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En el norte del país, ocupando buena parte de la provincia de Corrientes, se encuentran los
Esteros del Iberá. Considerando su superficie –un millón de hectáreas-, estamos hablando del humedal más extenso de Argentina y del segundo a nivel mundial, sólo por detrás del Gran Pantanal (que comparten Brasil, Paraguay y Bolivia). En su conjunto, con las lomadas de pastizales, los montes de espinal y los parches de la llamada selva paranaense, los Esteros conforman un paisaje acuático singular, donde la vida silvestre se desarrolla al lado de la humana en un ecosistema único.

Nuestro primer contacto con el fascinante universo del Iberá tiene lugar en la Colonia Carlos Pellegrini, un pueblo tranquilo de menos de mil habitantes que lleva el nombre de quien fuera en su momento presidente de Argentina. Llegamos a dicho pueblo desde el Sur, recorriendo 120 kilómetros de ripio en estado normalmente transitable –¡sálvese quien pueda cuando las lluvias acometen con impenitencia!-, previo paso por la ciudad de Mercedes. En la actualidad, las faenas en la Colonia se desplazan fundamentalmente hacia el ecoturismo, actividad que no deja de crecer. Para atender la correspondiente demanda ha florecido en su casco urbano y en su entorno un puñado de hospederías y
estancias remodeladas, una de las cuales, Rincón del Socorro, será nuestro hogar durante las próximas veinticuatro horas.
Se sabe que los primeros europeos que llegaron a la zona hoy conocida como
“Rincón del Socorro” fueron los jesuitas a finales del siglo XVII. Mucho después, en 1780, Cabral de Alpuane, hijo del gobernador de las Bahamas, se estableció en Corrientes como ganadero y comerciante, convirtiéndose en poco tiempo en el mayor terrateniente de la comarca de Mercedes. Finalmente, en 1850, Carlos III otorgó a la familia Cabral los títulos de propiedad de la estancia Rincón del Socorro, en parte como agradecimiento por la donación que ésta había hecho a la Corona de las campanas de la catedral de Corrientes. Al sobrevenir la depresión de 1890, los Cabral vendieron la estancia a la firma Liebig Meat Extract Co., la cual, hacia 1920, era dueña ya de 250.000 hectáreas de terreno y cerca de 400.000 cabezas de ganado. Estos extremos, junto con las mejoras introducidas en las edificaciones, hicieron del Rincón del Socorro una de las estancias punteras de la provincia de Corrientes antes de cumplirse la primera mitad del siglo XX.
Hoy la estancia pertenece al
Conservation Land Trust Argentina, que maneja sus instalaciones y campos aledaños como un santuario de la naturaleza. De reducidas dimensiones pero altamente refinado, Rincón del Socorro cuenta con seis habitaciones en la casa principal y tres alojamientos más en pequeñas cabañas situadas a cincuenta metros de la misma, todas con baño privado. Respecto a las comodidades y servicios, dispone de un amplio vestíbulo, sala de estar exterior, restaurante, terrazas, galerías, salón de juegos, biblioteca –con excelentes ediciones de libros que tratan de la naturaleza, algunos ya clásicos-, piscina, huerta y hasta de un aeródromo con pista de tierra batida para avionetas menudas.
Dependiendo del interés, energía y tiempo disponible de cada huésped, Rincón del Socorro ofrece estas o aquellas actividades, todas orientadas, naturalmente, a la apreciación de la vida silvestre de los esteros. Una de las más interesantes –recomendada por el propio personal de la estancia- es la de los paseos a caballo, incluso si uno no es más que un aprendiz de jinete. Los caballos tienen una gran mansedumbre y los guías son muy competentes. Y los aficionados a las aves tienen aquí la fortuna en sus manos, porque el Rincón es un territorio excelente para su avistamiento, incluido el de algunas especies en peligro de extinción que se refugian en sus sabanas. “Se ha dado el caso de personas que no sentían especial interés y que han salido de aquí transformados en entusiastas ‘bird-watchers’ (observadores de pájaros)”, nos comenta Omar Benítez, jefe de prensa de la
Subsecretaría de Turismo de Corrientes, que nos acompaña en esta ocasión. “En el Socorro se puede aprender mucho acerca de las aves, de su hábitat y sus costumbres, de sus migraciones e incluso de sus trinos”, añade.
Con todo, nosotros nos decantamos por recorrer en lancha la famosa
laguna Iberá, formada exclusivamente por el agua de las lluvias. Iberá significa, por cierto, “agua brillante”. El vocablo es guaraní (“y” = agua; “verá” = brillo) y da nombre a los esteros. Para nosotros, primerizos en este ambiente y ebrios de expectación, se trata de aguas con duende: decenas de pequeñas y grandes
lagunas –las hay de más de 50 kilómetros cuadrados-, canales, islas, suelos secos permanentes, bañados –suelos inundados temporalmente- y embalsados –suelos orgánicos flotantes- que hacen de estos humedales una enciclopedia acuática viviente.
Y es que la riqueza biológica del Iberá sorprende a los científicos: 1.600 especies vegetales, 128 variedades de peces, 40 de anfibios, 59 de reptiles, 344 de aves y 57 de mamíferos. En el elenco zoológico figuran algunos campeones de los récords. Tal es el caso del carpincho, el roedor más grande del mundo (¡75 kg.!), cuyos hábitos acuáticos le mantienen casi siempre cerca de las charcas, y del mono carayá, considerado el más ruidoso del Planeta –sus potentes gritos se oyen a varios kilómetros-, adaptado a la vida en los árboles, donde también duerme, por lo que raramente baja a tierra; o del ciervo de los pantanos, el mayor de los suramericanos (2 m. de longitud y 150 kg. de peso); o de la boa curiyú, la más grande de Argentina (se cita un caso de 7 m., aunque los ejemplares de más de 3 m. no son comunes); o, para concluir, del sapo cururú, el de mayor tamaño del país (más de 20 cm.).
Por supuesto, el Iberá no es África, ni sus bestias más enormes resisten la comparación en tamaño con los reyes de la fauna del Continente Negro. Pero pocos sitios permiten un contacto tan fácil y cercano con los animales salvajes como los esteros correntinos. Y, al evocar los masificados safaris fotográficos de Kenia y Tanzania, nuestro paseo fluvial por la
laguna Iberá todavía se nos hace más precioso por íntimo, tranquilo y solitario, amén de por exótico.
Es difícil transmitir lo que sentimos al ver surgir al yacaré (caimán) negro entre la verde y flotante alfombra de los camalotes, contemplando, confiado y en total quietud, el paso de nuestra lancha; o al distinguir al jabirú –la mayor de las cigüeñas del orbe, con sus 1,7 metros de envergadura- acechando los secretos de la
laguna desde su nido en las alturas de un árbol próximo. Aunque el instante realmente mágico llega cuando el Sol tiñe de luces crepusculares las aguas calmas, suspendiendo el presente en una inmovilidad sin tiempo, como si, por último, hubiésemos alcanzado el Ivy Maranéÿ de los guaraníes, la Tierra sin Mal, exenta de todas las miserias de este mundo.
ESTANCIA RINCÓN DEL SOCORROMercedes (3470), Provincia de Corrientes, Argentina. Tel.: +54 3782 497073 ibera@delsocorro.com www.rincondelsocorro.com
Leonardo di Caprio descubrió estas islas para el gran público en 2000. Gracias a su película “La playa”, uno de los títulos menos lucidos de su exitosa filmografía, este archipiélago formado por seis islas en el mar de Andamán, al sur de Tailandia, se convirtió en un paraje idílico y buscado por los turistas que anhelaban sus bahías de ensueño y sus cuevas y calas escondidas guarnecidas por unos acantilados que cortaban la respiración. Los pescadores del lugar, que se jugaban y sigue jugándose el tipo en las cuevas marinas buscando nidos de golondrina –sirven para preparar una sopa muy cara y apreciada como delicia gastronómica en China-, tuvieron que aprender desde entonces a sortear todo tipo de embarcaciones de recreo y de mayor tamaño cargadas de curiosos deseosos de ver “in situ” el espectáculo bajo el mar de ídolos moros, peces payaso, peces ballesta, peces unicornio, damiselas, langostas y todo tipo de corales blandos y gorgonias, o ya en la superficie, de los monos y los cientos de aves exóticas.

Hoy, diez años después,
las Phi Phi siguen maravillando por sus aguas poco profundas, que constituyen un gran reclamo para estos buceadores y amantes del “snorkeling”, pero su pocos habitantes prefieren no acordarse del equipo de rodaje del filme que dejó la isla Phi Phi Lee en tan mal estado que una sentencia obligó a la productora a reponer el medioambiente de la isla. Un tractor había remodelado y aplanado la playa, dejándola muy inestable, varios cocoteros fueron plantados y para mayor indignación de la población local el equipo de post producción “inventó” una montaña falsa que desvirtuaba el paisaje real.
Afortunadamente el desgraciado tsunami que afectó en diciembre de 2004 al archipiélago permitió restaurar después de forma natural el estado de esa “playa de cine” herida que vuelve a brillar en todo su esplendor, aunque con más testigos. A quien se anime a viajar a este paraíso, hoy menos virgen y más turístico y sólo accesible por mar desde Krabi, le conviene saber que Phi Phi Lee y Phi Phi Don son las dos islas más importantes del archipiélago. La primera, más pequeña y deshabitada,
donde se rodó el filme del protagonista de “Titanic” y también “La isla de las cabezas cortadas” con Geena Davis al frente del reparto, mantiene todavía algunos paisajes intactos –no perderse su
laguna interior ideal para el baño- y la segunda, dotada con un puerto al que pueden acceder los ferries, está urbanizada con bungalows, hoteles y otras instalaciones turísticas.
Dónde. ESTANCIA VILLA MARÍA EQUESTRIAN & GOLF STATES - RESORT Av. Pereda s/n – Máximo Paz (1812) – Ezeiza – Buenos Aires – Argentina Oficina de reservas, tel.: +5411 6091 2064
info@estanciavillamaria.com
Saliendo de Buenos Aires en autobús y tras 45 minutos de recorrido por autopista hacia el Sur, llegamos a
Villa María. La entrada a la estancia se realiza a través de un camino asfaltado, orillado a derecha e izquierda por árboles altísimos y de lujuriante frondosidad. Viniendo del tráfago y del ajetreo urbano de la capital, el corto paseo bajo esta casi centenaria bóveda vegetal se nos antoja un bálsamo para nuestros sentidos, un apacible y bucólico preludio a la visión de cuento de hadas, inesperada por chocante, que nos aguarda a su término: la del edificio principal, imponente y majestuosa construcción en estilo Tudor con revestimiento de ladrillo a la vista, aditivos normandos en las cubiertas y detalles neogóticos en las puertas y en las arcadas ojivales. Nuestras miradas suben por las fachadas hasta toparse con los largos faldones de tejas planas, de color terracota, enriquecidos con múltiples lucernas, chimeneas y hasta con una torre solitaria. En suma: nos hallamos ante una suerte de orgulloso sucedáneo, pongamos por caso, del célebre castillo de Balmoral en tierras escocesas... ¡Rayos y truenos! Pero ¿estamos o no estamos en Argentina?
Josefina Cayol, la actual propietaria -una rubia dorada de mediana edad, porte refinado y modales sosegados- nos recibe en los bien arreglados jardines, frente a la escalinata central, dispuesta a iniciarnos en las bondades de su soberbia mansión. “El propósito de desarrollar un lifestyle resort de lujo”, comienza diciéndonos nuestra anfitriona, mientras nos ofrece unos refrescos en el espacioso vestíbulo –cielo raso con vigas de madera expuestas, amplios sofás de época, suelo con losas blancas y negras en damero-, “se consolidó a fines del 2007, gracias al apoyo de Fiducia Capital Group, una compañía dedicada a invertir y desarrollar negocios de real estate world class; se trata del primer proyecto de este tipo llevado a cabo en Argentina”.
Conservando su estilo centenario, fiel reflejo de la tradición ganadera pampeana, Estancia Villa María subió velozmente los escalones del éxito. Josefina nos informa de que su fundador, Vicente Pereda, adquirió las tierras en los últimos años del siglo XIX con fines agropecuarios. Al poco tiempo, Villa María era ya el primer centro de reunión de cabañeros, antecedente de la Sociedad Rural Argentina. En 1919, su hijo Celedonio construyó la casa actual como residencia de verano con planos del célebre arquitecto Alejandro Bustillo, el cual respetó la usanza de la aristocracia porteña, empeñada en levantar sus villas extramuros en estilos pintorescos. Una constante en las obras de este maestro constructor fue su especial sensibilidad para capitalizar las bondades de cada paisaje. A este respecto, Villa María no es una excepción; su planta, muy alargada, prioriza la idea de proporcionar las mejores visuales del parque de 74 hectáreas –fiel reproducción de una campiña inglesa- que la rodea.
En el interior, los diferentes salones se suceden entrelazados por arcadas, recreando un clima casi medieval. Antaño, contigua al vestíbulo, estaba la capilla; hoy ese espacio se ha convertido en un pequeño sector para degustar bebidas y tragos. También hay una sala de juegos, cuya atmósfera nos invita a disfrutar de la cuidada selección de puros de la Estancia Villa María. Dos escaleras de mármol llevan al piso superior, el cual cuenta con una decena de dormitorios; desde cada uno de ellos, las vistas al exterior son incomparables.
Concluida la visita al château y sus aledaños, llega la hora del almuerzo. Josefina ha dispuesto que nos lo sirvan en la Galería, una sala cuadrada que conforma la esquina noroeste en la planta baja, abierta al exterior por cinco arcos de medio punto sin cristales y forrados por dentro y por fuera de lustrosa hiedra pulcramente recortada. El lugar es fresco, coqueto y con espléndidas panorámicas del parque original, sus árboles y su
laguna. En cuanto a la comida, consiste –¡cómo no!- en la típica parrillada a base de carnes de res, cordero y lechón. Eso sí, con el especial toque culinario de Villa Maria. “En nuestra cocina destacan los platos de autor”, nos insiste Josefina, “inspirados en recetas argentinas de comienzos del siglo XX preparadas con técnicas propias de la cocina mediterránea y de la campiña francesa”.
Tenemos la tarde libre para curiosear a nuestras anchas. Claro que, con el estómago a reventar, lo que nos tienta es dormitar en el elegante vestíbulo, cómodamente arrellanados en uno de sus múltiples sofás y acunados por la suave música de fondo, apenas un susurro que desgrana melodías de siempre... Una tentación de la que nos libra nuestra anfitriona ofreciéndose a llevarnos de excursión en un carruaje tirado por caballos. O sea: a pasear a la antigua usanza, sin prisas y sin más sonidos a nuestro alrededor que los de la vieja y sabia naturaleza.
El itinerario atraviesa la denominada Arboleda, una de las atracciones más señaladas de Villa María. Son 624 hectáreas arboladas con más de 20.000 ejemplares que incluyen 350 especies diferentes propias de la zona templada. La exquisita combinación de altos volúmenes boscosos, unida al intenso colorido de la fronda –cambiante a lo largo de las estaciones- conforma un patrimonio paisajístico de primer orden, que ronda ya los cien años de antigüedad.
Bellezas naturales aparte, la potente oferta de actividades deportivas convierte a Villa María en un exclusivo club de campo, el más importante del sur bonaerense y uno de los más sobresalientes de Argentina a nivel internacional. Su club de tenis está dirigido nada menos que por Guillermo Vilas, probablemente el mejor tenista que ha dado el país; el centro ecuestre profesional, a cargo de George Morris –director del equipo ecuestre de Estados Unidos (USET) y la Asociación Ecuestre Americana- cuenta con picadero cerrado, pista de salto olímpica y 25 kilómetros de senderos para ejercitar la hípica; el campo de golf –7.250 yardas de longitud y 18 hoyos con par 72- es apto tanto para jugadores principiantes como de alto handicap. Pero lo que más aprecia Josefina son las cuatro canchas del Black Watch Polo Club; lo cual no nos extraña, tras enterarnos de que sus excelentes aptitudes como jinete las rentabiliza precisamente jugando al polo, deporte del que es una apasionada y una de las contadas mujeres que aquí lo practican.
Estancia Villa María se ofrece, en suma, como un lugar sereno y bucólico, anticipo confortable de la infinita pampa argentina, con jardines primorosamente diseñados y una naturaleza generosa que hace ostensible su belleza sin narcisismos.
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