
Algo bueno del paro es que puedes acostar tarde sin remordimientos. Eso es algo que nadie te puede quitar. Tenemos una esquina estratégica dentro del parque del barrio, un banco con un seto detrás que lo tapa: ahí bebemos cerveza de noche sin que los municipales nos vean. Eso sí, tenemos que estar sentados. La otra noche estaba con mi primo Adolfo y con el Richi, bebiéndonos unas litronas. Adolfo se había comprado el periódico “porque daban una película, El último rey de Escocia”. Richi y él estaban discutiendo sobre Idi Amin Dada. La peli iba sobre él, y Adolfo, que es muy listillo, pensaba que era el inventor del dadaísmo.
Vi a una pareja que venían abrazados caminando hacia nosotros y les dije que se callaran. El chico vino y dijo que se llamaba Mauricio y que la chica era su novia Amanda. Nombres de culebrón. Nos pidió un cigarro y le di uno. Sostuvo el cigarro con los dedos y de repente lo hizo desaparecer. “Lo siento, lo he perdido, ¿Me puedes dar otro, por favor?”. Flipando, le dí otro pitillo y el tío sacó de repente el primer cigarro de su oreja. Le dio uno a su novia y se nos quedó mirando. El Richi les dio fuego con la boca abierta. Por fin, el muchacho nos reveló que era mago, trabajaba en el circo que han puesto en el aparcamiento del centro comercial. Estaba de gira. Al parecer, su táctica era impresionar a desconocidos para obtener a cambio tabaco y copas gratis. Así que se nos acoplaron un rato.
A cambio de unos cuantos trucos con un kleenex nos sablearon unos cuantos cigarros y tragos de cerveza. Fuimos amables con ellos, pero se nos olvidó decirles que se sentaran. En cuanto vi venir a lo lejos las luces azules del coche de los municipales supe que venían a por nosotros. Adolfo giró la cabeza, resopló y le dijo al mago “anda, y ahora haznos desaparecer”.

Un colega se torció la muñeca y me pidió que le sustituyera durante el fin de semana en el bar de Malasaña donde ponía copas. Lo bueno del curro era que podía beber todas las bebidas sin alcohol que quisiera, y lo malo... era todo lo demás, empezando por los nueve euros que me pagaban a la hora. Eso sí, era un sitio tranquilo. El viernes por la noche había un recital de poesía en el bar. Era la primera vez que veía uno. Las tías que fueron esa noche eran penosillas. Casi todas tenían las manos pequeñas y las uñas pintadas de rojo fuerte. Al fondo del bar había una tarima con un micro y unas cortinas grapadas a la pared. El primero en salir fue un chavalito un poco jorobado y con granos. Alguien pidió silencio y todo el mundo se calló. Hasta dejaron de pedirme bebidas. El chico dio las gracias y le dijo al micro que su primer poema se titulaba «Kurt Cobain.» «Es una tarde muy fría y ventosa. En la calle. En mi alma. En tu fosa. Mi gata me esquiva, y yo sé el motivo. Me gustaría estar muerto, para hablar contigo». Siempre me pongo nervioso en sitios donde todo el mundo está callado, no pude evitar que se me escapara una risa nerviosa. Los que estaban en la barra me miraron con desprecio. Excepto una mujer, de mediana edad. Ella sonrió. El otro me miró desde la tarima y cerró la libreta. «Lo siento. No puedo seguir». La gente del bar se puso a cuchichear y luego rompieron a aplaudirle. El dueño del garito dijo a todo el mundo que «por suerte» era mi última noche allí. Y volvieron a aplaudir, hay que joderse. Hacia el final de la noche, la mujer que se había reído antes me pidió dos chupitos de bourbon. Pensé que uno era para mi, pero no. El autor de «Kurt Cobain» se acercó a ella y se bebió uno de un trago. La mujer le preguntó que si había tenido bastante: «¿Ya estás contento, hijo? ¿Podemos irnos a casa?»

«¡Pero qué te has hecho en el pelo! Si pareces Mamá Pitufo en su peor juventud». No contenta con ver mi cara de espanto, mi madre hurga en la herida cuando me ve levantarme en camisón y con el pelo totalmente azul. «Eso te pasa por hacer caso a la Toñi. ¿Cómo se te ocurre lavarte el pelo con ketchup?». Ojalá me lo hubiera lavado… en un alarde de chulería decidí echarme diez botes que cogimos del bar de Agustín. La Toñi me dijo que con unas gotitas era suficiente y que a las dos horas debía aclararlo bien, pero creí que era una argucia de las suyas y no le hice ni caso. Total que he dormido toda la noche con el chorrazo del ketchup cayendo por la almohada. Mi aspecto es tan patético que pienso en un rápido y certero acto de suicidio. Desapareceré sin dejar huella… aunque el rastro de mi pelo azul sea difícil de borrar. «¿Y ahora cómo vas a ir a la despedida de Marta?». ¿Eres tú, mamá? Dios, sigue ahí, todo esto no es una horrible pesadilla y yo no soy víctima de mi propia cámara oculta. Había olvidado por completo que hoy tenía una nueva cita con mi patética vida de solterona. Marta, la hija del alcalde, se casa el próximo fin de semana y esta noche es la despedida… ¡y yo con estos pelos! Si tuviera un poco de suerte mis amigas habrían decidido disfrazarse de Pitufos, pero la llamada de mi prima Toñi me recuerda que vamos de ratitas presumidas. ¿Y yo de qué coño voy a presumir? No voy ni de coña. «Claro que vas, hija, y con la cabeza bien alta». Encima pretende que eleve mi descolorido cuero cabelludo… Pero voy, al final voy… Y no me arrepiento. A Marcos siempre le gustaron las hamburguesas con bacon y ketchup, mucho ketchup. Nuestro beso de reencuentro está más rico que las XL del Mac Burguer.

Me llegó a casa una carta del Inem diciendo que estaba obligado a hacer un curso de formación. De diseño de páginas web, nada menos. Pensé que se trataba de un error, porque
cuando me di de alta dejé bien claro que no quería nada que necesitase cualificación. Como te despistes, esa gente es capaz de meterte hasta de socorrista en la piscina de una urbanización, así que fui a la oficina del paro a resolver el tema.
En la puerta me crucé con un tío que me sonaba mucho. Era un famoso, alguien de la tele. Al principio no caí en el nombre, pero me puse a seguirle. Me dio por ahí, yo que sé. Se metió en un salón de juegos y se pidió un café. Me bebí una fanta a un par de metros de él.
Por fin caí, era Kike Supermix. Llevaba años sin verle el pelo. Salía mucho en Telecinco en la época de las mamachicho. No lo puedo asegurar al cien por cien, pero puede-ser-que el camarero le pusiera un chorro de brandy en el café. Otro hombre llegó y le saludó, se sentaron juntos. El amigo llevaba unas chanclas de cuero y tenía la uña del dedo gordo negra, como si le hubieran pisado. Después de tomarse el carajillo se pusieron a caminar un rato en dirección al centro.
Los seguí a una distancia prudencial, para que no me pillaran. Kike Supermix señaló con el dedo al otro lado de la acera. Lo que me faltaba por ver, se metieron en un chino, de los de todo a cien. Los esperé en la puerta hasta que salieron. El amigo llevaba algo en una bolsa blanca. En vez de seguirlos, me metí en la tienda y pregunté a la dependienta qué era lo que habían comprado. La china se metió por entre las estanterías y volvió con un tubo de cartón de colores. Parecía un telescopio infantil.
Le pregunté que para qué servía ese tubo y me dijo que valía dos euros con cuarenta.

Había olvidado lo bien que sienta volver a casa, como el pesado del Almendro hace por Navidad. Pero la sensación que tengo desde que ayer logré llegar a tiempo al funeral de mi abuela es de una liviana ligereza. Mi madre me hace la colada, mi padre me trae la revista del cuore y hasta he conseguido que mi sobrina me haga la pedicura sin miedo a que mis garfios le saquen un ojo. ¡Esto es vida! Al levantarme de la siesta he ido a tomar café con mi prima la Toñi. No nos hablábamos desde que se lió con Juanito el de la pescadería, pero he decidido perdonarla.. a cambio de que me confiese sus secretos de belleza. No contenta con ganar el concurso de Miss Maturrianes 2009 ha decidido apuntarse a una agencia de modelos online. No sé muy bien cómo funciona, pero el caso es que ha subido sus fotos y tiene más amigos que la Reina Rania de Jordania en Facebook. Y yo he pensado: ahí se tiene que ligar fijo. Así que la he chantajeado emocionalmente, poniendo en práctica mis dotes de arpía marujil. «Tienes que prometerme que no se lo vas a decir a nadie. Debe ser nuestro secreto». Qué pesadita, ni que me fuera a transmitir la esencia de la eterna juventud… si yo sólo quiero salir fotogénica en mi perfil de Facebook. «Vale, no te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo». El misterio se vuelve (casi) chiste cuando me hace seguirla al pajar de su padre en el que, casualmente, la pillé con el pescadero. «Toñi, ¡ya te vale! ¿Vas a seguir restregándomelo toda la vida». «Que no tonta, entra y cierra la puerta». Obedezco y me muestra una revista amarillenta que abre por la página de consejos de belleza para el verano. Es de 1999, pero leo con detalle y descubro el secreto de mi prima: ketchup para el cabello. Nos hemos pasado por el bar de Agustín para coger provisiones. El chorrazo me cae por la coronilla… pero merecerá la pena.

Estaba en mi casa intentando escribir 1974, mi año, en números romanos. Joder, pues lo tuve que mirar en internet porque no me acordaba de cómo se ponía el quinientos. Tenía que ser una putada ser un romano disléxico ¡sobre todo para los números! El caso es que me di cuenta que cuando te pones a trabajar, y más desde joven, como no hagas nada para el coco te conviertes en un zopenco. Así que me digo, coño Carlos, ¿Por qué no te pones a estudiar? Desde luego es mejor eso que no hacer nada, o que un trabajo de mierda. Pues nada, que vi lo de los master gratis que daba el hermano de Gabilondo y lo tuve clarísimo. En historia. A mi la historia me flipa. O algo relacionado con la música. Así que me acerqué a casa de mi primo Adolfo, que sabe más de perras, para que me aclarara si por estudiar me iban a quitar el paro o no ¡Entonces ni de coña! Pues nada, se lo comento y me dice «¿ah sí? ¿Un máster vas a estudiar?», como cachondeándose. «Ya estás igual que el Menéndez, que me vino el mes pasado y me dijo también que quería ponerse a estudiar temas de medio ambiente para luego poner una empresa de placas solares. El Menéndez que no tiene ni el graduado. Y le pregunté que cuando le acababa el subsidio, y me dijo que al lunes siguiente. Se ve que le entró prisa por aprender». Yo, en mi sitio, le dije a mi primo que no se pasara de listo. «Pero si no tienes ni carrera, Carlos». Se puso a descojonarse en mi cara. Yo no sé que ha pasado en este país, pero hemos llegado a un punto en el que para la gente lo normal es no hacer nada.

¡Mis ojos, no puedo abrir los ojos! Lo sabía, sabía que me terminaría pasando. Ya me lo decía don Eusebio en clase de Ética, que debía evitar los pensamientos impuros.
Ciega y sola en la vida, ¿qué va a ser de mi? No, no, espera, ¿qué pasó anoche? Joder, me acosté con una tajada de gin tonics tremenda. Ahora lo entiendo todo, la pasta en la boca me resulta familiar.
Se llama resaca de garrafón y su consecuencia es que tengo dos ventosas por lentillas pegadas a mis ojos. Habría sido mejor una ceguera transitoria para no ver el estropicio que hice con el vestido del Carrendado.
Para colmo el móvil suena justo en mi momento All-Bran: “Sol, soy mamá. Te estamos esperando, hija”. “Sí, mamá, lo sé, llegaré a tiempo si me dejas empezar a arreglarme”. “¿Qué te vas a poner? Ya sabes que debes venir de luto riguroso, que
si no la Carmencita empezará a rajar de ti en el comercio de Lourdes y bastante han hablado ya”. Sus palabras martillean mi resacosa cabeza. “¿A que no voy? Como me toquéis mucho las narices me quedo en casa viendo el triple episodio de Sexo en Nueva York que pillo por la TDT del vecino y os quedáis sin fiesta”.
“¿Cómo puedes llamar fiesta al funeral de tu abuela?”. Después de una larga conversación de besugos con la que mi madre consigue multiplicar mi dolor de cabeza decido ponerme en marcha.
Cojo a mi abuela bajo el brazo y… ¡sacrilegio! Las ventosas oculares provocan un cataclismo de proporciones inimaginables.
Mi abuela desparramada por el suelo y yo aún medio pedo. En un alarde de lucidez propio de Paquirrín decido recurrir al cepillo y al recogedor, con lo que mi difunta abuela vuelve a su urna. El autobús no espera y mi abuela (o lo que quede de ella) se merece una despedida en condiciones, así que salgo corriendo directa al pueblo. Mi abuela era creyente, tenía una fe ciega en que el Maturrianes, el equipo de fútbol del pueblo, terminaría subiendo a tercera regional preferente y dejó dicho a la Paqui que si algún día le pasaba algo debíamos esparcir sus cenizas por el campo. El recuerdo de sus palabras me ilumina en mi camino a la ceremonia. Hoy seré yo el árbitro de su partido final.
¡Ganaremos por goleada, abu!

Iba la otra mañana paseando ocioso por Bravo Murillo cuando me encontré a un grupo de gente con
silbatos y pancartas por medio de la calle, escoltados por los municipales. Uno de ellos me pidió fuego para encenderse un purito y aproveché para preguntarle contra qué estaban. Me dijo que eran trabajadores despedidos de una empresa de ladrillería de Segovia. Estos sí que sufrían la
auténtica crisis del ladrillo.
El tío del purito se puso a relatarme su desgracia. Yo no tenía la cabeza para aguantar monsergas y me estaba costando ser educado. Le dije que sabía lo que era eso, que también me habían echado de mi empresa. A él le dio igual y siguió
calentándome la cabeza. “No podía dormir del estrés que tenía y tuve que ir al médico y decirle que me recetara unos orfidales porque a mi señora le fueron muy bien cuando...”.
Intenté largarme un par de veces pero el tío no paraba ni para respirar. Si hacía intentos de interrumpirle o moverme, me cogía del brazo y me señalaba con el puro. Me di por vencido y me acabó contando toda la movida con el médico. “Pues el doctor, un chaval joven, me dijo que cómo podía yo tener estrés si estaba todo el día tirado en el sofá, que él se pegaba turnos de guardia de nosecuantas horas y no se recetaba nada a sí mismo.
Tómese una valeriana, me dice el sinvergüenza”. Y no me dejaba irme. “Así que me levanté y le dije al nene ese que le iba a poner una denuncia”. Otro señor ladrillo se metió por medio y aproveché el despiste para largarme... Al par de minutos volví a buscarle. Se había quedado con mi mechero.

No llega, no llega, no llega… y no va a llegar nunca. Está claro,
me ha dejado plantada. ¿Cómo pude ser tan ilusa? “Dejemos que el destino decida por nosotros”, me dijo el muy capullo. Y yo le creí, como cuando Eva le dijo a Iker que no conocía a Cayetano y mírales ahora, que un poco más y hasta se mete a torear con él. A mí sí me ha toreado de lo lindo. ¿Y ahora qué hago yo con el vestido del Carrendado? Tenía pensado devolverlo, que
por algo la etiqueta me está provocando un sarpullido, pero lo habría hecho con la dignidad del buen uso y disfrute.
Me voy a la barra, así la resaca de mañana no será sólo emocional. Pero no puede ser, no me libro del idiota de mi vecino ni a la de tres. Y el tío se digna a saludarme. Paso de él y
hundo mis penas en el gin tonic de pomelo. Qué razón tenía mi amiga Clarice. Pedirlo te da otra categoría, como si fueras amiga de Carry Bradshaw y pasearas tu sexo por Nueva York. Aunque el mío de momento se queda en casa, en mi barrio, en mi mierda de vida. Y ni siquiera sé cuál es la canción del verano. Se lo pregunto al tipo de la barra: “Oye, ¿tú sabes si el Chikilicuatre y Soraya montaron por fin un dúo?”. Pero no me escucha, ni él ni ninguna de las 30 personas que esta noche hemos bajado a la verbena.
Veo una señal a lo lejos… es el corte de mangas que me hace el de la barra cuando le digo que me apunte los cinco gin tonics en mi cuenta. “¡Ella se cruzó! ¡En mi camino! ¡Uo, uo, uo! ¡En el casino!”. Pero qué banda tan mala. Se nota que el presupuesto de la Junta Municipal está mermado por culpa de la crisis. Bueno, por culpa de la crisis y del tesorero, que
cogió el dinero y salió corriendo con la peluquera de la esquina. Para mí, doble faena porque ahora, además de tener que recurrir al tinte y al corte casero, tengo que aguantar a la “banda de Moebius”, que así se llaman los del escenario. “¡Es medianoche! ¡Hemos engañado! ¡Al aparcacoches!”. No lo soporto más, me voy a mi casa torcida, sin carroza, ni calabaza y con un sarpullido en el trasero.

Últimamente estoy como malucho. Creo que es por el aire acondicionado;
estoy en la calle a 38 grados pero nada más entrar al autobús o al supermercado se me ponen los pezones duros de la pelona. Esta mañana salí a la calle con la nariz taponada. Casi no podía ni respirar, tenía mocos hasta en la parte de atrás de la lengua. Se me mezcló todo con el polvo de las obras y me puse a estornudar. Tuve que echar un pollo enorme porque si no me ahogaba.
Escuché toser detrás de mi y me aparté. Mi vecina de abajo. Pasó a mi lado y pisó toda la tortilla con las sandalias. Por poco se resbala. Se puso hecha un obelisco la tía, y me dijo
“anda, vete a mirarte esa gripe porcina, pero tú sin prisas”. La verdad es que me entró la duda. A lo mejor fueron esas chuletas caducadas. Además, las descongelé dos veces. Compré un paquete de pañuelos a un rumano en el semáforo y me fui directo al ambulatorio del barrio. Olvidé la tarjeta sanitaria y
la recepcionista me hizo volver a mi casa a por ella.
En la sala de espera había un matrimonio de jubilados con tobillos gordos. Me senté al lado del marido, que estaba leyendo el ABC,
para leer gratis por encima de su hombro. “Nunca encuentro la sección de Toros en este maldito periódico”. Me dijo si le podía ayudar. Quería saber qué había hecho Talavante la tarde anterior. Le dije que mirara en la sección nacional. “Anda, anda. No tienes ni idea. Si acaso estará en Cultura”. ¡Menuda educación tenía el tío! “¿Cómo van a estar los toros en Cultura, hombre de dios? Si acaso estarán en Deportes”.
El hombre me dijo que lo que hacía José Tomás era un arte, yo le respondí que lo que hacía el Kunsito Agüero también, y ahí quedó la cosa.

«Yo les declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia». Lo escucho a lo lejos, nítido y acompañado de un suave repicar de campanas… que resultan ser las de la Iglesia que hay justo frente a la oficina del INEM.
«Bienvenido a nuestras filas», parece transmitirte la funcionaria cuando firmas tu forzoso reclutamiento en el ejército de parados.
«Empezará a cobrar el próximo mes», dice con fingida simpatía. No le gusto y no me gusta, sobre todo porque su discurso me ha devuelto a mi cruda realidad.
Sergio lo entenderá, no le importará que tengamos que vivir en casa de mis padres en el pueblo ni que pospongamos nuestra luna de miel hasta hacerla coincidir con la comunión de Susana y Gustavo. La verdad es que metió un grito espantoso cuando tuvo que darse la ducha fría de rigor. Me extrañó eso de que se fuera sin despedirse y, sobre todo, sin desayunar, que ayer recibí
el paquete del pueblo y las perrunillas tenían una pinta estupenda. No iba a dejar que se estropeasen, así que como necesitaba fuerzas para afrontar mi visita al INEM me las comí sin pestañear.
Cuando llegue a casa tengo que pasarme por el quiosco para pedirle a Rodolfo un panfleto de las fiestas del barrio, que esta noche he quedado con Sergio en la verbena y no sé muy bien a qué hora empieza. No quiso darme su móvil para no «
estropear la magia y la emoción del encuentro casual. Dejemos que el destino siga decidiendo por nosotros», dijo solemne. A mi, la verdad, me sonó un poco a chino, pero luego entendí que él es así, mi príncipe azul es tan espontáneo como mi báscula. Esta noche tengo una cita.

En el infoempleo pedían gente para una editorial. Decía “Importante empresa editorial” y lo bueno es que no pedían absolutamente nada, ni estudios, ni carnet de conducir. Yo tampoco es que lea mucho, vamos, los libros que me regalan mis padres en Reyes, que parece que no saben regalar otra cosa. El
Código da Vinci no me gustó mucho, pero con el del niño del pijama me reí. Pues resulta que me llamaron ayer, y yo extrañado. No era para ofrecerme un contrato de verdad, sino
un currillo por obra de 12 horas. Lo único que tenía que hacer era ir a un sitio y esperar allí. A mi todo el asunto me parecía un poco chungo, pero por los cien eurazos que me daban por echar el rato, acepté. Me citaron a las nueve de la noche en calle Preciados. Cuando llegué, me encontré a quince o veinte personas que estaban allí para lo mismo que yo. Apareció una mujer con gafas verdes modernas y nos agrupó a todos. Primero
confirmó nuestros nombres y nos dio un sobre a cada uno. El mío traía una especie de acuerdo formal con un sello. Teníamos que pasar toda la noche allí para que otra persona viniese a las 8 y nos pagara. Teníamos que hacer una fila que empezaba en la entrada de una librería, pues eso hicimos. La mujer de la editorial se puso a hablar con un grupo de nenes que llegaron juntos, y los puso primeros en la fila. Los muy flipados,
llevaban todos camisetas caseras con la portada de un libro. Pues resulta que a la una y media de la mañana se presenta allí la tele. “Serán los primeros en disfrutarlo. Los lectores más tempraneros aguardan ya...”. Mientras, empiezan a grabarnos a toda la fila y luego se van a por el primero. “Quiero que abran ya, por favor. Llevo esperando este momento desde que me he acabé el segundo de la trilogía”.

Ayer recuperé la ilusión. No tuve ganas, ni un solo momento, de
meter la cabeza en el horno. Y todo gracias a la pintura y al genio del marketing cultural al que se le ocurrió que la entrada al Museo del Prado fuera gratis los domingos. El caso es que tenía intención de ir a ver a Sorolla porque el quiosquero me lo había recomendado. “Es un festín para los sentidos”, me dijo sin vacilación. Y yo,
ni corta ni perezosa, le invité a salir, digo a que me acompañara, pero me dijo que le tocaba estar en el quiosco hasta las nueve y que si le esperaba me iban a cerrar. Así que cogí mi pamela de los domingos y me dispuse a caminar
sin orden ni concierto, que para eso está el tiempo libre.
Al salir del barrio me invadió
una extraña sensación de vacío, más que nada por no haberme cruzado con mi vecino en tantos días, pero rápidamente se me olvidó. Sentí auténtico placer al verme en la calle, sin ataduras, también sin trabajo, lo sé, pero sin horarios que cumplir, niños que cuidar, comidas que preparar, ni mascotas a las que llevar al veterinario. La música rarita del MP3 de mi sobrino me trasladó a un
universo paralelo de notas, colores… y olores. Sí, también de olores, porque mi éxtasis lo estropeó la cagada de perro que pisé con chanclas y que
fui arrastrando hasta la entrada misma del museo. Museo que, por cierto, para cuando llegué ya estaba cerrado.
Pero a lo que iba, que el esfuerzo mereció la pena y la ilusión hizo acto de aparición, acompañándome hasta aquí mismo, donde ahora me encuentro, delante de los neones del INEM y con el número cinco en mi papeleta (hoy madrugué). Mi ilusión se llama Sergio.

El idiota de mi vecino encontró al fin la forma de ponerle contraseña a su wifi. Si lo hubiese usado sólo para mirar el correo igual no se habría dado cuenta, pero claro, como soy así de listo, pues yo venga a darle al emule. Me bajaba de todo. Menos porno, claro...
Me aburría y aproveché para bajar a la verbena del barrio. Ricardito, uno que conozco del bar, me dijo que iba a tocar con su grupo para telonear a la Orquesta Matices ¡Menudo bolo macho! Yo no soy mucho de verbenas precisamente porque las orquestas me dan alergia. En cuanto escucho al trompetista me pongo enfermo, y lo juro. Allí estaba también Sol, mi vecina de abajo, apoyada en la barra y bebiendo algo que no parecía zumo de piña. La saludé desde lejos y la tía miró hacia un lado y se puso a hablar con el camarero. Así que me dije “pues que le den” y fui a saludar a Ricardito.
Se estaban poniendo hasta arriba de vodka con tónica antes de tocar, hasta arriba. Les pregunté si el grupo tenía nombre y Ricardito dijo que eran “la banda de Moebius”. Por lo visto tenían una maqueta, titulada “la cinta de Moebius”, con cuatro temas. No les pregunté qué música tocaban porque seguro que me dirían algo raro. Los otros tres del grupo estaban bastante asqueados. Normal. “Para que nos dejaran tocar tuvimos que montarles el escenario gratis”. Ricardito me dijo que ni siquiera tenían suficientes instrumentos.
Tocaron durante veinte minutos con la batería y el teclado de la orquesta mientras los verdaderos músicos se cambiaban de ropa. “¡Ella se cruzó! ¡En mi camino! ¡Uo, uo, uo! ¡En el casino!” Me pedí un cubata y me acoplé en una mesa con una pareja de jubilados que se pusieron a tocar las palmas. “¡Vamos, vamos, vamos! ¡Es medianoche! !Hemos engañado! ¡Al aparcacoches!”
El paro vuelve a subir y yo estoy encaramada a la cresta de su ola. Es tan fiero que me tiene asustada. Me refiero a mi incierto futuro, no al panoli de mi vecino. Mañana me toca volv
er al INEM y ejercer de parada sin vocación. Yo no nací para esto. Se supone que la vida debía tratarme bien, acogerme en su seno y convertirme en la princesa de cuento de hadas, aunque fuera de pueblo.
Y aquí estoy, en la capital, sin cuento, ni hadas, ni musas (con lo rica que está la mayonesa) y, dentro de poco, sin piso. El teléfono me lo cortaron la semana pasada y hace meses que me ducho con agua fría, que viene de maravilla para la celulitis. Para colmo es domingo y no tengo planes. Podría llamar a Clarice…
pero me niego a que me reboce en la cara su maravilloso viaje a Punta Cana. Podría encender el ordenador, abrir Twitter y ver si hay alguien que se invite, digo que se apunte a unas cañitas… pero con el corte del teléfono iba incluido internet y mis vecinos me caparon el acceso cuando intenté descargarme el último capítulo de Mujeres Desesperadas.
Así que para desesperada y mujer (hoy es uno de esos días en que debería preguntarme a qué huelen las nubes… pues a nada, coño, a nada), la menda lerenda. No me anima ni el bocata de chorizo, aunque debería estar prohibido meter tan lustroso fiambre en un pan de molde mohoso. Seguro que el quiosquero tiene alguna Guía del Ocio de hace quince días. Total,
el pasado es mi futuro más reciente, así que bajaré sin miedo a lo desconocido.
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