Resultdo de la búsqueda.

Empecé a ver con otros ojos el mar de Vigo cuando, sin que nadie me hubiera avisado, me vi a bordo del «Nautilus» fletado por Julio Verne navegando por la ría de mi infancia para abastecerse del oro de los galeones españoles hundidos por la corsaria flota inglesa en el estrecho de Rande. Aquellas «20.000 leguas de viaje submarino» me confirmaron lo que ya entonces empezaba a sospechar: que la literatura te permite alcanzar todos los sueños. El de las Islas
cíes tardó un poco más en materializarse.
En aquel entonces, hablo de los años sesenta y setenta del siglo pasado, en el astillero que había fundado mi abuelo, carpintero de ribera, y que había botado hermosos transbordadores de madera que hacía la ruta entre Vigo, Cangas y Moaña, prestaba servicio una lancha como remolcador. Hija menos airosa de otra que nos hizo navegar por la ría de Martín Codax cuando todavía llevaba perrera (léase flequillo), en «la lancha» nos llevaba mi padre a pescar fanecas en enclaves marcados por «mariñeiros» tan avezados como Comesaña, y sobre todo a fondear frente a la playa de Barra (la mejor arena de la ría) para pasar la noche. Desde allí casi palpábamos al atardecer la silueta maravillosa de las Islas
cíes.
Emparentamos con la familia Freire gracias a que un hermano de mi madre, capitán de la mercante y de la pesquera, casó con la hija más guapa de la familia propietaria de Vapores de Pasaje, y empezó la adolescencia. Recuerdo cuando el barco de más eslora de la pequeña flota de Vapores se engalanaba con las mismes luces de colores de las fiestas populares de las aldeas gallegas para surcar de noche la ría, acercarse a besar las
cíes y hacer que los enamorados y los adolescentes (a veces eran los mismos) se ensoñaran contemplando el perfil azul de unas islas que sirven de centinela de la Ría y defienden Vigo de las grandes olas y los monstruos marinos que habitaban desde tiempo inmemorial el mar tenebroso, el que levanta sus farallones líquidos más allá de Finisterre. Llamadas Siccae (áridas) en la antigüedad, por allí pasaron los romanos, hospedó a monjes durante siglos y acabó siendo puerto de abrigo y base estratégica para las codicias de Francis Drake, pirata al servicio de la corona británica, lo que contribuyó a que las islas acabaran despobladas. Volvió a cobrar vida con salazones y fareros, hasta que en esos sesenta en que ahora echa el áncora la memoria se quedaron otra vez sin almas. La más hermosa de las tres, según los ojos mixtificadores de la memoria, es la de Monteagudo, o isla Norte, separada de la costa y del ariete de cabo de Home (cabo de Hombre) por un mar bravo que enseguida llaman de Fora (mar de Fuera), mar temible. En la parte más recogida de la isla se encuentra la playa de Rodas. Allí acampó casi el primer amor cuando empezó la juventud a fabricar recuerdos. Pero esa es otra historia.
(Foto: Miguel Muñiz)