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Hay una foto en blanco y negro en la que se ve al pintor Paul Klee sobre los lomos de una mula, junto a su amigo August Macke y a un guía local, frente a la mezquita de Kairuán (Túnez). Falta Louis Moillet, que también participó en aquel viaje ilustrado -abril, 1914- desde las verdes montañas de Suiza a la ocre planicie de esta zona de África. Klee lleva corbata y traje, lo que visto con ojos de hoy desentona con el paisaje, como si algo no estuviera en su lugar. El uniforme del turista 2010 es menos alambicado, apenas pantalón corto y camiseta, y una cámara que dispara incansable, voraz.
Los primeros viajeros ilustrados, en cambio, abandonaban el territorio conocido de Europa con una esponja virgen en la mirada, dispuestos a traerse el mundo en su libreta de notas, en sus pinceles. Klee, Macke y Moillet embarcaron en Marsella con destino Túnez para realizar una pequeña excursión de apenas doce días.
Visitaron Cartago, Sidi Bou Said, Túnez o Kairuán, donde Klee se llenó de color. Dicen los expertos que en aquel viaje corto cambió la historia de la pintura del siglo XX. Regresó con veinte acuarelas y doce dibujos. Esta tarde, en Sidi Bou Said, la foto no puede ser en blanco y negro. Estamos en las calles azules y blancas que pasearon los pintores suizos, entre otros muchos artistas atrapados por la perfecta mezcla de Grecia y Al Andalus conseguida en estas calles, esencia de Mediterráneo. A Paul Klee le influyó más el ocre que el azul, pero no cuesta imaginarle fumando frente al mar, cien años atrás, o en las callejuelas de la Medina de la ciudad santa de Kairuán.
"El color me posee. No tengo necesidad de seguirlo, yo lo sé. Ese es el camino en este momento afortunado: el color y yo no somos más que uno solo. Soy pintor", escribió en su diario sobre aquellos días. Sidi Bou Said es hoy un nido de turistas que seguramente nada tienen en común con los poetas y pintores de principios del siglo XX, pero incluso así el atardecer sobre estas calles empedradas que se descuelgan sobre el mar resulta mágico. Basta una taza de té y dejar pasar el tiempo, a espaldas de lo que ocurre más abajo, en el territorio de los vendedores de cerámica y de los compradores ávidos de recuerdos… Como si los recuerdos se pudieran empaquetar.
Toma 3.
Visita secreta al gran museo de los mosaicos.
Toma 2.
Villa es el rey en la medina de Túnez.
Toma 1.
Cosas que pasan cuando se van los cruceros.
El Museo Nacional del Bardo, a unos seis kilómetros del centro de Túnez, está en la agenda de todos los viajeros. No es un secreto. Es quizá el mejor conjunto de
mosaicos de todo el Norte de África, y en su interior hay detalles que atraen a curiosos y aficionados, como la imagen (única) de Virgilio con las musas Clio y Melpómene (siglo IV). Unos y otros acaban fascinados por esta mezcla sublime de pintura y piedra. El museo y el palacio que lo alberga, construido para el bey de Túnez, fueron creados a final del siglo XIX. Ya

en el interior, se van los ojos detrás de enormes
mosaicos procedentes de las
excavaciones de Cartago, Thuburbo Majus, Duga, Bula Regia, Uthina, Utica, Thysdrus, (El Jem), Sfax, Mahdia... En realidad, el trabajo en esas y otras zonas arqueológicas ha sido tan intenso que lo que vemos sólo es una pequeña parte de lo que hay. Otras joyas están en la Asamblea Nacional e incluso cerca de los yacimientos. El museo, además, está inmerso en
una restauración que comenzó en 2009 y terminará, previsiblemente, a mediados del año próximo. De hecho, en la entrada (4 dinares) leemos que es un precio especial debido a los “trabajos”. Una parte ya está reabierta al público.
mosaicos. Más
mosaicos. Escenas de la vida cotidiana, del circo, de los dioses. Una lona de plástico separa la zona pública del secreto de las obras. Y unos dinares bastan para colarnos en esa trastienda del gran museo. En la sala principal del palacio se instalará el mosaico de todos los
mosaicos, gigantesco,
“El triunfo de Neptuno”, una especie de cómic de la vida cotidiana, que mide
12,72 x 9,64 metros y pesa 14 toneladas. Aún no se ha colocado ninguna pieza, pero el artesonado y el espacio reservado para el mosaico ya asombra. Cerrada también está la sala de música del bey y sus mujeres,
y la zona del harén, la vida privada, todavía entre andamios. La sala de música del palacio beylical es el espacio del mosaico denominado Catálogo de Barcos, veintiocho barcos con sus nombres en griego o en latín. Y del Mosaico del Banquete, que testimonia la vida de los patricios de la Cartago romana. Más allá del plástico, los grupos de turistas disfrutan de este exquisito menú de arte, una parte de lo que será, quizá dentro de un año, cuando finalicen las obras.
Fotos: ariba, collage de las salas todavía en obras del Museo del Bardo. Debajo, una zona ya visitable.
Más:
Villa es el rey de la medina de Túnez.
Cosas que pasan cuando se van los cruceros.