Perezas privadas por Eduardo San Martín

Perezas privadas por Eduardo San Martín

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De Eduardo San Martín (el 14/10/2008 a las 11:33:57, en Opinion)

Sea mi primer post de este nuevo blog para explicar la razón de su cabecera "Perezas Privadas". Y para ello, os remito a un artículo que publiqué hace un par de años en ABC aunque constituya una pedantería copmenzar por citarse a uno mismo. Prometo no reincidir en el futuro: Ahí va:

"OPINIONES públicas, perezas privadas. La frase es de Nietzsche, quien advertía que, así como del perezoso puede decirse que mata el tiempo, «una época que basa su salud en la opinión pública, es decir en las perezas privadas», puede llegar a morir «realmente de una vez». Por pereza privada, el filósofo alemán entendía el resultado de ese mecanismo en virtud del cual los hombres, individualmente considerados, dimiten de sus propios criterios privados para hacer descansar sus puntos de vista sobre una anónima y difusa «opinión pública» que les libera de cualquier compromiso. A más opinión pública, así construida, más «conocimiento inútil», sentenciaba el gran periodista y escritor liberal francés Jean-François Revel, recientemente desaparecido. El fenómeno no es nuevo. Pero en un mundo en que gobiernos, partidos o grandes empresas definen sus estrategias en función de los dictados de esa masa informe, son especialmente inquietantes las «perezas privadas» de quienes tendrían la obligación de alzar su voz por encima del «aura mediocritas» de una sociedad indolentemente parapetada tras los sacos terreros de la «vox populi». Pero ¿representa realmente a la voz del pueblo esa tan cacareada «vox populi»? Giovanni Sartori ha teorizado sobre la conformación de la opinión pública a través del medio de masas por excelencia de nuestro tiempo. «La televisión —escribía el profesor italiano en 1998— se muestra como portavoz de una opinión pública que es en realidad el eco de su propia voz». Y citaba a continuación al periodista y escritor norteamericano Mark Herstgaard: «Los sondeos de opinión mandan. Continuamente se pregunta a 500 norteamericanos para que nos digan, a los otros 250 millones de norteamericanos, lo que debemos pensar». Es falso, pues, que la televisión se limite a reflejar los cambios en curso. «En realidad, la televisión refleja cambios que, en gran medida, promueve e inspira», concluía Sartori. Añadamos a la televisión la radio, y en especial algunas de sus voces, además de determinados sondeos de opinión hechos a la medida, en los que las preguntas predeterminan muchas de las respuestas; sumémosle a todo ello el fenómeno de los confidenciales que circulan por la red, y estaremos describiendo las fuentes de las que, en España, se nutre una opinión pública a la que se atribuye pomposamente la condición de «árbitro de la verdad». Con mucha más exactitud, la escuela liberal europea de posguerra consideraba la tal opinión pública como «una forma irresponsable de poder». Irresponsable en virtud de su anonimato y de su vulnerabilidad frente a la manipulación. En un estado liberal, pues, se corren grandes riesgos cuando los gobernantes ajustan sus decisiones a los veredictos de lo que se identifica como opinión pública. A no ser que lo que se quiera evitar sea, precisamente, confrontar esas decisiones con la única opinión responsable que debe ser tenida en cuenta en una democracia representativa, y que no es otra que aquella que se expresa a través de sus instancias de mediación política y social, sometidas a un sistema público de fiscalización. El Gobierno que preside Rodríguez Zapatero puede prescindir del apoyo y de la opinión del Partido Popular para seguir el itinerario y los plazos que él mismo se ha marcado «a fin de ver el fin de la violencia». Es su derecho. Y su riesgo. Pero si lo que pretende es, como sugieren algunos de sus colaboradores, sustituir esa compañía por «el apoyo mayoritario de la opinión pública española al proceso de paz», entonces pisamos terreno cenagoso. Ninguna opinión pública se resiste al embeleso de las grandes palabras. Y paz es una de las más seductoras. Cuando todo esto comenzaba escribí que, por desgracia, hay mucha gente normal dispuesta a que se pague un precio por la paz. La misma probablemente que, en situaciones extremas, estaría a favor de la pena de muerte. Así que no convirtamos a las opiniones públicas en árbitros de la política. Los dirigentes responsables no gobiernan a favor de mayorías emocionales."

Hasta aquí la cita, que, como veréis, trata de una defensa del criterio propio frente a los dictados de la llamada "opinión pública", que muchas veces nadie sabe cómo se ha formado. Viva, pues, el libre pensamiento y animaos todos.

 

 
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