Diario de viajes

blogs ABC.es
\\ Inicio : Búsqueda
Resultdo de la búsqueda.

Búsqueda por artículos burros

De Alfonso Armada (el 25/05/2009 a las 16:02:03 en Chad)
No hay tiempo que perder. Es su tiempo, su parsimonia, su “atraso”, contra nuestra velocidad. Nos los cruzamos a menudo, en un país con una bajísima densidad de población (7,2 habitantes por kilómetro cuadrado y sólo 267 kilómetros asfaltados para una red de carreteras de 33.400 kilómetros), nos cruzamos con mujeres y niños que caminan o que van a lomos de burros, que también son empleados de forma exhaustiva para transporta leña, agua y lo que se compra o se vende en los mercados. En medio de un paisaje cuya tonalidad dominante es el ocre del desierto y todas sus variedades del siena al rojo, pasando por una mortecina gama de verdes (salvo en la estación de lluvias, o en las zonas donde el subsuelo atesora agua), para los arbustos, las espinosas y las acacias adaptadas a una espantosa sequedad, resulta deslumbrante el colorido de los vestidos de las mujeres, sus túnicas, velos y pañuelos que tan bellamente cubren su bien moldeadas facciones: en medio del mimetismo del paisaje (que es también el de las bestias y el de las construcciones, de un adobe perfectamente integrado en el terreno), la aparición de una mujer o un grupo de mujeres sobre mansas y parsimoniosas acémilas semeja una aparición de la Biblia (o en este caso del Corán: las religiones del libro también han hecho estagos aqui). No sólo por la viveza de los rosas, verdes, amarillos, azules y violetas, sino porque hasta los elegantes negros van orlados con pedrería, lentejuelas de los extrae destellos el sol y que, unido a la risa y a los gestos con que saludan al viajero que desenfunda su cámara o simplemente agita la mano ante los gestos siempre amigables de los niños, hace de esos instantes un espejismo.

Como alma que lleva siempre el diablo, en este caso escoltados por escuadrones de operaciones especiales o grupos de asalto de los ejércitos polaco o croata, que forman parte hoy de EUFOR (la fuerza europea desplegada el este del Chad para proteger a los refugiados y para permitir que no se interrumpa la llegada de ayuda humanitaria ni el trabajo de las ONG: como se ha apresurado a hacer Al Bashir en el vecino Sudán), y que mañana (a partir del 15 de marzo) trocarán sus cascos y sus boinas por el azul celeste de las Naciones Unidas, pasamos camino de citas imaginarias, con una pericia y un ordenancismo perfectamente militar. Menos mal que al final de la jornada, antes de volver a esta base de Iriba en la que escribo después de una ducha reparadora y de la cena, pasamos por el campo de refugiados de Amnabak, y allí comprobamos cómo los ancianos (los “elders”) y los hombres celebran puño en alto la orden de busca y captura del presidente sudanés, mientras las mujeres (es día de reparto de la ayuda humanitaria: aceite, jabón, sorgo, harina, maíz...), acompañadas de sus hijas y de sus niños más pequeños, cargan el alimento para todo el mes en sus burros, los que yo vuelvo a acariciar ante la perplejidad de los sudaneses que han buscado refugio en esta orilla de una frontera “absolutamente artificial y que a menudo es imposible de distinguir”, como confiesa Gideon, el empleado del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, un congoleño de Brazzaville que se ha venido a este rincón del mundo a paliar los estragos que algunos hombres causan a otros hombres.

 
De Alfonso Armada (el 25/02/2011 a las 15:47:11 en Viajar)
¿Para qué viajamos? Depende de si somos turistas o emigrantes. Al que se da ínfulas literarias le gusta distinguirse del viajante disfrazándose de viajero, cuando en realidad el que viaja para disfrutar es en realidad un turista (aunque lleve libros de Lawrence Durrell –es hora de releer su «Cuarteto de Alejandría»- o Bruce Chatwin en la maleta o el e-book) mientras que el que viaja para comprar o vender es la versión contemporánea del viajante de Arthur Miller a quien le estalló el sueño americano en las manos y se quitó la vida. La diferencia entre los pueblos prósperos y los que quieren prosperar radica en la necesidad de viajar para poder vivir. Esa diferencia de clase la registró el novelista y poeta catalán David Castillo (de una estirpe en extinción: la de los ácratas): «Turistas o emigrantes».

Nos habíamos habituado al viaje como una demostración de que habíamos coronado el Tourmalet del desarrollo, y hete aquí que para muchos titulados españoles la única alternativa vuelve a ser Alemania. Y menos mal que allí nos reciben (de momento) con los brazos abiertos: no como a tantos licenciados de Europa del Este que se vieron obligados a subir bombonas a pisos sin ascensor porque en la moderna España no había ocupación a la altura de sus currículos. Si la crisis sirviera al menos para que aprendiéramos: para que nos diéramos cuenta de la fugacidad de la riqueza, de nuestra equiparable condición a los que llegan del sur del Estrecho de Gibraltar: con lo puesto y la valentía de jugárselo todo, la vida incluida, para vivir otra vida mientras haya tiempo. Pero muchos acumulan experiencias sin aprender nada, y repetimos la historia como burros ciegos. No extraña que Pablo M. Díez, corresponsal de ABC en Pekín, pase su Navidad cordobesa ansiando volver a China: porque el malestar y la mala educación han echado raíces en España.

En la Residencia de Estudiantes de Madrid recuerdan en un libro y una exposición maravillosos las visitas a España de auténticos «viajeros del conocimiento», que viajaban para saber más de nuestra especie. Desde Leo Frobenius y sus lecciones africanas a Howard Carter y la tumba de Tutankhamon. No se la pierdan. Aprendamos con ellos. No hay más raza que la humana.

 
De Alfonso Armada (el 12/05/2009 a las 11:56:52 en Chad)


Iriba, viernes. No es fácil escribir en medio del desierto, sentado en un repecho de arena, con el crepúsculo devorándose a sí mismo a una velocidad inaudita, con una grupo de combate polaco instalando tiendas de campaña al pie de un cerro aprovechando las últimas briznas de claridad mientras montan la primera guardia en lo alto del promontorio y todo el polvo de las pistas de arena chadianas grabado como un mapa en la cara de quienes hemos venido a ver qué se cocía en este auténtico agujero negro de África central, uno de los lugares más opacos de la Tierra, y no en sentido precisamente metafórico: desde el espacio, los satélites han comprobado que esta región es una de las menos iluminadas del mundo: cuando la noche cae sobre el Chad la oscuridad resultante es magnífica para el olvido, para el crimen, para la lasitud, y también para contemplar (como en Somalia) uno de los firmamentos más cuajados de estrellas.

La Vía Láctea es generosa y a los más pobres les da más preciosa leche que a nadie. Como el Chad es un espacio paradójico (aunque en olvido todavía le gana su vecino del sur, la República Centroafricana: todavía más desdeñada) y de su inmensa superficie apenas dispone de un 2,8 de tierras cultivables (con un ínfimo 0,02 por ciento de cosechas periódicas: sorgo, arroz, patatas, tapioca y algodón), la sequía y las plagas de langostas se ceban con un país que también ha encontrado en el petróleo una maldición: con contratos leoninos a favor de empresas estadounidenses (como Exxon Mobil) y Chinas, buena parte de los beneficios de los 156.000 barriles diarios que exporta desde 2004 los destina a el régimen a comprar fidelidades entre sus muchos enemigos y sobre todo armas (el gasto en educación equivale al 1,9 por ciento del Producto Interior Bruto), mientras que a Defensa dedica el 4,2 del PIB), la media de hijos por mujer es de 5,4, que acaso compensa que de cada mil nacimientos mueren cien) y un 80 por ciento de su población está por debajo de los índices que le sirven a las Naciones Unidas para trazar el umbral de la pobreza.

El día amaneció temprano. Había que subirse a un avión de carga construido por la empresa española CASA, mantenido y pilotado por españoles adscritos a la Fuerza Euopea (Eufor) con una misión rimbombante (proteger la distribución de la ayuda humanitaria en el Este del Chad, prestar apoyo a las organizaciones no gubernamentales que la distribuyen y atienden a los más de 450.000 refugiados sudaneses y desplazados internos, y en general proteger a la población de la miríada de grupos rebeldes, que a menudo se confunden con bandidos (aunque hay quien piensa que el jefe de todos los bandidos es el propio presidente de la República, que mantiene a su propio país en la miseria y que depende de Francia para mantenerse en el poder). El avión aterrizó dos horas después en Abéché, donde los franceses cuentan con la segunda base aérea más importante del país después de la de Yamena. Allí embarcamos en un helicóptero ruso, que tras hora y media de navegación a media altura (lo que permitía contemplar la aridez del terreno, y las marcas dejadas por los ueds, que se desbordan en la estación de las lluvias) nos depositó en Iriba, sede del batallón polaco que se encarga de vigilar este vaston rincón del noreste chadiano, junto a la arbitraria, porosa, invisible frontera con el Darfur sudanés. Provistos de pesados chalecos antibalas (método ideal para adelgazar en el árido clima chadiano) y cascos, además de raciones de combate del glorioso ejército que tantas derrotas ha sufrido a manos de su poderosos vecinos europeos (la Gran Rusia al este, la Gran Alemania al oeste) iniciamos la patrulla cuando el sol más fiero estaba. Dejamos los alminares, tapias de adobe, escuelas y callejas de arena de Iriba para internarnos en el desierto. Era un convoy de cuatro blindados con cañón disuasorio de 21 milímetros y tres todoterreno. Por sabana, bosque bajo y puro desierto, observados por nómadas desde sus cabañas de caña y adobe, rebaños de cabras, burros que rebuznan como rebuznaban en España los burros que han ido desapareciendo de nuestra vida y de nuestra memoria, dromedarios y camellos, cuando el crepúsculo comenzó a insinuarse nos detuvimos al pie de un cerro no muy lejos de la villa (por llamarle de alguna forma) de Bihai, y a unos siete kilómetros de la frontera con Sudán. Levantamos nuestras tiendas de campaña individuales con la ayuda de los bruscos y al mismo tiempo amigables soldados polacos (muchos reenganchados de las guerras de Irak y Afganistán a este frente difuso -y mucho menos peligroso- en el corazón muerto de África). Parecían tumbas para una noche, y abrimos las raciones de combate, que algún exquisito combatiente francés dijo que no eran mejores que lo que comía su perro: latas de comida con cierto sabor a atún, cierto sabor a pollo, cierto sabor a paté innombrable, pero que mata el hambre cuando no hay agua con la quitarse las capas de polvo del camino, y sólo para beber, lavarse los dientes, quitarse capas de mugre de los pómulos y de los párpados.

Como cuentan en las novelas y en las películas, la temperatura se desploma en la noche del desierto, pero antes de dormir sobre el duro y amigable suelo africano todavía hicimos una patrulla nocturna en dos de los blindados: nos acercamos hasta el campo de refugiados de Oure Cassoni, donde se hacinan unos 30.000 sudaneses que han venido a ponerse a salvo a este lado de la artificiosa frontera. Gracias a los visores nocturnos que nos prestaron los soldados pudimos ver la película en blanco y negro de los muros de adobe, las chozas levantadas con lonas del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (que no reconoce el asentamiento porque va contra sus principios: se opone al levantamiento de campos junto a la frontera del país de origen, porque entiende que los refugiados está expuestos al hostigamiento y a la inseguridad -no en vano sirven de camuflaje a los grupos rebeldes que, en este caso, combaten al régimen del general Omar Al Bashir- y prefiere que se organicen a varias decenas de kilómetros de la linde, aunque los que han huido prefieren alejarse lo menos posible de su país, de sus casuchas y de sus tierras, porque su único sueño es volver). Aunque eran más de las once de la noche, vimos un comité de recepción formado por niños que se dirigía con las manos en alto hacia nosotros. ¿Qué hacían levantados a esa hora? Pero algo o alguien les disuadión y a medio camino volvieron sobre sus pasos. Con la media luna blanqueando los caminos, sacando instantáneas misteriosas de los arbustos y de las piedras, todo el desierto parecía una radiografia de la luna. Unos burros sobresaltados por nuestro paso rebuznaron como almas en pena. Al regresar al campamento cerca de la medianoche, casi todo el mundo dormía. Agotados, caímos en un profundo sueño ajenos a los escorpiones, arañas y otra fauna que se esconde en estos pedregales. A las seis, salimos de nuestras tumbas individuales.

El sol empezó a asomarse a una velocidad de vértigo. Nos vimos y nos las desamos para meter los sacos y las tiendas en sus fundas (los polacos volvieron a armarse de paciencia), tomamos café y galletas duras como piedras ablandadas con la leche condensada de las raciones de combate, y reemprendimos la aventura. Primero un lago del que sobresalían troncos secos. Llegó un rebaño formado de decenas de ovejas que balaban con la unanimidad de las nuestras, manejadas por un pastor sin perro que había pasado la noche junto al agua mansa y cobriza. El campo de refugiados no estaba lejos. Hablamos con el jefe del destacamento de la policía chadiana que se encarga de “la seguridad” del campo: 20 hombres para 30.000 almas. Un imposible. Confesó que les ruegan a los rebeldes del JEM, quizá el grupo más nutrido y relevante que combate contra el régimen de Jartum en Darfur, que dejen sus armas a la entrada del campo (un campo con mil puerta) cada vez que acuden a visitar a sus familiares. La falacia y el juego quedaron en evidencia cuando acertó a pasar una “pick up” artillada con seis “rebeldes” a bordo: calzados con chancletas, con turbantes de oro y oliva, y kaláshnikovs en torno a una ametralladora de 14 milímetros, no ocultaban, como sus compatriotas del campo, su alegría por la orden de búsqueda y captura dictada por la Corte Penal Internacional contra su gran enemigo, el presidente sudanés, Al Bashir, aunque está por ver quién será capaz de ponerle el cascabel al gato, y si haciendo un gran bien (poner fin a la impunidad que reina en Darfur desde hace casi seis años, con 300.000 muertos y casi tres millones de desplazados y refugiados, condenar al régimen islamista y militar de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad) muchos seguirán sufriendo o morirán por la reacción brutal del Ejército sudanés y sus despiadados jinetes árabes, los famosos “yanyauid” (diablos montados). Junto al campo, bajo el sol implacable del mediodía, un grupo de niños y niños que no supera los diez años, se encarga de fabricar con las manos desnudas y una pala más grande que ellos ladrillos de adobe, vigilados por sus amos sudaneses: hombres esbeltos y delgados, con cara de pocos amigos, que sólo hablan árabe y visten túnicas de un blanco deslumbrante (tienen quien se las lave) y un ostensible látigo en la mano: seguro que no tratan mejor a los niños que a los escaldados burros, que se extrañan de que alguien les quiera palmear el lomo sin ánimo injurioso.

Sobrevivir es un empeño arduo en estas tierras del Sahel africano. Pero todo se hace todavía más duro por culpa de la guerra, los regímenes despiadados que no sólo no se cuidan de sus ciudadanos (súbditos despojados de cualquier derecho), sino que les convierten en carne de cañón, parias en su propia tierra, o náufragos en el desierto, refugiados obligados a huir para salvar el pellejo, evitar la violación, que los niños sean vendidos como esclavos, mano de obra barata, guerrillas infames. Emprendemos el regreso a través de Bahai, un villorrio desperdigado por lomas de arena que el viento arremolina contra las tapias de adobe, no sin antes pasar por una escuela. Los niños nos reciben como suelen en África, con la mano tendida (pero no para pedir: en eso son los chadianos y los sudaneses tan dignos como los somalíes, sino para saludar) y la sonrisa franca. Regresar a la base del batallón polaco en Iriba, un fortín de terraplenes, torretas, reflectores y alambradas, cuando la luz empieza a declinar, es como alojarse en un hotel de cuatro estrellas: después de la aventura nocturna, y con el polvo de dos días de periplo por el desierto, el agua fresca redime como más que un bautizo, y no digamos la comida en el gran comedor que parece un remedo de los palacetes del XIX polaco, donde los oficiales cortejaban a las damas y hablaban un distinguido francés. Otro espejismo. La comida (carne cubierta de hojas de col bañadas con salsa de ternera) es un plato delicioso para rusos, ucranianos y polacos que devoramos con el placer y el hambre de los náufragos de arena. Cuadriculado por contenedores alineados como viviendas que a su vez hacen de calles, un poste sirve de punto de referencia para todos los que nos sentimos perdidos aquí: Varvosia, 4.105 kilómetros, y otra decena de ciudades polacas, donde ahora sigue mandando el invierno. La noche ya es tan intrincada como la de ayer, pero aquí se ven muchas menos estrellas, y no por la luna, sino por el run-run de los reflectores eléctricos. Mañana también tenemos otro día de patrulla.

 

Búsqueda por fotografías burros

Fotografía no encontrada
Cronología de post
< mayo 2013 >
L
M
M
J
V
S
D
  
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
   
             
Búsqueda por palabras
secciones
Alemania (1)
Andalucía (2)
Argentina (11)
Asturias (1)
Bahamas (1)
Baleares (1)
Brasil (4)
Canarias (1)
Cannes (1)
Cantabria (1)
Cataluña (1)
Chad (5)
Chile (1)
China (10)
Ciudad Real (1)
Colombia (1)
Corea del Sur (1)
Cruceros (2)
Dubai (5)
Ecuador (4)
Egipto (1)
Esquí (2)
Estados Unidos (2)
Festivales (1)
Flandes (3)
Fotografia (1)
Galicia (5)
India (2)
Inglaterra (1)
Isla Mauricio (1)
Japón (1)
Madrid (1)
Maldivas (1)
Marruecos (5)
Mediterráneo (1)
México (4)
Navarra (1)
Nepal (1)
Nieve (2)
Nueva York (2)
País Vasco (1)
Perú (2)
Portugal (2)
República Checa (2)
Rumanía (2)
Segovia (1)
Seychelles (1)
Soria (1)
Tailandia (2)
Taiwan (1)
Tanzania (8)
Túnez (5)
Vacaciones (1)
Valladolid (2)
Viajar (34)
Vitoria (1)

Artículos por meses:
Febrero 2009
Marzo 2009
Abril 2009
Mayo 2009
Junio 2009
Julio 2009
Agosto 2009
Septiembre 2009
Octubre 2009
Noviembre 2009
Diciembre 2009
Enero 2010
Febrero 2010
Marzo 2010
Abril 2010
Mayo 2010
Junio 2010
Julio 2010
Agosto 2010
Septiembre 2010
Octubre 2010
Noviembre 2010
Diciembre 2010
Enero 2011
Febrero 2011
Marzo 2011
Abril 2011
Mayo 2011
Junio 2011
Julio 2011
Agosto 2011
Septiembre 2011
Octubre 2011
Noviembre 2011
Diciembre 2011
Enero 2012
Febrero 2012
Marzo 2012
Abril 2012
Mayo 2012
Junio 2012
Julio 2012
Agosto 2012
Septiembre 2012
Octubre 2012
Noviembre 2012
Diciembre 2012
Enero 2013
Febrero 2013
Marzo 2013
Abril 2013
Mayo 2013

Inventario [+]

Último comentario:
Thanks for sharing, ...
19/05/2013 a las 02:19:32
De Buy Research Chemicals UK
Thanks for sharing, ...
19/05/2013 a las 02:12:41
De Buy Research Chemicals
I really liked your ...
19/05/2013 a las 02:12:15
De Buy Research Chemicals UK
Copyright © Diario ABC, S.L., Madrid, 2009.