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Los touroperadores viven con la televisión puesta, con un ojo en el ordenador y otro en las manifestaciones de El Cairo. Al cabo, egipto es un destino clave para muchas empresas turísticas españolas, y aún más en invierno, cuando las temperaturas convierten (convertían) este destino en un plan perfecto. ¿Qué hacer? Hay quien dice que estos meses están perdidos, y que probablemente no habrá viajes hasta Semana Santa. Pero la mayoría opina que lo más sensato es tomarse una tregua de un mes, febrero, y luego ver qué pasa.
"De forma consensuada con otros operadores procedemos a cancelar todas las salidas desde hoy mismo hasta el 28 de febrero y por tanto las cancelaciones serán sin gastos", ha comunicado hace unos minutos Mapa Tours. "A partir del 1 de marzo se mantiene activa toda nuestra programación de viajes a este destino, aunque evidentemente si la situación no mejora en los próximos días/semanas seguiremos cancelando todas las salidas que sean necesarias hasta que el destino se considere estable y podamos prestar correctamente los servicios contratados a nuestros clientes sin incidentes por este motivo".

La crisis de Túnez y
egipto puede ayudar
de forma significativa a las islas Canarias. El Gobierno regional calcula que, hasta Semana Santa, llegarán 300.000 turistas más de los previstos, o 500.000 más que el año pasado. En total, desde diciembre a abril se podría llegar a
4,5 millones de viajeros, "y aún puede que nos quedemos cortos", según ha dicho el viceconsejero de Turismo del Gobierno de Canarias, Ricardo Fernández de la Puente Armas. No es cifra baladí, sino un empujón significativo para una industria indispensable, que en los últimos tiempos había sufrido la competencia barata y nueva de muchos países del Mediterráneo, incluidos los ahora afectados por la crisis política. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los mayoristas han suspendido sus programas con destino
egipto al menos hasta marzo, aunque, en privado,
muchos opinan que el impacto se extenderá hasta Semana Santa. Un portavoz del operador turístico
TUI Travel, un gigante del turismo en Europa, ha confirmado que la situación en
egipto está provocando
un aumento de la demanda turística hacia España para las próximas semanas e incluso para Semana Santa. Entre las islas beneficiadas, cabe destacar Fuerteventura (elegida mayoritariamente por los italianos) y Tenerife (por los franceses). Gran Canaria y La Palma son las preferidas por los alemanes.

El Mediterráneo no es sólo un mar ni un universo geográfico y, si me apuran, tampoco únicamente una cultura. El Mediterráneo es, antes que otra cosa, una forma de concebir la existencia que supone la presencia del mar y de una cultura singular. No es tampoco una dieta, sino una forma de enfocar el ludismo. No es un espacio físico, sino una abstracción sensorial. No es una fe, es un instinto. Pero es, sobre todo, en mi opinión, una expresión casi literaria de fe en la vida. «Yo nací entre la miseria y la luz», escribía Albert Camus. Y entre la miseria y la luz, como en toda la obra de Camus, en el Mediterráneo siempre ganó la luz. ¿Qué otra forma de optimismo vital hubiera podido alumbrar esa gran conquista humana que es la democracia?.
Hayas nacido en Cairo, en Alicante, en Izmir, Creta, Mallorca, Argel, Trieste, Chipre, Split, Beirut, Venecia o Marsella, no serás extranjero en ninguna tierra mediterránea. Y aunque no hables italiano, croata, árabe, turco o francés, hay algo que te hará entenderte con todos quienes viven en las cercanías de ese mar, porque lo que prima en todos ellos es una manera de concebir la vida. Yo camino por los puertos del Mediterráneo, con las manos en los bolsillos, igual que lo haría un marinero nacido en Fenicia, crecido en Sicilia y contratado por un barco francés. Y la gente me saluda en veinte idiomas. Nunca he sido un extraño en Grecia, ni en Italia, ni el sur francés, ni en las costas de Túnez, de Argelia, de Marruecos, de Siria o de
egipto. El Mediterráneo se extiende más allá de sus costas. Yo creo que París es casi tan mediterránea como Barcelona,
Cádiz tan mediterránea como Estambul y desde luego que lo es Madrid. ¿Quién mide cuáles son las fronteras espirituales del más viejo de los mares? No hay que olvidar, de todos modos, como escribía Fernand Braudel, que en este universo «lo plural siempre se opone a lo singular: hay diez, veinte, cien Mediterráneos y cada uno de ellos está a su vez subdividido».
Por lo mismo, el Mediterráneo podría tener muchos símbolos. Yo me quedo con ese perfil mordido por los siglos del Partenón de Atenas, que levita en los aires, a la orilla del mar, como una nave de piedra, cual si fuera la nave de Peter Pan.

El paisaje entre la meseta de Shira y Barranco Camp es deslumbrante. Nadie podría negar en estas soledades la primitiva belleza de las rocas torturadas, de esos ocres en apariencia monocordes y que, sin embargo, están llenos de matices. El camino discurre entre torres de lava petrificadas y laderas salpicadas de bombas volcánicas. Un caos tan ordenado que parece un decorado dispuesto por los espíritus del
Kilimanjaro. Pienso que si alguna vez se inventara una máquina del tiempo se podría viajar al origen de las cosas que admiramos; esto valdría tanto para un volcán como para las pirámides de
egipto. H

emos salido temprano y apretado el paso para dejar a los turistas atrás y disfrutar de la caminata sin interferencias. Sólo algunos porteadores nos pasan como una exhalación. El
monte Meru (4.566 metros) nos cubre las espaldas. Algunos lo utilizan como piedra de toque antes de afrontar el Kili, aunque en el esfuerzo se pueden quemar más naves de la cuenta. Además, la ruta Machame te pone al nivel del Meru antes de llegar a la jornada decisiva. En la travesía de hoy invertimos en aclimatación alcanzando los 4.530 metros en Lava Tower para luego descender a los 3.950 de Barranco Camp. La niebla nos envuelve mientra bajamos por coladas polvorientas, y el suelo se va cubriendo poco a poco de vegetación. Hasta llegar al asombro. Junto al campamento nos recibe un bosque de senecios gigantes, esculturas vivas de un mundo perdido y misterioso. Algunos ejemplares superan los cinco metros de altura. Cualquier criatura extinguida que se asomara entre sus tallos no desentonaría en absoluto. A sus pies, las fálicas lobelias atraen con su verdor a aves que buscan insectos y néctar. Al finalizar la etapa la bruma vespertina cede y sale el sol, descubriendo el Kibo, que parece un coloso inalcanzable con esas nieves perpetuas que sedujeron a soñadores, geógrafos y literatos. Un blanco que refulge en la distancia, un faro en mitad de la salvaje sabana africana. Pero el hielo tiene los días contados. Los glaciares del Kilimanjaro cubrían 12 kilómetros cuadrados hace un siglo; hoy apenas llegan a los 2 km², y los científicos piensan que se habrán derretido en 2020. “Oferta: últimas nieves en el Kilimanjaro” podría ser un buen reclamo turístico. El calentamiento global encabeza la lista de sospechosos, pero también se apunta a la escasez de precipitaciones y que el volcán, tal vez, esté despertando de nuevo. Si fuera así no sería necesaria una máquina del tiempo para rebobinar y ver la tormenta de fuego con que empezó todo... Aunque habría que salir por piernas.
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