Puede que Rajoy tuviera razón y la sesión parlamentaria de esta mañana no fuera la ocasión adecuada para establecer paralelismos entre Libia e Irak. Cuando un gobierno recaba el apoyo de la oposición para una guerra (llamemos a las cosas por su nombre) justa, y la tal oposición está de acuerdo con los medios y los objetivos aducidos, una lealtad elemental con tan delicada acción exterior recomienda no restregar por la cara disonancias del pasado. Cuestión de buen gusto, también.
Pero se trata de un debate necesario. No para buscar similitudes, sino lo contrario: para desentrañar los motivos que llevaron a idénticos actores (los de aquí, pero sobre todo los de fuera) a sostener posiciones contrarias en cada caso. Irak no era Libia; era peor. Hubo errores en los motivos invocados; también en la oportunidad y la proporcionalidad. Y, sobre todo, un pésimo cálculo de las consecuencias posteriores. Pero Sadam era un dictador que reprimió a sangre y fuego levantamientos populares como los de Libia. Ya apunté hace unos días en el periódico cuál era, en mi opinión, la diferencia más importante. La reitero: Bush.
Ahora, lo inmediato es preguntar al Gobierno de qué lado se propone estar cuando la unanimidad entre los coaligados empiece a deshilacharse, como parece probable. La ONU recurre a la ambigüedad para sumar voluntades, lo que ofrece flancos abiertos a las interpretaciones. Y a las disensiones. Ocurrió con la famosa resolución 1411 de Irak. Sucederá lo mismo con la 1973. El tiempo juega a favor de Gadafi y en contra de la coalición. A medida que esta peculiar operación de “exclusión aérea” se vaya convirtiendo en una guerra de desgaste, también muy probable, se abrirán otros frentes de disenso. Entre los aliados y en las opiniones públicas internas. ¿Agotará este gobierno las posibilidades que ofrece la 1973 o quedará paralizado por el miedo a un mayor desgaste electoral?