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Godfrey, el guía que no usa reloj, está obsesionado con el tiempo. “Cinco minutos para las fotos. Hay que iniciar el descenso cuanto antes”. Pero... ¿por qué? Quiero decir: ha amanecido sobre África y estamos presenciando el milagro desde
la cumbre del Kilimanjaro. ¿Qué prisa hay? Ya ni siquiera me duele la cabeza, o he metido ese problema en el desván. Me muevo deprisa, jadeando. Disparo y me disparan. Me gustaría ir al fondo del cráter y tocar el glaciar, confirmar que es una muralla de hielo y no un decorado de cartón piedra, pero Godfrey me advierte de las pocas naves que me quedan a pesar de creerme dueño de la Armada Invencible. Veinte minutos después llego a la conclusión de que el guía tiene razón, que el trabajo está a medio hacer y estoy sufriendo una especie de narcosis de nitrógeno. Hay que bajar. En Stella Point envío varios SMS a familiares y amigos. La bajada a Barafu Camp se realiza por otro lugar, impracticable para la ascensión, pero cómodo ahora, siempre que uno esté dispuesto a darse un baño de polvo volcánico. Se trata, básicamente, de “esquiar” sobre arena. A pesar del cansancio, el descenso es rapidísimo. Tardamos poco más de dos horas y media en desandar lo que la noche anterior nos costó siete horas y media. En el campamento, Livingstone nos espera con un refrigerio y nos da la enhorabuena. Descansamos un buen rato y nos lanzamos pendiente abajo hacia Mweka. La última parte del recorrido se hace dura. Hemos regresado al páramo y el brezal. El camino está embarrado y las rodillas piden clemencia a cada paso. Mweka Camp parece otro mundo. Otra montaña. Hemos descendido casi 3.000 metros desde la cumbre y nos hallamos al borde de la selva húmeda. Es un campamento grande y animado, nutrido por gente que baja y otra que está de excursión en las faldas del Kili. Nos aseamos un poco, cenamos y nos quedamos un buen rato de tertulia en la tienda comedor comentando la fabulosa experiencia vivida. El día después amanecemos sin daños importantes, salvo unas agujetas que habríamos firmado antes de empezar. Nos hemos fotografiado con la tropa de Godfrey después de la ceremonia de las propinas. Dice la teoría que no conviene salirse de las cantidades recomendadas por las agencias turísticas, porque si somos demasiado generosos dejaríamos mal a los siguientes clientes, pero... ¿qué recompensa merece el sacrificio de los porteadores? Al final decidimos una cantidad algo superior a la aconsejada, pero injusta en cualquier caso. A los futuros visitantes les dejamos la montaña tal como la encontramos. Y eso es más que suficiente.

Estoy en la aseada oficina de
Mauly Tours en
Moshi, a 850 metros de altura, y Samira, una de las agentes, me mira y me enamora al instante con sus ojos como faros y el almenado blanco y perfecto de sus dientes. Estoy en la arista que conduce a
Stella Point, a 5.500 metros, una semana más tarde, y el recuerdo de Samira no me sirve de antídoto a la hipoxia y el agotamiento. Estoy en la selva, a 2.000 metros, unas horas después de atar los últimos cabos en
Moshi y dejar atrás cafetales y plataneras, y tres colobos, los monos más elegantes del reino animal, me espían desde las ramas de gigantescas coníferas. La trocha embarrada serpentea entre helechos arborescentes bajo cuya sombra los excursionistas dan buena cuenta de su almuerzo: un sándwich, un huevo duro, galletas y zumo. La selva te ensaliva, pero, al menos, no hay mosquitos. Sólo los colobos con su librea negra y blanca.
Godfrey, el guía, ya nos ha enseñado las dos primeras palabras en suajili. Los dos primeros mandamientos del
Kilimanjaro. Pole pole (despacio) y maji (agua). Un paso, y después otro. Un trago, y después otro. Y así hasta el siguiente campamento, y así hasta los tres litros de líquido al día. Godfrey tiene más ascensiones que años, cincuenta y tantos por veintitantos, y el gesto adusto. Los porteadores escuchan su discurso sin rechistar, o repitiendo las dos últimas palabras de cada párrafo, como en un sermón del
Bronx, y tiran para arriba con enormes bultos sobre sus cabezas mientras los mzungus se rezagan, sudorosos e hiperventilando. Godfrey asegura que pone al 98 por 100 de sus clientes en la cumbre, así que cuando le preguntamos sobre nuestras posibilidades nos mira de arriba abajo, y dice: ¿Por qué no?. Se me ocurren algunas razones, pero me callo. No hay acuerdo sobre el porcentaje de huellas dejadas sobre
Uhuru Peak; algunas fuentes hablan de un 40-50 por 100 en la ruta Marangu, conocida como "ruta Coca-Cola", la más directa, popular y transitada, y que las estadísticas de Rongai y Machame son mayores, pero quién sabe. Machame es más larga, más rompepiernas, pero también la que permite una mejor ac
limatación a la altitud y la que regala las vistas más impresionantes sobre el Kibo, el cráter principal del Ki
limanjaro. Además, se duerme en tiendas de campaña, no en refugios, más en contacto con la naturaleza y a salvo de ronquidos y otros sonidos nocturnos si el compañero se concentra en dormir. Esa fue la ruta que elegimos para atacar la montaña. Pole pole debieron subir dos alemanes de 70 y 71 años. Vemos sus nombres en el libro de registro que hay en Machame Camp (3.000 metros), meta de la primera jornada. El récord, según el guía, está en los 85 años. Abundan los motores diésel. Canadienses, norteamericanos y alemanes.
Estoy escribiendo a la luz de una vela en la tienda-comedor.
Javier me acompaña en silencio. Dice que está reflexionando. Cuando se agota la vela sale a aliviar la vejiga y regresa entusiasmado. No por el éxito de la micción, sino por el cielo. Está lleno de estrellas. El cielo de África.

Si te preguntan en Colombia a primera hora de la mañana que si quieres un tinto, no debes extrañarte. Así es como llaman allí al café solo bien cargadito. Ese café que pasa por ser el mejor del mundo y su abanderado, el mítico Juan Valdez, son la punta de lanza del
Mes de Colombia que se acaba de inaugurar en Madrid.
De la mano de Proexport Colombia y con la colaboración del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo y el Fondo de Promoción Turística, Colombia promociona en Madrid hasta el 21 de junio la riqueza de su patrimonio, su cultura y su naturaleza, con un variado programa de actividades destinadas a dar a conocer “los secretos mejor guardados" de aquel país.
Para empezar,
la tienda National Geographic de la Gran Vía acogió a una multitudinaria fiesta en la que no faltó el café, la cerveza Club Colombia, el ceviche o los chips de yuca. Previamente, esta promoción había sido inaugurada oficialmente en la embajada colombiana por el viceministro de Turismo, Oscar Rueda; el embajador, Orlando Sardi de
lima, y la presidenta de Proexport, María Claudia Lacouture, quien dijo que “Hemos preparado un programa muy variado que incluye desde charlas y conferencias, documentales, exposiciones fotográficas, gastronomía, artesanía y folclore”.
“
Los españoles ocupan la primera posición entre los europeos que nos visitan. Por eso, -declaró el viceministro colombiano de Turismo- nuestro objetivo es aumentar la cifra de visitantes de España, que ha pasado de 45.000 en 2004 a 90.000 en 2011”. En cuanto al controvertido asunto de la seguridad, el embajador subrayó que Colombia es un país “cada vez más seguro” y recordó que para corroborarlo hay en la actualidad 300 empresas españolas afincadas allí.
Las actividades del Mes de Colombia también saldrán a la calle. Por ejemplo, en la Plaza de Callao el cafetero Juan Valdez ha instalado una típica casona de los cafetales colombianos, donde los viandantes pueden fotografiarse con él y tomarse un auténtico tinto, aunque sea a primeras horas de la mañana. El programa completo de las actividades lo puedes ver en:
http://www.colombia.travel/es/natgeo-colombia/#/es/home Foto: Inauguración del Mes de Colombia en la tienda de National Geographic de Madrid (Foto: Pilar Arcos)

Hemos subido de piso, de
la selva húmeda al brezal y el páramo, y en la meseta de Shira, a 3.800 metros de altitud, se vislumbra por primera vez el Kibo, la “gran montaña nevada” que el astrónomo griego Ptolomeo citó en el siglo II en un escrito sobre una tierra misteriosa, habitada por caníbales, situada al sur de lo que hoy es Somalia. El mito adquirió viso de realidad tras las observaciones del misionero alemán Johann Rebmann en 1849, que son recogidas por la
Royal Geographical Society. En los albores del siglo XIX Occidente seguía ignorándolo prácticamente todo sobre África. Pero algo cambió entonces en la actitud de los europeos, y en ese afán dieciochista por el conocimiento científico del mundo los británicos presentaron su candidatura inaugurando la época heroica de la exploración. Fue el tiempo de
Livingstone,
Burton,
Speke,
Grant y
Stanley. Había muchos misterios que desvelar, pero hacía falta una “percha” incontestable. El supremo enigma geográfico no fue, en cambio, el
Kilimanjaro, sino la ubicación de las fuentes del Nilo. Burton y Speke se entrevistaron en Mombasa con , que había llegado hasta la base del Kili, para proponerle que se uniera a su expedición en busca del nacimiento del gran río, pero el recio pastor rehusó la oferta a pesar de que se le presentaba una oportunidad inmejorable de extender su acción evangelizadora. Los súbditos del Reino Unido siguieron a lo suyo, mientras que la gloria del techo de África correspondió a otros.
Abriéndose paso en la selva y en el brezal ascendieron el geógrafo alemán
Hans Meyer, el alpinista austríaco Ludwig Purtscheller y el guía local Yohana Lauwo hacia la ladera sureste, buscando un paso entre paredes imposibles y flujos de hielo, y después de atravesar el glaciar Ratzel pusieron el pie en Uhuru Peak, el punto más alto del Ki
limanjaro. Era el 6 de octubre de 1889. En 1926, otro misionero alemán, Richard Reusch, encontró en el cráter principal el cuerpo congelado de un leopardo. ¿Qué presa iba rastreando cuando el frío le clavó todos sus puñales? El felino se convirtió en un símbolo literario cuando Ernest Hemingway publicó «Las nieves del Ki
limanjaro», un cuento que reflexiona sobre el ocaso de los días y la mortalidad y cuyo epígrafe dice: «El Ki
limanjaro es una montaña cubierta de nieve, de 5.895 metros de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre en masai es Ngáje Ngái, la Casa de Dios. Cerca de la cumbre se encuentra el cadáver seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas».
Tal vez en su escalada suicida buscó refugio en la cueva de Shira, donde pernoctaban los montañeros antes de que el Kili estuviera en los catálogos turísticos y sus laderas se vieran salpicadas de tiendas multicolores. Pero allí, en la boca de la cavidad volcánica, se respira soledad, y si la mirada se dirige al sur, a los escarpados bastiones rocosos que descienden desde la meseta hasta la llanura tanzana, uno se siente microscópico, una anécdota insignificante de las edades geológicas de esta montaña.

Bebemos tanta agua y té por prescripción del guía que la salida nocturna a aliviar la vejiga es obligatoria. Resulta un fastidio, pero no hay forma de aguantarse. Así que me pongo el forro polar y las botas, doy media docena de pasos fuera de la tienda... y procedo. Ya. Lo correcto sería ir a las letrinas. Las hay incluso aceptables (traducción de “aceptables”: que no revuelven el estómago). Quien no soporte esas pequeñas casetas de madera con un agujero en el suelo puede resolver las llamadas de la naturaleza... yendo a la naturaleza. El caso es que... por la noche no hay debate. Combato el frío del momento observando el cielo estrellado y las luces de
Moshi y otras poblaciones que están tres mil metros más abajo. Luego regreso al saco y reinicio la lucha contra el insomnio, cortesía de la altitud.
La etapa más corta de nuestro trekking, preludio del tour de force que empieza esta misma noche, resulta de lo más satisfactoria por la ausencia de turistas. Aunque tiene tramos de duras cuestas completamos el recorrido en apenas dos horas y media. A las 11 de la mañana ya estamos en Barafu Hut (4.600 metros), que podría considerarse el auténtico campo base del
Kilimanjaro. Aquí se sitúa el punto de inflexión de la aventura. Hasta ahora la caminata ha sido una broma si la comparamos con lo que nos espera. Este campamento, rocoso y expuesto, es el menos acogedor de toda la ruta. Al llegar vemos excursionistas con el rostro descompuesto y caminando torpemente. Gente que ha renunciado a la cumbre. Los porteadores esperan instrucciones de los guías para enfilar cuesta abajo. Nos recibe Livingstone, el camarero de nuestra pequeña expedición, con su sonrisa de anuncio y dos palanganas de “maji moto” (agua caliente) para asearnos. Se esfuerza en enseñarnos palabras en suajili. Al rato vuelve con un termo de té y un plato de palomitas de maíz. “Asante sana” (muchas gracias). El día avanza perezosamente. A las ocho de la tarde nos metemos en la tienda a descansar.
A las 22:30 decido que no puedo dormir más. ¿Más? En realidad, no he pegado ojo. El camarero vendrá dentro de un rato con la “maji moto” para quitarnos las legañas. Voy preparando las cosas con calma. Cuatro capas arriba: dos camisetas térmicas, el forro polar y el chaquetón. Tres abajo, incluyendo el pantalón del pijama. Creo que Godfrey exagera, pero no quiero correr riesgos. Guardo el saco y todo lo que no necesito en la bolsa de viaje y espero en silencio la llamada del risueño Livingstone.
23:30. Los cristales de hielo que cubren la tienda comedor brillan a la luz de la linterna. Hace frío. O quizás son los nervios. O las dos cosas. Después de echarnos unas galletas y un té al coleto iniciamos la ascensión poniendo nuestras huellas sobre las de Godfrey en la trocha polvorienta. Pole pole, con la cámara y tres litros de agua en la mochila, parte de los cuales iremos derramando para quitarnos peso, poco a poco, con alevosía, sin que el guía se percate de nuestro delito. La noche —esa noche impagable de
África— está llena de estrellas, pero es necesario llevar la linterna frontal encendida para prevenir accidentes. El dichoso trasto me aprieta las sienes. Lleva una pila de petaca en las tripas. Cargo con otra de repuesto. ¿Será suficiente? ¿Y la ropa de abrigo? Después de superar un pequeño caos de rocas nos topamos con el primer muro. Vamos tan lentos que parecemos astronautas en la Luna. Alcanzamos una plataforma y, enseguida, las rampas donde pasaremos las próximas horas en silencio, porque hablar significa la asfixia, rumiando cada uno la noche como Dios le da a entender.
3:00. Hemos superado los 5.100 metros de altitud. La cabeza me empieza a doler y en uno de los maji time (paradas para beber, muy cortas para no enfriarnos) me meto una dosis de codeína. Un pobre remedio. Detrás, la Santa Compaña procesiona en la aplastante oscuridad de la arista. Abajo, parece Navidad en
Moshi y otros pueblos de la llanura. ¿Habrá alguien allí que esté pensando en la batalla que se libra en la montaña? Algunos ya la han perdido. Nos cruzamos con un guía que lleva de la mano a una mujer zombi de vuelta al campamento. Otro tipo está sentado en una roca negociando el armisticio. Dice que se marea y que está helado. Los porteadores cuentan con camillas metálicas con rueda de bici de montaña para casos extremos. Me pregunto cómo conseguirán salvar los tramos más pedregosos con ese artilugio sin que el enfermo de altura se les despeñe.
4:00. 5.500 metros, más o menos, porque el altímetro puede mentir o los ojos engañar. Javier empieza a tambalearse y a pararse a menudo para recuperar el resuello. Luego contaría que en esta hora dramática sufrió alucinaciones. En cada roca veía una sucursal de El Corte Inglés. Cierro los ojos y estoy en la aseada oficina de Mauly Tours en Moshi, a 850 metros de altura, y Samira, una de las agentes, me mira y me enamora al instante con sus ojos como faros y el almenado blanco y perfecto de sus dientes. Abro los ojos y estoy en la arista que conduce a Stella Point, y el recuerdo de Samira no me sirve de antídoto a la hipoxia y el agotamiento.
5:00. Más de 5.600 metros. El dolor de cabeza no

ha desaparecido y el corazón late desbocado. Mejor no contar las pulsaciones. Paro cada diez o quince pasos para estabilizar la situación. Siento que unas manos invisibles que surgen del suelo me agarran de los tobillos. Una mirada al este, en busca del amanecer, de la luz de la esperanza, pero sólo se adivina la tortuosa silueta del Mawenzi. “Maji time”, se escucha en un susurro. El agua de la botella parece un granizado con sabor a pastilla potabilizadora.
6:00. “Don't sleep”, exclama Godfrey. Parado, apoyado en los bastones, sorbiendo mocos convertidos en escarcha, la tentación de abandonarme es muy fuerte. Un gallego con el que nos cruzamos dice que se ha dormido en la ascensión. Tiene la cabeza ladeada, como aquel compañero del periódico al que llamábamos “el Tumbaíto”. Probablemente la inercia guió sus pasos mientras apoyaba el mentón en el pecho. Nuevo vistazo al este, a la boca del lobo.Y arriba. ¿Eso es un collado o sólo una joroba en la arista y después viene otra rampa más? “¿Eso es Stella Point?”, pregunto. Godfrey asiente. Stella Point, el borde del cráter, 5.795 metros. Hay quien dice basta al llegar allí.
6:55. Los últimos cien metros de desnivel han sido un calvario, pero, inopinadamente, al olor del destartalado cartel de la meta, Uhuru Peak (5.895 metros), la adrenalina le dobla el pulso a la fatiga y me permito un pequeño sprint. Los miembros de nuestra pequeña expedición nos fundimos en un abrazo, emocionados. Hay unos veinte montañeros en la cima disparando sus cámaras, intentando robarle el alma al techo del continente, posando para la posteridad. “Ahora mismo no me gustaría estar en ningún otro lugar”, sentencia
Javier. El sol, al fin, quiebra la oscuridad e ilumina el decorado.Castillos de hielo azul se levantan sobre el lecho volcánico, y un anillo de nubes teñidas de rojo se extiende hacia el infinito por debajo del mirador de África. De repente, a pesar de estar embotados por la hipoxia, la respuesta a Hemingway se revela clara como el amanecer. Ya sabemos lo que buscaba el leopardo en estas alturas.

Sube la marea al alba. Una marea negra, jadeante, que no conoce el desaliento. Son los porteadores, equilibristas en los muros de roca. Algunos cargan bultos inverosímiles sobre sus cabezas (entre 15 y 20 kilos de peso, sin contar con sus pertenencias). Casi todos trepan con más rapidez y agilidad que el mzungu que los ha contratado y al que hidratan, alimentan y hacen la cama. Si hay un paso difícil no serán ellos los que caigan, como en las películas de Tarzán, sino el patán llegado de Occidente. El trekking del
Kilimanjaro no presenta grandes complicaciones técnicas; el único paso peligroso de la ruta Machame se encuentra en Barranco Wall, y es allí donde estos nativos exhiben sus habilidades mientras los demás tenemos que usar las cuatro extremidades para no despeñarnos. Van discretamente equipados en contraste con el uniforme “coronel Tapiocca” del primer mundo. Abundan las camisetas raídas y los forros polares de segunda mano sudados en decenas de ascensiones. Un chaval espabilado puede promocionar a guía asistente y, con suerte, tras cinco años de experiencia y si chapurrea un inglés aceptable, a guía principal. Eso supone más dinero y menos carga a sus espaldas. Desde el punto de vista del hombre blanco políticamente correcto el duro trabajo de los porteadores pisa el terreno de la explotación. Pero las “víctimas” tienen una perspectiva muy distinta y lo ven como una oportunidad económica. Las propinas que cosechan al final del viaje son vitales para la subsistencia de sus familias. Además, sin su concurso las posibilidades del 99 por 100 de los turistas serían remotas. A la marea negra más que a nadie pertenece la montaña.

Acampar en el valle de Karanga (3.930 metros) es opcional, pero muy recomendable para consolidar la ac
limatación y quitarse público de encima. La mayoría de montañeros sigue hasta Barafu Hut (4.600 metros), donde tendrán unas pocas horas de descanso antes de afrontar la extenuante etapa de cumbre: salida al filo de la medianoche, 1.300 metros hacia arriba y 3.000 hacia abajo, completando más de 13 horas de marcha. La escala en Karanga tiene premio no sólo desde el punto de vista práctico. La temperatura suave nos permite cenar fuera de la tienda-comedor. Sopa, arroz, pollo, verdura, fruta y un termo de té. A nuestra espalda, el Kibo librando su eterna lucha con la niebla. De frente, el Meru y la llanura tanzana bajo una luz crepuscular. En el cielo nacen las nubes, cambian de forma y desaparecen en jirones. Un momento mágico que uno querría envasar como si fuera un elixir de la felicidad; un remedio para las malas rachas.

A sólo tres semanas de su inauguración,
el pabellón de España en la Exposición Internacional de Shanghai da los últimos toques a su espectacular edificio. La impactante estructura de unos 8.500 metros cuadrados de extensión aparece ya como un gigantesco cesto muy cerca del no menos espectacular Puente Lupu sobre el río Huangpu en la ciudad más poblada de China. Esta
arriesgada propuesta arquitectónica, presentada por Enric Miralles-Benedetta Tagliabue (EMBT), ganó el concurso de la Sociedad Estatal para Exposiciones Internacionales (SEEI). El pabellón, que cuenta con un presupuesto de 18 millones de euros, ha sido concebido como un recinto dividido en grandes patios, en forma de cestos; que huyen de la usual apuesta por la caja contenedora de líneas rectas. Lo que permite, según Tagliabue, un flujo fluido de visitantes además de favorecer un correcto c
lima interior. Dentro hay diversos espacios, incluido un pequeño auditorio, la estructura de acero se ha recubierto con 8.524 paneles de diversos mimbres elaborados en España y China y, según nos ha manifestado a pie de obra Aritz Parra de la SEEI, estará a punto en la fecha indicada.
Del 1 de mayo al 31 de octubre la Expo de Shanghai será la mayor exposición de todos los tiempos. Ocupa más de 310 hectáreas de superficie en una zona urbana en rápido proceso de desarrollo. Bajo el lema general "Mejores ciudades, mejores vidas", centra su eje temático en el urbanismo, ya que el 55% de la población mundial vive en grandes ciudades. España ha adaptado ese lema como "La ciudad de nuestros padres para nuestros hijos". Y para desarrollar esta idea han colaborado
los cineastas Bigas Luna, Basilio Martín Patino e Isabel Coixet. Precisamente el director de "Jamón jamón" acaba de dejar boquiabiertos a los peridistas chinos con la presentación de su espectáculo audiovisual en el que en siete minutos define "el ADN de España" desde Atapuerca a Rafa Nadal pasando por el flamenco, los Sanfermines y la Mezquita de Córdoba.

Uno debe de confesar que le dan un poco de envidia los tunecinos. Hartos de la política partidista y mezquina que nos rodea en España, reconforta ver la alegría, la ilusión, la esperanza y el interés con el que se encara el presente y se busca el futuro en Túnez. Me recuerda a nuestra querida e idolatrada Transición.
Libertad, seguridad, tranquilidad, pulgares hacia arriba... han sido los conceptos más repetidos en una presentación del “nuevo” turismo tunecino que acaba de realizarse en Madrid. Mientras hablaban en el estrado Fernando Valmaseda, director general de RV Edipress, y Leila Tekaia, directora de la Oficina Nacional de Turismo de Túnez (ONTT) para España y Portugal, se proyectaron una serie de diapositivas sobre el país magrebí que reflejaban los tópicos del turismo en aquel país, playas, bazares, comidas...
Sin embargo dos imágenes se salían de lo normal. La que mostraba una pintada en una calle de Túnez que decía “¡Vive la liberté!” y otra parecida, pero en inglés: “Thank You Facebook”. Y es que Túnez da las gracias a Facebook por haberle servido de vehículo para llevar a buen puerto la Revolución de los Jazmines que estalló el pasado mes de Enero y acabó con el régimen autocrático de Ben Alí. “Antes -dijo Tekaia- un acto como este lo teníamos que organizar con meses de antelación. La actual libertad de Túnez nos permite hacerlo solo unos pocos días antes”.
El turismo es el gran motor de Túnez. Representa el 7% del PIB y podría llegar al 14%. De él vivían y trabajaban más de 400.000 tunecinos, el 12% de la población activa, pero el miedo por la desinformación de la mayoría de los turistas extranjeros ha hecho que descienda la actividad turística y que unas 50.000 personas de este sector hayan ido al paro.
Pese a todo, “Túnez no está en guerra”, repetía Valmaseda y corroboraba Tekaia, aunque les consta que en algunas agencias de viajes españolas así se lo han dicho a posibles turistas que buscaban información. La revuelta, ya pasada, no afectó directamente “ni a un solo turista”. “Estamos haciendo limpieza en nuestra casa -aseguraba la directora de la ONTT- y pedimos a los países amigos que nos ayuden a conseguirlo”. En lo que va de año, el turismo europeo ha descendido en Túnez entre un 45 y un 50%. Pero
los españoles parecen más miedosos que los demás y sólo han viajado a este país el 20% de los que lo hicieron el año pasado. Esto se explica porque el turista español es en un 80% excursionista, es decir, no se queda encerrado en el hotel y la playa adyacente y le gusta hacer excursiones por el desierto o los pequeños pueblos. Según se puso de manifiesto en la presentación, el objetivo de cara a la temporada de verano y a largo plazo no es otro que mostrar a tour operadores, futuros visitantes y, a la sociedad en general, que Túnez es seguro, tranquilo y acogedor.
Que el país sigue siendo un destino en el que se pueden encontrar playas de ensueño, restos arqueológicos de múltiples culturas, amplia y variada oferta gastronómica, talasoterapia, windsurf, golf, amenos y típicos festivales, pero también se puede encontrar un pueblo que da la bienvenida a turistas, como siempre ha sido, y que ahora además vive en un c
lima de paz, armonía, libertad y democracia. ¡Enhorabuena, Túnez!
Leila Tekaia, directora de la Oficina Nacional de Turismo de Túnez (ONTT), junto a una fotografía con una pintada que dice “Gracias Facebook”. FOTO: PILAR ARCOS

Que la Amazonía es la mayor cuenca hidrográfica del mundo, ya lo sabíamos. Que el Amazonas es el río más largo, caudaloso, profundo y ancho del planeta, también. Y que sus paisajes, su biodiversidad y las gentes que en ella habitan son únicos. Pero ahora es un poco más oficial al haber sido declarada por la
Fundación New7Wonders como una de las siete nuevas Maravillas Naturales del Mundo. La iniciativa fue lanzada por Perú hace cuatro años.
Este país comparte la Amazonía con Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guayana Francesa, Guyana, Surinam y Venezuela, y ha obtenido la distinción por voto popular entre 477 lugares de todo el mundo. Las otras nuevas maravillas son la Bahía de Ha-Long (Vietnam), las Cataratas de Iguazú (Argentina-Brasil), la Isla de Jeju (Corea del Sur), la Isla de Komodo (Indonesia), el río subterráneo del Puerto Princesa (Filipinas) y la Montaña de la Mesa (Sudáfrica). Aunque el concurso ha sido criticado por instituciones como la Unesco, que tiene su propia lista de lugares Patrimonio de la Humanidad, ya que consideran que “se trata de una simple y pura acción de promoción, completamente irrelevante, pues la elección no sigue ningún estándar científico y solo se guía de parámetros turísticos”,
las autoridades peruanas han recibido la distinción con júbilo ya que, aunque promoverá el turismo masivo también servirá para incrementar las medidas de seguridad para alcanzar un turismo sostenible y no invasivo. La directora de Promoción de Turismo de la estatal Promperú, María del Carmen Reparaz, ha

declarado que ahora
“podremos darnos a conocer como un país amazónico, un área que por su grandeza geográfica va a darnos a conocer a nivel mundial”. En la actualidad Perú es reconocido internacionalmente prácticamente sólo como un destino andino en el que la joya del Machu Picchu lo domina todo. Reparaz ha recordado que el río Amazonas nace en los andes del sur de Perú y que “el 60 % del territorio peruano es Amazonía.
A Perú no lo identificaban como país amazónico, pero ahora, detrás de esta elección, se viene un tema muy fuerte de inversión”. Sólo unos días antes de esta designación,
Iberia bautizó en la capital peruana a uno de sus Airbus A-340/600 que hacen la ruta regular Madrid-
lima con el nombre de “Río Amazonas”. La aerolínea de bandera española vuela de forma ininterrumpida al Perú desde 1963. El “Río Amazonas” es, junto con el “Islas Galápagos” y el “Ciudad de México”, uno de los tres únicos aviones de toda la flota de Iberia que tienen nombres de lugares no españoles.
FOTO 1:
Río Marañón, tributario del Amazonas, cerca de Nauta (Foto: P. Arcos)
FOTO 2:
Ceremonia de bautizo del “Río Amazonas”. De izquierda a derecha: Ángel Valdemoros, director de Ventas Internacionales de Iberia; José Luis Silva, ministro de Comercio Exterior y Turismo de Perú; Javier Sandomingo, embajador de España en Perú; e Iván Vázquez, presidente de la región amazónica de Loreto. (Foto P. Arcos)

Miren esta foto. Desde el cielo, Malé, capital de Maldivas, recuerda a El Álamo, una estación término amenazada por la inmensidad del océano. Ahí abajo viven unas 105.000 personas —casi un tercio de la población del país—, de momento a salvo, al abrigo de un muro de hormigón de tres metros de altura. Pero Malé es la única de las 1.200 islas de Maldivas (más de doscientas de ellas habitadas) que dispone de una red de seguridad para los malos tiempos que los analistas del c
lima les auguran. El 80 por ciento de esas islas sólo sobresale un metro sobre el nivel del mar. Poco margen para la enorme amenaza del cambio climático y la subida del nivel del agua. Miren otra vez esta foto, pero con los ojos de la imaginación. Para cientos de miles de turistas cada año, no es El Álamo, sino Eldorado, un paraíso del que cuesta un potosí salir cuando termina esa semana de belleza y paz en una isla que es un hotel que es una playa, rodeados de aguas trasparentes para bucear y paisajes limpios para olvidar el mundo. El aeropuerto está en una pequeña isla a tiro de piedra de Malé, y desde ahí los viajeros, preferiblemente en pareja y sin ordenador, con no demasiada ropa, se dirigen al sitio de su recreo. En un futuro más o menos próximo, dicen que a lo largo de este siglo, todo eso estará en peligro. De hecho, el presidente Mohamed Nasheed anunció tras ser elegido, a final del año pasado, que dedicaría parte del dinero del turismo (más del 20 por ciento del PIB) a un fondo destinado a comprar una tierra de acogida en Sri Lanka, India o Australia. En el peor escenario, los refugiados del c
lima tendrían que encontrar otra tierra prometida.
Yamena, martes. La noche de Yamena es una máscara de ébano perforada por luces de yesca, candiles de gas, tubos fluorescentes que sirven de abrevadero a los insectos y a los mosquitos que afilan sus patas pensando en la pitanza de los incautos. No consigo ver el curso del
Chari a media que el avión de Air France se aproxima al aeropuerto internacional de la capital de Chad, un país encerrado en el centro del continente negro, de c
lima mayoritariamente desértico, castigado a no ser por unas fronteras trazadas de forma tan arbitraria como las de muchos de sus vecinos, que algunos han llamado El corazón muerto de África. El pasaje es mayoritariamente blanco: contratistas, soldados de refresco para la fuerza de la Unión Europea o las tropas francesas que siguen poniendo y quitando líderes desde que en 1960 cedieron teóricamente la soberanía, funcionarios de las Naciones Unidas que hablan idiomas ininteligibles, empleados de la Cruz Roja Internacional y otras organizaciones cargadas de buenas intenciones, y periodistas, claro, los que menos tiempo se quedan y más se atreven a decir después de su vuelo de pájaro nervioso. Los empleados de la aduana tienen cara de pocos amigos, pero evito al que ladra al pedir los papeles. Los trámites (con la visa bien visible) son sin embargo más ágiles que en otras satrapías vecinas y el aire denso del diminuto aeropuerto confirma la bofetada de calor de la pista, que contrasta con la lluvia y el frío de Madrid, 14 horas antes, cuando la noche de la capital de España era una máscara de acero perforada por una miríada de lanzas térmicas y entre los dormidos y los vigilantes el mundo parecía tener sentido. Un coronel francés nos da la bienvenida. Por las calles mortecinas de Yamena, ilustradas por el polvo del desierto que se casa con el asfalto escaso y lo devora, las túnicas de los tenderos y de los ociosos daban la bienvenida sutil a quien quiera asomarse a la noche del corazón muerto de
África, donde reina una tal
Idriss Déby Itno que duerme siempre con un ojo abierto pese a la constante vigilancia de los Mirage, que despegan antes que nadie en el mismo aeropuerto que liga la máscara de Madrid con la de
Yamena, la lluvia y el frío del norte con el fatalismo de un país de diez millones de almas tan grande como tres veces California (así lo mide la página de la CIA) o más grande que la suma de Francia y España juntas. Limita al norte con Libia, al este con Sudán, al sur con la República Centroafricana, al sudeste con Camerún y Nigeria, y al oste con Níger. En una ciudad como Yamena un poeta y traficante como
Rimbaud hubiera podido echar raíces.

Quien desee conocer la zona norte del Gran Buenos Aires –la más hermosa y exclusiva de esta provincia, con sus grandes mansiones de época y sus country clubs-, tiene
una cita obligada con Tigre, localidad que debe su denominación a una raza de felinos, los yaguaretés o tigres americanos, antaño abundantes en la región y hoy extinguidos. Colonizado hacia 1580, este emporio, ciertamente coqueto y pintoresco, oficia de
puerta de entrada al delta del Paraná, el tercero más grande del planeta (17.500 kilómetros cuadrados de superficie y 320 de longitud) y el único entre los de su tamaño cuyas aguas no van a parar directamente al mar, ya que se vierten antes en el río de la Plata.
La
Agencia de Desarrollo Turístico de Tigre nos ha invitado amablemente a visitar su ciudad. Partimos, pues, de Buenos Aires en esta mañana, que se anuncia lluviosa.
Desde el famoso Obelisco de la Avenida 9 de Julio hasta nuestro destino sólo hay 32 kilómetros; un corto y sugestivo trayecto viable todo el año, bien sea por tierra o en los barcos que, soltando amarras en la dársena norte de Puerto Madero, navegan el río de la Plata. Dentro de la primera opción, una alternativa altamente recomendable al colectivo número 60 –el autobús más famoso de la capital- o al taxi (al remis, como le llaman por estos pagos) es el tren eléctrico, inaugurado en 1916, cuya marcha, paralela a la corriente fluvial, proporciona unas vistas excelentes y evita los atascos circulatorios.
Por sus bellezas naturales y por su cercanía a la gran capital,
el delta del Paraná, uno de los lugares más interesantes de toda Argentina, atrae cada día a gente deseosa de pasar aquí unas vacaciones o un simple fin de semana. Pese a extenderse entre los 32º y los 34º sur, su escasa altitud y la abundancia de grandes espejos de agua generan un microc
lima propio de latitudes tropicales. Los palmares de pindó, por ejemplo, abundan en uno de sus brazos, el Paraná de Las Palmas, así bautizado por los colonos europeos debido a tal circunstancia. Éstos, por su parte, introdujeron plantas que modificaron sensiblemente el paisaje original. Hoy, prestando la debida atención,
distinguimos exotismos vegetales como el papiro –el mismo que usaban los faraones para escribir en el delta del Nilo-, identificable por su fino tallo y su plumerillo en la punta. De Nueva Zelanda vino el formio; de Europa, la madreselva; de Japón, la ligustrina –actualmente convertida en plaga- y del Himalaya llegó el sauce llorón, incorporado ya al horizonte paranaense como si fuera un endemismo.
Tigre, sin duda su reclamo más llamativo, conforma un destino turístico no comparable a ningún otro dentro de la provincia de Buenos Aires. La villa, delimitada por los ríos Luján, Reconquista y Tigre, es
una perla arquitectónica decimonónica que subsiste en medio de un universo anfibio y desconcertante. Efectivamente, la Venecia de Argentina –nombre que muchos le adjudican- se alza en un dédalo de islas y caños rebosante de especies vegetales, tanto autóctonas como exóticas, que colorean el ambiente (amén de purificar el aire bonaerense) y por el que únicamente sus moradores consiguen orientarse.
Verónica, la representante de la Agencia, nos recibe en Puerto de Frutos. Ninguna visita a Tigre es completa si se soslaya este lugar, el cual debe su nombre a que, hacia 1900, esta zona del delta fuera elegida para establecer quintas de producción agrícola, sobre todo de frutales. “Las islas contaban también con aserraderos y talleres de carpintería” nos va contando Verónica, “y manufacturaban maderas, conservas, embutidos y licores”. Hoy
los artesanos de Puerto de Frutos siguen trabajando la madera, además del mimbre y otros elementos, transformándolos en bellos objetos decorativos y artísticos. La entrada a los obradores es gratuita y la feria artesanal permanece abierta toda la semana.
A principios del siglo XX, participando del esplendor de la Belle Époque, Tigre se enriqueció con obras de arquitectura notables y se convirtió en el reducto veraniego de la oligarquía porteña. No obstante, la explosión turística tuvo lugar mediada dicha centuria, con el florecimiento de hosterías, clubes de remo y otros servicios que congregaban a miles de bonaerenses los fines de semana. En la actualidad,
la Venecia de Argentina se impone como una buena opción para pasar el verano sin alejarse de la gran ciudad. Su señuelo es que no hace falta ir al mar para disfrutar del agua. Entre sus ofertas hay unas cuantas gratuitas, como visitar alguna de sus reservas ecológicas; a precios asequibles, como recorrer los caños en lancha, pescar al atardecer y surcar el aire haciendo kite surf; o poco comunes, como alquilar una cabaña en la copa de un árbol y navegar en kayak a la luz de la Luna.
El delta del Paraná crece a razón de 90 metros al año, sumando nuevas tierras a este universo ensimismado, especie de refugio salvaje en el que el agua lo es todo: razón esencial del encanto de los cayos, pero también fuente de obstáculos e incomodidades. En Tigre la vida de los isleños transcurre en este eterno contencioso de amor-desamor por el agua. Entre las singularidades de su mundo ribereño encontramos la lancha-ambulancia, la lancha-almacén y las lanchas-basurero, contratadas por cada grupo de vecinos para abaratar costos. Hasta 1952 hubo un banco flotante e incluso una iglesia que se mecía sobre la corriente con capacidad para quince feligreses, una sacristía, comedor y cinco camarotes para el sacerdote y la tripulación. Pero aquí la vida cotidiana apenas ha cambiado desde sus primeros tiempos. Algunos puentes, hoy como ayer, son levadizos para que puedan pasar las chatas (chalanas) cargadas de materiales de construcción; y los perros, más que de una a otra vereda, se ladran de orilla a orilla, sin atinar a encontrarse. Las islas sostienen a unos 6.000 habitantes fijos, acaso una cifra ideal para mantenerlas como un mundo aparte, próximo, sí, a Buenos Aires, pero con otras necesidades y otro modo de vivir.

En la plaza que bombea el flujo sanguíneo de esta ciudad situada en la falda del
Kilimanjaro está la Torre del Reloj patrocinada por Coca Cola. La mirada escocida por el sudor se va a la espalda del anodino monumento, donde nuestro séquito de vendedores ambulantes nos ha dicho que se encuentra la montaña. Ni rastro de ella. Debería ser la postal que inundase el horizonte, pero en su lugar hay una panza de burro tamaño XXL. Tal vez el Kili no exista, quizá sólo sea un sueño pegado con photoshop en un póster o en la portada de un catálogo turístico. ¿Quién puede creerse que en mitad de la sabana exista un volcán de 5.895 metros de altura con la coronilla cubierta de nieve? Uno de nuestros amigos de ocasión acaba de fijarse en un abalorio que llevo colgado al cuello. Su origen es peruano, así que ha hecho un largo viaje hasta Tanzania. Como ha desistido de venderme baratijas, me ofrece un intercambio, como en los viejos tiempos, cuando no había 20.000 mzungus (hombres blancos) al año intentando trepar el Kili y la economía era más de subsistencia que ahora. Le digo que es un amuleto que me ha regalado mi madre para darme suerte en este viaje y que, por lo tanto, no puedo deshacerme de él. El tipo lo entiende al instante y me muestra una sonrisa que provocaría pesadillas a un odontólogo. Dice la guía de
Lonely Planet que Moshi “es un lugar agradable donde pasar un par de días”. ¡Un par de días! Un par de horas de paseo por el centro nos parecieron más que suficientes a mí y a
Javier, mi socio en esta aventura. Moshi tiene un templo hindú, una mezquita y la citada torre del reloj con el logo de un refresco que también esponsoriza los centros educativos (la ciudad cuenta con una de las mayores concentraciones de escuelas secundarias del país). Y ya. No he conocido ni un solo lugar fronterizo apetecible, salvo tal vez Ushuaia, en Tierra del Fuego, y sin exagerar. Los campamentos base como
Moshi no sirven ni para ac
limatarse, aunque no dudo que haya gente que disfrute dándose un baño de paisanaje porque forma parte del prestigio con que se “tortura” después a los que se han quedado en casa.

“¿
lima? No gracias. No me gusta. Es muy ácida”. Con este juego de palabras los limeños más críticos suelen referirse a su ciudad.
Fundada en 1535 por Francisco de Pizarro como Ciudad de los Reyes, la capital del Perú (así, con el artículo determinado, que por estas tierras aún no ha llegado la nefasta moda de suprimirlos) es hoy una urbe activa, en constante cambio, con unos 9 millones de habitantes.
Fueron los conquistadores quienes preguntaron a los indios ychmas por el nombre de aquel río y recibieron como respuesta “Rimac” (pronunciado “
limac”), que en realidad quiere decir “Hablador” por los muchos cantos rodados que arrastraba. Junto a él construyeron una ciudad con un plano de tablero de ajedrez, trazado que aún perdura. Llegar a
lima por avión desde Madrid es pasarse doce horas en vuelo, tres de ellas sobre
el insolente verdor de la Amazonía que se acaba de repente en los Andes, y pasar sin solución de continuidad al ocre terroso y desértico de la ciudad de Fray Escoba.
Esta capital, como todas, se divide en barrios, pero aquí, puede que como en ninguna parte, los distritos son muy diferentes entre sí. Sólo su centro histórico
(“El Damero de Pizarro”: Plaza Mayor, Catedral, Palacio de Gobierno, Casa Aliaga...) fue suficiente para que la Unesco lo declarase
Patrimonio de la Humanidad en 1988. El Rimac, otro de los más vetustos, con la Plaza de Toros de Acho (1768), la más antigua de América. El Barrio Chino, donde la comunidad asiática es la más numerosa después de la Estados Unidos y Canadá. Barranco, hoy el barrio bohemio y hace décadas el balneario preferido por el pijerío limeño. En su viaducto se inspiró Chabuca Granda para componer su canción “Puente de los suspiros”.
Miraflores, sin duda el distrito turístico y hotelero por excelencia. San Isidro,
la “ciudad jardín” de lima, cuajada de parques y chalets residenciales... Y pegados a ellos los barrios pobres que se fueron creando según
lima crecía desordenadamente más allá de la cuadrícula inicial. Los llamados eufemísticamente “Pueblos Jóvenes” (PPJJ) que empezaron a colonizar la falda de los cerros y hoy trepan por ellos. Carabayllo, con su controvertida central nuclear. Pachacámac, donde las chabolas en pleno desierto parecen intentar devorar uno de los centros arqueológicos más interesantes del Perú. El Agustino, una especie de Pozo del Tío Raimundo vallecano donde el padre Chiqui, una especie de sosia del Padre Llanos, apoyó en los años 80 el movimiento musical AgustiRock para sacar a los jóvenes de la droga y la delincuencia. Villa María del Triunfo, cuyo mayor producto de exportación son las “peperas”, jóvenes prostitutas especialistas en seducir a hombres mayores, meterlos en algún garito y “pepearlos”, es decir, ponerles somníferos en la bebida para desvalijarlos.
Dos
limas reales, pero contrapuestas. La una en alza y la otra en decadencia, sobre todo desde que se acabara con el terrorismo que arruinó a la ciudad y al país entero en los años 80. Desde entonces
lima ha cambiado mucho hasta ser considerada por la Unesco como
la 18ª ciudad más bella del mundo. Mientras me tomo un pisco sour en el centenario
café Cordano, muy cerca de la Plaza Mayor, hoy tomada por una pantalla gigante para ver los partidos del mundial y por los carritos de Coca Cola que lo patrocinan, recuerdo las sabias palabras del jefe de cabina de la aerolínea
Taca Perú, César Soto, un auténtico filósofo del viaje y de la vida, que lanzó a sus pasajeros por la megafonía del avión poco antes de aterrizar: “Quiero darles la bienvenida a
lima: capital gastronómica del mundo, tierra del cebiche, del pisco y del pisco sour, así como también del lomo saltado, la causa limeña, la chicha morada, el pollo a la brasa, los anticuchos, el suspiro, etc. No olvide visitar el centro histórico, su famosa catedral. Si quiere ir de compras vaya a Miraflores y si está corto de dinero, pude ir a Gamarra o a los Polvos Azules. Si quiere un poco de romanticismo vaya a Barranco a caminar por el Puente de los Suspiros. Nunca deje de sonreir por más extraño que sea el motivo. Quiero recordarles que sonrían y piensen bonito al pasar sus controles de migración y aduanas.
Cuando se piensa bonito todo sucede bonito. Tome su paso por la Aduana como si hubiera hecho un deporte extremo. La vida es muy corta: perdone rápido, bese lento y ame intensamente. Y nunca deje de sonreír por más extraño que le parezca el motivo. La vida tal vez no sea la fiesta que esperábamos, pero mientras estemos acá solo nos queda bailar”.
FOTO:
PILAR ARCOS.
Iriba, viernes. No es fácil escribir en medio del desierto, sentado en un repecho de arena, con el crepúsculo devorándose a sí mismo a una velocidad inaudita, con una grupo de combate polaco instalando tiendas de campaña al pie de un cerro aprovechando las últimas briznas de claridad mientras montan la primera guardia en lo alto del promontorio y todo el polvo de las pistas de arena chadianas grabado como un mapa en la cara de quienes hemos venido a ver qué se cocía en este auténtico
agujero negro de África central, uno de los lugares más opacos de la Tierra, y no en sentido precisamente metafórico: desde el espacio, los satélites han comprobado que esta región es una de las menos iluminadas del mundo: cuando la noche cae sobre el Chad la oscuridad resultante es magnífica para el olvido, para el crimen, para la lasitud, y también para contemplar (como en Somalia) uno de los firmamentos más cuajados de estrellas.
La Vía Láctea es generosa y a los más pobres les da más preciosa leche que a nadie. Como el Chad es un espacio paradójico (aunque en olvido todavía le gana su vecino del sur, la República Centroafricana: todavía más desdeñada) y de su inmensa superficie apenas dispone de un 2,8 de tierras cultivables (con un ínfimo 0,02 por ciento de cosechas periódicas: sorgo, arroz, patatas, tapioca y algodón), la sequía y las plagas de langostas se ceban con un país que también ha encontrado en el petróleo una maldición: con contratos leoninos a favor de empresas estadounidenses (como Exxon Mobil) y Chinas, buena parte de los beneficios de los 156.000 barriles diarios que exporta desde 2004 los destina a el régimen a comprar fidelidades entre sus muchos enemigos y sobre todo armas (el gasto en educación equivale al 1,9 por ciento del Producto Interior Bruto), mientras que a Defensa dedica el 4,2 del PIB), la media de hijos por mujer es de 5,4, que acaso compensa que de cada mil nacimientos mueren cien) y un 80 por ciento de su población está por debajo de los índices que le sirven a las Naciones Unidas para trazar el umbral de la pobreza.
El día amaneció temprano. Había que subirse a un avión de carga construido por la empresa española CASA, mantenido y pilotado por españoles adscritos a la Fuerza Euopea (Eufor) con una misión rimbombante (proteger la distribución de la ayuda humanitaria en el Este del Chad, prestar apoyo a las organizaciones no gubernamentales que la distribuyen y atienden a los más de 450.000 refugiados sudaneses y desplazados internos, y en general proteger a la población de la miríada de grupos rebeldes, que a menudo se confunden con bandidos (aunque hay quien piensa que el jefe de todos los bandidos es el propio presidente de la República, que mantiene a su propio país en la miseria y que depende de Francia para mantenerse en el poder). El avión aterrizó dos horas después en Abéché, donde los franceses cuentan con la segunda base aérea más importante del país después de la de Yamena. Allí embarcamos en un helicóptero ruso, que tras hora y media de navegación a media altura (lo que permitía contemplar la aridez del terreno, y las marcas dejadas por los ueds, que se desbordan en la estación de las lluvias) nos depositó en Iriba, sede del batallón polaco que se encarga de vigilar este vaston rincón del noreste chadiano, junto a la arbitraria, porosa, invisible frontera con el Darfur sudanés. Provistos de pesados chalecos antibalas (método ideal para adelgazar en el árido c
lima chadiano) y cascos, además de raciones de combate del glorioso ejército que tantas derrotas ha sufrido a manos de su poderosos vecinos europeos (la Gran Rusia al este, la Gran Alemania al oeste) iniciamos la patrulla cuando el sol más fiero estaba. Dejamos los alminares, tapias de adobe, escuelas y callejas de arena de Iriba para internarnos en el desierto. Era un convoy de cuatro blindados con cañón disuasorio de 21 milímetros y tres todoterreno. Por sabana, bosque bajo y puro desierto, observados por nómadas desde sus cabañas de caña y adobe, rebaños de cabras, burros que rebuznan como rebuznaban en España los burros que han ido desapareciendo de nuestra vida y de nuestra memoria, dromedarios y camellos, cuando el crepúsculo comenzó a insinuarse nos detuvimos al pie de un cerro no muy lejos de la villa (por llamarle de alguna forma) de Bihai, y a unos siete kilómetros de la frontera con Sudán. Levantamos nuestras tiendas de campaña individuales con la ayuda de los bruscos y al mismo tiempo amigables soldados polacos (muchos reenganchados de las guerras de Irak y Afganistán a este frente difuso -y mucho menos peligroso- en el corazón muerto de África). Parecían tumbas para una noche, y abrimos las raciones de combate, que algún exquisito combatiente francés dijo que no eran mejores que lo que comía su perro: latas de comida con cierto sabor a atún, cierto sabor a pollo, cierto sabor a paté innombrable, pero que mata el hambre cuando no hay agua con la quitarse las capas de polvo del camino, y sólo para beber, lavarse los dientes, quitarse capas de mugre de los pómulos y de los párpados.
Como cuentan en las novelas y en las películas, la temperatura se desploma en la noche del desierto, pero antes de dormir sobre el duro y amigable suelo africano todavía hicimos una patrulla nocturna en dos de los blindados: nos acercamos hasta el campo de refugiados de Oure Cassoni, donde se hacinan unos 30.000 sudaneses que han venido a ponerse a salvo a este lado de la artificiosa frontera. Gracias a los visores nocturnos que nos prestaron los soldados pudimos ver la película en blanco y negro de los muros de adobe, las chozas levantadas con lonas del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (que no reconoce el asentamiento porque va contra sus principios: se opone al levantamiento de campos junto a la frontera del país de origen, porque entiende que los refugiados está expuestos al hostigamiento y a la inseguridad -no en vano sirven de camuflaje a los grupos rebeldes que, en este caso, combaten al régimen del general Omar Al Bashir- y prefiere que se organicen a varias decenas de kilómetros de la linde, aunque los que han huido prefieren alejarse lo menos posible de su país, de sus casuchas y de sus tierras, porque su único sueño es volver). Aunque eran más de las once de la noche, vimos un comité de recepción formado por niños que se dirigía con las manos en alto hacia nosotros. ¿Qué hacían levantados a esa hora? Pero algo o alguien les disuadión y a medio camino volvieron sobre sus pasos. Con la media luna blanqueando los caminos, sacando instantáneas misteriosas de los arbustos y de las piedras, todo el desierto parecía una radiografia de la luna. Unos burros sobresaltados por nuestro paso rebuznaron como almas en pena. Al regresar al campamento cerca de la medianoche, casi todo el mundo dormía. Agotados, caímos en un profundo sueño ajenos a los escorpiones, arañas y otra fauna que se esconde en estos pedregales. A las seis, salimos de nuestras tumbas individuales.
El sol empezó a asomarse a una velocidad de vértigo. Nos vimos y nos las desamos para meter los sacos y las tiendas en sus fundas (los polacos volvieron a armarse de paciencia), tomamos café y galletas duras como piedras ablandadas con la leche condensada de las raciones de combate, y reemprendimos la aventura. Primero un lago del que sobresalían troncos secos. Llegó un rebaño formado de decenas de ovejas que balaban con la unanimidad de las nuestras, manejadas por un pastor sin perro que había pasado la noche junto al agua mansa y cobriza. El campo de refugiados no estaba lejos. Hablamos con el jefe del destacamento de la policía chadiana que se encarga de “la seguridad” del campo: 20 hombres para 30.000 almas. Un imposible. Confesó que les ruegan a los rebeldes del JEM, quizá el grupo más nutrido y relevante que combate contra el régimen de Jartum en Darfur, que dejen sus armas a la entrada del campo (un campo con mil puerta) cada vez que acuden a visitar a sus familiares. La falacia y el juego quedaron en evidencia cuando acertó a pasar una “pick up” artillada con seis “rebeldes” a bordo: calzados con chancletas, con turbantes de oro y oliva, y kaláshnikovs en torno a una ametralladora de 14 milímetros, no ocultaban, como sus compatriotas del campo, su alegría por la orden de búsqueda y captura dictada por la Corte Penal Internacional contra su gran enemigo, el presidente sudanés, Al Bashir, aunque está por ver quién será capaz de ponerle el cascabel al gato, y si haciendo un gran bien (poner fin a la impunidad que reina en Darfur desde hace casi seis años, con 300.000 muertos y casi tres millones de desplazados y refugiados, condenar al régimen islamista y militar de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad) muchos seguirán sufriendo o morirán por la reacción brutal del Ejército sudanés y sus despiadados jinetes árabes, los famosos “yanyauid” (diablos montados). Junto al campo, bajo el sol implacable del mediodía, un grupo de niños y niños que no supera los diez años, se encarga de fabricar con las manos desnudas y una pala más grande que ellos ladrillos de adobe, vigilados por sus amos sudaneses: hombres esbeltos y delgados, con cara de pocos amigos, que sólo hablan árabe y visten túnicas de un blanco deslumbrante (tienen quien se las lave) y un ostensible látigo en la mano: seguro que no tratan mejor a los niños que a los escaldados burros, que se extrañan de que alguien les quiera palmear el lomo sin ánimo injurioso.
Sobrevivir es un empeño arduo en estas tierras del Sahel africano. Pero todo se hace todavía más duro por culpa de la guerra, los regímenes despiadados que no sólo no se cuidan de sus ciudadanos (súbditos despojados de cualquier derecho), sino que les convierten en carne de cañón, parias en su propia tierra, o náufragos en el desierto, refugiados obligados a huir para salvar el pellejo, evitar la violación, que los niños sean vendidos como esclavos, mano de obra barata, guerrillas infames. Emprendemos el regreso a través de Bahai, un villorrio desperdigado por lomas de arena que el viento arremolina contra las tapias de adobe, no sin antes pasar por una escuela. Los niños nos reciben como suelen en África, con la mano tendida (pero no para pedir: en eso son los chadianos y los sudaneses tan dignos como los somalíes, sino para saludar) y la sonrisa franca. Regresar a la base del batallón polaco en Iriba, un fortín de terraplenes, torretas, reflectores y alambradas, cuando la luz empieza a declinar, es como alojarse en un hotel de cuatro estrellas: después de la aventura nocturna, y con el polvo de dos días de periplo por el desierto, el agua fresca redime como más que un bautizo, y no digamos la comida en el gran comedor que parece un remedo de los palacetes del XIX polaco, donde los oficiales cortejaban a las damas y hablaban un distinguido francés. Otro espejismo. La comida (carne cubierta de hojas de col bañadas con salsa de ternera) es un plato delicioso para rusos, ucranianos y polacos que devoramos con el placer y el hambre de los náufragos de arena. Cuadriculado por contenedores alineados como viviendas que a su vez hacen de calles, un poste sirve de punto de referencia para todos los que nos sentimos perdidos aquí: Varvosia, 4.105 kilómetros, y otra decena de ciudades polacas, donde ahora sigue mandando el invierno. La noche ya es tan intrincada como la de ayer, pero aquí se ven muchas menos estrellas, y no por la luna, sino por el run-run de los reflectores eléctricos. Mañana también tenemos otro día de patrulla.
Dónde. ESTANCIA VILLA MARÍA EQUESTRIAN & GOLF STATES - RESORT Av. Pereda s/n – Máximo Paz (1812) – Ezeiza – Buenos Aires – Argentina Oficina de reservas, tel.: +5411 6091 2064
info@estanciavillamaria.com
Saliendo de Buenos Aires en autobús y tras 45 minutos de recorrido por autopista hacia el Sur, llegamos a
Villa María. La entrada a la estancia se realiza a través de un camino asfaltado, orillado a derecha e izquierda por árboles altísimos y de lujuriante frondosidad. Viniendo del tráfago y del ajetreo urbano de la capital, el corto paseo bajo esta casi centenaria bóveda vegetal se nos antoja un bálsamo para nuestros sentidos, un apacible y bucólico preludio a la visión de cuento de hadas, inesperada por chocante, que nos aguarda a su término: la del edificio principal, imponente y majestuosa construcción en estilo Tudor con revestimiento de ladrillo a la vista, aditivos normandos en las cubiertas y detalles neogóticos en las puertas y en las arcadas ojivales. Nuestras miradas suben por las fachadas hasta toparse con los largos faldones de tejas planas, de color terracota, enriquecidos con múltiples lucernas, chimeneas y hasta con una torre solitaria. En suma: nos hallamos ante una suerte de orgulloso sucedáneo, pongamos por caso, del célebre castillo de Balmoral en tierras escocesas... ¡Rayos y truenos! Pero ¿estamos o no estamos en Argentina?
Josefina Cayol, la actual propietaria -una rubia dorada de mediana edad, porte refinado y modales sosegados- nos recibe en los bien arreglados jardines, frente a la escalinata central, dispuesta a iniciarnos en las bondades de su soberbia mansión. “El propósito de desarrollar un lifestyle resort de lujo”, comienza diciéndonos nuestra anfitriona, mientras nos ofrece unos refrescos en el espacioso vestíbulo –cielo raso con vigas de madera expuestas, amplios sofás de época, suelo con losas blancas y negras en damero-, “se consolidó a fines del 2007, gracias al apoyo de Fiducia Capital Group, una compañía dedicada a invertir y desarrollar negocios de real estate world class; se trata del primer proyecto de este tipo llevado a cabo en Argentina”.
Conservando su estilo centenario, fiel reflejo de la tradición ganadera pampeana, Estancia Villa María subió velozmente los escalones del éxito. Josefina nos informa de que su fundador, Vicente Pereda, adquirió las tierras en los últimos años del siglo XIX con fines agropecuarios. Al poco tiempo, Villa María era ya el primer centro de reunión de cabañeros, antecedente de la Sociedad Rural Argentina. En 1919, su hijo Celedonio construyó la casa actual como residencia de verano con planos del célebre arquitecto Alejandro Bustillo, el cual respetó la usanza de la aristocracia porteña, empeñada en levantar sus villas extramuros en estilos pintorescos. Una constante en las obras de este maestro constructor fue su especial sensibilidad para capitalizar las bondades de cada paisaje. A este respecto, Villa María no es una excepción; su planta, muy alargada, prioriza la idea de proporcionar las mejores visuales del parque de 74 hectáreas –fiel reproducción de una campiña inglesa- que la rodea.
En el interior, los diferentes salones se suceden entrelazados por arcadas, recreando un c
lima casi medieval. Antaño, contigua al vestíbulo, estaba la capilla; hoy ese espacio se ha convertido en un pequeño sector para degustar bebidas y tragos. También hay una sala de juegos, cuya atmósfera nos invita a disfrutar de la cuidada selección de puros de la Estancia Villa María. Dos escaleras de mármol llevan al piso superior, el cual cuenta con una decena de dormitorios; desde cada uno de ellos, las vistas al exterior son incomparables.
Concluida la visita al château y sus aledaños, llega la hora del almuerzo. Josefina ha dispuesto que nos lo sirvan en la Galería, una sala cuadrada que conforma la esquina noroeste en la planta baja, abierta al exterior por cinco arcos de medio punto sin cristales y forrados por dentro y por fuera de lustrosa hiedra pulcramente recortada. El lugar es fresco, coqueto y con espléndidas panorámicas del parque original, sus árboles y su laguna. En cuanto a la comida, consiste –¡cómo no!- en la típica parrillada a base de carnes de res, cordero y lechón. Eso sí, con el especial toque culinario de Villa Maria. “En nuestra cocina destacan los platos de autor”, nos insiste Josefina, “inspirados en recetas argentinas de comienzos del siglo XX preparadas con técnicas propias de la cocina mediterránea y de la campiña francesa”.
Tenemos la tarde libre para curiosear a nuestras anchas. Claro que, con el estómago a reventar, lo que nos tienta es dormitar en el elegante vestíbulo, cómodamente arrellanados en uno de sus múltiples sofás y acunados por la suave música de fondo, apenas un susurro que desgrana melodías de siempre... Una tentación de la que nos libra nuestra anfitriona ofreciéndose a llevarnos de excursión en un carruaje tirado por caballos. O sea: a pasear a la antigua usanza, sin prisas y sin más sonidos a nuestro alrededor que los de la vieja y sabia naturaleza.
El itinerario atraviesa la denominada Arboleda, una de las atracciones más señaladas de Villa María. Son 624 hectáreas arboladas con más de 20.000 ejemplares que incluyen 350 especies diferentes propias de la zona templada. La exquisita combinación de altos volúmenes boscosos, unida al intenso colorido de la fronda –cambiante a lo largo de las estaciones- conforma un patrimonio paisajístico de primer orden, que ronda ya los cien años de antigüedad.
Bellezas naturales aparte, la potente oferta de actividades deportivas convierte a Villa María en un exclusivo club de campo, el más importante del sur bonaerense y uno de los más sobresalientes de Argentina a nivel internacional. Su club de tenis está dirigido nada menos que por Guillermo Vilas, probablemente el mejor tenista que ha dado el país; el centro ecuestre profesional, a cargo de George Morris –director del equipo ecuestre de Estados Unidos (USET) y la Asociación Ecuestre Americana- cuenta con picadero cerrado, pista de salto olímpica y 25 kilómetros de senderos para ejercitar la hípica; el campo de golf –7.250 yardas de longitud y 18 hoyos con par 72- es apto tanto para jugadores principiantes como de alto handicap. Pero lo que más aprecia Josefina son las cuatro canchas del Black Watch Polo Club; lo cual no nos extraña, tras enterarnos de que sus excelentes aptitudes como jinete las rentabiliza precisamente jugando al polo, deporte del que es una apasionada y una de las contadas mujeres que aquí lo practican.
Estancia Villa María se ofrece, en suma, como un lugar sereno y bucólico, anticipo confortable de la infinita pampa argentina, con jardines primorosamente diseñados y una naturaleza generosa que hace ostensible su belleza sin narcisismos.
Por las calles de Verín ya se oyen las chocas (cencerros) que serán protagonistas del Domingo de Corredoiro, que este año cae el 27 de febrero. Están ensayando los cigarrones del carnaval. Verín es una población de Orense, a orillas del río Támega (que precisamente significa Corriente de Agua),
famosa por sus vinos, sus aguas y sus “entriodos” (“entradas” a la primavera o carnavales). Se encuentra al pie de la fortaleza de Monterrei que da origen a la comarca del mismo nombre y al valle que permaneció cerrado durante siglos y que luego fue (y es) paso obligado hacia Portugal y Castilla. Localidad enjundiosa pues aquí se instaló en el siglo XV
la primera imprenta de Galicia y aquí confluyen dos caminos jacabeos, el Portugués y el de la Vía de la Plata. La gastronomía verinesa es sencilla y contundente, desarrollada en lareiras (hornos) de granito.
En el
Parador de Turismo se pueden degustar desde las empanadas, el lacón y el bacalao, hasta el pan de centeno, los pimientos y las filloas. El vino es todo un capítulo aparte. El microc
lima del valle, con temperaturas extremas que alcanzan diferencias de hasta 30 grados, dan unas uvas famosas desde hace siglos. De aquí salieron las primeras cepas españolas que llegaron a California.
La denominación de origen Monterrei abarca excepcionales blancos frescos y afrutados con variedades autóctonas como la godello y la treixadura, y tintos con cuerpo a base de mencía, arauxa (tempranillo) y bastardo. Cabe destacar la bodega
Terra do Gargalo, liderada por el diseñador verinés Roberto Verino, cuyo nombre real es Manuel Roberto Mariño Fernández, pero que adoptó el apellido Verino para subrayar su origen.
¡Y que decir de sus aguas! Verín ha sido durante siglos un tradicional lugar de veraneo por la calidad y cantidad de sus manantiales medicinales que ya eran un elemento sagrado para celtas y romanos.
La comarca dispone de seis fuentes mineromedicinales: Fontenova, Caldeliñas, Sousas, Fonte do Sapo, Requeixo y Cabreiroá. Esta últina acaba de presentar en Madrid
“Magma”, un agua mineral embotellada que contiene unas finas burbujas (agujas) que se forman al filtrarse el agua de lluvia con el gas de combustión del magma subterráneo. Cuando tocan el suelo, las gotas inician un proceso que dura más de 200 años. Primero descienden por las grietas de las rocas, filtrándose por sucesivas capas de granito y cuarcitas.
A 3.000 metros de profundidad, el agua alcanza los 100ºC y en ebullición se mezcla con el gas carbónico que escapa del magma terrestre por la falla de Regua Verín. Es entonces cuando “Magma” adquiere sus finas burbujas de gas carbónico natural y enormes presiones la empujan de nuevo hacia la superficie. Tras el segundo proceso de filtrado que se produce al ascender, se extrae a 150 metros de profundidad. Carnavales, aguas y vinos. Tres tesoros juntos en Verín, pero no revueltos.
Foto: Castillo de Monterrei en Verín (Orense). Foto: Pilar Arcos

El paisaje entre la meseta de Shira y Barranco Camp es deslumbrante. Nadie podría negar en estas soledades la primitiva belleza de las rocas torturadas, de esos ocres en apariencia monocordes y que, sin embargo, están llenos de matices. El camino discurre entre torres de lava petrificadas y laderas salpicadas de bombas volcánicas. Un caos tan ordenado que parece un decorado dispuesto por los espíritus del
Kilimanjaro. Pienso que si alguna vez se inventara una máquina del tiempo se podría viajar al origen de las cosas que admiramos; esto valdría tanto para un volcán como para las pirámides de Egipto. H

emos salido temprano y apretado el paso para dejar a los turistas atrás y disfrutar de la caminata sin interferencias. Sólo algunos porteadores nos pasan como una exhalación. El
monte Meru (4.566 metros) nos cubre las espaldas. Algunos lo utilizan como piedra de toque antes de afrontar el Kili, aunque en el esfuerzo se pueden quemar más naves de la cuenta. Además, la ruta Machame te pone al nivel del Meru antes de llegar a la jornada decisiva. En la travesía de hoy invertimos en ac
limatación alcanzando los 4.530 metros en Lava Tower para luego descender a los 3.950 de Barranco Camp. La niebla nos envuelve mientra bajamos por coladas polvorientas, y el suelo se va cubriendo poco a poco de vegetación. Hasta llegar al asombro. Junto al campamento nos recibe un bosque de senecios gigantes, esculturas vivas de un mundo perdido y misterioso. Algunos ejemplares superan los cinco metros de altura. Cualquier criatura extinguida que se asomara entre sus tallos no desentonaría en absoluto. A sus pies, las fálicas lobelias atraen con su verdor a aves que buscan insectos y néctar. Al finalizar la etapa la bruma vespertina cede y sale el sol, descubriendo el Kibo, que parece un coloso inalcanzable con esas nieves perpetuas que sedujeron a soñadores, geógrafos y literatos. Un blanco que refulge en la distancia, un faro en mitad de la salvaje sabana africana. Pero el hielo tiene los días contados. Los glaciares del Ki
limanjaro cubrían 12 kilómetros cuadrados hace un siglo; hoy apenas llegan a los 2 km², y los científicos piensan que se habrán derretido en 2020. “Oferta: últimas nieves en el Ki
limanjaro” podría ser un buen reclamo turístico. El calentamiento global encabeza la lista de sospechosos, pero también se apunta a la escasez de precipitaciones y que el volcán, tal vez, esté despertando de nuevo. Si fuera así no sería necesaria una máquina del tiempo para rebobinar y ver la tormenta de fuego con que empezó todo... Aunque habría que salir por piernas.
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