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A
lugo capital hay que venir con niebla. Levantarse temprano y llegar hasta la muralla para verla envuelta en ese cendal de nubes que echan a correr sobre las almenas como fantasmagóricos atletas. Los lucenses rinden culto a su nebulosa muralla romana con la convicción de que, si un día cayera, sería el fin del mundo. El fin del mundo de los lucenses. En
lugo es inimaginable la vida sin una muralla romana, recorrida por los románticos espectros de la niebla a primera hora de la mañana, y sin el aperitivo a mediodía de su calle de los vinos. Es el ciclo de la vida de la ciudad: uno amanece sobrecogido de misterio ante los nebulosos espectros la capital, pero a mediodía contempla cómo sale el sol y las tiendas se animan... y hay que salir a celebrarlo con los amigos: a tomar unos vinos y dejarse regalar las mejores tapas de España en la rúa Nova y la plaza del Campo. «Y para comer,
lugo», dice su lema turístico. Con razón. Asediada cada brumosa mañana por trasgos y espectros, el lucense siente necesidad de amarrarse a tierra con el culto a la buena cocina, a la sólida repostería, a la lenta tertulia a media tarde en la Plaza Mayor. Como si temiera correr el destino de Castroforte del Baralla, la quinta provincia gallega imaginada por Torrente Ballester, que igual descendía a tierra que levitaba y desaparecía entre las nubes.
Hice el
Camino de Santiago en el 93, el primer año del Pelegrín y del Xacobeo reinventado como fenómeno de atracción cultural y turística. No recuerdo de quién fue la idea de emprender aquel viaje entre amigos, una caminata de ciento y pico de kilómetros, mochila a cuestas, con la feliz perspectiva de arribar la Plaza del Obradoiro convertidos en peregrinos. Mentiría si dijese que no esperaba divertirme —el nuestro no era un viaje de expiación ni de sacrificio— , pero tampoco esperaba aprender nada de la aventura. Y, sin embargo, lo hice. Descubrí el raro valor del silencio en grupo, que permite al andante iniciar una lúcida conversación consigo mismo. Experimenté una nueva impresión del paisaje de mi tierra, con el sol filtrándose en el laberinto vegetal de los helechos, y atardeceres imposibles con el sol teñido de color rojo sobre la línea definida del Finis Terrae. Pude explicar a los venidos de otras tierras que cuando los robledales se llaman carballeiras tienen otro color y otro sonido, y que el olor de las flores del tojo es tan intenso y puro como el de las rosas búlgaras. Viví como un regalo inesperado la solidaridad entre los caminantes, y participé de una ruidosa expresión de alegría colectiva cuando, en mitad de un mediodía tórrido, encontramos una generosa fuente de piedra donde se improvisó una fiesta entre desconocidos. Hice amigos eternos a los que no volví a ver nunca, hablé con gentes dispares cuyas vidas nada tenían que ver con la mía, y lo hice con la certeza de estar hermanada con ellos por la rara experiencia del peregrinaje, por la salida intempestiva de las estrellas antes de llegar al albergue, por las ampollas de los pies – mal endémico del peregrino – por los músculos cansados y los cambios de temperatura que son una constante en la tierra gallega. Tras las jornadas de caminata, la primera visión de las torres de Compostela desde el Monte del Gozo tiene mucho de epifanía, de augurio de triunfo. Al llegar a la Plaza del Obradoiro —que es la más hermosa del mundo— , supe que estaba viviendo un momento que tendría para siempre un lugar de privilegio en el complicado mapa de los recuerdos. No importa cuantas veces se haya visto la fachada soberbia de la catedral, la torre de cuento de la Berenguela, la sinfonía de piedra del palacio de Raxoi o el frente del Hostal de los Reyes Católicos: cuando se llega allí tras hacer el Camino, siempre se ve por vez primera. Y al traspasar el Pórtico de la Gloria, con el cuerpo cosido a agujetas y los pies estragados, es imposible no creer, siquiera unos segundos, en eso que se llama milagro. Yo he visto a un ateo convencido llevarse la mano al corazón al ver la obra colosal del maestro Mateo, a un agnóstico de libro buscando el abrazo del apóstol, a un descreído de nación posar la mano con los ojos húmedos en las ramas sinuosas del árbol de Jesé antes de tocar con su cabeza el cráneo de piedra del Santo dos Croques. Y es que en ese momento se aprende que el prodigio del que tanto se ha oído hablar no está en una barca de piedra que llegó, siguiendo la guía de las estrellas, a las tierras venturosas de Iria Flavia. Lo extraordinario es saber que esa ruta del Campus Stellae es el mismo Camino que siguieron, durante siglos, miles y miles de desconocidos animados por algo a lo que ni siquiera sabían poner nombre. Los que han hecho el camino de Satiago ya saben de lo que hablo. Los que no, seguro que intuyen lo que se pierden. Marta Rivera de la Cruz (
lugo, 1970). Finalista del premio Planeta en 2006, con "El tiempo de los prodigios". En 2009 ha publicado "La importancia de las cosas".