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Las hijas de Obama tendrán un cachorro. El pueblo estadounidense, sacrificios para cambiar el “arco de la historia”. Y para adornar el adusto discurso del ganador, la música que John Williams compuso para ‘El patriota’, de los tiempos de los padres fundadores que tanto nombra (John McCain en su emocionante discurso de perdedor había tenido la de ‘Marea Roja’, sobre un submarino nuclear, con Denzel Washington de protagonista). El nuevo presidente es un tipo cool. En todos los sentidos. Porque, digamos, ‘mola’ y por la frialdad que se le ha atribuido (se le ha comparado con el robot C3PO). Pero por muy serio que se mostrara, citando a Lincoln, recordando, por la difícil situación, a Roosevelt, también puso la nota emocionante dando un repaso a los 106 años de Anne Nixon Cooper, votante de Atlanta, que estuvo en Selma (Alabama), ciudad crucial en el movimiento de derechos civiles (la famosa marcha fue de Selma a Montgomery), y que escuchó al reverendo Martin Luther King. Y que vio en 1920 como las mujeres podían votar por primera vez (la vez anterior con más participación). Entre el público, en zona VIP de la hierba, lloraban Jesse Jackson (sujetando una banderita) y Oprah Winfrey. Ambos eran casi las únicas caras negras que la televisión mostraba. Antes también se le habían saltado las lágrimas a Sarah Palin en Phoenix cuando McCain la nombró y agradeció sus servicios. Cambiando los colores, la gobernadora llevaba un traje azul (el color demócrata). Y volviendo a Chicago, el escenario ha sido sólo para Obama. La estrella. El meteorito. Y al principio y al final lo ha compartido con su familia. Y no sólo con la nuclear. También con Joe Biden, su sonrisa de gato de Chesire y su numerosa familia (incluida su madre). Las hijas de Obama tendrán un cachorro en la Casa Blanca. Y es de esperar que ropa más alegre. La pobre Sasha, de 7 años, la hija pequeña, iba de luto. De negro total. Los Obama se presentaron tan conjuntados como la familia Trapp. Sólo que en lugar de delantales iban en un stendhaliano negro y rojo (el color republicano). Michelle con un vestido en ambos colores de efectos casi incandescentes. Tan incandescente como la noche del cuatro de noviembre de 2008.
Dice Russell Banks en ‘Soñando América’ (Bruguera) que los estadounidenses eligen presidentes según conecten mejor o peor con sus creencias básicas, según expresen sus más profundos mitos nacionales. Que el presidente representa el imaginario y los mitos de quienes lo han elegido. Pero para llegar a ese estado ideal, abstracto y romántico hay que bajar a la tierra. Y hacer cola. Incluso antes de ir al trabajo (que es martes). Podría parecer que es la muerte (o pasar por el scanner del aeropuerto), pero si hay algo que iguala a las personas son esas colas para votar. Vaya, que algunas eran como las de ir a presentar respetos a Franco muerto. En una de esas largas filas se ha fotografiado a la todopoderosa Anna Wintour, editora de ‘Vogue’, que había debido de olvidar la última vez que se puso en fila y que seguramente va a despedir a alguien por no recordarle que votara por correo. Haciendo cola entre gente normal nada menos. Claro, que teniendo en cuenta lo que ha tardado Obama en votar, no es de extrañar que estuviera haciendo tapón fuera. 15 minutos ha estado en esas cabinas que parecían maletines nucleares. Su hija mayor bostezaba con razón (no eran horas, además). Mucho más rápida ha sido Sarah Palin con marido en Alaska (en cabinas con cortinas de rayas que parecían toallas de playa), con su look de cazadora con capucha, peinado marca de la casa y vaqueros en cuyos bolsillos metía las manos mientras hablaba con los periodistas. Joe Biden ha votado con su madre en Delaware y John McCain, con Cindy en Phoenix. Éstos han acabado sentándose frente a una mesa, como si fueran a pedir un préstamo. Si Biden ha llevado a su madre a votar, McCain se ha llevado a la suya (de 96 años) al mitin de Colorado. Para que se vea que en su familia son longevos y Palin tendría que esperar. Esperar. La otra gran cola del día ha sido la del Parque Grant en Chicago. Y doce horas antes de la prevista aparición de Obama (y de Oprah, claro). Para la previsible fiesta parece que se ha vetado a los famosos que han acompañado la campaña de Obama. Porque sólo tiene que haber una estrella. Pero cualquiera le dice a Oprah que no salga.
¿Obama o ‘Pushing Daisies’? Ay, qué decisión más difícil. Bueno, para algo están los vídeos (por llamar a los actuales sistemas de grabación con el nombre austrolopiteco). La ABC era la única gran cadena (sin contar CNN) que no ponía el anuncio de media hora de Barack Obama. Y a las ocho de la tarde (o de la noche), hora del este, empezaban tanto la llamada de última hora a votarle del candidato demócrata como la estupenda serie de colorines del tipo que resucita muertos. Malia, la hija mayor de Obama, se quedó más tranquila cuando su padre le aseguró que no habían comprado tiempo en Disney Channel. “Eh, un momento, ¿me estás diciendo que me van a quitar mis programas (para ponerte a ti)?”, le preguntó asustada. Y como él mismo ha declarado, se sintió aliviada cuando le dijo que no.
En fin, la peliculita de media hora (porque yo lo valgo y tengo cuartos para ello) ha costado (emitirla) 4 millones de dólares, un millón por cadena. Un oasis en la preocupación por los ingresos publicitarios. Algo sin precedentes. Aunque nos remontemos a Ross Perot en 1992, que compró 30 minutos (pero no tan cerca de la votación). O a Gerald Ford en 1976, que hizo muchos segmentos de 30 minutos, y de televisión en vivo, en estados decisivos durante los últimos diez días de campaña (lo que su staff llamaba ‘President Ford’s travelling Tv Circus’). Pero no de costa a costa. Mmmm, de todas maneras es un poco inquietante que las referencias anteriores sean de perdedores.
La película es obra de Davis Guggenheim, que ya había trabajado para Obama en ‘Mother’s Promise’, pieza que se estrenó en la convención demócrata. Pero también es el director de ‘Una verdad incómoda’ (lo de Al Gore). Y, además, fue productor y director de ‘Deadwood’, la serie del oeste de HBO. En la película de media hora no se nombra a McCain (sí se utiliza uno de los guiños de Palin, a la que llama “Su elección”, en uno de los innumerables anuncios cortos). Empieza con maizales y casitas con vallas. Y a Obama se le ve en un despacho cuasi presidencial con bandera. Se cuenta la historia de cuatro personas (y lo que la administración Bush ha hecho en ellos). Un negro, una hispana y dos blancos (hombre y mujer). De Missouri, Ohio, Kentucky y Nuevo México. Entre película sombría (historia de Halloween) y empalagosa (la madre muerta de cáncer de Obama también era protagonista). Lo mejor de todo (además de esa frase de no voy a ser un presidente perfecto y tal) fue la conexión final en directo con el mitin de Florida, donde también estaba Bill Clinton. Lo más divertido, el nombre del sitio: Kissimmee (tan parecido a Kiss Me, Bésame). Coda perfecta. Kiss Me. And vote.
La detención de esos skinheads en Tennessee que dicen que iban a atentar contra Obama tiene tintes de película surrealista. O sea, no se parece a un capítulo de 24 (donde se tiene especial querencia a matar o intentar matar presidentes negros) sino a algo más chusco. Entre American history X y los catetos de Deliverance tocando el banjo. Los dos individuos fueron detenidos el 22 de octubre y han sido acusados de posesión ilegal de armas, conspiración para cometer robo y amenazas contra un candidato presidencial. Pero eso suena demasiado vulgar. Como no se fían del efecto Bradley (y ven que Obama puede acabar en la Casa Blanca), no sólo pensaban asesinar a 88 afroamericanos y cortar la cabeza a 14 más (un poco hutus y tutsis style, que no falte de nada) sino que iban a concluir la matanza con el candidato demócrata a la Presidencia. El último blanco era Obama.
Dicen los documentos oficiales presentados en la corte que los dos palurdos detenidos pensaban disparar con un fusil desde un coche. Y que para la ocasión iban a llevar smokings blancos (como Alberto de Mónaco) y sombreros altos negros. El dress code es interesante pero como los sombreros fueran como el de Abraham Lincoln tendrían que haber ido en coche descapotable. O les pasaría lo mismo que al pelo de Marge Simpson cuando conduce (ya queda menos para el capítulo de Los Simpson de Halloween, donde Homer pretende votar a Obama y se pelea con las máquinas).
“Tengo la mejor protección del mundo, así que dejen de preocuparse”, dijo el candidato hace meses cuando le preguntaban por los peligros de ser tiroteado, cuando hasta Doris Lessing preveía su asesinato (su mujer, Michelle, más extrema, apuntó que sólo por ser negro, y no candidato, ya tenía bastantes papeletas para ser tiroteado en una gasolinera). Obama es un poco Roosevelt en su discurso de inauguración (“lo único que debemos temer es el propio miedo”, aunque el marido de Eleanor hablara de economía). Desde luego, si esos tiparracos son la máxima amenaza de Obama, no me extraña que él esté tan tranquilo. Aunque en abril de 2007 una revista de ultraderecha publicara los fallos de seguridad del senador. Aunque se llegaran a publicar hasta las fotos de los agentes que lo custodiaban (y no, ninguno es Clint Eastwood, tampoco Jack Bauer).
Una vez mitigado un poco el hipócrita jaleo por el armario de Sarah Palin (¿qué pretendían, que fuera hecha un pingo?) sería interesante saber cuánto cuesta la seguridad de Barack Obama. La absolutamente necesaria, claro, seguridad de Obama (antes de ser el nominado demócrata ya era protegido por el Servicio Secreto). Al lado de estos gastos necesarios, la chaqueta de Valentino de Palin seguro que palindece.
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ST. LOUIS (MISSOURI). Dentro de un fluido mapa electoral -que por momentos parece empeñado en que otro republicano no suceda a George W. Bush en la Casa Blanca- la gobernadora de Alaska ha ofrecido un cierto respiro a la candidatura de John McCain en el debate vicepresidencial realizado la pasada noche en Saint Louis. Ciudad que dentro de la mitología americana representa la gran puerta hacia el Oeste pero que esta vez ha servido más bien como pasarela desde la que Sarah Palin ha intentado congraciarse con un electorado dudoso de sus méritos para asumir la presidencia en un constitucional ascenso que por diferentes circunstancias ya se ha producido nueve veces en la historia de Estados Unidos, como atestiguan entre otros Theodore Roosevelt, Harry Truman, Lyndon Johnson y Gerald Ford.
Palin ha desplegado un alarde de sonrisas (continuas), guiños (múltiples), respuestas bien aprendidas (pero carentes de profundidad), expresiones coloquiales (“I´ll betcha”, “darn right”, “you guys”), algunas poses populistas (anti-Washington y tan inconformista o más que John McCain), y una incansable opacidad demostrada sobre todo a la hora de ofrecer detalles en cuestiones decisivas sobre economía, energía, cambio climático o política internacional.
En la estrategia de gestos simpaticones para contrarrestar las dudas e ironías acumuladas por la “número dos” de McCain en las últimas semanas, Sarah Palin también se ha distanciado de los errores cometidos por la Administración Bush. Insistiendo en que es hora de pasar página, la necesidad de reformas y una evidente falta de confianza en la capacidad del gobierno federal para solucionar cuestiones como el problema sanitario de Estados Unidos, con más de cuarenta millones de ciudadanos sin cobertura y un gasto muy por encima del que realizan otros países industrializados.
La gobernadora, que llegó a equivocarse en cuestiones de nomenclatura como el general al mando de las tropas de Estados Unidos en Afganistán, ha presentado sus evasivas y respuestas en tono vecinal como un ejemplo de su genuina autenticidad. Hasta el punto de afirmar: “Puede que no conteste las preguntas de la forma en que la moderadora o el senador Biden quieren pero voy a hablar claro al pueblo de Estados Unidos y dejarles saber cuál es mi historial”.
Si la gobernadora se ha concentrado fundamentalmente en su defensa, su rival se ha dedicado en los noventa minutos de debate en la Universidad Washington de Saint Louis a cuestionar la gestión del presidente Bush y presentar a McCain como “cuatro años más de los últimos ocho años”. Pero en cualquier caso, nada de ataques personales contra Sarah Palin o apostillas condescendientes para evitar crear tensiones de género a favor de la primera mujer candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano.
En general, el senador por Delaware ha demostrado más disciplina, domino de la situación y verosimilitud a la hora de ser imaginado en la gran silla del despacho oval. Joseph Biden ha tenido incluso el detalle de emocionarse al recordar la muerte en 1972 por accidente de tráfico de su primera esposa y una hija, junto a las gravísimas heridas sufridas por sus otros dos hijos. Al quebrársele la voz, el lugarteniente de Obama ha monopolizado el ángulo maternal de la noche.
Con respectivos hijos destinados en Irak, el debate de los “número dos” también ha servido para resucitar en este tramo de la campaña presidencial toda la polémica bélica, arrinconada por el fiasco de Wall Street. Los dos candidatos han aprovechado para expresar las diferencias de sus partidos en el frente iraquí, con los demócratas partidarios de una retirada responsable pero gradual y los republicanos a favor de de un compromiso sin plazos artificiales. Según Palin, lo que quiere hacer Obama en Irak es “una bandera blanca de rendición”.
Como resultado de todas las expectativas acumuladas y la pionera candidatura de Sarah Palin, el debate de los vicepresidente ha acumulado una plusmarca de audiencia televisiva, con posibilidad de superar incluso el record histórico de espectadores generado en 1984 por el cara a cara entre George Bush padre y Geraldine Ferraro. Con todo, la mayoría de encuestas instantáneas y grupos de análisis utilizados por las grandes cadenas coinciden en otorgar la victoria al senador Biden, pero con reconocimientos adicionales para la actuación de Palin.
A pesar de este alivio televisivo, la campaña presidencial de McCain se enfrenta a uno de sus peores momentos. El candidato republicano se ha visto obligado a cancelar una visita prevista la semana que viene a Michigan e inversiones en anuncios como reconocimiento de los avances logrados por Barack Obama. Las últimas encuestas ofrecer al candidato demócrata suficiente ventaja en los Estados más disputados como para ganar la Casa Blanca, además de retrocesos de los republicanos en tradicionales bastiones como Indiana o Carolina del Norte.
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Pedro Rodríguez
Corresponsal en Washington
Anna Grau
Corresponsal en Nueva York
Rosa Belmonte
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