver, a través de un hueco en la cortina tras el alto cargo con chaqueta y corbata que se expresa en impecable francés o inglés según sea meneser, a un soldado con el torso desnudo que habla por teléfono mientras la calidad del atardecer en Yamena le saca partido a los músculos bien torneados del pecho, con una textura rosácea acentuada por la proximidad del río donde el hipopótamo fantasma ha acabado por asomar el hocico y por los depósitos de agua de la que iba a ser nueva prisión capitalina y que era el fortín de la Eufor (Fuerza Europea) ya traspasada a mando de las Naciones Unidas.
Le Carnivore es el espacio favorito de esparcipiento de la tropa internacional y de los locales. Situada al extremo del principal eje de
Yamena, la carne reina aquí en todo su esplendor literal y metafórico: los carnívoros pueden devorar en su sangre todos los filetes y “steakes” que su nostalgia de la caza puede hacerles hervir en la sangre, y las
mujeres más hermosas y menos domadas por la religión (y su ruda policía secreta, apostada en el “lobby” de los hoteles y confundida entre la muchedumbre de los mercados) se venden al más hábil o al mejor postor mientras la banda del local hace que la noche de Yamena se parezca a un garito que hace de antesala del paraíso. A la puerta de este antro al aire libre que es el último en echar el cierre en la mortecina noche de Yamena se pueden atisbar escenas tristes, como la de un europeo que despacha con calculadas contemplaciones a una joven belleza local que llegó en una moto-taxi y es devuelta a su lugar de procedencia (seguramente en un barrio tan mísero como el Paris-Congo, atravesado por un río de excrementos) con lágrimas en los ojos porque su solícito amante de la noche anterior ha encontrado sangre fresca para renovar su rito carnívoro.
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