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Búsqueda por artículos mediterráneo

De Juan Francisco Alonso (el 11/08/2009 a las 11:22:27 en Marruecos)


Un coche de alquier cuesta 64 euros, seguro incluido. Y Oujda, la gran ciudad de la frontera entre Marruecos y Argelia, está a menos de 70 kilómetros, casi todos de autopista. Se nota que el Gobierno marroquí pone dinero en esta esquina del mediterráneo. “Sea un feliz comprador de una casa en Saïdia”, leemos durante el trayecto en grandes paneles de publicidad. Feliz y comprador, bonita asociación de ideas cuando nos dirigimos al zoco de Oujda, población fundada en el siglo X y reconstruida en el XIII por el sultán Abou Youssef, importante base militar francesa en la etapa colonial. Hay quien habrá elegido la excursión en grupo, con 40 minutos libres en la “ancianne medina”, pero cualquiera que conozca estas apretadas callejuelas llenas de tentaciones sabrá que cuarenta minutos no dan ni para situarse. Y eso que Oujda no es Fez. Ni Marraquech. En la carretera, decenas de puestos ambulantes venden higos. Y en la radio, los sones de una emisora latina que emite desde Melilla y el aire acondicionado al máximo. Al sur aumenta la temperatura. Calor en las puertas de entrada al zoco, la ojival de Bab Sidi Abdel Wahab, y, al oeste, la de Bab El Gharbi, de tonos cada vez más rojizos a medida que cae la tarde. Luego, en el interior, es el momento de mirar y oler, de dejarse atrapar por la fila de hormigas, de regatear (menos que en las ciudades más turísticas del país) y, tal vez, de no comprar nada. O sí. En cualquier caso habrá que tomar al menos un par de zumos de naranja, exprimidos en el momento, inigualables, sabrosos, dulces, por 3 ó 5 darahim (plural del dirham) el vaso. Hay puestos en casi todas las calles. Y habrá también que echar una ojeada a la gran mezquita, del siglo XIII, o a la madraza meriní, del XIV. Casi toda la historia de la ciudad cabe en esos dos monumentos. A continuación, otra vez el callejeo, la búsqueda de un kaftan, la ocasión de olvidar el reloj y el mundo del que venimos, el clic-clic de la cámara de fotos. El zoco de Oujda está más pensado para los habitantes de la ciudad que para los turistas, al menos por ahora. Sin embargo, de vuelta al hotel podemos hacer una parada en el mercado más turístico de Saïdia, lleno de falsificaciones de camisetas del Real Madrid (6 ó 7 euros), zapatillas Converse (12 ó 13) o Nike, relojes, cinturones, carteras... Un pecado venial, a buen precio, sobre todo si hay algún cumpleaños cercano. Ay.

 
De Javier Reverte (el 17/07/2009 a las 11:20:33 en Mediterráneo)


El mediterráneo no es sólo un mar ni un universo geográfico y, si me apuran, tampoco únicamente una cultura. El mediterráneo es, antes que otra cosa, una forma de concebir la existencia que supone la presencia del mar y de una cultura singular. No es tampoco una dieta, sino una forma de enfocar el ludismo. No es un espacio físico, sino una abstracción sensorial. No es una fe, es un instinto. Pero es, sobre todo, en mi opinión, una expresión casi literaria de fe en la vida. «Yo nací entre la miseria y la luz», escribía Albert Camus. Y entre la miseria y la luz, como en toda la obra de Camus, en el mediterráneo siempre ganó la luz. ¿Qué otra forma de optimismo vital hubiera podido alumbrar esa gran conquista humana que es la democracia?. Hayas nacido en Cairo, en Alicante, en Izmir, Creta, Mallorca, Argel, Trieste, Chipre, Split, Beirut, Venecia o Marsella, no serás extranjero en ninguna tierra mediterránea. Y aunque no hables italiano, croata, árabe, turco o francés, hay algo que te hará entenderte con todos quienes viven en las cercanías de ese mar, porque lo que prima en todos ellos es una manera de concebir la vida. Yo camino por los puertos del mediterráneo, con las manos en los bolsillos, igual que lo haría un marinero nacido en Fenicia, crecido en Sicilia y contratado por un barco francés. Y la gente me saluda en veinte idiomas. Nunca he sido un extraño en Grecia, ni en Italia, ni el sur francés, ni en las costas de Túnez, de Argelia, de Marruecos, de Siria o de Egipto. El mediterráneo se extiende más allá de sus costas. Yo creo que París es casi tan mediterránea como Barcelona, Cádiz tan mediterránea como Estambul y desde luego que lo es Madrid. ¿Quién mide cuáles son las fronteras espirituales del más viejo de los mares? No hay que olvidar, de todos modos, como escribía Fernand Braudel, que en este universo «lo plural siempre se opone a lo singular: hay diez, veinte, cien mediterráneos y cada uno de ellos está a su vez subdividido». Por lo mismo, el mediterráneo podría tener muchos símbolos. Yo me quedo con ese perfil mordido por los siglos del Partenón de Atenas, que levita en los aires, a la orilla del mar, como una nave de piedra, cual si fuera la nave de Peter Pan.

 


El nuevo Barceló Saïdia fue inaugurado a mediados de junio, quizá un poco antes de tiempo para aprovechar el verano. Desde entonces, durante un par de meses, fue de boca en boca por los foros de internet. Quizá ha sido el hotel sobre el que más se ha escrito en el recibidor del verano, y no siempre para bien. Por eso, cuando Germán nos dejó en la recepción, inmensa, decorada como un palacio árabe, teníamos más dudas que certezas. Y ya se sabe que la incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar (Vargas Llosa). En el caso del turismo, como cuando se compra una casa, el rodaje, los meses de funcionamiento, pulen los desperfectos. Sólo que la temporada alta no admite espera. Y aquí estábamos, en agosto, a pleno sol, con el hotel lleno, el examen de Selectividad. La gran apuesta de la excelente cadena Barceló en el nuevo mediterráneo es un cinco estrellas “todo incluido” lleno de detalles tradicionales árabes en la decoración, con cerámica en los suelos, tonos rosados y rojizos en las fachadas, alfombras, sombras como puertos para descansar, media docena de piscinas, instalaciones amplias, wifi gratis y una construcción a lo ancho y no a lo alto. “Un hotelazo”, nos dijo alguien antes de venir. “Un hotelazo bellísimo”, añadió alguien más. Y es verdad. Una competencia seria para el mediterráneo español: gran calidad a muy buen precio. Y casi todo ya en funcionamiento, con la ayuda de cuarenta empleados españoles. En el inmenso restaurante sobra comida, con muchas recetas tradicionales de cordero y postres con los que tirar por la borda la operación bikini, más un par de restaurantes bajo reserva, un italiano y el Al-Andalus. Aún falta por inaugurar el snack bar de la playa, por si entra hambre entre horas. Es un kiosco de madera con una espectacular vista sobre el mar y sobre el arenal: catorce kilómetros en los que poder pasear, nadar o disfrutar del sol sin agobio alguno. El hotel tiene una salida directa a la playa y, allí, una zona acotada con hamacas y toallas para sus clientes. En el horizonte cercano, las Chafarinas, vigiladas por militares españoles, en otro tiempo el hogar de la foca monje Peluso. La animación es perfecta para las familias: kid club, zonas de juegos, piscinas con poca profundidad... Incluso por la noche, en el show time, siempre hay un aperitivo cosido con el cancionero infantil. Eso sí, los jóvenes que viajen solos y busquen una fiebre “caribeña” de ron y salsa hasta el amanecer, aquí no la encontrarán. En cambio, las parejas o las familias que prefieran piscina, playa, paz e instalaciones excelentes habrán descubierto un refugio inesperado, rodeado por un campo de golf de dieciocho hoyos, un puerto deportivo situado a dos kilómetros y, de vuelta a la habitación, un spa en el que olvidar el mundo con un masaje bereber y el dulce runrún del agua. El nuevo Barceló ha arrancado, con las peculiaridades de la cultura marroquí en el servicio, pero con los problemas de la línea de salida resueltos.

 

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